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Lollapalooza Chicago 2012: The Afghan Whigs

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Una de las bandas más reconocidas del rock alternativo durante la década de los noventa, vive su retorno a los grandes escenarios, y de entre una serie de presentaciones agendadas por Norteamérica y Europa, el escenario del Lollapalooza en Chicago se erige como una de las paradas más importantes del grupo liderado por Greg Dulli.

El sol arremete sobre el Grant Park, cuando Dulli y compañía se alista sobre el escenario. Un “¿Qué tal?” y “Uptown Again”, da el comienzo a un set acotado, pero lo suficientemente certero como para comprobar que el regreso de los norteamericanos, además de sonar fresco y potente, ahora se enriquece por la madurez de sus integrantes. La solidez y actitud de Dulli, se mantiene intacta, y el resto de la banda se mantiene en forma y brilla en escena, con un grupo de coristas, teclado, y a Rick Nelson en el violín. Se ve a un grupo de músicos que disfruta lo que hace. No hay momento para pausas, y el rock continúa su marcha con “I’m Her Slave” y “What Jail Is Like”, donde se puede comprobar que los años sólo pasan en vano para aquellos que no saben aprovecharlos.

¡Es hora de bailar!, afirma el vocalista, cuando la batería, el contrabajo y el bajo de John Curley marcan el ritmo de “Fountain And Fairfax”, que entusiasmó a un sector del público, mientras el resto observa con respeto, quizás conteniendo las energías para un número más “grande”. El grupo de coristas canta a dúo con Dulli en “66”, quien se quita sus gafas de sol para ver más claramente a los miles de asistentes que a esa hora, llenan el Red Bull Soundstage.

En “Gentlemen”, Dulli sacaba el micrófono de su atril para recorrer el escenario, antes de volver a su puesto para seguir arremetiendo con la guitarra. Con una descoordinación al principio del tema, que sacó risas de la banda y los asistentes, “Somethin’ Hot”, destacó por la fuerza de la voz de la corista, que en el estribillo llenaba el lugar.

El grupo de coristas se retira del escenario para dejar a la banda en plenitud, e interpretar “Crazy”, con un dueto final de guitarras de Rick McCollum y Dave Rosser, que siguieron haciendo de las suyas con un par de punteos, en “My Enemy”.

El primer cover de la jornada llegaba con “See And Don’t See”, original de Marie “Queenie” Lyons, marcando un momento íntimo, con Dulli bajando del escenario, para posarse sobre los amplificadores enfrente del público, en una interpretación que se transformó en uno de los puntos álgidos de la presentación. “Love Crime”, de Frank Ocean, fue el segundo cover interpretado por la banda, y donde Dulli volvió a robarse la película, esta vez tocando el teclado.

El coro volvía, y también el rock, con la intensa ejecución de “Going To Town”, donde todos los músicos formaron el momento más entrañable del recital. Potencia y sentimiento en estado puro. Un agradecimiento por parte del líder de la banda, antes de presentar el último tema de The Afghan Whigs en Lollapalooza. “Miles Iz Ded” del disco “Congregation” (1992), puso la nota final para una remarcable presentación, de unos clásicos que han trascendido a su propia historia.

Con una hora de show, The Afghan Whigs dejaba el Red Bull Soundstage como uno de los números más sólidos en lo que va de la jornada. Cuando el paso de los años no es excusa para el rock. Ojalá, y en un futuro cercano, podamos disfrutarlos en nuestras tierras.

Setlist

  1. Uptown Again
  2. I’m Her Slave
  3. What Jail is Like
  4. Fountain and Fairfax
  5. 66
  6. Gentlemen
  7. Somethin’ Hot
  8. Crazy
  9. My Enemy
  10. See and Don’t See (cover de Marie “Queenie” Lyons)
  11. Love Crime(cover de Frank Ocean)
  12. Going to Town
  13. Miles Iz Ded

Por Sebastián Zumelzu

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1 Comentario

1 Comentario

  1. turk154

    04-Ago-2012 en 9:37 am

    Los Afghan son de esas agrupaciones que van a perdurar haciendo buen rock por mucho tiempo. Se les extrañaba desde su último disco. Ojalá en algún momento podamos tenerlos en Chile.

    Buena nota HN!
    abrazos

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Gustavo Santaolalla: El arte de la trayectoria

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Gustavo Santaolalla

La física define a la “trayectoria” como el recorrido que describe un objeto que se desplaza por el espacio. Este término en el ámbito musical se usa indiscriminadamente para hablar de carreras en múltiples estados; ya sea que exista o no un recorrido presente, se habla de las trayectorias para definir a los más grandes, pero pocos emulan a la física y hacen que este desplazamiento continúe. Una cosa es el movimiento hecho, pero otra el que se sigue haciendo, y por prácticamente 50 años, si hay un artista latinoamericano que no ha detenido sus rumbos –y, por tanto, su camino– ese es Gustavo Santaolalla.

