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Gustavo Santaolalla: El arte de la trayectoria

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La física define a la “trayectoria” como el recorrido que describe un objeto que se desplaza por el espacio. Este término en el ámbito musical se usa indiscriminadamente para hablar de carreras en múltiples estados; ya sea que exista o no un recorrido presente, se habla de las trayectorias para definir a los más grandes, pero pocos emulan a la física y hacen que este desplazamiento continúe. Una cosa es el movimiento hecho, pero otra el que se sigue haciendo, y por prácticamente 50 años, si hay un artista latinoamericano que no ha detenido sus rumbos –y, por tanto, su camino– ese es Gustavo Santaolalla.

Desde el rock profundamente argentino que profesaba en Arco Iris hasta su actualidad, donde se mezclan soundtracks y producciones para artistas desde Café Tacvba hasta Eric Clapton, Santaolalla ha hecho un andar profuso y lleno de canciones, propias y ajenas. Sin embargo, como dijo antes de su primera visita como Gustavo Santaolalla a nuestro país (antes había estado varias veces con Bajofondo), recién a los 66 años lanzó su carrera como solista, la que tiene discos y canciones a su haber, pero que jamás había configurado para girar o mostrarse, quizás en el último acto de humildad que tiene un tipo que gusta del proceso, del camino, ese que invitó a desandar en un Teatro Nescafé de las Artes casi repleto en la fresca noche del 12 de septiembre.

Justo antes de iniciar el show, a eso de las 21:20 horas, el teatro comenzó a aplaudir sin que se hubiera levantado aún el telón: la presencia de Jorge González, quien trabajara con Santaolalla en “Corazones” y su álbum homónimo, generaba vítores raros para un país que no reconoce a sus ídolos en vida, y era un pequeño aperitivo de la energía y sensaciones que inundarían el espacio por casi tres horas.

Todo iniciaba con “Inti Raymi”, y la Santabanda –como se hacen llamar los músicos de Santaolalla– mostraba la variedad de timbres que aparecerían en el show. Con la ovación del teatro, Gustavo aparecía para instalarse y comenzar con el primer set, rico en canciones de Arco Iris, esa banda que armó cuando empezaba a relacionarse con la música, con canciones como “Abre Tu Mente” o “Camino”, las que en el formato de esta gira obtienen matices y colores únicos, alejándose de la falsa psicodelia que se le legó a una banda como Arco Iris, que simplemente incluyó el folklore en el rock en tiempos de apretones mentales y revoluciones hippies. Ahora estas composiciones son atemporales y su construcción sólo alcanza tintes clásicos con los arreglos de este espectáculo, donde es la canción la que manda. Quizás eso hace de Santaolalla un compositor cautivante: deja que la canción mande, y él y los suyos sólo son puntos que arman la trayectoria de estos temas.

Así, a diferencia de otros shows en este formato, se coló un par de temas de su trabajo solista en esta primera parte, “Un Poquito De Tu Amor” y “Compañeros del Sendero”, dos sorpresas de varias que vendrían. Luego volvería a Arco Iris con canciones como la conocida “Zamba”, “Quiero Llegar” o la “Canción De Cuna Para El Niño Astronauta”, tras la cual vendría el recuerdo a la gran Mercedes Sosa y al amigo de mil batallas de Gustavo, León Gieco, para cerrar esa primera parte con el “Río De Las Penas” Intensa forma de dejar esperando a una audiencia que ya veía que el concierto iba para largo, y que sería incluso más extenso que las fechas anteriores hechas por Santaolalla y la Santabanda, sólida en todo momento, con Barbarita Palacios, Javier Casalla, Nicolás Rainone, Andrés Beeuwsaert y Pablo González haciendo gala de su carácter de multiinstrumentistas para dominar cada faceta que las canciones ponen en frente.

Al volver –­casi de improviso– Santaolalla irrumpe con “No Existe Fuerza en el Mundo”, que interpretara Gieco, mostrando lo importante de esa alianza para Gustavo. Luego de esto aparecería el trabajo completamente solista, con tracks como “A Solas” o “Todo Vale” para dar paso a otra corriente más atmosférica de la labor de este artista, que son los soundtracks, eligiendo “De Ushuaia A La Quiaca” de “Diarios de Motocicleta”, el main theme de la banda sonora del videojuego “The Last Of Us”, y un medley de “Brokeback Mountain”, mostrando la diversidad de espíritus, donde destaca el uso del charango y su timbre tan característico, entregando solemnidad y recogimiento, tal como el que se sintió en el homenaje hecho a Jorge González. Luego de mencionarlo para dar con una ovación gigante nuevamente, Santaolalla habla de los lazos que lo unen con González y dice que habrá un disco en honor a él, y que contará con una interpretación de “Por Amarte”, del “Corazones” (1991), ese disco que juntó por primera vez a dos de los artistas más importantes del continente. La versión fue sentida, contenida, una preciosa reversión donde Santaolalla ahondó en el sufrimiento del hablante. Si como compositor es clave, como intérprete se subvalora la intensidad que alcanza y que parece trascendental, más allá de lo obvio.

