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Festival SUE 2018

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Fue de lo que se habló durante todos estos meses gracias a su estatus de ser, hasta la fecha, el concierto más esperado del año. Los ingleses Radiohead volverían por fin a nuestro país junto a una serie de invitados, en lo que fue bautizado como el regreso del Festival SUE, evento que trajo lo más selecto de la escena mundial durante muchos años de la década pasada. Con un cartel que se complementó con Föllakzoid, Junun y Flying Lotus, la promesa era una tarde llena de música, pasando por los más variados estilos entre una presentación y otra. Todo lo anterior sería para llegar al destino final del camino: Radiohead nuevamente en Chile, tocando en un escenario nacional luego de nueve años de ausencia.

Con la gira de su LP “A Moon Shaped Pool” (2016), que pareció extenderse más de lo planeado para cubrir nuestro continente, los ingleses llegarían en uno de los puntos más altos de su carrera, comandados por el siempre enigmatico Thom Yorke, para ofrecer su espectaculo en vivo, aclamado alrededor de todo el mundo. Previo a su show, el público fue testigo de variadas propuestas musicales, que repasarían diversos estilos en cada una de sus presentaciones. Sin embargo, las expectativas estaban puestas en Radiohead, por lo que la espera se hacía cada vez más eterna para quienes esperaban por la banda.

Föllakzoid: Dando la bienvenida

Los nacionales tuvieron que enfrentar la dura tarea de abrir la jornada a eso de las 17:30 horas ante una modesta cantidad de asistentes, atribuible a la hora y día de la semana, lo que, sumado al caos vial que se presenta normalmente en Santiago a esas alturas del día, los tuvo presentándose en un contexto un tanto ajeno a su hábitat natural. La banda cumplió a cabalidad, entregando todo lo mejor de su estilo y sonido, pero reduciendo su set a un promedio de tres canciones, que pasaron fugaces, aunque de una manera muy intensa gracias a la gran capacidad de interpretación e improvisación que el conjunto demuestra en el escenario.

El siempre inspirado Domingo se lució con la forma en que expresó las melodías propias de Föllakzoid, llenando el lugar de esa psicodelia y misticismo tan carácteristicos de su música. Pese a ser una banda de contextos nocturnos, hubo parte del público que no entró en onda con su propuesta, quizás por el momento y espacio en que se realizó, o porque simplemente sólo querían ver a Radiohead, ya que ese desinterés por quien está en escena se repetiría más tarde. Finalmente, Föllakzoid cumplió lo dicho por su guitarrista en conversación con nuestro medio: trataron este escenario con el mismo respeto y dedicación que tratan cualquier lugar donde se presenten. Lamentablemente, el público no hizo lo mismo.

Junun: Dejarse llevar

Cumpliendo con el programa a cabalidad, ingresaron a escena Jonny Greenwood junto a Shye Ben Tzur, acompañados de algunos músicos de Rajasthan Express, para interpretar una versión light de “Junun” (2015), álbum que juntó a los dos compositores en torno a la world music y las tradiciones y sonidos más profundos de la India. Con la tremendamente asombrosa “Julus” arrancó un viaje por diferentes melodías, estructuras y trasfondos, transmitiendo muy bien las sensaciones propias que sentían Ben Tzur y Greenwood en el escenario tocando sus instrumentos.

Pese a lo “extraña” –como la calificaban algunas de las conversaciones en cancha– de la propuesta, las miradas estuvieron puestas constantemente sobre Greenwood, quien no saludaba ni interactuaba con la gente, sólo se ensimismaba en un profundo trance mientras interpretaban canciones como “Hu”, otra que es parte de la excelente obra discográfica que realizó el conjunto.

Luego vino “Junun”, que hizo bailar a algunos de los presentes en la cancha, gracias a que es, probablemente, la canción más conocida de este proyecto. Finalmente, tras una reinterpretación de “Mast Kalandar”, canción tradicional de la India, Junun se retiró del escenario finalizando una presentación que dejó gusto a poco, quedando en el tintero muchas de las composiciones más destacadas de esta colaboración. Querámoslo o no, esta fue la gran oportunidad en la vida para presenciar este show, por lo que unos minutos más no le habrían hecho mal a nadie.

