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Goldfrapp: Bailar y llorar

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A veces uno piensa que el recinto da lo mismo mientras la banda sea buena y haga bien su performance, pero muchas veces este contexto ayuda o entorpece los flujos de energía, comunicación e incluso de movimiento de los asistentes al evento. Por eso vale la pena destacar cómo La Cúpula del Parque O’Higgins ayudó a alrededor de mil personas a disfrutar al máximo del concierto de Goldfrapp, parte de los opening shows de Maquinaria Festival 2011.

Principalmente, la existencia de una cancha consiguió, antes de que la agrupación británica siquiera tocara una nota, tener armada la pista de baile. Y claro, con el correr de los 82 minutos que duró el show, cada vez se fue llenando más.

Todo partió con una media hora de retraso –aunque también La Cúpula se llenó en ese tiempo- y lo hizo con una intro similar a “Voicething” del “Head First” (Mute, 2010), para luego pasar a la tremenda “Crystalline Green”, una canción que le hacía total justicia al glamour del traje brillante y barroco que portaba Allison Goldfrapp. Pero la emoción se haría presente con “You Never Know”, donde el violín que acaricia Will Gregory se nota más que en la versión de estudio, logrando traspasar las barreras sensitivas que invitan a bailar para lograr sentir, y hacer que estas canciones de synth pop consigan tocar alguna vibra profunda.

Un problema que se notó fue que el bajo nunca sonó, o por lo menos no lo suficiente. Pareciera que hay demasiados instrumentos para la influencia que tienen en la performance. Por lo menos, los teclados y las percusiones funcionaban a cabalidad, a tiempo y casi perfectos, pero era el bajo, un instrumento primordial precisamente para la música más bailable, el que falló. Esto no perjudicaría que “Dreaming” sonara todo lo buena que es, aunque sería “Number One” la que soltaría definitivamente al público hacia la música y la pista de baile.

Allison Goldfrapp siempre tuvo al público en el bolsillo, por eso no resulta tan relevante decir cuánto bailó, gesticuló o posó frente al par de ventiladores que la hacían siempre parecer en medio de una sesión de fotos. En cambio, con “Number One” los brazos se alzaron y los pies dejaron de estar en el mismo lugar. La gente por fin entendió que quedarse en los cómodos asientos de la tribuna de La Cúpula no era suficiente para disfrutar a Goldfrapp en pleno.

Con una cancha llena en más de dos tercios, llegó un momento tremendo de la noche: la interpretación de “Rocket”, coreada y bailada por todos. El primer single de “Head First” consigue que la gente se vuelva loca, que el recinto arda y que cada uno le pusiera su cuota de despecho o dedicatorias virtuales al coro “Oh / yo tengo un cohete / Oh / Tú vas en él / Oh / Nunca vas a volver”.

Entonces, cuando un clásico como “Satin Chic” entra en escena, más fácil le resulta a Goldfrapp hacer que el público mueva su cuerpo y mire con admiración cada gesto, cada aleteo de brazos o cada baile asemejando a una marcha que realiza Allison. Menos aún con el himno en el que se ha convertido “Believer”, con casi iguales cuotas de amor y odio. Un bueno ejercicio era ver los rostros de la gente y notar cómo interpretaban también.

Mientras, la banda suena bien, el bajo sigue sin aparecer —pese a que el bajista esté ahí, haciendo lo suyo— y el trabajo de iluminación es verdaderamente de joyería, dándole a Allison siempre el marco de deidad con el que su actuación queda perfecta.

Luego viene la bailable, aunque no tan relevante en el show, “Shiny & Warm”. Aunque es un buen respiro antes de otro clásico, “Train” del disco “Black Cherry” (Mute, 2003) Es este “tren” el que nos pasa por encima; nunca crees que el synth pop tiene tanto poder hasta que su desarrollo de teclados y percusiones lo logra. De hecho, es fácil advertir que hay mucho de rock en la propuesta de Goldfrapp, porque las estructuras de varias canciones, y en especial la forma de tocar los instrumentos en “Train”, hacen que en vivo parezca a ratos un “hardcore pop”.

