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Fauna Primavera 2017

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A veces, cuando un festival alterna a los artistas entre los dos escenarios principales, existe un principio casi meramente comercial, desde lo menos conocido a lo más connotado, como si fuera algo que escalara poco a poco, acumulando gente de la misma forma. Pero en Fauna Primavera 2017 no sólo podía advertirse ese fenómeno, sino que también la vocación por, dentro de lo posible, entender que los escenarios debían poseer su identidad propia, con ciertos conceptos que podían verse a lo largo de la jornada. Mientras House Of Vans era el proscenio más alternativo, enfocado en propuestas que podrían crecer en popularidad y que tenían cara de apuesta, incluso con trayectorias enormes, en el Ballantine’s la regla era tener sonidos absolutamente frescos, con novedades que no sobrepasaran la línea de 2016, y también con la potencia entendida de formas diferentes, pero convergentes.

House Of Vans Stage

Con el pasar de los años, el Festival Fauna Primavera se transformó en una de las citas musicales imperdibles para el público chileno, en parte gracias a sus Line Up que mezclan diversos estilos de música en una agradable jornada al aire libre. Luego de una versión 2016 dividida en dos lugares (Espacio Centenario y Espacio Riesco), y las críticas por parte del público frente a este formato, la organización optó por volver a su casa de todos los años, el siempre requerido Espacio Broadway, que por sexta vez en su historia se encargaría de recibir al festival. Con un Line Up encabezado por nombres como Phoenix, Yo La Tengo o Iggy Azalea, fueron más de doce horas de música, donde hubo espacio para todos los estilos.

El escenario House Of Vans se alzó como uno cargado a las guitarras, desde el frenesí sonoro de The Black Angels o Yo La Tengo, hasta los acordes más puros de artistas como Whitney o Seu Jorge. Todos se dieron cita en un proscenio que se declaraba secundario, pero que entregó muchos de los puntos más altos de esta edición. Con un retraso de unos 20 minutos, la banda nacional Planeta No fue quien dio inicio a la jornada, con un show que animó a quienes iban ingresando al recinto. La agrupación se lució en escena interpretando lo más destacado de su repertorio, con tracks como “Señorita”, “Ya No Veo Mis Zapatos” y “Maricón Zara”, que hicieron cantar y bailar bajo el sol a los más entusiastas. El trío ha desarrollado una exitosa carrera desde que gestaron el proyecto en su natal Concepción, presentándose en los más destacados festivales a nivel nacional. Planeta No trae consigo una puesta en escena colorida e ideal para pasar un momento agradable. Como no era de extrañar, la energía del siempre animado García permitió encender al público en lo que fue la primera ronda de toda la música que se vendría durante el día, sirviendo como la partida precisa para el festival. Finalmente, “Sol A Sol” y “El Campo” remataron la excelente presentación de Planeta No, quienes demostraron con creces la constante evolución que los tiene alzándose año a año como uno de los números más destacados de la escena nacional.

El músico Peter Sagar, conocido por muchos como el ex guitarrista de Mac DeMarco, trajo a nuestro país su proyecto Homeshake, el que se presentó bajo el implacable sol a eso de las dos de la tarde y fracción. Con un estilo entre neo-soul y soft-rock, elementos propios del lo-fi, Sagar se acompañó de sus músicos en una presentación que no le hizo mucha justicia a su música en vivo, probablemente por el contexto menos íntimo en que se desarrolló el set. Con “Hello Welcome” inició su repertorio frente a un considerable número de fanáticos, quienes aguantaron todo lo que duró la presentación de Miss Garrison en el otro escenario para poder estar más cerca de su ídolo. Con un enfoque en “Fresh Air” (2017), Sagar entregó canciones como “Every Single Thing” que, aunque no se sintió tan acogedora como la versión de estudio, igualmente animó a sus fanáticos, quienes celebraron cada movimiento. Independiente de que se haya visto como una presentación floja y un tanto monótona, queda el beneficio de la duda para verlos en una instancia solitaria, quizás en ese contexto puedan hacerle más justicia a la notable ejecución instrumental de la mayoría de sus composiciones.

