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El Último Ke Zierre El Último Ke Zierre

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El Último Ke Zierre: Con las tripas y el corazón

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¿Existe un número de punk tan convocante en Chile como El Último Ke Zierre? Probablemente no. Para darse cuenta de ello, sólo es cosa de revisar superficialmente la intensa relación que tienen los españoles con sus fanáticos locales. Visitando el país con una frecuencia constante desde 2005 –y un show truncado hace dos años–, la banda suma, con la cita de ayer, el número para nada despreciable de siete presentaciones en la capital y, a doce años de su debut, el público sigue sintiéndose convocado por los españoles. Si probablemente muchos ya se han repetido el plato, ¿cómo se mantiene una relación tan fraterna? Es cosa que se apaguen las luces y ver cómo el público se acopla con total entrega a las canciones de la banda, donde la noche del sábado en el Teatro Cariola no fue la excepción.

Como apertura de la jornada, la producción de Sabotaje Rock nuevamente apostó por descolgarse un momento de la escena capitalina en favor de mostrar lo que también se hace en otras regiones. La decisión fue totalmente acertada, ya que se optó por un nombre de culto. Desde Talcahuano, la banda Ecosidio hacía su entrada. Vestidos de Fuerzas Especiales de Carabineros –o como ellos mismos lo catalogaron, ocupando “el traje de la vergüenza”–, el conjunto sureño de larga data repasó temas con un marcado acento político y ecológico, con temas como “Legítima Violencia”, sin antes despedirse con una reflexión: “El punk no es para misóginos ni racistas, no es para señoritos ni señoritas. El punk es protesta y propuesta”. Luego fue el turno de los locales Lo Que Nunca Fuimos, quienes con su “punk barrial” mantuvieron los ánimos que ya se preparaban para escuchar a los anfitriones de la noche.

Como si se tratase de un encuentro inédito, El Último Ke Zierre subió al escenario entre aplausos y gritos ansiosos del público, marcando un cálido recibimiento. A la banda valenciana no se le dan los discursos ni las expresiones de afecto, lo de ellos es dialogar mediante sus canciones, por eso, sin mayores preámbulos, los acordes de “Con La Moral De Un Carnaval” abrieron los fuegos y, luego de un escueto saludo de Robert “El Feo”, el Teatro Cariola explotó con los clásicos “Yo También Puedo Ser Malo” y “Olor A Muerte”. Retomando su reciente placa, “El Mutante Del Barrio Chino” (2017), el conjunto entonó “Empacho De Orfidal”, una declaración misántropa la cual reza: “no hay futuro ni esperanzas en este nido de ratas”. Si bien, es una canción nueva que recién se inserta al repertorio, la dureza en la letra es bien recibida por el público y da algunas señales del por qué esta banda cala tan hondo. “Veneno”, “Vuelta Al Infierno” e “Insurgente” se agregaron como clásicos que hicieron cantar nuevamente al Cariola en un coro multitudinario.

Volviendo a la reflexión sobre cuáles son las motivaciones que determinan tanto entusiasmo, no hay duda de que es el carácter lírico donde recae el peso de los españoles. Orientadas en relatar las ingratitudes de la vida, canciones como “No Es Amor” o “¿A Dónde Vas?” pusieron en tela de juicio la reputación del amor romántico, mientras que la dupla “Tus Bragas” y “Mis Calzones” hicieron lo propio celebrando los amores arruinados, encendiendo a un público que las cantó de principio a fin con legítima emoción. “Escupiré Jodidos” y “No Tengo Miedo” apartaron el sentimentalismo por un momento, mientras que “La Lluvia Y El Sol” marcó la primera pausa, motivada por una falla técnica que se solucionó a la brevedad. Superados los percances, la banda retomó su repertorio con una disciplina implacable.