Flying Lotus: El vórtice

Es difícil encontrar las palabras necesarias para explicar lo que hizo Flying Lotus en el escenario, entregando una experiencia que conjugó todos los sentidos en torno a los beats y los efectos visuales que presentaba desde su cubículo como base de operaciones. Ahí, el músico despachó sus mejores tracks para el deleite de un público que, como fue la tónica en varios momentos de la tarde en algunos sectores del Nacional, no mostró mayor interés por lo que sucedía en el escenario. Así fueron pasando canciones como “Zodiac Shit” o “Coronus, The Terminator”, adornadas con imparables loopssamples, y muchas, muchas luces. Los efectos visuales de Flying Lotus dieron la sensación de estar siendo absorbidos por un vórtice cibernético, lo que se complementaba muy bien debido a las gráficas 3D que parecían salir del telón donde eran proyectadas.

Sumémosle los profundos beats que parecían cobrar vida, haciendo parecer que artistas como Kendrick Lamar o Thundercat –colaboradores recurrentes del músico– se encontraban ahí mismo, gracias a la intensidad y pomposidad de su set. “Never Catch Me” fue ejemplo de eso, con los rapeos de Kung Fu Kenny más rabiosos que nunca, yéndose por una vertiente que, canción tras canción, no daba respiro alguno.

Theme” y “Cold Dead” siguieron poniendo las cosas en alto, pero para algunos presentes en Cancha Vip eso pareció colmarles la paciencia, comenzando a pifiar y gritando “¡y fuera!” hacia el escenario. Toda una falta de respeto para el artista, pero que pareció coincidir con el momento en que el show se dio por finalizado, no sabemos si por razón del tiempo o, efectivamente por un –en este caso– no respetable, que no estaba muy conectado con la propuesta que tenían frente a sus ojos; ellos sólo querían a Radiohead.

Radiohead: La perfección de la emoción

El verdadero amor espera. Ese es un mantra que los fanáticos de Radiohead en nuestro país conocen a la perfección, ya que tuvieron que pasar nueve largos años para que los británicos volvieran a Chile y concretaran un romance a distancia que a estas alturas ya pasó a ser una experiencia casi espiritual. En esta pasada, el quinteto vino a presentar “A Moon Shaped Pool”, disco que los ha tenido girando por distintas partes del mundo, incluyendo una polémica visita en Tel Aviv. Sin embargo, la banda entró en un receso a mediados de 2017, por lo que el concierto en Chile marcó la partida de lo que será su tour latinoamericano después de nueve meses de ausencia, lo que obviamente tenía las expectativas en ebullición.

El momento de la verdad llegó a las 21:00 horas, cuando la introducción de “Treefingers” dio paso a “Daydreaming”, un inicio frío y con las pantallas en negro, tónica que se repitió durante toda la canción, pero que contrastaba con la parte central del escenario, en la que se vislumbraba un juego de luces que se abría como una flor justo cuando la voz Thom Yorke alcanzaba altura. Ya en “Ful Stop” las pantallas laterales se prendieron para respaldar a la que estaba detrás de la banda, mostrando collages y efectos visuales que aportaban a la vivencia sónica que Radiohead desarrolló siempre con la máxima perfección. Una de las primeras sorpresas de la noche llegó con “Airbag”, recibida con gran cariño por el público, al igual que “Myxomatosis”, cuya rotunda ejecución apoyada por la doble percusión –tarea que recae en Cleeve Deamer de Portishead– la hizo aún más venenosa, con Yorke escupiendo las palabras, libre de todo instrumento.

Luego de la hipnótica “Where I End And You Begin”, que reptó sobre las cabezas que se movían embrujadas por el ritmo, cayeron en una sucesión impresionantemente devastadora “All I Need”, “Pyramid Song”, “Everything In It’s Right Place”, “Let Down” y “Street Spirit (Fade Out)”, que calaron los huesos con sus distintas atmósferas, a veces opresivas, en otras más neuróticas, pero también delicadas y hasta nostálgicas; una progresión que recorrió distintas facetas de la banda, tan cambiante como la luna. Ese factor le dio un valor agregado a la elección de canciones, pensada y configurada para estadios, una gran tarea si se considera que pueden evadir fácilmente los singles. En ese sentido, Radiohead prefirió no jugar a la segura e hizo calzar su presente más electrónico representado por canciones como “Bloom”, “Identikit” y “The Numbers” con lo más orgánico de “Werid Fishes/Arpeggi”, “2+2 =5”, “Bodysnatchers” e “Idiotique”.