Contrario a lo sucedido con Homeshake, Whitney fue implacable y pulcro en vivo, al punto de que las composiciones sonaron mucho mejor que en “Light Upon The Lake” (2016), única placa de estudio de los oriundos de Chicago. Con “Dave’s Song”, comenzó una presentación donde destacó notablemente el papel de Julien Ehrlich, encargado de la batería y voz, que se dispuso al centro y frente de su banda durante el show, contrario a la posición normal de la batería. Asimismo, covers de artistas como Neil Young (“On The Way Home”), Bob Dylan (“Tonight I’ll Be Staying With You”) o NRBQ (“Magnet”), dieron cuenta de la influencia a la hora de tocar que posee la agrupación, en especial la del guitarrista Max Kakacek, que con sus punteos en las seis cuerdas le entregó toda la vibra old school al show. Finalmente, con la tremenda “No Woman” Whitney cerró su show, bordeando cincuenta minutos como una de las presentaciones más cortas de ese escenario.

Una silla, una pequeña mesa, una guitarra, un timón y un salvavidas. Todo eso estaba dispuesto en el escenario cuando ingresó un presentador para contarle al público que estaríamos junto a dos artistas: Seu Jorge en carne y hueso, y el recordado David Bowie en espíritu. El aplauso fue inmediato, mientras Seu Jorge ingresó a escena vestido de la misma manera que su personaje Pelé Dos Santos de “The Life Aquatic With Steve Zissou” (Wes Anderson, 2004), para tomar su guitarra y despachar una desgarradora versión de “Ziggy Stardust“, ante la ovación de una considerable cantidad de asistentes con gorros rojos, tal como los personajes de dicha cinta. El show del brasileño consistió en un homenaje al Duque Blanco, impulsado principalmente por la banda sonora del mencionado filme, donde el músico reversionó las canciones de Bowie en portugués, sumándole además una esencia acústica propia de la música brasileña.

Sin duda, el escepticismo frente a este show quedó opacado desde el comienzo, ya que la manera en que sonaron clásicos de Bowie como “Changes“, “Rebel Rebel” o “Suffragette City” emocionaron a todos los asistentes, sin importar las modificaciones obvias de la letra debido al idioma. Entre algunos intermedios, Jorge aprovechó de relatar algunas anécdotas, generando risas y haciendo de este un momento de intimidad, como si se tratara de una reunión de amigos. La capacidad del brasileño para entregarle una identidad propia a canciones tan importantes de la música moderna ayudó bastante en la forma en que el público disfrutó de himnos como “Rock ‘N’ Roll Suicide“, “Quicksand” o “Space Oddity“, además de una emocionante versión de “Starman“, rebautizada como “O Astronauta De Mármore” en la versión de Nenhum De Nós, agrupación brasileña que popularizó este cover a fines de los ochenta. Así, mientras sonaba “Let’s Dance” de fondo, la imagen de Bowie en las pantallas despidió a los asistentes, con Seu Jorge diciendo adiós y mostrándose muy agradecido por el cariño de los fans ante su presentación. Un momento de conexión única, donde quedó demostrado que el legado de nuestro querido Starman vivirá eternamente en este mundo.

Jugando a ganador. Así entró The Black Angels a una nueva presentación en nuestro país. Los oriundos de Texas iniciaron su show con toda la potencia de “Currency“, directamente de “Death Song” (2017), desatando la locura en todos los que se apostaron en el escenario House Of Vans, donde la banda generó una verdadera tormenta de distorsión luego de la calma previa que entregó Daughter en el proscenio contiguo. Los comandados por Alex Maas reflejan una prestancia que se desborda, con una actitud que no busca impresionar ni demostrar algo al respecto de su música. The Black Angels se paró como si se encontrara en un escenario propio, y la manera en que la banda interpretó canciones como “Bad Vibrations” o “The Prodigal Sun” lo corroboró.

Con una carrera que ya supera los diez años de actividad, los Angels poseen un sonido que es perfectamente adaptable a cualquier formato. No importa si es un teatro o un festival, la potencia estará presente de igual manera. Con una serie de gráficas psicodélicas, The Black Angels se presentó casi en penumbras, concentrados detrás de sus instrumentos y el muro sonoro que idearon gracias a los estridentes riffs de Christian Bland y los furiosos golpes de Stephanie Bailey en la batería, componentes claves del sonido de garage que tiene la agrupación. Entre la calma y el caos, “Medicine“, “Black Grease” o “Half Believing” demostraron por qué sus discos siempre destacan entre lo mejor del año, pasando desde un estado a otro, con una naturalidad que ya la quisiera cualquiera.

