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Kadavar: Viviendo en tu cabeza

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Tras su excelente debut en suelos nacionales hace tres años durante la gira de “Berlin” (2015), Kadavar volvió a Chile para presentar “Rough Times” (2017), un disco que los trajo con un aura mucho más cruda y que los revela como una de esas gemas que sigue haciendo brillar al rock desde sus cimientos, con una propuesta que va más allá del mero homenaje a la década de los 70. De hecho, la etiqueta “retro” ya es un distractor que hace pasar por alto la identidad que han ganado en estos ocho años que llevan en la ruta. Y es que, a pesar de que este viaje tiene por consigna llevarnos a una época que gran parte de su público sólo tuvo la oportunidad de experimentar a través de documentales o leer en libros de memorias, la gracia de Kadavar es saber escoger los caminos indicados para que dicha travesía tenga un sello distintivo. Atacando de manera precisa, el power trio hizo temblar las murallas de Espacio San Diego en una noche que tuvo todos los ingredientes para que los asistentes amanecieran con un dolor prominente en sus cuellos.

Al igual que la vez pasada en el Centro El Cerro con Hielo Negro e Icarus Gasoline, los sonidos nacionales abrieron los fuegos de la jornada y esta vez esa misión recayó en Bagual, quienes despacharon una potente presentación, que recorrió sus tres discos de estudio hasta la fecha en cerca de cuarenta minutos, con una especial atención en “Nulla” (2017), placa que los consagró como una de las propuestas más interesantes del stoner nacional.

Desde el etéreo comienzo de “Asamblea”, pasando por las envolventes “Funerales Astrales” y “Amanecer” hasta el demoledor cierre con “El Ojo De Dios”, el cuarteto desbordó energía a más no poder, y demostró ser un excelente ingrediente para un público hambriento de estruendos robustos que los apañó incluso cuando un pequeño problema técnico apagó las guitarras al principio de su presentación, dificultad que supieron resolver con holgura para continuar con una actuación redonda, dejando los ánimos calientes para recibir a los germanos.

Cuando el reloj marcó las 22:00 horas y el minimalista escenario adornado sólo por las murallas de amplificadores se tornó en un rojo intenso, Simon “Dragon” Bouteloup, Christoph “Tiger” Bartelt y Christoph “Lupus” Lindemann asaltaron el escenario con los puños en alto y arremetieron con ese huracán destructor llamado “Skeleton Blues”, para continuar con “Doomsday Machine”, que con su frenético riff encendió aún más los ánimos de los presentes, quienes saltaban enloquecidos ante tamaña demostración de bestialidad sónica.

Luego del saludo correspondiente al respetable, “Pale Blue Eyes”, “Into The Warmhole” y “Die Baby Die” desataron el headbanging masivo y deslumbraron con sendas interpretaciones en que la sólida técnica de Lindemann –quien levantaba su guitarra como si fuera el martillo del mismísimo Thor– dibujó excitantes parajes llenos de fuerza y vigor para dejarse fluir en un mar de solos que se movían entre la distorsión caótica y la exquisita digitación proveniente de la escuela del blues, especialmente en las hardrockerasLiving In Your Head” y “The Old Man”, en las que el público coreó cada fraseo que salió de las seis cuerdas.

El dominio de Bartelt en los cambios de ritmo de la misteriosa “Black Sun” y la lunática “Forgotten Past” no hizo más que resaltarlo como piedra angular de la agrupación, aspecto que no sólo se hizo presente en lo musical, sino que también en lo escénico, ya que el baterista estaba ubicado justo al medio del escenario entre Lindemann y Barlet, lo que estéticamente ayudó a que se vieran como un todo en momentos clave, como la extensa “Purple Sage”, que surge desde la oscuridad de un juego de pedales para crear una atmósfera espacial, mientras Bartelt sostiene la canción como un pilar con una maciza línea de bajo que estalla en un viaje interestelar de un poco más de ocho minutos de alucinante descontrol.

