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Happy Mondays: El pecado del formato

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Nunca es suficiente, pero cuando una banda que comenzó a sonar hace más de dos décadas llega a Chile, es una deuda la que se salda, pese a que el concierto no sea realizado en la época de apogeo en popularidad y respeto de esta.

Happy Mondays, grupo clave en la escena brit, y que le legó el nombre “Madchester” a toda la escena de Manchester, se presentó en un Teatro Caupolicán lleno en su explanada de cancha y palco –no estaban disponibles las plateas- y saldó dicha deuda con el público chileno.

No obstante, hay varias reflexiones por realizar. La primera, es si la mala fama que tienen de “carreteros” e “irresponsables” se aplica en verdad cuando el show está en escena, y la verdad es que no es así en absoluto, al menos no en la coherencia del espectáculo mismo. El segundo punto sí es más digno de análisis y es cuánto afecta el formato de las canciones al show en vivo. Esto, porque la mayoría de las entregas fue bastante correcta, haciendo que la gente bailara como loca, pero la energía, el arrojo y lo divertido que el show pueda ser, no alcanza para sostener un concierto y eso, más que por prolijidades técnicas, pasa por las canciones.

Si no te gusta Happy Mondays, es muy sencillo que un show como este te aburra, dado que la mayoría de las composiciones de la agrupación comparten el mismo tipo de beat, de fraseo por parte del enfocado Shaun Ryder, y de espíritu. Aquí es donde el relato del show falla, pese a grandes aciertos en material instrumental por parte de Happy Mondays, quienes venían con su formación original, lo que otorgó a esta presentación sin dudas el rótulo de “histórica”.

Todo partió con “Loose Fit”, que fue una intro perfecta para la impresionante versión de “Kinky Afro”, con la participación especial de Mark “Bez” Berry, quien animó al público que siguió prendido en “Dennis & Lois” y la rockera “Donovan”.

La guitarra de Mark Day sonó con un peso y una intensidad rockera que no se notaba en las versiones de estudio de las canciones. El bajo de Paul Ryder tenía una inédita relevancia. La voz del propio Shaun Ryder lucía muy bien –y aún mejor la de la carismática cantante Rowetta-, no obstante, estos rendimientos individuales a ratos se vieron perjudicados por problemas de sonido que más de una vez afectaron el show, como por ejemplo, fallas en los efectos de la guitarra o un acople molesto.

Hablando de riff y guitarras, “God’s Cop” destacó por su fuerza antes de la intensa “Judge Fudge”. Antesala ideal para “24 Hour Party People”, que fue el primer momento de plenitud en la relación entre el público y la banda.

Sí, se atrasaron UNA hora en iniciar el show, dado que la citación era a las 21 horas y la presentación partió exactamente a las 22, pero al final eso le daba lo mismo a la gente que sólo quería bailar y corear las canciones del septeto inglés y ahí se notó con más fuerza. Luego el manifiesto “Rave On” sonó fuerte, seguido del primer gran matiz de la noche, “Cowboy Dave”, algo que refrescó el sonido en general del show, esto porque el repertorio usado estuvo claramente marcado por el disco más exitoso de la banda, “Pills ‘N’ Thrills And Bellyaches” (1990), del que se desprendieron la mitad de las canciones en el setlist. Esto hizo un poco tedioso el inicio del show, dado que hubo pocos matices sonoros. Todo era parte de un sonido rave madchesteriano unívoco, pero inocuo.

El décimo tema en sonar, fue el hit de 1989 “Hallelujah”, una plegaria en clave rave donde ya se iba a consolidar otra tendencia: Rowetta se robó la película a ratos, y de gran forma. Esto se notó especialmente en “Bob’s Yer Uncle”.

Luego, una tremenda versión para “Holiday”, sería el pase perfecto para “Mad Cyril” y el cierre de esa parte del show con el mega éxito “Step On”, donde Bez de nuevo se apersonó y movió a las masas.

El bis sería con “Jellybean” y “Wrote For Luck”, cerrando un buen show, muy bien ejecutado, pese a los graves problemas de sonido que hubo a ratos. También no hay que olvidar que el sonido de Happy Mondays es uno solo y esto debe ser lo que más le juega en contra: la falta de matices. En ese sentido, la falta de una narrativa más coherente hace que más que un show, el concierto ofrecido por la agrupación, sea una colección de instantes y canciones en vivo que estaban juntas más por derecho que por vocación.