No existe duda de que “Comanche Moon” fue uno de los puntos más altos de su set, orquestado por toda la psicodelia de los teclados, que generaron las atmósferas perfectas detrás de todo el ruido proveniente de las seis cuerdas. De igual manera, “I’d Kill For Her” enseñó cómo The Black Angels puede ser amo y señor del escenario que se les dé la gana, entregando en poco más de una hora una presentación digna de un headliner de cualquier festival internacional.

Cuando Iggy Azalea apenas se estaba bajando del Ballantine’s Stage, Yo La Tengo de inmediato tomó posiciones en el House Of Vans. La versatilidad del trío se notó desde el comienzo, ya que sus integrantes rotan entre los instrumentos constantemente, dejando para el inicio una configuración que vio a Ira Kaplan en guitarra, la baterista Georgia Hubley en el bajo y el bajista James McNew en la batería. Con esa formación partieron el show con “Cherry Chapstick“, dando paso a un pensamiento general, porque la única manera de describir lo que realizó Yo La Tengo en el escenario es: una verdadera locura. Considerando el amplio número de álbumes que la banda posee en su catálogo, no hay espacio para setlist estructurados, por lo que fue una verdadera sorpresa escuchar canciones como “Before We Run“, “One PM Again” o la tremenda “Stockholm Syndrome“, increíblemente uno de los pocos momentos de karaoke masivo dentro de toda la jornada en el festival.

“Muchas gracias a todos por estar aquí y por hacer que volviéramos; hemos recibido muchos correos pidiéndonos canciones para el set de hoy. Por supuesto, no tomaremos en cuenta ninguna de esas peticiones”, bromeó entre risas Ira Kaplan sentado al teclado antes de interpretar “Beanbag Chair“, otra de las sorpresas de la noche, proveniente del álbum “I Am Not Afraid And I Will Beat Your Ass” (2006). La frase que da título a ese trabajo perfectamente podría representar la manera en que Yo La Tengo ha continuado con su carrera a través de los años, siguiendo adelante sin demostrar miedo alguno, parándose en un festival independiente del horario en que les corresponda tocar y, por supuesto, pateando por paliza a cualquier banda que intente ponerse por delante. La continua rotación de instrumentos, el continuo cambio de estilos y la armonía que lograban entre las tres diferentes voces del grupo, hizo de esta presentación un verdadero ensayo sobre la experiencia y la atención hacia la atingencia, demostrando una forma de composición que se mantiene atenta a los nuevos sonidos de hoy en día.

Ataviado en una polera de Run The Jewels, el bajista James McNew se sentó en una segunda batería al lado de Georgia para entregar una coordinada versión de “Autumn Sweater“, orquestada por el teclado de Kaplan generando el cimiento de la canción. Luego de interpretar “From A Motel 6” y “Ohm“, la banda completa se sumergió en un viaje sonoro gracias a “Pass the Hatchet, I Think I’m Goodkind“, que se extendió por varios minutos de estruendosos riffs, acoples en los amplificadores y una rabia desatada por Ira Kaplan contra su guitarra, a la cual golpeó, botó al suelo, la hizo chocar contra los micrófonos, incluso bajando al público para hacerla sonar entre ellos. Luego del momento de rabia generado por la canción, Yo La Tengo pareció salir del trance para dar las gracias y abandonar el escenario rápidamente. La tarea ya estaba cumplida.

Por Manuel Cabrales


Ballantine’s Stage

Lo anterior se pudo ver desde temprano con Miss Garrison, conjunto nacional que, con poco más de diez minutos de retraso, se ponía a disposición del sol imperante y de las ganas del par de cientos de personas frente al trío, que el año pasado sacó uno de los álbumes destacados en Chile, “Al Sol de Noche”, y fue eje del show breve pero profundo que entregó Fran Straube, Rodrigo de la Rivera y Tomás Rivera, porque lo suyo no es sólo canciones sofisticadas, sino que existe mucho de alma y desgarro en ellas. No sólo la voz de Straube se encarga de disponer la catarsis como opción permanente, sino que la impecable elección de los sonidos hace que la elegancia se plante con significado. Cuando en “Navegante” Rodrigo se despacha un solo de guitarra en medio de un tema donde los sintetizadores son predominantes, no sólo suena bien, sino que implica una fuerza emotiva que quiebra con cualquier asomo de rutina. Es esa capacidad y madurez la que se nota en un escenario como el de Fauna Primavera, con Miss Garrison siendo tan sobrio como explosivo, algo que pocos pueden conseguir, como en “Mamba”, fluyendo con una naturalidad que los instala de lleno entre lo más sólido que haya pasado como artista nacional en este festival.