Siguiendo en esa línea más corporal, la dupleta de “Fake Plastic Trees” y “The Bends” marcó uno de los momentos álgidos y rescató tiempos en los que primaba la simpleza y lo melódico; un verdadero deleite para la sección más noventera de su fanaticada. “Feral” y “Lotus Flower” hicieron avanzar los relojes hasta nuestros tiempos, con el bajo juguetón de Colin Greenwood y la “batería a destiempo” de Phil Selway, creando la base perfecta para que Ed O’Brien y Johnny Greenwood pudieran volcarse a sus tareas respectivas con máxima concentración, mientras Yorke revoloteaba por el escenario. La atmósfera cayó en la oscuridad más profunda con “Exit Music (For A Film)”, de un aura tan frágil, que el público se permitió escucharla en total silencio, respetando y atesorando un momento especial dentro del concierto, que se volvería más luminoso con “Reckoner”.

Tras la preciosa “Nude”, el cierre del SUE 2018 quedó a cargo de la potente “Paranoid Android” y la vitoreada “Karma Police”, las cuales se transformaron en la postal definitiva de un festival que, en su regreso, tuvo como columna vertebral los sonidos de vanguardia, con Föllakzoid, Junun y Flying Lotus.

En su sexta edición, el certamen no sólo apostó de forma más arriesgada en lo sonoro, sino que también dio un salto en términos de convocatoria, lo que habla de su evolución desde las tarimas del Espacio Riesco, pasando por el Movistar Arena, hasta llegar al coloso de Ñuñoa. Sólo queda esperar lo que depara el futuro para que esta apuesta tan interesante se sume a la alternativa de festivales, quizá con un ingrediente especial que permita descubrir otro abanico de posibilidades sonoras, lo que siempre es bueno para la cultura musical de nuestro país. Por lo pronto, aquellos feligreses que esperaron pacientes el regreso de los de Oxford volvieron a casa con otro encuentro histórico en la retina y con el corazón en forma de luna.

Setlist

  1. Daydreaming
  2. Ful Stop
  3. Airbag
  4. Myxomatosis
  5. Where I End And You Begin
  6. All I Need
  7. Pyramid Song
  8. Everything In Its Right Place
  9. Let Down
  10. Street Spirit (Fade Out)
  11. Bloom
  12. Identikit
  13. Weird Fishes/Arpeggi
  14. The Numbers
  15. 2 + 2 = 5
  16. Bodysnatchers
  17. Idioteque
  18. Fake Plastic Trees
  19. The Bends
  20. Feral
  21. Lotus Flower
  22. Exit Music (For A Film)
  23. Reckoner
  24. Nude
  25. Paranoid Android
  26. Karma Police

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2 Comentarios

2 Comments

  1. Javier Æøå (@javier_aeoa)

    12-Abr-2018 en 3:26 pm

    Me extraña lo tibia de la review cuando usualmente ustedes no temen en decir lo malo de una presentación. Parte de que los tres artistas iniciales no se pescasen como debieran es que fueron shows para la (vacía) cancha vip. Los que estábamos más atrás nada y nada pudimos ver. Sí, las lucecitas de Flying Lotus fueron psicodélicas y todo el estadio las vimos, pero después de tres canciones los que no éramos fans acérrimos ya empezábamos a mirar el celular.

    Entiendo que Radiohead sea una banda regalona de Humonegro y está bien…pero negar que muchas veces sonó como la pichula es negar la realidad. Si desde su ubicación tuvieron el privilegio de oír “Paranoid Android” como Dios manda, pues los envidio…porque desde atrás se escuchó “meh” siendo optimistas. Y hablando con amigos de Galería (fans militantes de RH) hubo otros varios puntos en que el audio y la ecualización jugaron en contra.

    Y de nuevo puede que tenga un sesgo por mi lejana ubicación, pero no vi a muchos vibrar con las propuestas electrónico-experimental de la banda. Lo que sí concuerdo: “Airbag” fue una sorpresa y me extrañó mucho lo eufórico de la gente cuando ésta comenzó.

