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Foals: Antídotos contra la abulia

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A veces podemos darnos muchas vueltas, analizar y sobre analizar un show porque genera muchas ideas extra, dando esa rica sensación de que se puede hablar de mucho y no sólo del escenario. Pero a veces hay bandas que convierten a ese en el único espacio posible. Sí, existen los discos, conceptos, rondas promocionales y mucho más, sin embargo, Foals es de esas pocas bandas que no para de crecer gracias a su capacidad en vivo. Animales del escenario hambrientos de los saltos de la audiencia, los de Oxford ya han mostrado anteriormente por qué son uno de los actos más cotizados en el orbe. Y tal vez nunca al nivel de lo que mostraron la noche del 2 de abril en Cúpula Multiespacio.

El show más extenso en la historia de la banda fue también, quizás, el más intenso que se podrá ver en la actual gira de un conjunto que apretó reset a su historia tras la salida del bajista Walter Gervers, tan clave en el dinamismo del conjunto, que incluso esto supuso un retorno a las raíces de su sonido –el que en sus últimos pasajes estaba siendo rico en distorsión– para regresar a los teclados como elementos clave, tanto en la composición como en la interpretación.

Everything Not Saved Will Be Lost – Part 1” (2019) es el primero de los capítulos de una nueva historia y, al parecer, mucho se guardó y poco se perdió, como se pudo ver desde las 21:35 hrs., cuando la banda salió al escenario ante un teatro repleto de gente para de inmediato despachar “On The Luna”, uno de los cortes más tranquilos de la velada, que opera como introducción adecuada a este nuevo sonido de Foals, con dos teclados, incluyendo en el bajo y sintetizadores a Jeremy Pritchard de Everything Everything. Lujo de sexteto para un show que ya en “Mountain At My Gates” se advertía como una bestia por sí mismo, con un público que respondió a la medida de lo que era entregado. Gente saltando, haciendo de la cancha un mar parecido al inquietante escenario del video de “What Went Down”, generaban gestos sentidos de un Yannis Philippakis que usualmente es más nervioso y angustiante en sus movimientos, pero que en los shows en Chile se relaja y ve cómo su intensidad sí tiene una respuesta acorde.

Junto con el LP nuevo, el otro material más referenciado en la noche es “Antidotes” (2008), ese disco debut que puso a Foals en el mapa y que hasta hoy es considerado por muchos como el mejor trabajo de una banda potente, que, tal vez, había dejado un poco atrás la rapidez de canciones como “Balloons”, un regalito para los fans chilenos y que debutó en este tour, “Olympic Airways” y “Red Rocks Pugie”, todas las cuales presentan guitarras mucho más indie, con punteos que recuerdan más a Two Door Cinema Club que a The Stooges o Mastodon. Ese frenesí sólo tenía ciertas pausas con canciones de “Holy Fire” (2013), ese capítulo más bajo en la carrera del conjunto, que, pese a que logra convertir a las canciones en algo mucho más intenso que la blanda forma en la que suenan en el disco, igualmente quedan al debe en la vacía “My Number”. “Providence” e “Inhaler” escapan de ese destino, principalmente por la potencia de la banda y el compromiso del público en darlo todo en cada tema.

Pocos teléfonos se levantaban en el sector de cancha, algo raro en estos días, y es que lo que pasa con Foals es extraño en Chile. Ese nivel de intensidad es raro porque nos acostumbramos a la abulia, a que alguien alrededor converse, a que alguien más esté pegado a Instagram, a que otros no hagan intentos por bailar o saltar jamás, o que haya gente que escape casi corriendo tras el final del main set sin intención de ver el encore. Con Foals nada de eso pasa, y eso que todo el rato pareciera que el acelerador va pisado a fondo. Incluso canciones calmas, como la implacable, aterradora y fría “Spanish Sahara” o la compleja “A Knife In The Ocean”, explotan y se convierten en huracanes.

