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Magma: De vuelta a Kobaïa

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En uno de los eventos más esperados de este segundo semestre, Magma retornó al país a cuatro años de su grandioso debut en Chile, ocasión en que realizaron dos shows que quedaron grabados en la retina de los miles de seguidores que esperaron durante décadas el arribo de los franceses a un escenario nacional. El sueño se cumplió y ahora quedaba esperar por el regreso de la agrupación, el cual se concretó anoche en el Teatro Nescafé de las Artes, donde recibimos la tercera parte del llamado “The Endless Tour”, en otra jornada de finísimo rock progresivo que quedará para la posteridad.

Desde que los ocho músicos se instalaron sobre el proscenio, una atmósfera mágica se apoderó del recinto, confirmando que estábamos de vuelta en las tierras de Kobaïa, el planeta ficticio creado por Christian Vander, donde se desarrolla temáticamente la totalidad de la discografía del conjunto. “Ëmëhntëhtt-Ré” dio inicio al concierto, en más de cuarenta minutos de odisea musical imparable. Como si fuésemos parte de un mantra colectivo, la composición dejó ver grandes muestras de virtuosismo de parte de los músicos, hipnotizantes pasajes que iban en un constante in crescendo para luego detonar y pasar a una sección totalmente distinta, sin perder el hilo del relato ni romper la atmósfera. Lo de Magma en vivo es una experiencia inmersiva, donde el espectador debe estar totalmente dispuesto a dejarse llevar por la música. Lo positivo es que no es nada complicado entrar en su universo, cortesía de un show en que el espíritu prima por sobre la intelectualidad.

Sobre lo anterior, “Theusz Hamtaahk” fue quizás el corte más cautivador de la jornada. Poniendo gran énfasis en el juego de voces y en las bases rítmicas que se extendían durante largos minutos, en lo que parecía un péndulo para los sentidos. En una sensación bastante parecida a la que logran los norteamericanos Swans en sus catárticas presentaciones, Magma se despachó una performance extraordinaria cuando el cronómetro ya marcaba una hora de música, que, más que música, es un verdadero ritual mágico.

Los franceses no tardaron en regresar y, ante la ovación general del respetable, lanzaron uno de sus clásicos más celebrados de su discografía: “Kobaia”, y el concierto se transformó en un show de rock setentero y sicodélico, donde hubo espacio para solos de guitarra y teclados, e incluso para que aromas de hierbas de dudosa procedencia comenzarán a circular por el aire del lugar.

Luego de una nueva salida del grupo, el público demandaba más porque, incluso si las composiciones de Magma pueden parecer verdaderas maratones, la sensación que dejan es revitalizante y sólo quedan ganas de más. Stella Vander, la vocalista más longeva del conjunto y esposa de Christian Vander, salió a escena para presentar la bella balada “Ehn Deiss”, tema original de Offering, proyecto que también fue fundado por el baterista, bajando el telón en una nota emotiva que dejó a todo el mundo conforme, independiente de que las ansias por seguir recorriendo los parajes de Kobaïa persistieran.

Retirándonos del teatro con el espíritu lleno de energía, el retorno de Magma a la capital estuvo a la altura de su leyenda; nos entregó dos horas de música que trasciende a los sentidos y es capaz de hacernos partes de un viaje único. Con la esperanza de poder volver a verlos lo antes posible, el recuerdo de este nuevo recorrido por Kobaïa quedará atesorado como uno de los grandes acontecimientos musicales de este 2017.

Setlist

  1. Ëmëhntëhtt-Ré
  2. Theusz Hamtaahk
  3. Kobaia
  4. Ehn Deiss (original de Offering)

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Gustavo Santaolalla: El arte de la trayectoria

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Gustavo Santaolalla

La física define a la “trayectoria” como el recorrido que describe un objeto que se desplaza por el espacio. Este término en el ámbito musical se usa indiscriminadamente para hablar de carreras en múltiples estados; ya sea que exista o no un recorrido presente, se habla de las trayectorias para definir a los más grandes, pero pocos emulan a la física y hacen que este desplazamiento continúe. Una cosa es el movimiento hecho, pero otra el que se sigue haciendo, y por prácticamente 50 años, si hay un artista latinoamericano que no ha detenido sus rumbos –y, por tanto, su camino– ese es Gustavo Santaolalla.

Desde el rock profundamente argentino que profesaba en Arco Iris hasta su actualidad, donde se mezclan soundtracks y producciones para artistas desde Café Tacvba hasta Eric Clapton, Santaolalla ha hecho un andar profuso y lleno de canciones, propias y ajenas. Sin embargo, como dijo antes de su primera visita como Gustavo Santaolalla a nuestro país (antes había estado varias veces con Bajofondo), recién a los 66 años lanzó su carrera como solista, la que tiene discos y canciones a su haber, pero que jamás había configurado para girar o mostrarse, quizás en el último acto de humildad que tiene un tipo que gusta del proceso, del camino, ese que invitó a desandar en un Teatro Nescafé de las Artes casi repleto en la fresca noche del 12 de septiembre.

