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Greta Van Fleet Greta Van Fleet

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Lollapalooza Chile 2019: Greta Van Fleet

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Luego de todas las preguntas que nos formulamos con el debut de los norteamericanos en la capital, ahora nos tocaba experimentar su espectáculo en el formato festivalero, donde Greta Van Fleet no eran los protagonistas de la noche, sino que un nombre más dentro de un holgado número de actos. Esta condición llevó a que mucha gente se acercara al VTR Stage con más curiosidad que conocimiento sobre la banda, llevándose una gran sorpresa al encontrarse con estos jóvenes rockeros. Pese a que a no fueron los protagonistas de la jornada, Greta Van Fleet se robó la película durante su hora de actuación, que, en contraste con lo realizado en el Teatro Caupolicán, fue más directa y compacta, dando como resultado un show mucho más orgánico y entretenido.

Comenzando con “The Cold Wind” y “Safari Song”, el cuarteto cautivó al respetable con su entrega y rock de la vieja escuela. Tal como lo destacamos en el comentario de su debut, el conjunto de músicos posee virtudes de sobra para desempeñar su trabajo, recreando todos los ritos de las bandas setenteras, incluyendo los extensos solos de guitarra, las bluseras líneas de bajo y los intensos gritos que hacían vibrar al público cada vez que Josh Kiszka decide poner su garganta a prueba. Greta Van Fleet hace muy bien su trabajo, y canciones como “Black Smoke Rising”, “Black Flag Exposition” y “When The Curtain Falls” funcionaron a la perfección dentro del marco del certamen.

Y he aquí la gran diferencia entre su primer show y el que realizaron ayer en el Parque O’Higgins: al tratarse de un nombre más dentro de un line up súper variado, Greta Van Fleet es una muy buena opción para escuchar algo distinto que se sale de la línea editorial del festival. La fantasía del rock setentero interpretado con vigorosidad por unos jóvenes que no superan la veintena, es una opción más que atractiva en un evento donde el rock no es el foco principal. Su fama podrá no haberse gestado de la manera más orgánica posible y su integridad musical es más que cuestionable cuando las intenciones de emular el pasado son tan evidentes, pero el cuarteto hace un trabajo espectacular a la hora de ponerse sobre el escenario, y ayer pudimos comprobar que la gente agradece la entrega, más allá de cuestionar si es sólo una “vendida de pomada” que nos han querido meter con calzador.

El escenario era masivo, el sol se escondía tras las montañas y “Highway Tune” sonaba a todo volumen por los parlantes, desatando la fiesta en la explanada del parque. La postal era perfecta y Greta Van Fleet se despedía de Chile como uno de los actos que más destacaron dentro de la primera jornada de Lollapalooza Chile 2019.

Y si tomamos todos estos puntos en consideración, ¿qué más se puede pedir? Las discusiones en torno a su música pueden ser eternas y dar pie a interesantes argumentos, pero, más allá de cuestionarnos si es válido o no que una banda como Greta Van Fleet esté teniendo la atención de todo el mundo como la están teniendo ahora –sobre todo en una época donde cualquier persona con acceso a internet puede hacerse de su propio repertorio sin tener que someterse a lo que los medios o las radios presenten como la “nueva tendencia a seguir”–, nos quedamos con un espectáculo que brilla mucho más cuando no es el principal y se puede disfrutar como un muy buen “desliz” o curiosidad dentro de un esquema mayor.

