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Lamb Of God + Carcass + Heaven Shall Burn: El lenguaje del metal

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Durante la noche del jueves se vivió una de las citas más potentes del metal en lo que va del año. En las dependencias del Teatro Caupolicán, Lamb Of God, Carcass y Heaven Shall Burn, unieron fuerzas en una jornada donde destacaron performances sobresalientes, la energía de un público desatado y el altísimo volumen de los amplificadores, dejando a todo el mundo con los tímpanos resentidos. A este combo hay que sumar la presencia de los nacionales de Forahneo, banda formada por integrantes de Undercroft y Necrosis, encargada de abrir el espectáculo frente a un marco reducido de público, pero que de igual forma se las arregló para subir los ánimos durante la media hora que se mantuvo en escena, presentando lo mejor de su álbum debut, “Perfidy” (2015), y agradeciendo a los fanáticos que se la juegan por la escena nacional.

Desde Alemania, Heaven Shall Burn retornó a nuestro país para presentar su más reciente disco, “Wanderer” (2016), el octavo en una carrera que ya va por los veinte años de existencia y que en Chile ha conquistado a un buen número de adherentes. A pesar de no convocar a tantas personas como lo hicieron los dos números que los sucedieron, el quinteto se dejó caer con un set breve pero muy intenso, repasando lo esencial de su discografía y destrozando los oídos de los asistentes, cortesía de un sonido extremadamente saturado –provocado principalmente por la guitarra de Maik Weichert– que hacía difícil distinguir lo que pasaba en escena y obligó a muchos a buscar formas de proteger sus órganos auditivos.

Bajo esta gran muralla de electricidad, el grupo se mandó sendas versiones de “The Loss Of Fury”, que abrió el show, “The Weapon They Fear”, y las extraídas de su último álbum, “Bring The War Home” y “Corium”, en medio de una entrega total por parte de la banda, destacando la figura de Marcus Bischoff, frontman que en reiteradas ocasiones se montó en la barricada para cantar junto a los fans, incluso realizando un crowdsurfirng al final del hit “Endzeit” durante los últimos minutos de Heaven Shall Burn sobre el escenario del teatro de la calle San Diego.

Para sellar su participación en esta noche de metal, los germanos se despidieron con “Counterweight” y el cover de los legendarios Edge Of Sanity, “Black Tears”. A pesar del estridente sonido, Heaven Shall Burn salió con los brazos en alto en esta nueva visita a la capital. Como “veteranos” representantes del metalcore, el quinteto alemán dio en el gusto a sus fanáticos, pese a lo poco que duró su espectáculo, dejando una buena impresión entre los metaleros que se apostaban para recibir el azote de Carcass. Sería bueno poder verlos en un show a solas, ya que la potencia de sus canciones y veinte años de carrera lo ameritan.

Hace cuatro años fue el último concierto de Carcass en nuestro país, en el marco del extinto The Metal Fest, en una presentación que dejó con sentimientos encontrados a este redactor, principalmente por un sonido que no hizo justicia al trabajo de los ingleses. Afortunadamente, en esta nueva cita con Carcass las cosas mejoraron mucho y pudimos disfrutar de un concierto impecable, elegante y brutal, como sólo los de Liverpool saben hacerlo. El cuarteto liderado por Jeff Walker no ha sacado ningún disco desde el año 2013 con “Surgical Steel”, por lo que incluso si se trataba de un show “para festival”, se las arreglaron para interpretar 16 canciones que sembraron el caos en el recinto.

La contienda comenzó con “316L Grade Surgical Steel”, instalando de inmediato una atmósfera hostil, pero al mismo tiempo melódica y épica. Porque Carcass tiene eso: como buenos ingleses, imprimen clase en todo lo que hacen y no importa si los riffs y la batería funcionan como aplanadoras, o los títulos de las canciones parezcan salidas de la mente de un enfermo, Carcass suena sutil a pesar de todo. En su comparsa macabra se avistan los ritmos galopantes de Iron Maiden, la oscuridad de Black Sabbath y la rapidez de Judas Priest, todas leyendas del heavy metal que conocen su lado más perverso en las arcas de Carcass. “Carnal Forge”, “Cadaver Pouch Conveyor System”, “This Mortal Coil”, fueron claras muestras del poderío los ingleses, en un concierto que no conoció puntos bajos.