Debe ser, sino la experiencia, la trayectoria, esos caminos que se cruzan para corear “Mañana Campestre” o sentir “Pena En Mi Corazón”. Bajofondo y Arco Iris. Dos caras de un mismo creador, una apelando a las oscuridades y sus brillos, y otra a la belleza de la luz, tanto interna como externa, lo que trasunta en la belleza tierna de “Vecinos” y en la fuerza de “Ando Rodando”, que luego sólo crecería con la interpretación, a pura garganta y caja, en honor a la tradición de la vidala, para terminar con “Sudamérica” de Arco Iris y “Pa’ Bailar” de Bajofondo, ya con todo el mundo de pie, disfrutando de uno de esos artistas que no se cansan de deambular y hacer que su punto en la inmensidad del cosmos nunca deje de andar. Treinta canciones en casi tres horas, incluyendo el intermedio de quince minutos, emociones por montones y un sonido cálido que permitía a la voz de Santaolalla sobresalir. Pocas veces un espectáculo es capaz de capturar todas las facetas de un artista, en especial uno de tan amplio espectro, y ese fue el lujo que entregó Gustavo Santaolalla en el inicio de una gira solista que no es más que la demostración del más fino arte de la trayectoria.

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Mark Lanegan: Flores marchitas

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Mark Lanegan

Cuesta trabajo recordar todas las ocasiones en que Mark Lanegan se ha presentado en nuestro país, gozando del beneplácito de la audiencia en cada uno de sus pasos. Ahora, con el álbum “Gargoyle” (2017) como su último registro en solitario, el ex Screaming Trees llegó para presentarse en el Club Subterráneo, el cual, repleto, recibió al artista con su formación light, acompañado de dos músicos en escena. Y es que el show de Lanegan nunca será un típico concierto de rock, por mucho que su trasfondo responda a las guitarras distorsionadas y las letras depresivas, muy por el contrario, el artista se la juega en encontrar una forma para comunicar sentimientos, generar lazos y así provocar toda una experiencia mediante la complicidad de sus letras junto a la música.

Bastaron sólo los primeros acordes de “When Your Number Isn’t Up” para que el aura lúgubre y decadente de Lanegan inundara cada rincón del Club Subterráneo, conectándose con el público desde el primer momento y estableciendo comunicación fluida, una que no se vio interrumpida en toda la noche. Acompañado solo de Shelley Brien en teclados y sintetizadores, además de Jeff Fielder en la guitarra, Lanegan desplegó su repertorio de una manera minimalista y directa, interpretando sus composiciones casi como si estas fueran recitadas. Bajo esa premisa, canciones como “Low”, “Hit The City” o “Sister” se jactaron de un sonido desértico, melancólico y oscuro, evocando sentimientos y sensaciones indescriptibles en palabras, como una maravillosa descomposición de las melodías, con cada canción actuando como una flor marchitándose lentamente.

En ese sentido, el hecho de minimizar el espacio a sólo tres músicos en el escenario permitió ese contexto reflexivo e íntimo al que invitan las canciones de Lanegan, entregando motivos diferentes para todas aquellas composiciones que representaron a “Bubblegum” (2004) y “Gargoyle”, los dos álbumes con mayor énfasis dentro del setlist.

Los tintes de blues se sintieron con la tripleta conformada por “One Hundred Days”, “Come To Me” y “Strange Religion”, donde destacó la estridencia en las seis cuerdas de Jeff Fielder, principal pilar para el espectro sonoro que fue predominando en todas las canciones. Riffs de peso, atmósferas oscuras y una voz expresando decadencia se dejaron caer sobre todas las almas presentes, encontrando un punto de liberación en la desgarradora versión de “You Only Live Twice”, original de Nancy Sinatra, donde Lanegan demostró cómo puede tomar prestadas canciones y hacerlas suyas sin problema alguno.

Las cosas fueron encontrando su punto cúlmine con “Phantasmagoria Blues”, seguida del cover a O.V. Wright, “On Jesus’ Program”, las cuales cerraron el set principal de la noche. No obstante, el encore vino con una tremenda sorpresa de por medio, ya que Alain Johannes subió al escenario para acompañar a Lanegan en la interpretación de dos verdaderos pesos pesados: “I Am The Wolf” y “Hangin’ Tree”, más que conocida composición de Queens Of The Stone Age y que Lanegan no tocaba desde 2012, recibida y disfrutada con alegría y sorpresa por los asistentes, felices de haber presenciado tan histórico momento de ambos ex compañeros y recurrentes colaboradores tocando nuevamente en conjunto. Así, la noche llegaba a su fin, y uno de los artistas más queridos por el público local sellaba un nuevo encuentro con su fanaticada.

Cantar, dejarse llevar por la música, abrazar la melancolía en el proceso. Mark Lanegan es mucho más que un cantante de rock y eso lo demostró con una presentación que trasgrede los clichés típicos del grunge y cualquier estilo catalogado como alternativo durante la década de los noventa. Lo realizado por Lanegan en el escenario habla de una búsqueda constante por el verdadero sentido de la música, reforzándose en una capacidad para transmitir sentimientos y crear escenarios ficticios acordes al contexto de lo que está cantando. No por nada le han llamado el “crooner moderno” gracias a su poderosa voz e implacable desplante escénico, articulando desde el amparo de la oscuridad un relato que se propaga por cada rincón del lugar y remite sensaciones que el mismo artista puede estar sintiendo en carne propia. Sombrío y misterioso, Lanegan contó un tenso relato lleno de saltos, como si se tratara de la más densa película de horror.

Setlist

  1. When Your Number Isn’t Up
  2. Low
  3. Hit The City
  4. Nocturne
  5. Sister
  6. The Gravedigger’s Song
  7. Deepest Shade (original de The Twilight Singers)
  8. One Hundred Days
  9. Come To Me
  10. Strange Religion
  11. Beehive
  12. You Only Live Twice (original de Nancy Sinatra)
  13. One Way Street
  14. Mirrored
  15. Sad Lover
  16. Halcyon Daze
  17. Phantasmagoria Blues
  18. On Jesus’ Program (original de O.V. Wright)
  19. I Am The Wolf
  20. Hanging Tree

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