Mientras canciones conocidas y reconocidas como “Black Gold”, “Providence” o “Balloons” eran valoradas y coreadas, podría pensarse que no pasaría lo mismo con aquellas de un disco salido hace un mes, pero está claro que el último trabajo de los ingleses también tiene futuros clásicos, como “Sunday” o “Exits”, que de inmediato destacan, la primera por su inicio calmo que tiene un clímax bailable casi llegando al eurodisco, y la segunda por su construcción cíclica, que es el episodio más cercano también al concepto del reboot, casi como la evolución lógica de “Antidotes”. Y pensando en todo el tiempo que ha pasado (casi 15 años de historia), ver cómo se desenvuelve Foals en un escenario ante decenas de miles de personas como en Lollapalooza, y dos días después en un proscenio limitado como el de Cúpula Multiespacio, y ver a la misma banda controlar todo de manera tan clara, es impactante.

Yannis estaba feliz, incluso usando el chilenismo “la raja” para definir a un público que se volvía loco con cada entrega y que con “What Went Down” tuvo su momento más frenético y más ruidoso, en una explosión que tuvo su epílogo en la ya tradicional “Two Steps, Twice”, un cierre que, tras más de 100 minutos, se volvió en un show de esos históricos, con una banda dando mucho más de lo acostumbrado ante un público que los adora más que en ninguna parte del planeta. Cuando esa comunión es tan evidente, la efervescencia se desborda, y en medio de ese caos es que la supervivencia es más fuerte, como las leyes de la naturaleza, esa a la que evocan los movimientos de una banda que logra sacar el lado animal de ellos mismos y su audiencia. Volvemos a usar la palabra que define todo como ninguna otra: impactante.

Setlist

  1. On The Luna
  2. Mountain At My Gates
  3. In Degrees
  4. Balloons
  5. Olympic Airways
  6. My Number
  7. Black Gold
  8. Spanish Sahara
  9. Syrups
  10. Providence
  11. Sunday
  12. Red Socks Pugie
  13. A Knife In The Ocean
  14. Exits
  15. White Onions
  16. Inhaler
  17. What Went Down
  18. Two Steps, Twice

* No hubo permisos para fotos. Foto de Pedro Mora para el show 2016 de Foals en Chile.

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Primordial: Equilibrando la humildad y la ambición

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Primordial

Cuando pensamos en el sonido del black metal, siempre surge la idea de algo muy ligado a estructuras convencionales, o también ese estilo del metal que no va en el carril de lo tradicional, quizás llegando a otros segmentos. Por ello siempre es interesante cuando hay una mezcla de elementos para dar con algo nuevo, que es lo que pudimos ver a lo largo de una jornada con mucho de épico en la noche del domingo 21, en el Club Rock & Guitarras.

A las 19:54 horas, un poco antes de lo informado, Sol Sistere se subió al escenario e hizo valer su tiempo en oro, mostrando que desde una estructura black metal también llegan al heavy y al doom con facilidad, pese a que el sonido en la primera canción convertía todo en una masa sin mayores claridades. Desde el segundo tema se arregló esto, lo que afectaba muchísimo a la batería de Pablo Vera, y ya en “Death Knell” se veía cómo la potencia y el control eran uno en la ejecución de la banda. Sol Sistere quizás peca de tener entonaciones un poco cliché sin una épica detrás, pero en lo que importa, en las canciones, tiene todo el terreno ganado, y sólo se puede esperar más y más de una propuesta compleja e intrigante como la del quinteto, que a las 20:30 horas se bajaba del escenario para dejar en ascuas a un público que iba repletando poco a poco el pequeño local de Ñuñoa.

Lo anterior es clave, porque algo importante dentro del metal como es el debut de una agrupación de casi 30 años de carrera parece algo un poco menor. Al final, lo que genera algo único es la reacción de los fans y la impactante primera impresión que puede dejar una banda, y esto es precisamente lo que logró Primordial en dos horas llenas de intensidad, de mirarse a los ojos, de levantar puños y hacer headbanging.