Otro caso de control a disposición de lo que se quiere está con Alan Palomo y su proyecto Neon Indian. Aunque Palomo se encarga de bailar y disponer su carisma por todo el escenario, nada se le escapa de las manos, algo que también puede explicarse en cuánto reposa en la comodidad de tener un disco tan consistente como “Vega Intl. Night School” (2015) para echar mano. “Dear Skorpio Magazine” parte como siempre sus shows, siguiendo con la latina “Annie”, un caballo ganador a estas alturas, y es en este momento que se forma la primera gran multitud de la jornada, conectada a un show que funciona mejor con luces apagadas, pero que de día no escatima en energías dispuestas a la entretención y, por supuesto, la conexión con la gente. Mucho ayuda que Alan hable en español (es mexicano, regiomontano, aunque cante en inglés) y trate de llamar al público con candidez. Esto también se logra en canciones implacables como “Slumlord” o el cover de QueenCool Cats”, todo con un filtro funky cuya raíz quedaría más de manifiesto hacia el final. Mientras, el outro Slumlord Re-Lease” extendía la excelencia y compacta predilección por el seguimiento del ritmo de la banda, lo que operaba también en la vitoreada “Deadbeat Summer” o en la conocida “Polish Girl”, aunque el grado final de excelencia vino con “Pop Life”, el otro cover de la jornada, de Prince, que parece la explicación sonora necesaria para la gran primera visita (y segundo show, tras el debut el jueves pasado) de Neon Indian en Chile.

Mientras los anteriores proyectos se basan en una banda bien aceitada en su funcionamiento, AlunaGeorge logra hacer lo contrario, incluso prescindiendo de George Reid y sólo teniendo a Aluna Francis en el escenario, encargándose de cantar y además de ser precisa en las pistas y secuencias pregrabadas. Todo eso se complementaba con visuales muy adecuadas, y también con un par de bailarinas que operó como relevo en la energía para Aluna. El show se basó principalmente en “I Remember” (2016), segundo disco del conjunto que no pudo igualar el impacto de “Body Music” (2013), y quizás por ello no tuvo un horario mejor o un hype más desarrollado. Las expectativas no eran altas, aunque sí tuvieron buena conexión con su gente que coreó mucho la versión más tribal de “White Noise” (el hit con Disclosure) o “I’m In Control”. Aluna era capaz de sostener el show con precisión y una voz tremenda, pero cerca del final apareció un recurso innecesario: poner la más antigua “American Boy” de Estelle con Kanye West. Por lo menos la extrañeza se fue cerca del final con “You Know You Like It”, que cerró un muy buen debut en Chile del conjunto que en Fauna Primavera fue uno.

Daughter entregó la cuota de emoción necesaria para un festival que a ratos era más ligero de lo que necesitan los acontecimientos para ser recordados y pasar a la historia. El conjunto inglés había dejado huella en Cúpula Multiespacio el jueves pasado, y en el festival tenía una tarea un poco más complicada, pensando en el contexto de un show de día, más breve y en medio de la fiesta. Mucho ayudó que Seu Jorge fuera el acto anterior porque las revoluciones se habían calmado un poco y, por lo tanto, la potencia de Daughter era mejor recibida porque fue más impactante. Aun así, es claro que un sonido como el de la banda encabezada por la sonriente Elena Tonra funciona mejor en lugares cerrados o nocturnos, y tal vez los espacios vacíos que se advertían en el público y la sensación de amplitud, hacía que algo de magia se perdiera. La intimidad de “Doing The Right Thing”, canción donde Elena se pone en el lugar de su madre y su abuela, no alcanza a capturar las emociones que puede detonar, en tanto que el frenesí abrasivo de “Don’t Care” no podía penetrar las mentes. Esto no era culpa de una banda que entregaba con transparencia y misterio lo suyo, con capacidad y sencillos que podían sostener la labor, e incluso sonaba mejor que en Cúpula, sin embargo, esto sólo permeó de forma satisfactoria a la gente de las primeras filas, que vivió el show de forma intensa, y cuyos aplausos y gritos de apoyo lograban distraer a Elena, quien se reía y se ponía tímida mientras más atrás el movimiento de gente era más distractor aún.