Tras volver de un pequeño descanso, en el que agradecieron a los locales por volver a visitarlos, despacharon un tramo final que quedó reservado para los clásicos “Thousand Miles Away From Home”, “All Our Thoughts y “Come Back Life”, cerrando una hora y media de show en el que la música habló por sí misma y la energía rabiosa, a la vez que rudimentaria, fue la única forma de comunicación entre la banda y sus acólitos.

Desde que los ojos del mundo se posaron en Kadavar, no han hecho más que evolucionar constantemente para encontrar nuevos horizontes y empoderarse con un discurso contundente, que tiene muchos argumentos para seguir convenciendo, eliminando toda suspicacia que podría haber surgido ante un puzle sonoro que reúne tantas piezas ocupadas anteriormente. Son los sonidos que están en el inconsciente, esos que han llegado de una u otra forma desde la raíz de épocas pretéritas, pero la gracia está en saber ocuparlos, en sacarles provecho, interpretarlos y darles la vuelta necesaria para que vuelvan a sonar frescos. Eso es mucho más complicado de lo que parece, pero los de Berlín no se cansan de demostrar que están aquí para seguir dándole vida a un rugido que se niega a morir.

Setlist Bagual

  1. Asamblea
  2. Kutral
  3. Funerales Astrales
  4. Amanecer
  5. Islas Futuras
  6. San Sebastián
  7. Frater
  8. El Ojo de Dios

Setlist Kadavar

  1. Skeleton Blues
  2. Doomsday Machine
  3. Pale Blue Eyes
  4. Into The Wormhole
  5. Die Baby Die
  6. Living In Your Head
  7. The Old Man
  8. Black Sun
  9. Forgotten Past
  10. Purple Sage
  11. Thousand Miles Away From Home
  12. All Your Thoughts
  13. Come Back Life

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Gustavo Santaolalla: El arte de la trayectoria

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Gustavo Santaolalla

La física define a la “trayectoria” como el recorrido que describe un objeto que se desplaza por el espacio. Este término en el ámbito musical se usa indiscriminadamente para hablar de carreras en múltiples estados; ya sea que exista o no un recorrido presente, se habla de las trayectorias para definir a los más grandes, pero pocos emulan a la física y hacen que este desplazamiento continúe. Una cosa es el movimiento hecho, pero otra el que se sigue haciendo, y por prácticamente 50 años, si hay un artista latinoamericano que no ha detenido sus rumbos –y, por tanto, su camino– ese es Gustavo Santaolalla.

Desde el rock profundamente argentino que profesaba en Arco Iris hasta su actualidad, donde se mezclan soundtracks y producciones para artistas desde Café Tacvba hasta Eric Clapton, Santaolalla ha hecho un andar profuso y lleno de canciones, propias y ajenas. Sin embargo, como dijo antes de su primera visita como Gustavo Santaolalla a nuestro país (antes había estado varias veces con Bajofondo), recién a los 66 años lanzó su carrera como solista, la que tiene discos y canciones a su haber, pero que jamás había configurado para girar o mostrarse, quizás en el último acto de humildad que tiene un tipo que gusta del proceso, del camino, ese que invitó a desandar en un Teatro Nescafé de las Artes casi repleto en la fresca noche del 12 de septiembre.

Justo antes de iniciar el show, a eso de las 21:20 horas, el teatro comenzó a aplaudir sin que se hubiera levantado aún el telón: la presencia de Jorge González, quien trabajara con Santaolalla en “Corazones” y su álbum homónimo, generaba vítores raros para un país que no reconoce a sus ídolos en vida, y era un pequeño aperitivo de la energía y sensaciones que inundarían el espacio por casi tres horas.