El quinteto se subió poco a poco al escenario, siendo Alan Averill el último en hacerlo, y el vocalista y mente creativa principal del conjunto sin duda que era el que llevaría la batuta del show. Pintado y con una capucha al más puro estilo del Undertaker, Averill inmediatamente buscaba reacciones de un público que despertó con el anuncio de la primera canción, “Where Greater Men Have Fallen”, que de inmediato marcaba el pulso de lo que sería la jornada. La invitación no sólo era a disfrutar un show, sino también de la épica que le imprimía Alan a cada entonación, a cada mirada a la gente. El carisma del frontman es una extrañeza para un género que se caracteriza por el ostracismo y el dominio de lo instrumental, y es que tal vez el camino de Primordial ha generado algo diferente.

En vez de caer en los clichés del black metal, Primordial ha ido mezclando y armando cosas nuevas en cada disco que sacan, y es esa ambición por expandir sus dominios cada vez más lo que ha generado que tengan uno de los sonidos más únicos en todo el metal, sin referencias a una o dos cosas, sino que miles a la vez, desde el folk hasta lo sinfónico, pasando por doom o hasta detalles más pastorales. También desde ahí viene el imaginario donde se cruzan dioses, verdugos, entierros e imperios en llamas, siempre con el punto de vista del oprimido como algo relevante. Averill se pone una soga con el típico nudo del colgado en “Gallows Hymn”, reclama solemnidad luego de una introducción casi histórica en “To Hell Or The Hangman” y juega con la camiseta retro de la selección Irlandesa de fútbol pre Mundial del ’94 (una verdadera rareza) que alguien tiene en el público. Todo es parte de una historia más grande que la de las canciones mismas, las que se suceden en su extensión mayor, incluyendo sorpresas más allá de lo que dice el setlist, como “Babel’s Tower” luego de la intensa y cruda “Nails Their Tongues”.

En materia de sonido, Primordial estuvo preciso en cada momento, pese a que a veces se perdía la distancia entre uno y otro instrumento, algo atribuible más a la amplificación del local que a descoordinaciones de la banda, pero eso jamás fue impedimento para lograr ser parte de algo impactante, uno de esos shows que demuestran cómo es que el metal es un campo de cultivo para la innovación, en especial cuando la intención y la ambición juegan. Algo sorprendente era que, pese al aspecto intimidante de Alan y a la precisión de los irlandeses para tocar las canciones, la cercanía (quizás impulsada por lo cerca que está la gente de la banda en el escenario de R&G) siempre fue algo presente, y quizás tiene que ver con esta dinámica de “no nos vencerán” que caracteriza a los de Irlanda del Norte, con esa identidad tan precarizada por los factores políticos, con lo que la afirmación propia termina siendo campo de batalla diario. Y por ello es que se piensa que los imperios deben caer (“As Rome Burns”, “Empire Falls”) porque, aunque la historia la escriban los vencedores, no por ello los vencidos no pueden caer cantando.

Más sorpresas había con “Autumn’s Ablaze” o con “Sons Of The Morrigan”, adiciones al setlist basadas únicamente en que era la primera vez de Primordial en Chile, lo que habla también de una agrupación dispuesta a hacer concesiones, a dar más de lo que se pudo haber planificado. He ahí el gran valor de un show como el de esa noche: se puede ver una banda ambiciosa en lo musical, en un gran momento creativo, con la sencillez necesaria para entender cómo se trasciende en verdad. Con esto, cuando la banda se manda el doblete final con “The Coffin Ships” y “Empire Falls”, en verdad entienden que no pueden bajarse así como así del escenario, y es ahí cuando sacan una última sorpresa, agregando de la nada “Heathen Tribes”.

Flexibles, cercanos, excelentes en la ejecución e interpretación, lo de Primordial en su debut en Chile fue de calidad implacable y de humanidad conmovedora, en dos horas de concierto que dejan en claro cómo existen aún miles de chances de innovar en el sonido, generando conexiones únicas en el escenario.

Setlist

  1. Where Greater Men Have Fallen
  2. Gods To The Godless
  3. Gallows Hymn
  4. Nails Their Tongues
  5. Babel’s Tower
  6. To Hell Or The Hangman
  7. No Grave Is Deep Enough
  8. As Rome Burns
  9. Autumn’s Ablaze
  10. Bloodied Yet Unbowed
  11. Sons Of The Morrigan
  12. The Coffin Ships
  13. Empire Falls
  14. Heathen Tribes

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