A diferencia de otros años en que el show de rock más contemplativo de los Fauna (Explosions In The Sky, Mogwai, This Will Destroy You, entre otros) era algo esperado por muchos, lo de Daughter queda como un recuerdo lindo, pero con demasiados elementos anexos como para volverlo inolvidable. Finalmente, luego de una rendición impactante de “Fossa”, la agrupación salió del escenario tras sólo 55 minutos de show, aunque con grupos así da igual que el público no sea masivo, que la hora señalada se retrase y más, porque la honestidad y fuerza pueden dar vuelta la situación, y viendo cómo reaccionó la gente convencida, la parroquia de Daughter puede acumular nuevos fieles en el devenir.

Quien no necesita convencer gente para que se dejen llevar, y sí contó con espacios llenos y una energía de la cual se podía servir, es Iggy Azalea. La australiana no es brillante en sus fraseos ni en su carisma, pero la actitud y personaje que configura en el escenario, sumado a las formas en las que interactúa con el público, sus bailarinas y el DJ que mezcla las pistas sobre las que rapea, todo eso conforma un mensaje poco ambicioso revestido de una mística más acorde a las figuras que se admiran, llenas de poder y confianza en sí mismas.

Iggy ponía a bailar a la gente con “Work”, un tema dedicado al amor propio como “Sexy”, y otra canción contra la noción de amor romántico como ideal (“Fuck Love”) y quedaba claro que, aunque todavía no saque un nuevo disco, su astucia le permite levantar un show con tracks propios y ajenos, como “Problem” –hecha con Ariana Grande– o “Pretty Girls” –con Britney Spears– sin despeinarse. Parte de su personaje es mandar en el escenario y coquetear, robando páginas del libro de los íconos del r&b y el rap, como Missy Elliot o Nina Simone incluso, sin la gracia de ellas, pero sí con una simpatía que no se adivinaba hace un par de años, cuando Azalea hacía más polémicas que discos y parecía que desaprovechaba la chance de ser el prospecto de artista pop de esta década. En Chile, tanto el viernes como en Fauna Primavera, Iggy mostró que lo suyo no es sólo una anatomía de la que muchos hablan, sino que existe la intención de transmitir vibras, ritmos y líricas, y ahí puede haber mejoras, ojalá sin olvidar la fluidez que existió en 60 minutos en un escenario del Espacio Broadway.

Y lo mejor tenía que venir al final. El número más esperado del festival también fue el que cerró los escenarios principales (luego sólo habría un escenario electrónico en un espacio cerrado). Phoenix inmediatamente se veía como un headliner fuerte, que podía convocar gente, y “Ti Amo”, el disco que editaron este año, podía ser mejor carta de presentación que “Bankrupt!” (2013).

Tras la excelencia rock de Yo La Tengo, de inmediato las pantallas y efectos sonoros dejaban de manifiesto que los franceses no pondrían resistencia a sus afanes de verse grandilocuentes. Esto pasa desde las ideas multiculturales que inundan las letras de Phoenix hasta cómo las pantallas se convierten en un instrumento más, mientras Thomas Mars y su clásico micrófono de cable rojo hacía de las suyas en “J-Boy”, acompañado de colores en la pantalla y una iluminación que jugaba entre las siluetas y la exposición de los intérpretes.

El público chileno tiene una cercanía con Phoenix que no se ve en otros parajes del mundo, y eso es real. En general, la música de los franceses se ve como algo más liviano de lo que es, se le mira de costado, de reojo, sin mayor crédito, pero en vivo esto se cae con mayor facilidad. Thomas Hedlund es el mejor recurso de la banda, siendo no sólo un baterista potente, sino que generando capas de sonido para las percusiones que hacen galopar a toda velocidad, incluso a canciones que no necesitan de esa ayuda, como “Tuttifrutti”. En Stereogum hace un par de semanas explicaban que en vivo pareciera que Phoenix será la banda con el mejor “Grandes Éxitos” de esta generación, y cuando enganchan “Lasso”, “Entertainment” y “Lisztomania” pegadas, no cabe mucha duda de eso.