Todo iniciaba con “Inti Raymi”, y la Santabanda –como se hacen llamar los músicos de Santaolalla– mostraba la variedad de timbres que aparecerían en el show. Con la ovación del teatro, Gustavo aparecía para instalarse y comenzar con el primer set, rico en canciones de Arco Iris, esa banda que armó cuando empezaba a relacionarse con la música, con canciones como “Abre Tu Mente” o “Camino”, las que en el formato de esta gira obtienen matices y colores únicos, alejándose de la falsa psicodelia que se le legó a una banda como Arco Iris, que simplemente incluyó el folklore en el rock en tiempos de apretones mentales y revoluciones hippies. Ahora estas composiciones son atemporales y su construcción sólo alcanza tintes clásicos con los arreglos de este espectáculo, donde es la canción la que manda. Quizás eso hace de Santaolalla un compositor cautivante: deja que la canción mande, y él y los suyos sólo son puntos que arman la trayectoria de estos temas.

Así, a diferencia de otros shows en este formato, se coló un par de temas de su trabajo solista en esta primera parte, “Un Poquito De Tu Amor” y “Compañeros del Sendero”, dos sorpresas de varias que vendrían. Luego volvería a Arco Iris con canciones como la conocida “Zamba”, “Quiero Llegar” o la “Canción De Cuna Para El Niño Astronauta”, tras la cual vendría el recuerdo a la gran Mercedes Sosa y al amigo de mil batallas de Gustavo, León Gieco, para cerrar esa primera parte con el “Río De Las Penas” Intensa forma de dejar esperando a una audiencia que ya veía que el concierto iba para largo, y que sería incluso más extenso que las fechas anteriores hechas por Santaolalla y la Santabanda, sólida en todo momento, con Barbarita Palacios, Javier Casalla, Nicolás Rainone, Andrés Beeuwsaert y Pablo González haciendo gala de su carácter de multiinstrumentistas para dominar cada faceta que las canciones ponen en frente.

Al volver –­casi de improviso– Santaolalla irrumpe con “No Existe Fuerza en el Mundo”, que interpretara Gieco, mostrando lo importante de esa alianza para Gustavo. Luego de esto aparecería el trabajo completamente solista, con tracks como “A Solas” o “Todo Vale” para dar paso a otra corriente más atmosférica de la labor de este artista, que son los soundtracks, eligiendo “De Ushuaia A La Quiaca” de “Diarios de Motocicleta”, el main theme de la banda sonora del videojuego “The Last Of Us”, y un medley de “Brokeback Mountain”, mostrando la diversidad de espíritus, donde destaca el uso del charango y su timbre tan característico, entregando solemnidad y recogimiento, tal como el que se sintió en el homenaje hecho a Jorge González. Luego de mencionarlo para dar con una ovación gigante nuevamente, Santaolalla habla de los lazos que lo unen con González y dice que habrá un disco en honor a él, y que contará con una interpretación de “Por Amarte”, del “Corazones” (1991), ese disco que juntó por primera vez a dos de los artistas más importantes del continente. La versión fue sentida, contenida, una preciosa reversión donde Santaolalla ahondó en el sufrimiento del hablante. Si como compositor es clave, como intérprete se subvalora la intensidad que alcanza y que parece trascendental, más allá de lo obvio.

Debe ser, sino la experiencia, la trayectoria, esos caminos que se cruzan para corear “Mañana Campestre” o sentir “Pena En Mi Corazón”. Bajofondo y Arco Iris. Dos caras de un mismo creador, una apelando a las oscuridades y sus brillos, y otra a la belleza de la luz, tanto interna como externa, lo que trasunta en la belleza tierna de “Vecinos” y en la fuerza de “Ando Rodando”, que luego sólo crecería con la interpretación, a pura garganta y caja, en honor a la tradición de la vidala, para terminar con “Sudamérica” de Arco Iris y “Pa’ Bailar” de Bajofondo, ya con todo el mundo de pie, disfrutando de uno de esos artistas que no se cansan de deambular y hacer que su punto en la inmensidad del cosmos nunca deje de andar. Treinta canciones en casi tres horas, incluyendo el intermedio de quince minutos, emociones por montones y un sonido cálido que permitía a la voz de Santaolalla sobresalir. Pocas veces un espectáculo es capaz de capturar todas las facetas de un artista, en especial uno de tan amplio espectro, y ese fue el lujo que entregó Gustavo Santaolalla en el inicio de una gira solista que no es más que la demostración del más fino arte de la trayectoria.

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