  2. Lalof

    13-Abr-2018 en 7:03 pm

    lamentable la existencia de cancha vip, de verdad mata mucho la magia de un recital, por comodidad me di el gustito de sentarme en pacifico bajo, y lo disfruté a concho

    una lástima lo del sonido, no tiene nada que ver el viento, ni nada, el desempeño de la productora fue mediocre, la guitarra de jonny se perdió al final de paranoid android, y una pena lo que dicen que desde atrás no se escuchó como se debía, incluso, desde donde yo estaba, notaba como bajaba el volumen en ocasiones

    se puede reclamar no?

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Festival 10 Años Fauna

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Este es el primer review en vivo de HumoNegro desde que estallara el descontento social en más de tres semanas frenéticas donde la represión está a la orden del día, y los ojos se abren (y casi 200 lamentablemente por acción de Carabineros se han cerrado) cada día más. No es precisamente un entorno normal, y es en medio de esa extraordinaria contingencia que Fauna Producciones celebró sus 10 años con un festival que, en el papel, tenía muchos puntos atractivos, pese a que existiera gente que lo mirara en menos tras la cancelación de la edición 2019 de Fauna Primavera. Dentro de la delimitación del Parque Metropolitano, el Parque Mahuidahue en la comuna de Recoleta era el punto de encuentro, que aparentaba ser una brecha de aire fresco en medio de semanas tensas, fuera de lo común, difíciles. Pero, lamentablemente, el intento de preservar los aires de normalidad fue el pecado fatal que dinamitó todo lo bueno que estaba construyendo esta jornada de música de calidad y mucho calor.

Las puertas abrieron recién a las 13:40 hrs., mientras que el show que supuestamente comenzaba a las 13:30 hrs. recién partiría casi una hora más tarde. Lo aparente es que la prueba de sonido de Little Simz y sus músicos se retrasó, algo que más tarde también golpearía el fluir del encuentro. Mientras, la gente probaba los pocos retazos de sombra que había en el escenario principal del festival, Red Bull, que se instaló en una cancha de pasto sintético, con todo muy ordenado, bien delimitado, sin aparentes contratiempos.

Francisco Victoria

La música recién partió a las 14:28 horas, con el único músico nacional que se subiría al escenario principal, Francisco Victoria, quien no sólo mostró solidez absoluta en su desplante, pese a que también le afectó el calor que ya a esa hora marcaba 33ºC en Santiago, sino también el arrojo para mostrarse por completo en 35 minutos. Todo su disco debut, “Prenda” (2018), pudo sonar, y además el single “Querida Ven”, dedicado al momento político y social del país y que tuvo en Felicia Morales a un reemplazo más que competente para la parte de Juliana Gattas, algo necesario en una canción así de conversacional.

La banda es un gran apoyo para Francisco, quien en contados momentos se colgó un instrumento para poder maniobrar como el frontman que está siendo hoy por hoy, con la propia Felicia, Raúl Abarca y Daniela Riquelme como actores de reparto en este guion que ve en Francisco Victoria a un protagonista claro, que emociona en “Cuídeseme”, inquiere en “Cruza El Puente” o cautiva en “Marinos”. Brillante inicio de jornada, pese al retraso.

Little Simz

Más tarde sería doloroso lo que generarían los retrasos vistos respecto a Little Simz, pero la rapera londinense que despachó uno de los discos del año con “Grey Area” (2019) fue probablemente el mejor show de todo el día, con una energía tan contagiosa como extraña, con esa fuerza que tienen las y los artistas que marcan la diferencia.

A las 16:10 horas partió el espectáculo de Little Simz con su banda, todos de estricto vestuario blanco, al igual que el revestimiento del micrófono de la artista, que entró siendo la jefa (“Boss”) y luego entregó esa peripecia de las rimas que explican cómo el sistema apunta con el dedo para no dar oportunidades (“Therapy”). El tren ágil del inicio del show cerró con el tema que le abrió oportunidades a Little Simz, “God Bless Mary”, mostrando todo lo que tiene para ofrecer, desde una sensibilidad soul hasta una pluma afilada para resaltar las vivencias de las mujeres y todos quienes necesitan chances.