Setlist

  1. The Cold Wind
  2. Safari Song
  3. Black Smoke Rising
  4. Flower Power
  5. Watch Me (original de Labi Siffre)
  6. Black Flag Exposition
  7. Watching Over
  8. When The Curtain Falls
  9. Edge Of Darkness
  10. Highway Tune

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Iron Maiden en el Estadio Nacional: La magia de los tres tercios

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Iron Maiden

En la fotografía, pintura, diseño y en las artes audiovisuales, la llamada “regla de los tres tercios” es una forma de composición para ordenar objetos dentro de la imagen para que logren tener encuadres armoniosos, y así utilizar de forma eficiente y placentera el espacio disponible, de acuerdo a este criterio de inclusión. La búsqueda de un equilibrio para registrar de forma adecuada lo encuadrado es difícil, pero es algo que, al andar, queda impregnado en la obra y en la práctica. En el arte narrativo también la estructura de tres actos funciona de manera clásica, aunque al ver la perfección en el armado de “Legacy Of The Beast”, gira que traía a Iron Maiden a hacer su noveno y décimo show en Chile, quizás la referencia a la fotografía es la que hace más sentido desde una perspectiva amplia.

El Estadio Nacional había sido agotado meses antes, también el Movistar Arena, que la noche del lunes recibió la primera descarga eléctrica de la doncella de hierro, pero se sabía que la fecha final de este tour que revisitó el legado de Maiden sería aún más mágica. Aunque The Raven Age hubiera hecho sentir que se estaba frente a un acto de rock-metal alternativo de inicios del milenio, con trazos a Disturbed o Staind, pero con una calidad sonora más de estos tiempos que resultaba en un buen presagio para lo que vendría después. Concentrándose en su último disco, “Conspiracy” (2019), la banda sonó muy correcta y se conectó con la audiencia que estaba repletando el sector más próximo al escenario, lamentablemente de la mitad para atrás del recinto no hubo la misma visión, debido a que las pantallas no mostraron el show, dejando especialmente a la galería aislada de este acto inicial.

Las 64 mil personas que se reunieron en el Estadio Nacional llegaban para una cita con la historia, esa que se construye poco a poco, visita tras visita, haciendo de Chile (como dijo ayer Manuel Cabrales) “la casa de la bestia” y el lugar más adecuado para cerrar la gira como repetidas veces indicaría Bruce Dickinson a lo largo de las casi dos horas de show. A las 21:07 comenzaban a mostrarse en las pantallas imágenes casi calcadas al trailer de “Iron Maiden: Legacy Of The Beast”, el juego que la banda lanzara en 2016, a pocos meses de su visita anterior a Chile. De forma eficaz, el recorrido por la discografía de la banda tuvo lugar en medio de la imaginería de Eddie, la mascota más conocida en el mundo del metal, y en menos de dos minutos la introducción resultaba perfecta, empalmando con “Doctor, Doctor” de UFO, un clásico del inicio de los shows de Maiden, canción que calentó los cuerpos, las gargantas y los brazos, sabiendo lo que venía de inmediato con “Aces High”.

Antes, se daba inicio al primer acto, centrado en la guerra y los estragos que dejó en la sociedad en la que se criaron los integrantes de la banda, en la Inglaterra de los 60, donde los veteranos abundaban y la rareza se palpaba en el aire. Luego de un video breve aparecía un avión por sobre el escenario con el aspa girando y “Aces High” explotaba para deleite del público, que se ponía a saltar y cantar sin cesar, mientras Dickinson consolidaba la idea de ser un frontman perfecto, con la voz aún mejor que en 2016, tras su delicada cirugía para tratar un cáncer en la garganta. Además, corría de un lado a otro del escenario, jugando de forma calculada, pero bien dispuesta con el resto de los integrantes, para luego despachar “Where Eagles Dare” y disparar a los corazones con “2 Minutes To Midnight”, que extrañamente no iba a entregar las primeras bengalas de la noche en el público, pero que sí permitía advertir esas chispas que grandes y chicos compartían en cancha y alrededores.