Setlist:

  1. Loose Fit
  2. Kinky Afro
  3. Dennis & Lois
  4. Donovan
  5. God’s Cop
  6. Judge Fudge
  7. 24 Hour Party People
  8. Rave On
  9. Cowboy Dave
  10. Hallelujah
  11. Bob’s Yer Uncle
  12. Holiday
  13. Mad Cyril
  14. Step On
  15. Jellybean
  16. Wrote For  Luck

Por Manuel Toledo-Campos

Fotos por Danny Rayman

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Tricky: Empatía en el trance

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Tricky

Salidas abruptas del escenario, un setlist destruido, un sonido a veces demasiado minimalista, una polera estirada hasta el hartazgo, micrófonos cayendo, luces oscuras. Es fácil quedarse en este tipo de imágenes; en las partes y no en el todo. Lo que ofrece Tricky en un escenario es diferente, es un trance, es una condición a la cual hay que plegarse. En vez de esperar pulcritud, lo que se debe esperar es carne, hueso y garganta, y eso es lo que la gente pudo obtener en la hora y media de show que ofreció el influyente artista electrónico en el escenario del Club Chocolate.

Tricky es alguien que ve al infierno a los ojos y lo pone a su nivel, constantemente. Los movimientos nerviosos que tiene en casi todo momento son parte de una desesperación planteada en términos reales, en medio de un set-up minimalista en extremo, con sólo una guitarra y la batería en escena, además de la joven cantante polaca Marta Zlakowska, quien cantó más que el propio Tricky, incluso tomando el micrófono por completo en canciones como “Overcome”.

Tricky entró a escena a las 21:50 horas y de inmediato se veía perdido, de espaldas a la gente, como entrando en su personaje y en sus catacumbas antes de caer en la espiral abismal en “New Stole”, uno de los temas más destacados de “Ununiform” (2017), disco que servía de excusa para el retorno del músico inglés, de fama mayor por Massive Attack aunque sin quedar delimitado a ese episodio, sino que ha expandido sus formas de trabajar, incluyendo destacar nuevas cantantes que se ajustan a sus composiciones llenas de trip hop más electrónico. Pero no sólo la voz de Marta destacaba, sino también la del propio Tricky, quien muchas veces tomaba dos micrófonos y se ponía a entonar de forma repetitiva y crecientemente angustiada versos de canciones como la bella “The Only Way”.

Quizás lo que más se podía extrañar en el show era la presencia de un bajo dominante que permitiera al público sentir físicamente la música un poco más, porque a ratos muchos se distraían, ya fuera por tomarse un trago de más o por la extrañeza ante un espectáculo tan poco ortodoxo, pero así ocurre con quienes buscan ser vanguardistas y trazar nuevos caminos. No es que Tricky lo haga tan consistentemente, pero sí en el proscenio intenta desplegar esas sensaciones que no caben en un disco.

En sus álbumes el artista suena sofisticado y oscuro, pero en vivo se aprecian las raíces de esas canciones, y lo que se veía sofisticado queda como algo crudo, rugoso, con sabor amargo pero intenso, y todo transcurre en las cavernas de la sensación de Tricky, en ese trance en el cual el público termina entrando con la empatía suficiente como para entender por qué no hay solos de guitarra brillantes o por qué Zlakowska no explota nunca su voz más allá de lo necesario. Y es que en la contención y en el evitar la explosión se ve cómo esa sensación un poco claustrofóbica desde lo sensorial gana en sustancia y realismo.

Tricky se va del escenario luego de una versión ligera de “Palestinian Girl” y una extensión de “Dark Days” que, como un mantra, repite su coro en múltiples ocasiones, algo que se vería de nuevo en el encore que se hizo esperar varios minutos. Allí “When You Die” y “Vent” cerraban una ocasión que, lejos de ser una fiesta, pareció un confesionario donde Tricky explica y vive sus dramas, y los despliega en canciones.

Lejos de la sencillez o de la corrección, el artista entregó un show donde él era protagonista, más allá de la música, y es ahí donde la gente pudo conectar, luego de la extrañeza ante las señales iniciales. Un Tricky agradecido se va junto a sus músicos, y la empatía de un público a veces complicado pudo más que los trazos que puede marcar el egoísmo. Carne, hueso, garganta y angustia quedaron de Tricky, cuya presencia pudo resonar entre sus fanáticos en su retorno a Chile.

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