Pressure”, “Backseat” o “Good For What” son muestras de que la rapera entiende cómo no sólo el talento asegura tener una voz digna de escuchar, sino también hay dificultades que sortear, bocas que acallar y sociedades que cambiar. Ella lo dejó claro en su mensaje político: “Mantengan la cabeza en alto. Ustedes son fuertes”. No hay dudas en el ethos de Little Simz, por eso fue tan sencillo que dejara a todo el público encendido, compitiéndole al intenso sol golpeando la ladera del cerro, porque cada acción hecha por la artista quiebra la rutina, es extraordinaria, y eso fue lo que sintió el público. Se trata de una artista en la cúspide creativa y eso se notó. “Venom”, el hit “Selfish”, “101 FM”, “Flowers” y el cierre con “Offense” para apenas 50 minutos, pero que dejaron huella en el debut solista de la londinense en Chile (antes cantó con Gorillaz). Lo problemático fue el retraso que dejó su presentación y preparación: 85 minutos que serían calvario y desolación más tarde.

Khruangbin

Cuando el trío de Houston, Texas, se subió al escenario de 10 Años Fauna, estaba claro que la onda sería muy diferente a la intensidad de Little Simz. En vez de rimas, mensajes e ideas, lo de Khruangbin involucró un viaje por los sentidos que quedaban abiertos, cuando ya el sol había quemado más allá de lo debido la piel y los pies comenzaban a tener esa incomodidad típica de un festival.

Más gente llegó y se sucedieron canciones como “Dern Kala”, “August 10”, “The Infamous Bill” o “Mr. White”, convirtiendo a la cancha en un espacio más etéreo, sin límites, transformando la tarde en lo que siempre quiso ser: un oasis en medio de lo extraordinario. Allí Laura Lee, Mark Speer y Donald Johnson mostraron su calidad como instrumentistas y también como presencias magnéticas en el escenario. Speer y Lee son imposiblemente cool, y cada cosa que hicieron con sus instrumentos o con las acotadas palabras en español esforzado que regalaban al público tenía esa vibra de superestrellas. En tanto, la batería de Johnson era una fuerza que no por poco estridente era menos potente.

El momento visagra del show, eso sí, fue cuando se animaron con un cover de “El Derecho De Vivir En Paz” de Víctor Jara, con las clásicas líneas de guitarra del himno de las movilizaciones sociales de este año. Nuevamente, lo extraordinario se colaba en este intento de poner un poco de normalidad en el Parque Mahuidahue. Luego de 65 minutos, el trío culminó su show debut en nuestro país, el que sin duda ayudó a tener un poco de frescura y de ese rock atemporal que pocas veces suena tan contemporáneo como lo hace en manos del trío texano.

BadBadNotGood

Speaking Gently” era el tema que inició el show de BadBadNotGood en este retorno a nuestro país, esta vez sin novedades discográficas inmediatas, pero en un formato festivalero que trajo las mejores canciones del conjunto, en una especie de show de grandes éxitos con su formato de cuarteto implacable, con un sonido de lujo que mezclaron con temas completamente nuevos que han estado probando en conciertos durante los últimos meses.

Tampoco es que se trate de una reinvención del conjunto, porque eso no es, pero sí en el show se notó cómo es que la dinámica incesante y en constante evolución de BadBadNotGood se privilegia en pos de romper esquemas. En medio, tracks más clásicos como “Weight Off” o “And That, Too” corroían las ganas de reposar por parte de un público muy activo con el grupo canadiense, que aún está buscando las formas más eficientes de usar a Leland Whitty, único miembro no fundador, que con su manejo del clarinete o el saxofón conseguía ahondar y generar cruces efectivos con el teclado de Matt Tavares.

BadBadNotGood lucen como investigadores de las posibilidades del jazz, y es eso lo que demostraron en casi una hora de solidez irresistible. Tal vez el show más ensimismado, pero, a la vez, el de perfección más evidente en el marco del evento del décimo aniversario de Fauna.

The Whitest Boy Alive

Cuando ya la noche había caído y el escenario Boiler Room tenía a mucha gente bailando y disfrutando, en especial tras el brillante set de Pepo Fernández y Nico Castro con trazos de disco, electrónica y pop latino, en una mezcolanza que no dejó indiferente a nadie, venía el que se suponía que era el primer plato fuerte del evento, sin tanta mezcla como lo que se veía en el otro escenario, pero sí marcando un hito con la mera presencia ahí. Erlend Øye volvía a tocar en Chile, y en eso no había novedad, pero sí la había en que era con The Whitest Boy Alive, quizás su proyecto más pop y más “feliz”, dentro de lo que se pueda comentar. Algo raro, pero divertido de advertir, con el cuarteto en pleno para tocar luego de diez años sin editar nuevos discos, aunque con las ganas de disponerse para divertir a la gente.