La reacción efervescente de la gente sube como espuma cada vez que viene la banda, y era divertido observar cómo el bajista Deck D’Arcy jugaba con sus expresiones al ver al público saltando, o a Laurent Brancowitz sonriendo complacido. La conexión entre las imágenes, iluminación y sonido denotaban un show con muchísimo ensayo y consideración, apuntando a lo nuevo, pero con una referencia inesperada al pasado cuando “If I Ever Feel Better” –primer éxito extraído de “United” de 2000– se mezcló con “Funky Squaredance”, uno de los tracks más desafiantes del conjunto. Punto aparte para la sorpresiva aparición de “Telefono”, el que se está convirtiendo en el track de culto de “Ti Amo”. El corte que cierra el último disco de Phoenix sólo está reservado para shows extensos, no festivales, donde la banda opera bajo un set de 17 temas, pero “por la chica que la pidió como 100 veces” los franceses hicieron una excepción, otorgando un carácter más único a un espectáculo que se inscribe como una consolidación de Phoenix con su público. El cierre con “1901” y luego con Thomas nadando por sobre la gente largos minutos en el reprise conocido como “Ti Amo Di Piu”, eran postales de un show altamente visual, con canciones que tienen pinta de hit, y donde los franceses se lucen. Quizás el papel picado del final era un exceso, algo burdo, pero innegablemente fue el componente de exagerada diversión que se requería para cerrar el festival.

Fauna Primavera puede tener un marco que lo haga blanco de críticas, entre el público y el predominio aparente de las marcas, pero en lo musical presenta consistentemente uno de los carteles más cuidadosos en su curatoría en el país, e incluso en este año hubo esa consideración en los escenarios principales. Propuestas con algo que aportar en el presente y futuro próximo pasaron por el escenario ubicado al poniente, y es ahí donde se dieron las postales más relevantes del festival (además de la impactante presentación de Matías Aguayo & Las Desdemonas en el Red Bull Music Academy Stage), por masividad, conexión e impacto. Desde la elegancia de Miss Garrison a la sencillez de AlunaGeorge, desde el desgarro emocional de Daughter hasta la superficialidad divertida de Iggy Azalea, desde el carisma de Neon Indian hasta la pulcritud de Phoenix, lo que pasó en ese escenario tuvo estándares altos que tal vez necesitaban de mayor compromiso del público, probablemente abatido por el calor a media tarde. Se cierra un Fauna Primavera, pero se abre la ventana para ver cómo sorprende en 2018 porque hay una cosa clara: pase lo que pase, la calidad de su armado prevalece enalteciendo a un evento consolidado en la cartelera musical nacional.

Por Manuel Toledo-Campos

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Muse: En las ligas mayores

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Muse

Mucho se ha hablado durante el último tiempo acerca del “Simulation Theory World Tour”, gira internacional de Muse que, en promoción de su último trabajo de estudio, realiza un show basado en la parafernalia, con diversos elementos que le entregan un sentido del espectáculo muy diferente a lo que la banda ha hecho desde sus inicios. Ya con una extensa carrera a cuestas, el conjunto liderado por Matt Bellamy salió en lo que es su gira más ambiciosa y producida, repasando un catálogo digno de cualquier gigante del rock con los mismos cánones y precedentes que requiere un acto de esa talla. Muse se siente más grande, más confiado y consciente del estatus que poseen como banda a estas alturas, y demostrar eso frente a un público tan efervescente como el sudamericano parecía una tarea titánica, pero el trío no sabe de imposibles.

Desde muy temprano el ambiente comenzó a encenderse en la Pista Atlética del Estadio Nacional, hasta donde miles de fanáticos llegaron para conocer esta nueva faceta del conjunto. Antes del show, eso sí, un invitado muy especial haría acto de presencia, con Kaiser Chiefs ejecutando un breve pero intenso set, que sirvió para entregar sus clásicos de siempre, además de interpretar los no más de dos cortes destacables que tiene “Duck” (2019), su último trabajo de estudio.