El público agradece esto; aplaude, grita, corea. Allison luce a ratos desorientada entre las canciones y atina a dar las gracias “en el último show de la gira”. Luego vuelve a su personaje habitual y La Cúpula casi se derrumba con la versión de “Ride a White Horse” que incluso, de tan poderosa, pareciera que fuera la última canción de la velada. Afortunadamente no es así y se viene el delirio de la audiencia, mientras Allison sigue utilizando ese registro que incluso suena mejor que en el disco, para comenzar con la (supuesta) última canción: “Ohh La La”. Si bien suena adecuada, no es tan épica como fue “Ride a White Horse”, pero su fama la precede y la gente de todas formas ya está metida en esta fiesta. De hecho, no hay mucha reacción tras terminar la canción: aplausos, incertidumbre, algunos cánticos de barra para que Goldfrapp vuelva al escenario, pero nada del otro mundo. El grupo vuelve porque quiere hacerlo, y se agradece.

Comienzan el bis con dos canciones, ante las que el público se muestra más contemplativo y con una disposición a disfrutar de la emoción que esto le lega. “Black Cherry” es tierna, el violín emociona, y muchos y muchas aprovechan de acurrucarse. A su vez, “Little Bird” explica el traje de Allison, una verdadera ave que al abrir sus brazos abarca buena parte del escenario con su carisma. También, obvio, es una canción que funciona y en la parte instrumental se nota mayor cantidad de sonidos orgánicos, lo que sirve para darle profundidad a un momento que emotivamente tiene una gran energía.

El baile vuelve con la marcha feliz de “Happiness”, cuyo coro es otro gran momento de comunicación entre la vocalista y la audiencia.

Luego viene un momento inesperado. Una canción que no sonó en todo el periplo por Latinoamérica de Allison, Will y los suyos. “Lovely Head” ni siquiera está en las bases de fondo que utilizan para el concierto, todo es teclados, batería y la voz de Allison —el bajo jamás sonó— y es el momento de mayor agradecimiento por parte de la gente. Entienden que ese momento es único y que valió la pena mirar y admirar.

Para el final, la severidad disco de “Strict Machine” se hace un tremendo cierre de fiesta, y la gente recién entiende que bailó por más de ochenta minutos. La sensualidad synth del coro “I’m love / with a strict machine” es un gran momento para entender por qué Goldfrapp suena como suena.

No es cuestión de una banda o de una vocalista, sino que la fidelidad al sonido de sintetizadores y teclados, como una manera de homenajear a los pasados tiempos del pop.

Goldfrapp no busca sólo que la gente baile, ni que coree, ni que grite, también hay una clara vocación emotiva, para lo que ayuda la voz de Allison Goldfrapp, verdadera sacerdotisa del synth pop moderno, que te puede hacer llorar mientras mueves tu humanidad en la pista de baile. Porque eso fue la Cúpula anoche, una pista de baile. Y por eso es importante que las productoras identifiquen al público que tendrá la banda, precisamente por el bien del espectáculo. Ese que Goldfrapp dio, y de sobra, anoche en La Cúpula: para bailar y llorar (de alegría)

Por Manuel Toledo-Campos
Fotos por Fernanda Vaca

Setlist:

  1. Crystalline Green
  2. You Never Know
  3. Dreaming
  4. Number 1
  5. Rocket
  6. Satin Chic
  7. Believer
  8. Shiny & Warm
  9. Train
  10. Ride A White Horse
  11. Ooh La La
    ———————-
  12. Black Cherry
  13. Little Bird
  14. Happiness
  15. Lovely Head
  16. Strict Machine

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Primavera Sound Santiago 2022: Domingo

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Bjork Chile 2022

El dicho popular, reza: “Después de la tormenta, llega la calma”. Y así fue el último día de esta gran cruzada en torno a la música chilena y mundial llamada Primavera Sound Santiago. El buen clima y, por qué no decirlo, el calor agobiante por ratos, se tomaron el Parque Bicentenario Cerrillos y fueron el marco para recibir una jornada que traía nuevamente debuts y consagrados, música para relajarse, para mover los pies y para gritar a todo pulmón.

