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Lollapalooza Chile 2018: Metronomy

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Una canción de Moral Distraída se llama “Hacerlo De Día”, y refiere a lo hermoso de la transparencia de hacer cosas con luz, sin esconder nada, sin ampararse en las sombras, pero esa belleza se complejiza cuando se trata de armar una fiesta. Efectos de luz, juegos con los colores que se generan, la desinhibición de la gente al bailar, todo eso y más, ayuda al éxito de una instancia que es difícil de hacer de día. Pese a esas dificultades, Metronomy se las arregló para no quedarse en la plana indiferencia.

Otra dificultad notoria fue la cantidad de fans de Liam Gallagher y The Killers apostados desde temprano en el escenario VTR, con su entendible ánimo de guardar energías, garganta y cuerpo para el momento clave del show esperado. Esto hizo que no hubiera locura ni tanto espacio para el baile, como sí ocurrió en la visita anterior del ahora quinteto en el Teatro Italia, cuando promocionaban “Love Letters” (2014), y la masa de gente se movía como podía, como un mar furioso, diferente a la apática calma de esta visita. Respetuosa gente, pero no tan participativa como necesita un show como el de Metronomy.

 

Pese a las condiciones adversas, Metronomy demostró cómo se ha convertido en una de las unidades musicales más compactas del circuito en la actualidad. No sólo se trata de canciones para bailar, sino también para escuchar, con énfasis en sintetizadores, guitarras, ritmos y bounces. El bajo de Olugbenga Adelekan no para de ser una silla mecedora donde reposa con estilo y seguridad la tensión de los ritmos de la banda; Joseph Mount sabe que tiene en el bajo a su verdadero metrónomo. A diferencia de la mayoría de las bandas que tienen en la batería a su marcador de compases, Adelekan genera figuras y ritmos, haciendo la cadencia completa. Así, Anna Prior pinta melodías, en vez de sólo golpear bombo y cajas.

El show estuvo centrado en el sonido de “Summer 08”, ese disco que Mount armó en solitario y se suponía que no saldría de gira tras lanzarse en 2016, pero que en el camino se convirtió en una nueva plataforma para Metronomy. El regreso a lo básico que hay en ese material pernea, haciendo que la mezcla entre “My Heart Rate Rapid” con “Mick Slow” no sea extraña. No es que el quinteto sea la agrupación más virtuosa, pero al tener los teclados de Oscar Cash y Michael Lovett en constante trenzado, apoyándose y, a la vez, fortaleciendo los compases, hacen que las composiciones ganen una sensación de densidad, similar a lo que pasa con LCD Soundsystem y sus sintetizadores. La diferencia es que lo que la agrupación de James Murphy saca del punk para aplicarlo en la pista de baile, Metronomy lo saca del pop antiguo, casi orquestado.

Back Together” o “Night Owl” suenan tan ochenteras como futuristas, en tanto que “Corinne” o “16 Beat” se lucen con rapidez y agilidad, aunque la fiesta se desata en tracks como “Old Skool”, los hits “The Bay”, “Love Letters” y “The Look”, y el cierre con “Reservoir”. Como son tan compactos, incluso con cambios de roles como el de Anna tomando la voz y Joseph la batería en “Everything Goes My Way”, el set de 15 canciones usó los sesenta minutos convenidos, pese a retrasos y aparentes dificultades en el armado de los horarios que tuvieron que cambiarse dados los problemas en Argentina.

Lo malo es que, al hacerlo de día, se notó mucho la falta de participación del público, pese a que Mount y la banda estaban vibrando con el show que estaban entregando. Poca gente se unió a esta fiesta que en un mar calmo cumplió las expectativas, pero que no se volvió la locura que podría haber sido. Quizás son la oscuridad y los matices de esas horas los que hacen brillar más a Metronomy, aunque tampoco desaprovecharon la plataforma del escenario de Lollapalooza Chile 2018, donde pese a todo dejaron su impronta eficiente y bailable, de día.