Desde el rock profundamente argentino que profesaba en Arco Iris hasta su actualidad, donde se mezclan soundtracks y producciones para artistas desde Café Tacvba hasta Eric Clapton, Santaolalla ha hecho un andar profuso y lleno de canciones, propias y ajenas. Sin embargo, como dijo antes de su primera visita como Gustavo Santaolalla a nuestro país (antes había estado varias veces con Bajofondo), recién a los 66 años lanzó su carrera como solista, la que tiene discos y canciones a su haber, pero que jamás había configurado para girar o mostrarse, quizás en el último acto de humildad que tiene un tipo que gusta del proceso, del camino, ese que invitó a desandar en un Teatro Nescafé de las Artes casi repleto en la fresca noche del 12 de septiembre.

Justo antes de iniciar el show, a eso de las 21:20 horas, el teatro comenzó a aplaudir sin que se hubiera levantado aún el telón: la presencia de Jorge González, quien trabajara con Santaolalla en “Corazones” y su álbum homónimo, generaba vítores raros para un país que no reconoce a sus ídolos en vida, y era un pequeño aperitivo de la energía y sensaciones que inundarían el espacio por casi tres horas.

Todo iniciaba con “Inti Raymi”, y la Santabanda –como se hacen llamar los músicos de Santaolalla– mostraba la variedad de timbres que aparecerían en el show. Con la ovación del teatro, Gustavo aparecía para instalarse y comenzar con el primer set, rico en canciones de Arco Iris, esa banda que armó cuando empezaba a relacionarse con la música, con canciones como “Abre Tu Mente” o “Camino”, las que en el formato de esta gira obtienen matices y colores únicos, alejándose de la falsa psicodelia que se le legó a una banda como Arco Iris, que simplemente incluyó el folklore en el rock en tiempos de apretones mentales y revoluciones hippies. Ahora estas composiciones son atemporales y su construcción sólo alcanza tintes clásicos con los arreglos de este espectáculo, donde es la canción la que manda. Quizás eso hace de Santaolalla un compositor cautivante: deja que la canción mande, y él y los suyos sólo son puntos que arman la trayectoria de estos temas.

Así, a diferencia de otros shows en este formato, se coló un par de temas de su trabajo solista en esta primera parte, “Un Poquito De Tu Amor” y “Compañeros del Sendero”, dos sorpresas de varias que vendrían. Luego volvería a Arco Iris con canciones como la conocida “Zamba”, “Quiero Llegar” o la “Canción De Cuna Para El Niño Astronauta”, tras la cual vendría el recuerdo a la gran Mercedes Sosa y al amigo de mil batallas de Gustavo, León Gieco, para cerrar esa primera parte con el “Río De Las Penas” Intensa forma de dejar esperando a una audiencia que ya veía que el concierto iba para largo, y que sería incluso más extenso que las fechas anteriores hechas por Santaolalla y la Santabanda, sólida en todo momento, con Barbarita Palacios, Javier Casalla, Nicolás Rainone, Andrés Beeuwsaert y Pablo González haciendo gala de su carácter de multiinstrumentistas para dominar cada faceta que las canciones ponen en frente.

Al volver –­casi de improviso– Santaolalla irrumpe con “No Existe Fuerza en el Mundo”, que interpretara Gieco, mostrando lo importante de esa alianza para Gustavo. Luego de esto aparecería el trabajo completamente solista, con tracks como “A Solas” o “Todo Vale” para dar paso a otra corriente más atmosférica de la labor de este artista, que son los soundtracks, eligiendo “De Ushuaia A La Quiaca” de “Diarios de Motocicleta”, el main theme de la banda sonora del videojuego “The Last Of Us”, y un medley de “Brokeback Mountain”, mostrando la diversidad de espíritus, donde destaca el uso del charango y su timbre tan característico, entregando solemnidad y recogimiento, tal como el que se sintió en el homenaje hecho a Jorge González. Luego de mencionarlo para dar con una ovación gigante nuevamente, Santaolalla habla de los lazos que lo unen con González y dice que habrá un disco en honor a él, y que contará con una interpretación de “Por Amarte”, del “Corazones” (1991), ese disco que juntó por primera vez a dos de los artistas más importantes del continente. La versión fue sentida, contenida, una preciosa reversión donde Santaolalla ahondó en el sufrimiento del hablante. Si como compositor es clave, como intérprete se subvalora la intensidad que alcanza y que parece trascendental, más allá de lo obvio.

Debe ser, sino la experiencia, la trayectoria, esos caminos que se cruzan para corear “Mañana Campestre” o sentir “Pena En Mi Corazón”. Bajofondo y Arco Iris. Dos caras de un mismo creador, una apelando a las oscuridades y sus brillos, y otra a la belleza de la luz, tanto interna como externa, lo que trasunta en la belleza tierna de “Vecinos” y en la fuerza de “Ando Rodando”, que luego sólo crecería con la interpretación, a pura garganta y caja, en honor a la tradición de la vidala, para terminar con “Sudamérica” de Arco Iris y “Pa’ Bailar” de Bajofondo, ya con todo el mundo de pie, disfrutando de uno de esos artistas que no se cansan de deambular y hacer que su punto en la inmensidad del cosmos nunca deje de andar. Treinta canciones en casi tres horas, incluyendo el intermedio de quince minutos, emociones por montones y un sonido cálido que permitía a la voz de Santaolalla sobresalir. Pocas veces un espectáculo es capaz de capturar todas las facetas de un artista, en especial uno de tan amplio espectro, y ese fue el lujo que entregó Gustavo Santaolalla en el inicio de una gira solista que no es más que la demostración del más fino arte de la trayectoria.

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