Incluso cuando bajan un poco las revoluciones y juegan a ser una banda de estadio, como ocurrió en la ganchera “Keep On Rotting In The Free World”, el cuarteto no pierde su esencia, en un espectáculo que se complementa a la perfección con las perturbadoras imágenes que acompañan a las canciones, aunque hay que agradecerles que esta vez no pusieron fotos de genitales consumidos por alguna enfermedad venérea, como ocurrió en su anterior paso por Santiago. Sutileza ante todo. Para finalizar, “Heartwork” puso a moshear a todo el mundo en el momento más épico de la presentación, y dieron la estocada final con un extracto de “Carneous Cacoffiny”, sellando de manera impecable su tercer concierto en Chile.

Dejándonos con ganas de más, los cuatro músicos agradecieron con calidez a una audiencia enardecida y prometieron volver pronto. Dando una lección del metal más extremo, dosificado con la elegancia inglesa, Carcass entregó un show excepcional en una noche que todavía nos deparaba una batalla más.

El “Cordero de Dios” retornó al Caupolicán, a cinco años de su último show en ese recinto y a dos de su presentación en el marco del festival Santiago Gets Louder, promocionando su más reciente LP, “VII: Sturm Und Drang” (2015). A pesar de que el derroche de energía por parte del público con las dos bandas anteriores se hacía evidente en los rostros presentes en la cancha, los norteamericanos revitalizaron a la muchedumbre ejecutando lo mejor de su potente catálogo. Sin mediaciones, “Laid To Rest” puso a la cancha a combatir nuevamente, dando inicio a otro espectáculo impecable.

Ruin” dio paso al material más reciente del conjunto, siendo “512“, sencillo del último álbum, uno de los cortes más coreados por la ferviente fanaticada. Haciendo gala de un sonido demoledor, los estadounidenses una vez más dieron cátedra y mostraron sus mejores credenciales, por si a alguien todavía le quedaban dudas de por qué Lamb Of God es una de las mejores bandas del estilo en nuestra época. Riffs con sabor a Pantera, condimentados con una técnica exquisita y la enérgica presencia de Randy Blythe en las voces, dan como resultado una mezcla letal de la cual es imposible hacer la vista gorda, pese a que su fórmula se mantiene casi intacta desde sus inicios.

Cortes como “Desolation“, “Walk With Me In Hell“, “Ghost Walking” o “Now You’ve Got Something To Die For“, esta última dedicada por Blythe a dos chilenos: al poeta Pablo Neruda y a Tom Araya, vocalista y bajista de Slayer –que también podríamos considerar una especie de poeta–, saciaron la sed de sangre del público en los poco más de 60 minutos en que Lamb Of God estuvo sobre el proscenio. Si bien, era noche de mosh pits de antología, fueron los estadounidenses quienes se llevaron la medalla de oro a la hora de provocar el caos sobre la cancha del Teatro Caupolicán. Llegando al final del set, destacaron “The Faded Line“, “Set To Fail” y la infaltable “Redneck“, que dio el tiro de gracia a una jornada inolvidable.

Agradeciendo al público y a todas las bandas que se presentaron durante este jueves, Lamb Of God bajó el telón de este verdadero festival del metal, donde bandas de América y Europa se unieron para hablar bajo un mismo lenguaje y manifestarse bajo un mismo sonido: el inmortal sonido del metal.