Setlist

  1. Back Together
  2. Miami Logic
  3. Old Skool
  4. The Bay
  5. 16 Beat
  6. I’m Aquarius
  7. My Heart Rate Rapid
  8. Mick Slow
  9. Love Letters
  10. Lately
  11. Corinne
  12. Night Owl
  13. Everything Goes My Way
  14. The Look
  15. Reservoir

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Metronomy: El disco de tu corazón

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Metronomy

Sigue siendo extraño ir a conciertos y disponerse a pasarlo bien cuando el país despertó y, como pasa en “The Matrix”, al abrir los ojos no era un mundo idílico el que supuestamente había y pintaban, sino que todo se ve sucio, injusto y sobre una lupa. Por ello la música sirve como escape en medio de tensiones y para no perder la perspectiva sobre el propio ser. En medio de causas comunes, donde los cuerpos se vuelven uno y la individualidad se ve como un lujo, es bueno recordar el propio corazón, aquello que lo mueve, lo que lo emociona y hace feliz. Ese tipo de reacciones genuinas son las que aparecieron copiosamente en el retorno de Metronomy a nuestro país, con su cuarto show a la fecha, en la explanada del Centro Cultural Matucana 100.

La gente fue llegando poco a poco hasta repletar la explanada, cuando ya se escondía el sol, poniéndose cada vez más impaciente mientras se acercaban las 21:15 hrs., supuesto horario de inicio del show. A las 21:26 comenzó a sonar “Wedding” como intro del concierto, y como a la distancia se veía el edificio donde están los camarines, se notaba –como si fuera un programa televisivo– el momento exacto en que la banda se movía para llegar al escenario de riguroso vestuario blanco, en medio de los vítores. Comenzaron con “Lately”, canción en medio de la cual se escuchaban los primeros gritos de “el que no salta es paco”, parte de la “nueva normalidad” en los conciertos, algo de lo que deberemos hablar más tarde.

La potencia de las canciones de Metronomy no daba respiro. “Lately” y su pulso más psicodélico (sello de su último trabajo de estudio, “Metronomy Forever”) hasta el hit “The Bay”, convirtieron a Matucana 100 en un lugar de karaoke, irrumpiendo de inmediato la faceta más banda de rock de Metronomy con “Wedding Bells” y ese final falso que culminaba en una explosión con el solo de un Joseph Mount que parece más cómodo y sobrecogido que nunca con el rol que tiene en vivo. Mount es un tipo notoriamente tímido en el escenario, pese a ser el líder de un proyecto que mueve mucha gente, pero tal vez eso viene desde una comprensión fundamental. Y es que lo que se convierte en el disco o la canción que llega directo al corazón de la gente es una composición, más allá de sus exponentes.

Aunque Metronomy tiene una formación reconocible, de buenos músicos y carismas al servicio del show, lo más abrumador es la potencia de las composiciones, como pocas veces pasa en un espectáculo. La fuerza de “Corinne” no va ni en la potencia que le puso Anna Prior a cada beat en la batería o a los adornos precisos de los teclados del contagioso bailar y sonreír de Oscar Cash, sino que en la armonía tan fluida como impalpable que tienen los diferentes ritmos que mueven a la canción. En “Everything Goes My Way”, además del inmenso amor del público chileno a Prior o de la guitarra acústica siendo un dulce néctar para los oídos, la dinámica típica de los grupos a capella sesenteros en el coro son lo que hace la canción, y eso terminaba siendo hecho por el público, muy participativo, a diferencia de la última visita de la banda en un Lollapalooza 2018 donde resultaron injustamente ignorados.

Reservoir” fue una explosión de energía, en tanto que “Walking In The Dark” mostraba la vibra más chill digna de Madchester y la onda rave, para luego continuar precisamente con el baile con dos piezas instrumentales: “Boy Racers” y “Lying Low”. En este caso, vale precisar que Michael Lovett y Oscar Cash se complementan de forma perfecta cuando ambos están manejando los teclados, en una mini orquesta de sintetizadores muy a la usanza de Orchestral Manoeuvres In The Dark, pero con una vibra más ligera. En “Boy Racers”, además, Olugbenga Adelekan por fin sonó más con su bajo que, pese a tener un protagonismo clave en canciones como “The Bay”, no quedaba tan adelante en la mezcla de sonido, como sí pasó en esa canción. Todo esto servía como aperitivo perfecto para “Old Skool”, otra de esas composiciones hechas para conseguir la participación del público y hacer aún más grande la experiencia. Es impecable la capacidad de Mount de crear estas obras que, desde una producción usualmente muy minimalista y con el cuidado necesario de dejar respirar las capas sonoras, terminan con una capacidad de generar enlaces de valencia tan numerosos con la audiencia, tanto, que la participación hace del momento algo más cercano y también mucho más inolvidable.