Familea Miranda

La quintaesencia de la mancomunión catalana-chilena fue la inclusión de Familea Miranda, el trío chileno radicado hace más de una década en Barcelona que prometía ser el puente tácito entre el festival recién llegado y la pujante escena nacional. Y qué mejor que el tándem de fundadores “Katafú Rozas y Milo Gomberoff junto al baterista Alex Farré como un power trio cargado de rock cada vez más intrincado y cavernoso, con este último otorgándole la potencia y sapiencia a la hora de adecuarse a los ritmos enrevesados que la experiencia les ha permitido crear a Rozas y Gomberoff.

Juntos, dieron rienda a un set que recorrió sus más de veinte años de carrera desde los tiempos de “3Nsayo 3Rror” (2006) abriendo con “The Legañon” y “El Bloqueo”, y pasando por “Caballo de Alquiler”, “Lorem” y “Brut Nature” de “Radiopharm” (2015), el disco que significó en su momento el debut de Farré en el trío por este lado del mundo. La entrega fue total para aquellos que en el escenario Primavera desafiaban los primeros y fuertes rayos de sol que tanto escasearon la jornada anterior.

Por supuesto, estuvo “Palomita”, el clásico del folklore latinoamericano reconvertido en rock ruidoso y primal, y el final estridente estuvo a cargo de “Servú (Ronda)” deviniendo en una cuasi jam desbocada de free jazz, añadiendo otra cara que mirar al prisma que es Familea Miranda, una banda que, a la distancia y a su manera, se las arregla para hundir más sus raíces en suelo chileno, viniendo cuando pueden y tocando donde quieren. Aunque digan que ya no son de ninguna parte, se nota que extrañan y qué mejor que plasmarlo en esta, la primera versión del festival Primavera Sound Santiago.

José González

Cuando el sol dominical se abría paso entre las ya escasas nubes del fin de semana, con un breve retraso comenzaba el show de José González. El sueco de ascendencia argentina hizo gala de un español más bien tímido y escueto porque lo suyo no iba de parafernalias, imaginarios o grandes discursos, su declaración de principios es y ha sido siempre la simpleza. “Killing For Love” y “Cycling Trivialties” fueron, entre otras, las elegidas para partir plasmando un delicado set sin prisas ni pausas.

A pesar de no ser un festival el mejor escenario para la propuesta de González por todo el barullo circundante, se las arregló para marcar presencia, incluso con la pulsión electrónica del escenario Bits varios metros más allá haciendo lo suyo y que se colaba cada tanto, a punta de rasgueos abiertos y profundos, preciosas melodías arpegiadas y uno que otro backing track con sutiles beats, como en “Swing”, aunque, si no estaban esos beats, marcando con el pie también se las arreglaba sin mayores problemas. Como respuesta, recibió la respetuosa atención que su música naturalmente exige.

Con destreza, se paseó por su relativamente breve catálogo, dándole espacio a fracciones de su más reciente “Local Valley” como también a sus viejos y queridos clásicos: su propia versión de “Teardrop” de Massive Attack y el famoso cover de “Heartbeats” de The Knife, dotándolo de nuevas intenciones subiéndolo algunos semitonos hasta casi llegar al original. La sesión de los menos de cuarenta minutos originalmente planeados fue acogida por la audiencia como si fuera ese amigo que viene de viaje y quiere contar todo lo que afuera vio. Cantó, gustó y encantó con poco, porque sin duda algunas veces menos es más.

Jessie Ware

Aunque el tiempo que le dieron en Chile fue menor a lo de los otros Primavera Sound en Latinoamérica, Jessie Ware convierte cada segundo de su show en un deleite disco, hecho para bailar, llorar, seducir y transformar un sonido que acompañó la pandemia en una realidad escénica que supera expectativas. Desde “Spotlight” ya se notaba que las canciones tendrían mixes y énfasis diferentes a sus versiones de estudio, más simples, con los beats y el lucimiento de la voz de Jessie como ejes de lo que se escucha, mientras sus coristas y bailarines configuraban imágenes de acción, pasión y complicidad como la que la artista británica también demandaba y obtenía de su público. Aunque mucha gente que esperaba a Björk se quedó impávida, igualmente en ciertos momentos se sumaban a la fiesta, que en 48 minutos conseguiría entregar lo esperado y más.