La agrupación pasó por composiciones conocidas, como “Everyday I Love You Less And Less”, “Ruby” o “I Predict A Riot”, con un show entretenido, pero un poco ignorado por la audiencia durante los cincuenta minutos que la banda estuvo en el escenario. Ricky Wilson y los suyos suelen robarse la película en cada escenario al que van, ya lo habían demostrado en ocasiones como Lollapalooza Chile 2013 o cuando acompañaron a Foo Fighters en el mismo recinto que Muse, pero en 2015. Esta vez, lamentablemente, parece que el artista principal pesaba mucho más que cualquier hit que los británicos trajeran bajo la manga.

Mientras diversos cortes de la banda sonora de “Stranger Things” sonaban por los parlantes, el público entusiasta comenzaba a ponerse en onda con lo que se vendría; muchas luces, láseres y el sonido casi permanente de un sintetizador serían la tónica de la noche, por lo que, apenas comenzó el show de Muse, el contexto futurista al que la banda apela sería una constante en progresión.

Desde el primer gran batacazo con “Pressure”, el conjunto demostró su estampa, fundiendo su sonido en guitarrazos agresivos, una batería marcando a golpe limpio cada movimiento y el aura que sólo un sintetizador puede impregnar en todo el ambiente. A primeras luces, el show de Muse es una instancia criada en el stadium rock y el catálogo que presentaron establece perfectamente todos esos parámetros. Así como la teatralidad del espectáculo se tomó la música en vivo en cierto punto de nuestra historia, hoy no existe una mejor comprobación de calidad que la de montar una experiencia única cuando se sube a un escenario.

Pese a que el último trabajo discográfico de la banda fue el cual se llevó la mayor parte del show (alcanzando ocho tracks del LP dentro del setlist), estas composiciones en vivo adoptaron un sentido que se aprecia mucho mejor que en sus versiones de estudio, echando por la borda la afirmación de que esta nueva dirección musical que el conjunto adoptó no tiene mucho que ver con su carrera hasta el momento. Bajo ese contexto, canciones como “Hysteria”, “Supermassive Black Hole” o “Plug In Baby” encuentran su lugar dentro de un listado que también incluye créditos recientes, como “Propaganda”, “The Dark Side” o “Tought Contagion”, hecha casi a la medida para contextos de estadios, donde la gente puede corear la melodía principal y generar esos momentos únicos de interacción entre una banda y su público. Punto aparte para “Bliss” como gran sorpresa de la noche, interpretada a pedido de la audiencia luego de que la banda les hiciera elegir entre “Showbiz” o el track finalmente interpretado.

La verdad es que todos los elementos cliché con los que contaba este show en el papel, desde las pantallas, luces, hasta el grupo de bailarinas que intervenía de vez en cuando, son factores que no mermaron su calidad. Independiente de que se tratara de una gran puesta en escena –como las hay muchas hoy en día–, Muse pudo salir del típico show para estadios, entregando bajo el sentido del espectáculo un repaso no tanto por su historia, sino que por su espíritu, demostrando que para ser una buena banda en vivo no es necesario mantenerse apegado al propio estilo original.

La evolución siempre será buena, y cuando se apunta a un contexto más masivo, siempre hay que tener algo para todos los gustos. Si en cualquier otra instancia lo más importante serían los efectos especiales o el gigantesco robot Murph apareciendo detrás del escenario mientras la banda interpretaba “Knights Of Cydonia”, aquí esas cosas parecieron ser sólo un agregado dentro del tremendo show que desplegó la banda. Ya no hay dudas, Muse creció y apunta a otros horizontes; ahora es de las grandes ligas.

Setlist

  1. Algorithm (Alternate Reality Version)
  2. Pressure
  3. Psycho
  4. Break It To Me
  5. Uprising
  6. Propaganda
  7. Plug In Baby
  8. Pray (High Valyrian) (original de Matthew Bellamy)
  9. The Dark Side
  10. Supermassive Black Hole
  11. Thought Contagion
  12. Interlude
  13. Hysteria
  14. Bliss
  15. The 2nd Law: Unsustainable
  16. Dig Down
  17. Madness
  18. Mercy
  19. Time Is Running Out
  20. Prelude
  21. Starlight
  22. Algorithm
  23. Stockholm Syndrome / Assassin / Reapers / The Handler / New Born
  24. Knights Of Cydonia

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