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Eyehategod: De cuerpo y alma

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La potencia y destreza que genera el metal en vivo es algo realmente liberador y destructor con la audiencia chilena. En infinitas ocasiones se ha comentado el enorme fervor que los sonidos más extremos producen en nuestro país, por lo que no sería extraño el hecho de que Eyehategod, en su esperada presentación en Espacio San Diego, desplegaría todo su arsenal pesado para generar una de las instancias más descontroladas e íntimas que se recuerde durante los últimos meses. Los fanáticos bien lo sabían, y aunque el público fue el correcto para la ocasión en términos de números, el entusiasmo superó a cualquier audiencia de estadios.

La banda chilena Sangría abrió los fuegos para entregar un set que permitió comenzar a encender el entusiasmo en el público, quienes, deseosos de metal, se entregaron a la banda para entrar en onda y empezar a vivir la previa a lo que se venía. El plato fuerte de la noche, Eyehategod, entró de inmediato con su sonido agresivo y estridente, generando el headbanging masivo prácticamente desde la primera canción. Todos disfrutaban el momento y el caos se apoderaba de la pista mientras la banda hacia lo suyo en el escenario.

Una apuesta directa y sin mayores pretensiones fue la que generó lo que precisamente transmite la banda con sus canciones: un caótico desenfreno sin interrupciones, donde lo único que imaginas es a un puñado de personas golpeándose y saltando con la intensidad de la musica. Y es que eso es lo principal entre los seguidores al momento de disfrutar un show en vivo, ya que puedes vivir ese instante especial junto a personas que están sintiendo lo mismo, por ende, esa hermandad gestada en “Agitation! Propaganda!” se complementó de manera casi intrínseca con los fantasmagóricos riffs de Jimmy Bower, quien se transforma en el arma secreta que sostiene y apoya la potente voz de Mike Williams.

Sin duda, las influencias que la banda cita constantemente se les hace justicia mediante un sonido crudo y fuera de tono en ocasiones, lo que no representa necesariamente algo malo para la virtud principal de la agrupación. Esa virtud es el caos, el desorden, la sensación de ser atacado por una aplanadora y sentirse absolutamente destrozado por canciones como “Parish Motel Sickness”, “Medicine Noose” y la favorita “New Orleans Is The New Vietnam”, que desató una enormidad de headbangings y mosh pits en la audiencia.

No hace falta reiterar las reflexiones en torno a una banda que cumplió el sueño de sus seguidores en una noche para el recuerdo. Eyehategod vivió un debut soñado para sus fanáticos, el que se coronó con un improvisado meet & greet sobre el escenario una vez que terminó el concierto. Así sin más, el esperado concierto de los oriundos de New Orleans en nuestro país dejó no sólo un recuerdo imborrable en la memoria de su fanaticada, sino que también un probable dolor corporal que trascendió hasta la jornada siguiente. Esos son los recuerdos que valen, esos que se pegan en el cuerpo y el alma.

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Orchestral Manoeuvres In The Dark: Pretendiendo ver el futuro

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¿Qué hay detrás del baile? ¿Por qué el cuerpo traduce la música y los ritmos de ciertas maneras? Desde Darwin hasta David Byrne han tratado de pensar en por qué la evolución de la humanidad tiene a la danza como algo clave para el acto de ser humanos, y por ello es que la reflexión siempre aparece cuando el baile se hace algo colectivo. Cuando bailamos juntos, en la oscuridad de una pista o una cancha como ocurre en un concierto, esto indica, por lo menos, la existencia de una comunión, y en el punto máximo, una creencia haciéndose algo material.

Cuando se observa lo que pasa con la música de Orchestral Manoeuvres In The Dark (OMD), es difícil pensar en qué tiempo se habla. Se puede pensar en ritmo, en letra, en música, en espíritu, pero también hay un ansia en el dúo formado a fines de los 70’s por capturar el futuro. ¿Qué hay detrás del baile? Pareciera que está la voz de los tiempos, un zeitgeist accidental, que luego de ser futurista calza más con un retro futurismo que se vuelve único y necesario, tal como fue la primera visita de OMD a nuestro país, en una Cúpula Multiespacio repleta con más de un millar de personas que tuvieron chance de ver una clase maestra de cómo se configura una sesión de baile, intensidad y calidad.