El show giró alrededor de “What’s Your Pleasure?” (2020), ese álbum que para mucha gente se convirtió en la luz al final del túnel en tiempos de pandemia, ese disco que había que ir a bailar y que permitía viajar a universos paralelos que, bajo el inclemente sol que no había aparecido todo el fin de semana, se hizo real. “Ooh La La”, “Soul Control” o “Hot N Heavy” fueron muy coreadas con todo el mundo bailando, mientras Ware dominaba con carisma y sensualidad la escena, sin excesos, con la elegancia de quien conoce su material y cómo hacerlo brillar. Por ello es llamativo cómo la exhibición vocal es incluso mayor que en el estudio, con más gimnasia tonal y más recursos, enriqueciendo con esas complejidades los mixes más directos.

Lo anterior brilló con especial fuerza en la sobrecogedora versión de “Remember Where You Are”, con emociones y belleza a raudales. También ocurrió con el himno en que se ha transformado el reciente single, “Free Yourself”, y con el icónico momento que es “What’s Your Pleasure?” en vivo, con Jessie tomando un micrófono con un stand en forma de látigo, agitándolo con dominación, en todos los sentidos. Del material anterior a 2020 sólo sonó la versión remix de “Running” como la rearmó Disclosure. El cierre con “Save A Kiss” terminó con una fiesta en el amplio sentido, desde las alegrías instantáneas a los recuerdos perennes, en un debut en Chile para recordar y seguir bailando en su honor.

Björk

Siempre es una apuesta arriesgada cuando un festival decide poner algún show temático dentro de su cartel, más aún cuando dicha presentación está a cargo de alguien tan masivamente popular como Björk, que trajo su espectáculo “björk orkestral”, consistente en una serie de canciones interpretadas en un formato acústico para ser parte de la jornada de domingo en Primavera Sound Santiago. Junto a la Fundación de Orquestas Juveniles e Infantiles (FOJI), compuesta por músicos de la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil y de la Orquesta Sinfónica Estudiantil Metropolitana, la islandesa se paseó por distintos tracks de su discografía para el deleite de los presentes, quienes, seguramente por la devoción que le tienen a la artista, no tuvieron problemas en conectar con un show que, debido a su configuración y ubicación en el horario a las 19:00 hrs, no lograba enganchar con el grueso del público. El inicio con “Stonemilker”, “Aurora” y “Come To Me” comenzaron poco a poco a generar un ambiente que terminó por apoderarse del lugar, donde se congregaron miles de personas, entre seguidores y asistentes, que comprendían muy bien que a una artista con este nivel de influencia había que verla sí o sí por lo menos una vez en la vida.

Concentrando principalmente sus esfuerzos en canciones de “Vulnicura” (2015), “Homogenic” (1997) y “Post” (1995), Björk presentó épicas y estruendosas reinterpretaciones de tracks como “You’ve Been Flirting Again”, “Isobel”, “Jóga” o “Quicksand”, con los jóvenes de la orquesta dando la talla en cada nota bajo la atenta dirección de Bjarni Frímann, quien se ha encargado de conducir las orquestas que se presentan junto a la islandesa durante esta gira. Ya para el cierre, y con el público en el bolsillo, la artista desplegó una intensa versión de “Hyperballad” para finiquitar su presentación, regresando posteriormente ante el aplauso de los presentes y despedirse definitivamente con “Overture” y “Pluto”.