Justo antes de iniciar el show, a eso de las 21:20 horas, el teatro comenzó a aplaudir sin que se hubiera levantado aún el telón: la presencia de Jorge González, quien trabajara con Santaolalla en “Corazones” y su álbum homónimo, generaba vítores raros para un país que no reconoce a sus ídolos en vida, y era un pequeño aperitivo de la energía y sensaciones que inundarían el espacio por casi tres horas.

Todo iniciaba con “Inti Raymi”, y la Santabanda –como se hacen llamar los músicos de Santaolalla– mostraba la variedad de timbres que aparecerían en el show. Con la ovación del teatro, Gustavo aparecía para instalarse y comenzar con el primer set, rico en canciones de Arco Iris, esa banda que armó cuando empezaba a relacionarse con la música, con canciones como “Abre Tu Mente” o “Camino”, las que en el formato de esta gira obtienen matices y colores únicos, alejándose de la falsa psicodelia que se le legó a una banda como Arco Iris, que simplemente incluyó el folklore en el rock en tiempos de apretones mentales y revoluciones hippies. Ahora estas composiciones son atemporales y su construcción sólo alcanza tintes clásicos con los arreglos de este espectáculo, donde es la canción la que manda. Quizás eso hace de Santaolalla un compositor cautivante: deja que la canción mande, y él y los suyos sólo son puntos que arman la trayectoria de estos temas.

Así, a diferencia de otros shows en este formato, se coló un par de temas de su trabajo solista en esta primera parte, “Un Poquito De Tu Amor” y “Compañeros del Sendero”, dos sorpresas de varias que vendrían. Luego volvería a Arco Iris con canciones como la conocida “Zamba”, “Quiero Llegar” o la “Canción De Cuna Para El Niño Astronauta”, tras la cual vendría el recuerdo a la gran Mercedes Sosa y al amigo de mil batallas de Gustavo, León Gieco, para cerrar esa primera parte con el “Río De Las Penas” Intensa forma de dejar esperando a una audiencia que ya veía que el concierto iba para largo, y que sería incluso más extenso que las fechas anteriores hechas por Santaolalla y la Santabanda, sólida en todo momento, con Barbarita Palacios, Javier Casalla, Nicolás Rainone, Andrés Beeuwsaert y Pablo González haciendo gala de su carácter de multiinstrumentistas para dominar cada faceta que las canciones ponen en frente.

Al volver –­casi de improviso– Santaolalla irrumpe con “No Existe Fuerza en el Mundo”, que interpretara Gieco, mostrando lo importante de esa alianza para Gustavo. Luego de esto aparecería el trabajo completamente solista, con tracks como “A Solas” o “Todo Vale” para dar paso a otra corriente más atmosférica de la labor de este artista, que son los soundtracks, eligiendo “De Ushuaia A La Quiaca” de “Diarios de Motocicleta”, el main theme de la banda sonora del videojuego “The Last Of Us”, y un medley de “Brokeback Mountain”, mostrando la diversidad de espíritus, donde destaca el uso del charango y su timbre tan característico, entregando solemnidad y recogimiento, tal como el que se sintió en el homenaje hecho a Jorge González. Luego de mencionarlo para dar con una ovación gigante nuevamente, Santaolalla habla de los lazos que lo unen con González y dice que habrá un disco en honor a él, y que contará con una interpretación de “Por Amarte”, del “Corazones” (1991), ese disco que juntó por primera vez a dos de los artistas más importantes del continente. La versión fue sentida, contenida, una preciosa reversión donde Santaolalla ahondó en el sufrimiento del hablante. Si como compositor es clave, como intérprete se subvalora la intensidad que alcanza y que parece trascendental, más allá de lo obvio.

Debe ser, sino la experiencia, la trayectoria, esos caminos que se cruzan para corear “Mañana Campestre” o sentir “Pena En Mi Corazón”. Bajofondo y Arco Iris. Dos caras de un mismo creador, una apelando a las oscuridades y sus brillos, y otra a la belleza de la luz, tanto interna como externa, lo que trasunta en la belleza tierna de “Vecinos” y en la fuerza de “Ando Rodando”, que luego sólo crecería con la interpretación, a pura garganta y caja, en honor a la tradición de la vidala, para terminar con “Sudamérica” de Arco Iris y “Pa’ Bailar” de Bajofondo, ya con todo el mundo de pie, disfrutando de uno de esos artistas que no se cansan de deambular y hacer que su punto en la inmensidad del cosmos nunca deje de andar. Treinta canciones en casi tres horas, incluyendo el intermedio de quince minutos, emociones por montones y un sonido cálido que permitía a la voz de Santaolalla sobresalir. Pocas veces un espectáculo es capaz de capturar todas las facetas de un artista, en especial uno de tan amplio espectro, y ese fue el lujo que entregó Gustavo Santaolalla en el inicio de una gira solista que no es más que la demostración del más fino arte de la trayectoria.

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