Algo que sorprendió a muchos al ver el setlist fue la presencia de canciones de discos donde estuvo Blaze Bayley, como “Virtual XI” (1998), álbum del que se desprende “The Clansman”, canción que Bruce hizo como si fuera suya y que movió a la gente en medio de su grata sorpresa directo a las fauces de Eddie, que apareció para luchar contra el frontman y su espada en “The Trooper”. En ese momento la bengala se elevó por el aire y no había dudas de cómo la capacidad de Maiden sigue ahí. Mientras muchos bajan el tempo o el tono de las canciones, Iron Maiden a veces incluso acelera los compases para corresponder a los torbellinos que arman los fans en cancha. Es admirable cómo el sexteto evita demostrar fatiga, y eso no puede sino ser fruto de mucho ensayo, mucha confianza y mucho trabajo en esas canciones que son parte de las vidas de tantas personas. Esos temas forman parte de esas guerras que la gente lleva en su día a día, y por ello se hacía perfecto ver cómo el primer acto del show se centraba en esas dificultades, para luego pasar a un ámbito más religioso o espiritual, tomando la estética de una iglesia para maravillar desde lejos.

Revelations”, “For The Greater Good Of God” o “The Wicker Man” se sucedían para aumentar los aplausos a la labor de la guitarra ágil de Dave Murray, la precisión de Adrian Smith en la suya o la solvencia de la batería de Nicko McBrain, mientras Janick Gers se encarga de los gestos, los movimientos y las acciones que le compiten a Dickinson por el más carismático del escenario, aunque este último con quien se va a acurrucar y le muestra un cariño descomunal es a Steve Harris, el bajista que no sólo es el miembro fundador que queda, sino también tiene su capacidad intacta. Mención aparte para los encargados de sonido de la banda que, como en pocas bandas de metal, eligen dar espacio para cada instrumento, evitando el predominio tan majadero de las guitarras. Las líneas de bajo de Harris, por ejemplo, merecen ser escuchadas y así ocurrió en el show del Nacional, luciéndose en tracks como “Sign Of The Cross”, mientras Dickinson ataviado de una capucha negra se paseaba con una cruz con luces muy potentes. El acto lo cerraba “Flight Of Icarus”, en el que Bruce apareció con un lanzallamas que le permitía jugar con ambas manos tirando flamas, mientras una figura inflable como la del propio Ícaro se elevaba justo antes de otro karaoke colectivo con “Fear Of The Dark”.

La transición al infierno fue más rápida y también la sección más breve con la explosión en “The Number Of The Beast”, con el “six six six” coreado por las 64 mil personas presentes, y por supuesto que en la más punketa de las facetas de la banda en “Iron Maiden”, esa canción que precipitó la aparición de la bestia infernal enorme en el fondo, mirando lo que ocurría con ojos de luces y cuernos de cabra, mientras el público lo daba todo en moshpits, saltos, cantos y más.

En el encore vinieron “The Evil That Men Do” seguida de “Hallowed By Thy Name”, otro de esos tracks donde lo instrumental se notó como parte de esas fortalezas preciosas que tiene Maiden, que lo hacen tener una belleza fotográfica, de obra de arte mixta puesta en un museo de arte contemporáneo, capaz de interactuar con la gente y de congregar masas, como las que pasadas las 23:00 hrs. estaban cantando “Run To The Hills” en el gran cierre de una jornada realmente histórica, tanto por la capacidad de disponer de la historia grande de Iron Maiden en poco menos de dos horas, como por esa consolidación permanente con este país que es su casa.

Como dijo al rato después del show el periodista y guitarrista Héctor Muñoz: “Una banda que te manda para la casa diciéndote ‘Always Look On The Bright Side Of Life’ en la voz de Eric Idle tiene las cosas claras”, y es que, viendo la foto completa, Iron Maiden tiene todo tan claro y a estas alturas es un proyecto tan transversal, que ya no es patrimonio sólo del metal, sino que de la música en vivo en general, y qué bueno que el encuadre sea así de armonioso y perfecto.

Setlist

  1. Aces High
  2. Where Eagles Dare
  3. 2 Minutes To Midnight
  4. The Clansman
  5. The Trooper
  6. Revelations
  7. For The Greater Good Of God
  8. The Wicker Man
  9. Sign of the Cross
  10. Flight Of Icarus
  11. Fear Of The Dark
  12. The Number Of The Beast
  13. Iron Maiden
  14. The Evil That Men Do
  15. Hallowed Be Thy Name
  16. Run To The Hills

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