A 10 años de su última presentación en nuestro país, la islandesa trajo sus composiciones en una configuración distinta, lo que se agradece un montón, pese a lo emocionante que sea escuchar sus clásicos en vivo bajo una interpretación más cercana a las originales. Siempre es bueno ver a Björk en vivo, y mucho mejor cuando se le agrega una novedad como la posibilidad de escuchar composiciones tan importantes para lo que fue su apogeo artístico desde la segunda mitad de los 90 hacia delante, mostrando no sólo su presente más maduro y robusto como artista, sino que además lo adaptables que son sus composiciones a distintas configuraciones. Pese al contexto más íntimo que evoca la presentación, su solemnidad logró que se transformara en algo especial, único y muy distinto de cualquier cosa que se pudiera presenciar durante el fin de semana. En simples palabras: un show de Björk como debe ser.

Mitski

Luego de que Björk invocara el atardecer sobre Cerrillos, era el turno de Mitski, que ya con la oscuridad de cómplice se preparaba para enfrentarse al sorpresivamente amplio público que la esperaba. Con la teatralidad que la caracteriza, y una presencia imponente y cálida, la artista recurrió a su último trabajo, “Laurel Hell”, desde donde escogió “Working For The Knife” como punto de partida. Sólo bastaron los primeros acordes para dar rienda suelta a la catarsis que significa escuchar, sentir y ver a Mitski sobre un escenario. Y es que la artista transmite intensidad y pasión en cada estrofa, como entregando un poco de sí misma a cada persona hasta ya no dar más.

Las nuevas tecnologías y los nuevos contextos digitales han ampliado el margen de los fenómenos virales, y así han logrado que una nueva y joven generación de fanáticas se acerque a su música. He ahí gran parte de la creciente popularidad –que ya iba en ascenso– de la cantante no sólo en Chile, sino también en el mundo. Con los hits “Washing Machine Heart” o “Nobody”, que han sonado fuerte en redes sociales, Mitski diseña un set que, pese a no mantener una línea definida, se pasea por todas las emociones y de esa manera también sorprender.

Mitski debutó en nuestro país en un momento clave para su carrera y popularidad, sintiéndose abrumada y agradecida por el calor del público local que no dejó de acompañarla y seguir cada movimiento que comunicaba con sus manos o su corporalidad. Tomándose el escenario, cumplió con las expectativas y se ganó a un país que pareciera meterse en sus más profundos sentimientos.

Father John Misty

En el último rincón del parque, el escenario Primavera vio llegar el show de Father John Misty pasadas las 21:00 hrs., con el músico presentándose frente a un público mucho menor al de cualquier show en los escenarios principales, pero que se destacó por una cosa en particular: la mayoría estaba familiarizada con su catálogo. Desde el comienzo con “I Love You, Honeybear”, los presentes acompañaron al músico y su banda en un desfile de composiciones de todas sus obras de estudio, pasando por tracks como “Total Entertainment Forever”, “Mr. Tillman” o “Nancy From Now On”, con una solidez instrumental impecable por parte de la banda compuesta por nueve músicos entre batería, guitarras, teclados e incluso una sección de vientos, que le aportaron una exquisitez sonora muy elegante.

Lamentablemente, problemas de sonido aparecieron sin previo aviso en “Goodbye Mr. Blue”, canción que fue interrumpida por un corte total del sonido en el escenario, con Tillman y compañía siguiendo su interpretación por un par de segundos antes de notar que el sistema de sonido del escenario no estaba funcionando. Probablemente esa mala pasada, y la reinterpretación del track, hizo que el músico debiera estrechar su set, aunque de todas maneras el público y artista se mostraron de muy buen ánimo continuando con tracks como “Please Don’t Die”, así como otros momentos de catarsis como “Pure Comedy” o el histriónico cierre con “The Ideal Husband”, canción que suele cerrar las presentaciones más catárticas del artista, quien en su segunda vez en Chile pudo consagrarse no sólo como el poseedor de un gran desplante escénico, sino que también como un músico que ha crecido mucho artísticamente con cada álbum de su corta carrera como solista.

