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Haken: La nota perfecta

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Asistir a un concierto de rock o metal progresivo siempre es un desafío, uno evidente para los músicos que deben ejecutar cada corte a la perfección, pero también para el espectador, quien, además de dejarse llevar por las emociones que evoca la música, también está muy pendiente de que lo que escucha esté tocado excepcionalmente, como sólo una eminencia de la música podría hacerlo, de lo contrario, no asistió a un buen show de rock progresivo. Mientras que en otros estilos un error puede funcionar incluso como un complemento para la performance en vivo, en el progresivo la más mínima pifia puede echar por la borda el desempeño de una banda entera, situación que se torna catastrófica cuando se trata de una canción de más de quince minutos de duración, quince minutos que tienen que ser perfectos o no son nada.

En ocasiones, disfrutar de un concierto del estilo pareciera ser más un acto cerebral que emocional, donde prima la satisfacción de presenciar a un músico tocando una serie de acordes imposibles más que el escuchar un coro poderoso que invita a secundarlo con pasión. El problema con esta reflexión es cuando las bandas, para contentar a su público más exigente, se enfocan netamente en lo técnico, haciendo de su música una mera excusa para ejecutar un complicado ejercicio de destreza, uno que es bastante deslumbrante de ver, eso no se pude negar, pero cuando se trata de un recital de más de dos horas de duración hace falta un balance para que la experiencia no se transforme en una seguidilla de ejercicios matemáticos traducidos en notas musicales. Cuando se halla ese equilibrio es cuando se da con la nota perfecta, esa que es presionada en el tiempo y tono indicado, y logra gatillar la emoción necesaria para remecernos el cerebro y el corazón. Y ese equilibrio fue clave durante el maratónico debut de los ingleses de Haken en nuestro país.

Promocionando su quinto larga duración, “Vector” (2018), el sexteto londinense llegó a la capital para presentarse en el Teatro Teletón, recinto que congregó a cientos de fanáticos locales para disfrutar de un show impecable, que desde un principio dio la nota alta con la actuación del guitarrista nacional Claudio Cordero, quien, junto a su banda Plasma –nombre que fue revelado como una exclusiva para los que asistimos al recital de anoche–, repasó lo mejor de su catálogo. Destacaron en su breve pero potente set “Zenith”, “Letting Go” y “Quasar”, composiciones que provocaron la ovación del respetable, que en todo momento dio su apoyo a los locales. El escenario no pudo quedar mejor preparado para recibir al plato de fondo.

Tratar de condensar el trabajo de más de dos horas que realizó Haken sobre el escenario capitalino es una tarea tan titánica como cualquiera de sus canciones, pero lo cierto es que en vivo pudimos comprobar con creces cada una de sus credenciales. Aseverar que realmente son los “reyes del prog” siempre será algo exagerado, pero su espectáculo no tiene nada que envidiar a bandas insignes del estilo, tales como Dream Theater o al mismísimo Steven Wilson.

Y es que la influencia de estos dos nombres es notoria en la música de los ingleses, sobre todo la del proyecto encabezado por John Petrucci. Temas como el que abrió el concierto, “The Good Doctor”, o “Falling Back To Earth”, rememoran en numerosos pasajes a Dream Theater, sobre todo porque el timbre y forma de cantar de Ross Jennings, frontman del conjunto, es bastante parecido al de James LaBrie. Jennings es un cantante bastante competente, manejándose sin problemas incluso en los guturales y siendo el principal canal entre el público y la banda, que no dejó de sorprender durante toda la velada.

Los músicos sacaron los mayores aplausos con la exhaustiva triada final compuesta por “The Architect”, “Crystallised” y “Celestial Elixir”. Sumando casi sesenta minutos de duración entre las tres, Haken dio cátedra a sus seguidores, quienes vieron volar su mente y sus emociones. Para este redactor, tales demostraciones de virtuosismo suelen ser un tanto agotadoras y excesivas, pero el equilibrio estaba y los londinenses lo sacaron adelante con clase. Donde sí podemos permitirnos una excepción y celebrar la sobre explotación de los aspectos técnicos, es con la salvajada que lleva por nombre “Nil By Mouth”, un instrumental que suena como el hijo bastardo de Meshuggah y Skrillex, que en casi siete minutos se las arregla para volar cabezas a pura brutalidad hecha metal progresivo. Totalmente demencial.

Luego de dos horas y un poco más de función, Haken bajó del escenario con la seguridad de haber cumplido ante un público que esperaba lo mejor de sus ídolos. Hicieron gala de una destreza y prolijidad elogiable, además de conmover e inyectar de energía a la muchedumbre. Cualquier debate sobre forma y fondo quedó sobrando al abandonar el teatro. Los ingleses dieron con la nota perfecta y se enmarcaron como uno de los actos imperdibles de esta temporada para los seguidores del rock progresivo, para esos que disfrutan con la cabeza y con el corazón.

Setlist

  1. The Good Doctor
  2. Puzzle Box
  3. Falling Back To Earth
  4. Cockroach King
  5. Nil By Mouth
  6. 1985
  7. Veil
  8. The Architect
  9. Crystallised
  10. Celestial Elixir

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Orchestral Manoeuvres In The Dark: Pretendiendo ver el futuro

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¿Qué hay detrás del baile? ¿Por qué el cuerpo traduce la música y los ritmos de ciertas maneras? Desde Darwin hasta David Byrne han tratado de pensar en por qué la evolución de la humanidad tiene a la danza como algo clave para el acto de ser humanos, y por ello es que la reflexión siempre aparece cuando el baile se hace algo colectivo. Cuando bailamos juntos, en la oscuridad de una pista o una cancha como ocurre en un concierto, esto indica, por lo menos, la existencia de una comunión, y en el punto máximo, una creencia haciéndose algo material.