Por Sebastián Zumelzu

Fotos por Luis Marchant

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Iron Maiden en el Estadio Nacional: La magia de los tres tercios

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Iron Maiden

En la fotografía, pintura, diseño y en las artes audiovisuales, la llamada “regla de los tres tercios” es una forma de composición para ordenar objetos dentro de la imagen para que logren tener encuadres armoniosos, y así utilizar de forma eficiente y placentera el espacio disponible, de acuerdo a este criterio de inclusión. La búsqueda de un equilibrio para registrar de forma adecuada lo encuadrado es difícil, pero es algo que, al andar, queda impregnado en la obra y en la práctica. En el arte narrativo también la estructura de tres actos funciona de manera clásica, aunque al ver la perfección en el armado de “Legacy Of The Beast”, gira que traía a Iron Maiden a hacer su noveno y décimo show en Chile, quizás la referencia a la fotografía es la que hace más sentido desde una perspectiva amplia.

El Estadio Nacional había sido agotado meses antes, también el Movistar Arena, que la noche del lunes recibió la primera descarga eléctrica de la doncella de hierro, pero se sabía que la fecha final de este tour que revisitó el legado de Maiden sería aún más mágica. Aunque The Raven Age hubiera hecho sentir que se estaba frente a un acto de rock-metal alternativo de inicios del milenio, con trazos a Disturbed o Staind, pero con una calidad sonora más de estos tiempos que resultaba en un buen presagio para lo que vendría después. Concentrándose en su último disco, “Conspiracy” (2019), la banda sonó muy correcta y se conectó con la audiencia que estaba repletando el sector más próximo al escenario, lamentablemente de la mitad para atrás del recinto no hubo la misma visión, debido a que las pantallas no mostraron el show, dejando especialmente a la galería aislada de este acto inicial.

Las 64 mil personas que se reunieron en el Estadio Nacional llegaban para una cita con la historia, esa que se construye poco a poco, visita tras visita, haciendo de Chile (como dijo ayer Manuel Cabrales) “la casa de la bestia” y el lugar más adecuado para cerrar la gira como repetidas veces indicaría Bruce Dickinson a lo largo de las casi dos horas de show. A las 21:07 comenzaban a mostrarse en las pantallas imágenes casi calcadas al trailer de “Iron Maiden: Legacy Of The Beast”, el juego que la banda lanzara en 2016, a pocos meses de su visita anterior a Chile. De forma eficaz, el recorrido por la discografía de la banda tuvo lugar en medio de la imaginería de Eddie, la mascota más conocida en el mundo del metal, y en menos de dos minutos la introducción resultaba perfecta, empalmando con “Doctor, Doctor” de UFO, un clásico del inicio de los shows de Maiden, canción que calentó los cuerpos, las gargantas y los brazos, sabiendo lo que venía de inmediato con “Aces High”.

Antes, se daba inicio al primer acto, centrado en la guerra y los estragos que dejó en la sociedad en la que se criaron los integrantes de la banda, en la Inglaterra de los 60, donde los veteranos abundaban y la rareza se palpaba en el aire. Luego de un video breve aparecía un avión por sobre el escenario con el aspa girando y “Aces High” explotaba para deleite del público, que se ponía a saltar y cantar sin cesar, mientras Dickinson consolidaba la idea de ser un frontman perfecto, con la voz aún mejor que en 2016, tras su delicada cirugía para tratar un cáncer en la garganta. Además, corría de un lado a otro del escenario, jugando de forma calculada, pero bien dispuesta con el resto de los integrantes, para luego despachar “Where Eagles Dare” y disparar a los corazones con “2 Minutes To Midnight”, que extrañamente no iba a entregar las primeras bengalas de la noche en el público, pero que sí permitía advertir esas chispas que grandes y chicos compartían en cancha y alrededores.