Charli XCX

La presentación de Charli XCX parecía estar en duda. Tras enfermarse de la garganta en Argentina, la cantante inglesa debió permanecer en reposo y en silencio para cumplir con sus shows, incluyendo el de nuestro país. Ya casi recuperada, saltó a escena completamente sola, sin más apoyo que su actitud y desplante. Si bien, en ciertos pasajes de la introducción con “Lightning” o “Gone” la cantante forzaba su voz, esto no fue impedimento para que despachara un show lleno de color, carisma y sensualidad.

Charli XCX maneja las claves del pop en otra frecuencia, las tuerce, y en otras se las apropia. Sin bailarines, músicos en escena y con una modesta escenografía, la artista se adueñó del parque por unos minutos y comandó la fiesta de todos y con dedicatoria especial en “Boys” para acelerar hacia el final con la explosiva “Vroom Vroom” y “Good Ones”. Charli XCX, otro debut en suelo nacional, demostró por qué es la diva alternativa del pop, transversal y agresiva.

Caroline Polachek

El último show del festival estuvo al borde de la perfección, porque Caroline Polachek entregó un nivel de pop que, moviéndose entre la elegancia, la experimentación y la destreza técnica, consiguió la dificultosa hazaña de cerrar con broche de oro un evento con múltiples puntos altos. Es que la norteamericana es capaz de generar ganchos pop con mezclas futuristas en el estudio, y eso juntarlo con su voz que, en vivo, suena aún más potente que en lo grabado. Además, su carisma y simpatía le hacía congeniar con el público que, pese a no ser copioso en el alejado escenario Primavera, sí fue muy participativo, coreando con fuerza y dejando sorprendida a la artista a ratos.

Iniciando con “Pang”, track homónimo de su álbum debut de 2019, la perfección en los movimientos de Polachek, coreografiados con prestancia, se comenzó a notar. Mientras ella logra que su voz proyecte exactitud, los gestos, cada paso, cada giro de su cabeza tiene apariencia de ser parte de un continuum, y es que no es sólo un afán de moverse, sino que una coreografía cuidadosamente trabajada con C Prinz. Al mismo tiempo, cada canción es una cuidada producción, incluso en vivo, porque las versiones cuidan los elementos, a veces eligiendo que la batería se luzca, como en “Hey Big Eyes”, o en “Sunset” con la guitarra al estilo español siendo lo que brilla.

Pero lo más sorprendente es lo espontáneo que logra sonar todo, en un espectáculo que sorprendía incluso a quienes conocen cada recoveco del trabajo de Polachek, ya sea la dulzura de “Billions” y su coro hecho para multitudes, o el cover de “Breathless”, original de The Corrs, que consigue un halo de oscuridad inédito en sus manos. Más allá de la altura de deidad que aparenta la cantautora, hay mucho de humano en el trabajo necesario para equilibrar talentos de manera perfecta en escena, y ello es lo que, en poco menos de una hora, cerró los shows del fin de semana.

​Es indispensable pensar que este fue el debut no sólo de un festival, sino también de su productora, y el análisis debe ser justo con ese tipo de detalles. De hecho, hay múltiples paralelos con el debut del otro festival que se hace en este mismo parque en marzo, iniciando con ripios en la venta de entradas, teniendo que disponer de descuentos meses después de poner abonos en venta, y que le costó comunicar al público de un nuevo paradigma de evento. La amplitud de los espacios físicos para el público, tanto en servicios como en calles para transitar (sólo con la salida del segundo día como un punto preocupante) es algo destacable. Además, la curatoría del cartel entregó el mejor line up en muchos años en suelo nacional, más por el estrellato de los artistas que por sus momentos artísticos y creativos, con mucha gente habiendo lanzado su mejor trabajo y con shows de categoría tal, que cuesta mucho decir cuál no estuvo en un alto nivel. Otro punto a destacar fue cómo las mujeres artistas entregaron la mayoría de lo más comentado y lo más esperado, con multitudes sorpresivas en shows como Japanese Breakfast o Mitski, y otras anticipadas, pero no por ello menos notables, como Björk y Lorde. Un evento posible de mejorar, pero cuya primera impresión proyectó futuros en el presente y entregó esperanzas para posibles siguientes ediciones.

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