Luego, la vibra de banda de rock & roll volvió a escena con “Insecurity”, una canción que en manos de cualquier otra banda hubiera quedado plana, pero que para Metronomy es perfecta porque refleja sus propias sensaciones de extrañeza y de desacomodo con aquello que pareciera tan natural. Parte también de la catarsis en medio de este show fue la capacidad de evitar que la normalidad parezca tan normal, y eso a Metronomy le queda muy bien. Tal vez, por ello en vez de tocar “On Dancefloors”, como decía el setlist, la banda se vio descolocada con los gritos de “el que no salta es paco” y “el pueblo unido jamás será vencido” con los que ellos intentaron continuar una parte instrumental de “Insecurity”. En vez de hacer como cualquier otra banda y seguir como si nada, la cara de Joseph indicaba que no sabía cómo reaccionar, más allá de una sonrisa nerviosa que cambió para tener un poco más de seguridad con “I’m Aquarius” y calmar un poco los decibeles, sumergiendo a la audiencia en un track tan especial como acuático, de esos que son inmersivos, justo para después despachar “The End Of You Too” pegada a “Salted Caramel Ice Cream” en un tono más bajo de lo que es la versión de estudio, algo que quizás sacó un poco a la gente del acto de disfrutar sin freno.

“El disco de tu corazón”, concepto acuñado por Miranda! –otra banda llena de canciones que, más allá de su estilo, se pegan de forma irremediable a los oídos–, no dejaba de rotar y de ser escuchado. Una canción tan querida como “The Look”, con un épico final de sintetizadores trenzados en un baile sideral, volvía a convertir a la explanada de M100 en un lugar caluroso, movido y repleto de baile, en tanto que “Love Letters” y su pulso casi como el latido de un corazón, sin parar, sin soplos o pausas, aumentó aún más las fuerzas que terminaron de explotar con un poco más de calma en “Sex Emoji”. El encore no demoró mucho, con “Upset My Girlfriend” que, en un tono casi autobiográfico, recuerda los inicios en la música de Joseph, quien por sentir la música muchas veces se dejaba llevar demasiado. Y quizás ahí está el mayor triunfo de su historia, el aprender a tener control, pero también a permitir que las cosas tengan crecimiento orgánico.

Como un corazón latiendo, el beat final tenía que ser uno de compases irregulares y de final abrupto, como ocurre con la rara “Radio Ladio”, final preciso para un show donde las canciones brillaron más que cualquier otra cosa. Al final del día eso es lo importante, porque, así como en tantos recuentos de fin de año, son esos tracks los que se quedan en el alma, esperando su momento para explotar en situaciones de felicidad que pueden acallar, aunque sea por una hora y media, la sordera del fascismo devenido en enemigo y la desesperanza convertida en voz cantante y rebelde de una revolución con todo en contra, pero con la fuerza de la unión como estandarte. Y qué buen soundtrack hubo para este pequeño escape.

Setlist

  1. Wedding
  2. Lately
  3. The Bay
  4. Wedding Bells
  5. Corinne
  6. Whitsand Bay
  7. Everything Goes My Way
  8. Heartbreaker
  9. Reservoir
  10. Walking In The Dark
  11. Boy Racers
  12. Lying Low
  13. Old Skool
  14. Insecurity
  15. I’m Aquarius
  16. The End Of You Too
  17. Salted Caramel Ice Cream
  18. The Look
  19. Love Letters
  20. Sex Emoji
  21. Upset My Girlfriend
  22. Radio Ladio

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