Tras un buen calentamiento con el set de synthpop que puso Cristián “Chico” Pérez, el público esperó ansioso a OMD, y es que el público (cuyo promedio de edad probablemente se elevaba sobre los 40 años) sabía que la espera había sido larga. “Paul, ¿me puedes decir por qué cresta esperamos 40 años para venir acá?” fue la pregunta de Andy McCluskey que todos pensaron, al unísono, que resumía esa sensación de cómo lo inevitable se deja esperar tanto tiempo. Antes de eso, “Isotype” iniciaba el show a las 21:45 hrs., en una muy buena muestra de cómo OMD pasó de proyectar al futuro, a vivirlo.

Aunque este tema fuera de “The Punishment of Luxury” (2018), último disco a la fecha de los ingleses, lo cierto es que se integraba de forma natural con clásicos posteriores como “Messages” o “Tesla Girls“, y todo se transformaba en una fiesta, con un juego de luces perfecto, y también con los movimientos maniáticos de McCluskey quien parecía poseído por el espíritu de su “yo” más joven. Una mezcla entre el luchador Shinsuke Nakamura y un bailarín experto en clubes de Ibiza, los pasos de Andy eran impactantes y dotaban de urgencia a un repertorio que, en vez de urgente, ha tenido al tiempo de su lado para decantar en lo preciso y lo trascendente.

Por ello es que el salto entre canciones con décadas de diferencia como “History Of Modern (Part 1)” y “Pandora’s Box” se da con tanta naturalidad, porque el factor común es OMD, cuya historia puede remontarse a cuatro décadas atrás, pero que estuvo 10 años completos sin avanzar, y ese tipo de desajustes no se notan en el escenario ni en el armado de un set hecho para la ocasión, no enfocado en el trabajo más reciente, sino que en clásicos de todas las épocas, desde “(Forever) Live And Die“, “If You Leave” y “Souvenir” (que fueron todas juntas), hasta las “Joan of Arc” y “So In Love“.

La gente respondía siempre, en todas las canciones, en todos los momentos, sin dejar de entregar energía y corresponderle un poco a McCluskey. También hay momentos donde Paul Humphreys tomaba el micrófono para cantar, como en “Souvenir” o “(Forever)…“, y ahí quedaba de manifiesto cómo se complementan ambas personalidades, Andy desde lo frenético y Paul desde lo melódico, redundando en esta conjunción de ideas de futuro que se vuelven fiesta, baile y oscuridad.

Más cerca del final viene la locura de “Locomotion” o el coro que es “Sailing On The Seven Seas“, para luego cerrar el main set con “Enola Gay“, esa canción de OMD que es imposible que no haya sido escuchada, que es reconocible incluso por quienes no tienen idea de la mera existencia de la banda. Aunque se escuchaban cosas comentadas por la gente como “este es el tema de los gays” (claro, campeón, seguro que es por eso), lo cierto es que la energía era completa y dejaba a la gente en ascuas de más, en especial con esa maravilla de coreo de estadio asimilando a los sintetizadores en esta canción. La cara de sorpresa de Andy y Paul dejaba en claro su posición respecto al público en esta velada.

¿Qué hay detrás del baile? Esto funciona como idea a considerar en canciones más calmas como las que iniciaron el encore como el himno “Walking In The Milky Way“. Al final del día, y cerca del final del concierto, se buscan puntos de encuentro, sensaciones comunes. A veces no es de lo más placentero tener mucha gente alrededor, moviéndose y chocando unos con otros, a veces con cabezas que tapan parte del escenario o con algunos que fuman en recintos cerrados, pero cuando se consigue la coordinación de todos los espíritus para ser uno, nada de eso importa.

En el caso de un show como el de OMD lo que importa es cómo nos encontramos en pistas de baile, en recuerdos de un futuro pasado, y cómo es que la electricidad se sigue transmitiendo. Por ello es que ese tributo a Kraftwerk, “Electricity“, se hacía la mejor forma de cerrar 97 minutos perfectos, con sonido, energía, voces, y un público a la medida de lo que debió ser, y que finalmente fue el debut de OMD en Chile. Como cantara Springsteen: “No puedes iniciar un fuego sin una chispa / (…) incluso si es que estamos danzando en la oscuridad“.

Setlist

  1. Isotype
  2. Messages
  3. Tesla Girls
  4. History Of Modern (Part 1)
  5. Pandora’s Box
  6. (Forever) Live And Die
  7. If You Leave
  8. Souvenir
  9. Joan Of Arc
  10. Joan Of Arc (Maid Of Orleans)
  11. Of All The Things We’ve Made
  12. So In Love
  13. The Punishment Of Luxury
  14. Dreaming
  15. Locomotion
  16. Sailing On The Seven Seas
  17. Enola Gay
  18. Walking In The Milky Way
  19. Secret
  20. Electricity

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