Algo que sorprendió a muchos al ver el setlist fue la presencia de canciones de discos donde estuvo Blaze Bayley, como “Virtual XI” (1998), álbum del que se desprende “The Clansman”, canción que Bruce hizo como si fuera suya y que movió a la gente en medio de su grata sorpresa directo a las fauces de Eddie, que apareció para luchar contra el frontman y su espada en “The Trooper”. En ese momento la bengala se elevó por el aire y no había dudas de cómo la capacidad de Maiden sigue ahí. Mientras muchos bajan el tempo o el tono de las canciones, Iron Maiden a veces incluso acelera los compases para corresponder a los torbellinos que arman los fans en cancha. Es admirable cómo el sexteto evita demostrar fatiga, y eso no puede sino ser fruto de mucho ensayo, mucha confianza y mucho trabajo en esas canciones que son parte de las vidas de tantas personas. Esos temas forman parte de esas guerras que la gente lleva en su día a día, y por ello se hacía perfecto ver cómo el primer acto del show se centraba en esas dificultades, para luego pasar a un ámbito más religioso o espiritual, tomando la estética de una iglesia para maravillar desde lejos.

Revelations”, “For The Greater Good Of God” o “The Wicker Man” se sucedían para aumentar los aplausos a la labor de la guitarra ágil de Dave Murray, la precisión de Adrian Smith en la suya o la solvencia de la batería de Nicko McBrain, mientras Janick Gers se encarga de los gestos, los movimientos y las acciones que le compiten a Dickinson por el más carismático del escenario, aunque este último con quien se va a acurrucar y le muestra un cariño descomunal es a Steve Harris, el bajista que no sólo es el miembro fundador que queda, sino también tiene su capacidad intacta. Mención aparte para los encargados de sonido de la banda que, como en pocas bandas de metal, eligen dar espacio para cada instrumento, evitando el predominio tan majadero de las guitarras. Las líneas de bajo de Harris, por ejemplo, merecen ser escuchadas y así ocurrió en el show del Nacional, luciéndose en tracks como “Sign Of The Cross”, mientras Dickinson ataviado de una capucha negra se paseaba con una cruz con luces muy potentes. El acto lo cerraba “Flight Of Icarus”, en el que Bruce apareció con un lanzallamas que le permitía jugar con ambas manos tirando flamas, mientras una figura inflable como la del propio Ícaro se elevaba justo antes de otro karaoke colectivo con “Fear Of The Dark”.

La transición al infierno fue más rápida y también la sección más breve con la explosión en “The Number Of The Beast”, con el “six six six” coreado por las 64 mil personas presentes, y por supuesto que en la más punketa de las facetas de la banda en “Iron Maiden”, esa canción que precipitó la aparición de la bestia infernal enorme en el fondo, mirando lo que ocurría con ojos de luces y cuernos de cabra, mientras el público lo daba todo en moshpits, saltos, cantos y más.

En el encore vinieron “The Evil That Men Do” seguida de “Hallowed By Thy Name”, otro de esos tracks donde lo instrumental se notó como parte de esas fortalezas preciosas que tiene Maiden, que lo hacen tener una belleza fotográfica, de obra de arte mixta puesta en un museo de arte contemporáneo, capaz de interactuar con la gente y de congregar masas, como las que pasadas las 23:00 hrs. estaban cantando “Run To The Hills” en el gran cierre de una jornada realmente histórica, tanto por la capacidad de disponer de la historia grande de Iron Maiden en poco menos de dos horas, como por esa consolidación permanente con este país que es su casa.

Como dijo al rato después del show el periodista y guitarrista Héctor Muñoz: “Una banda que te manda para la casa diciéndote ‘Always Look On The Bright Side Of Life’ en la voz de Eric Idle tiene las cosas claras”, y es que, viendo la foto completa, Iron Maiden tiene todo tan claro y a estas alturas es un proyecto tan transversal, que ya no es patrimonio sólo del metal, sino que de la música en vivo en general, y qué bueno que el encuadre sea así de armonioso y perfecto.

Setlist

  1. Aces High
  2. Where Eagles Dare
  3. 2 Minutes To Midnight
  4. The Clansman
  5. The Trooper
  6. Revelations
  7. For The Greater Good Of God
  8. The Wicker Man
  9. Sign of the Cross
  10. Flight Of Icarus
  11. Fear Of The Dark
  12. The Number Of The Beast
  13. Iron Maiden
  14. The Evil That Men Do
  15. Hallowed Be Thy Name
  16. Run To The Hills

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