Y lo hicieron desde casi el comienzo, pasadas las 20:35 hrs., cuando en “Courage” el baterista usó una olla y su baqueta para introducir el sonido del cacerolazo en la canción, y jugar con Erlend. El sonido de TWBA es muy indie, pero también muy pop, y por ello la gente pudo saltar y bailar con prácticamente todo lo que aparecía en los parlantes, ya fuera con “Burning”, “Fireworks” o “Bad Conscience”.

La banda tiene en los teclados de Daniel Nentwig el otro gran pilar de su sonido, entregando trazos que ningún otro proyecto de Øye posee, y eso le entregó una aspiración de diferencia muy grande al show. Y otra cosa: se notó siempre que la banda lo pasó increíble tocando frente a un público otra vez. Siete años es mucho tiempo, sin embargo, la capacidad de demostrar sin artilugios cómo logró fluir cada canción es algo que no lo entrega el ensayo, sino que la química del grupo. El público jugaba también en ciertos momentos a integrar el grito “El que no salta es paco” dentro de las canciones, pero esto tuvo su apogeo en “1517”, la que cerró el show, cuando Erlend la presentó con un pequeño discurso sobre la democracia, citando también la frase del coro que habla de la libertad, antes de ponerse a tocarla. En el final del tema, la gente comenzó a gritar “El pueblo unido jamás será vencido” y, tras ello, TWBA integró “Show Me Love” de Robin S. como un cover, con el cacerolazo sonando de nuevo, y con el retorno del grito del que no salta en su puesto es parte de las fuerzas policiales.

Incluso en el oasis más profundo de la catarsis musical era imposible abstraerse de lo ocurrido en el país. Con 55 minutos, el show de regreso de The Whitest Boy Alive no sólo los mostró sueltos y compenetrados, sino que también parecía el preludio perfecto para lo que sería el gran cierre con Hot Chip.

Pero Hot Chip jamás se subiría al escenario. ¿Qué pasó? ¿Qué hizo que la banda principal en el evento cancelara en el último de los minutos? Parte de la explicación tenía que ver con una pequeña barricada en las afueras del parque. Otra parte, venía de la mano con robos en buena parte de los vehículos estacionados en esos mismos alrededores. Por “razones de seguridad” el show se detuvo y la gente quedó en shock, y más aún al ver a Erlend asomarse y acercarse a la reja con la gente para conversar a viva voz y explicar lo ocurrido, tras el anuncio improvisado hecho por los parlantes. Pese a que pareció un movimiento de la producción, luego se aclaró que fue el propio músico noruego el que se quiso acercar a la gente para retribuir el afecto, pero también, como él dijo, porque sabe de esa sensación de quedar esperando un show que se canceló en las últimas. Erlend explicaba y la gente se indignaba más. ¿Dónde estaba la producción? ¿Dónde está la aceptación de algún error? Eso es lo que deja un sabor muy amargo tras 10 Años Fauna, al ver a una de las productoras de mejor curatoría del negocio de los conciertos en nuestro país sucumbir ante errores que la dejan mal ante quienes compran los tickets. Quizás en el caso particular de este evento el error principal fue pretender normalidad en un contexto extraordinario, y más aún al dejarse llevar por el retraso inicial que terminó sepultando la posibilidad de tener a Hot Chip cerrando con broche de oro la celebración.

Fuera del calor, el lugar estuvo bien ordenado y con un sonido que se perdía mucho menos que en el vasto Espacio Broadway; la gente se portó bien y las bandas entregaron shows de calidad. Incluso, la alianza con Boiler Room impulsó aún más la electrónica en el marco del festival. Entonces, ¿por qué todo queda como algo más sombrío? Tiene que ver con esas cancelaciones de último minuto, con no prever que, en vez de atrasar la jornada, quizás era mejor adelantarla. En el afán de tener un oasis, que logró concretarse en la mayoría de este sábado 9 de noviembre, todo quedó al final como un espejismo de los duros. Gente llorando al no tener ese break final en medio de días de mierda, en medio de semanas de terror y en medio de un país en su revolución más incomprendida, era el cuadro más terrible de un evento que merecía esa chance que al final se esfumó en el afán de una normalidad plástica, afectando las sensaciones frente al arte real de, como siempre, uno de los carteles mejor curados en festivales en nuestro país.

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