Cuando se observa lo que pasa con la música de Orchestral Manoeuvres In The Dark (OMD), es difícil pensar en qué tiempo se habla. Se puede pensar en ritmo, en letra, en música, en espíritu, pero también hay un ansia en el dúo formado a fines de los 70’s por capturar el futuro. ¿Qué hay detrás del baile? Pareciera que está la voz de los tiempos, un zeitgeist accidental, que luego de ser futurista calza más con un retro futurismo que se vuelve único y necesario, tal como fue la primera visita de OMD a nuestro país, en una Cúpula Multiespacio repleta con más de un millar de personas que tuvieron chance de ver una clase maestra de cómo se configura una sesión de baile, intensidad y calidad.

Tras un buen calentamiento con el set de synthpop que puso Cristián “Chico” Pérez, el público esperó ansioso a OMD, y es que el público (cuyo promedio de edad probablemente se elevaba sobre los 40 años) sabía que la espera había sido larga. “Paul, ¿me puedes decir por qué cresta esperamos 40 años para venir acá?” fue la pregunta de Andy McCluskey que todos pensaron, al unísono, que resumía esa sensación de cómo lo inevitable se deja esperar tanto tiempo. Antes de eso, “Isotype” iniciaba el show a las 21:45 hrs., en una muy buena muestra de cómo OMD pasó de proyectar al futuro, a vivirlo.

Aunque este tema fuera de “The Punishment of Luxury” (2018), último disco a la fecha de los ingleses, lo cierto es que se integraba de forma natural con clásicos posteriores como “Messages” o “Tesla Girls“, y todo se transformaba en una fiesta, con un juego de luces perfecto, y también con los movimientos maniáticos de McCluskey quien parecía poseído por el espíritu de su “yo” más joven. Una mezcla entre el luchador Shinsuke Nakamura y un bailarín experto en clubes de Ibiza, los pasos de Andy eran impactantes y dotaban de urgencia a un repertorio que, en vez de urgente, ha tenido al tiempo de su lado para decantar en lo preciso y lo trascendente.

Por ello es que el salto entre canciones con décadas de diferencia como “History Of Modern (Part 1)” y “Pandora’s Box” se da con tanta naturalidad, porque el factor común es OMD, cuya historia puede remontarse a cuatro décadas atrás, pero que estuvo 10 años completos sin avanzar, y ese tipo de desajustes no se notan en el escenario ni en el armado de un set hecho para la ocasión, no enfocado en el trabajo más reciente, sino que en clásicos de todas las épocas, desde “(Forever) Live And Die“, “If You Leave” y “Souvenir” (que fueron todas juntas), hasta las “Joan of Arc” y “So In Love“.

La gente respondía siempre, en todas las canciones, en todos los momentos, sin dejar de entregar energía y corresponderle un poco a McCluskey. También hay momentos donde Paul Humphreys tomaba el micrófono para cantar, como en “Souvenir” o “(Forever)…“, y ahí quedaba de manifiesto cómo se complementan ambas personalidades, Andy desde lo frenético y Paul desde lo melódico, redundando en esta conjunción de ideas de futuro que se vuelven fiesta, baile y oscuridad.

Más cerca del final viene la locura de “Locomotion” o el coro que es “Sailing On The Seven Seas“, para luego cerrar el main set con “Enola Gay“, esa canción de OMD que es imposible que no haya sido escuchada, que es reconocible incluso por quienes no tienen idea de la mera existencia de la banda. Aunque se escuchaban cosas comentadas por la gente como “este es el tema de los gays” (claro, campeón, seguro que es por eso), lo cierto es que la energía era completa y dejaba a la gente en ascuas de más, en especial con esa maravilla de coreo de estadio asimilando a los sintetizadores en esta canción. La cara de sorpresa de Andy y Paul dejaba en claro su posición respecto al público en esta velada.

¿Qué hay detrás del baile? Esto funciona como idea a considerar en canciones más calmas como las que iniciaron el encore como el himno “Walking In The Milky Way“. Al final del día, y cerca del final del concierto, se buscan puntos de encuentro, sensaciones comunes. A veces no es de lo más placentero tener mucha gente alrededor, moviéndose y chocando unos con otros, a veces con cabezas que tapan parte del escenario o con algunos que fuman en recintos cerrados, pero cuando se consigue la coordinación de todos los espíritus para ser uno, nada de eso importa.

En el caso de un show como el de OMD lo que importa es cómo nos encontramos en pistas de baile, en recuerdos de un futuro pasado, y cómo es que la electricidad se sigue transmitiendo. Por ello es que ese tributo a Kraftwerk, “Electricity“, se hacía la mejor forma de cerrar 97 minutos perfectos, con sonido, energía, voces, y un público a la medida de lo que debió ser, y que finalmente fue el debut de OMD en Chile. Como cantara Springsteen: “No puedes iniciar un fuego sin una chispa / (…) incluso si es que estamos danzando en la oscuridad“.

Setlist

  1. Isotype
  2. Messages
  3. Tesla Girls
  4. History Of Modern (Part 1)
  5. Pandora’s Box
  6. (Forever) Live And Die
  7. If You Leave
  8. Souvenir
  9. Joan Of Arc
  10. Joan Of Arc (Maid Of Orleans)
  11. Of All The Things We’ve Made
  12. So In Love
  13. The Punishment Of Luxury
  14. Dreaming
  15. Locomotion
  16. Sailing On The Seven Seas
  17. Enola Gay
  18. Walking In The Milky Way
  19. Secret
  20. Electricity

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