El tramo final del show estuvo marcado por otro guiño a su fanaticada local. “Canto” hizo un homenaje a la memoria de Víctor Jara, mientras que los clásicos “Hasta Que Pierda La Voz”, “Ansiedad” y “A Cara De Perro” motivaron a corear al público, que posteriormente pifió con fuerzas a medida que la banda se retiraba del escenario. Luego de esta primera pausa determinada por la banda, los españoles volvieron a subir para el encore y aprovecharon de destacar el trabajo de producción que, en contraste al incidente de 2016, agradecieron por “hacer las cosas bien”. Una versión en español del clásico de The Stooges, “I Wanna Be Your Dog”, el titánico mosh pit que se formó en “Tú Me Vicias” y la oda dedicada a la capital, “Vuelvo A Santiago”, marcaron el cierre de una jornada donde se nutrió aquella relación con sus fanáticos de Chile.

En un show que bordeó los noventa minutos, El Último Ke Zierre no hizo más que interpretar un repertorio que procuró en ser incesante, dejando que las canciones fueran las que entraran en diálogo con el público. Y así fue efectivamente, porque la entrega con la que los fanáticos cantan sus canciones es prueba inequívoca de un vínculo arraigado; son muchas las presentaciones del conjunto español en Santiago y queda claro que son los favoritos indiscutidos. Ofreciendo un enfoque poco explorado por el punk en general, las líricas de la banda reflexionan desde una perspectiva cercana a lo sentimental –como si fuesen relatos de realismo sucio–, las cuales evidentemente se hacen carne en el público y marcan la diferencia al ver a esta banda en vivo. Con la música de E.U.K.Z. despiertan los recuerdos que hacen cantar tanto con las tripas como con corazón. Tal parece que los punks también sufren de amor.

Setlist

  1. Con La Moral De Un Carnaval
  2. Yo También Puedo Ser Malo
  3. Olor A Muerte
  4. Empacho De Orfidal
  5. Veneno
  6. Vuelta Al Infierno
  7. Insurgente
  8. Sois Fango
  9. No Es Amor
  10. ¿A Dónde Vas?
  11. Efímero
  12. Camino De Rosas
  13. Escupiré Jodidos
  14. La Lluvia Y El Sol
  15. No Tengo Miedo
  16. Tus Bragas
  17. Mis Calzones
  18. Hasta Que Pierda La Voz
  19. Canto
  20. A Cara De Perro
  21. Ansiedad
  22. Mi Revolución
  23. Fiesta O Duelo
  24. Quiero Ser Tu Perro (original de The Stooges)
  25. Vuelvo A Santiago
  26. Tú Me Vicias
  27. La Noche, El Día, La Droga Y El Sexo

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Festival 10 Años Fauna

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Este es el primer review en vivo de HumoNegro desde que estallara el descontento social en más de tres semanas frenéticas donde la represión está a la orden del día, y los ojos se abren (y casi 200 lamentablemente por acción de Carabineros se han cerrado) cada día más. No es precisamente un entorno normal, y es en medio de esa extraordinaria contingencia que Fauna Producciones celebró sus 10 años con un festival que, en el papel, tenía muchos puntos atractivos, pese a que existiera gente que lo mirara en menos tras la cancelación de la edición 2019 de Fauna Primavera. Dentro de la delimitación del Parque Metropolitano, el Parque Mahuidahue en la comuna de Recoleta era el punto de encuentro, que aparentaba ser una brecha de aire fresco en medio de semanas tensas, fuera de lo común, difíciles. Pero, lamentablemente, el intento de preservar los aires de normalidad fue el pecado fatal que dinamitó todo lo bueno que estaba construyendo esta jornada de música de calidad y mucho calor.

Las puertas abrieron recién a las 13:40 hrs., mientras que el show que supuestamente comenzaba a las 13:30 hrs. recién partiría casi una hora más tarde. Lo aparente es que la prueba de sonido de Little Simz y sus músicos se retrasó, algo que más tarde también golpearía el fluir del encuentro. Mientras, la gente probaba los pocos retazos de sombra que había en el escenario principal del festival, Red Bull, que se instaló en una cancha de pasto sintético, con todo muy ordenado, bien delimitado, sin aparentes contratiempos.

Francisco Victoria

La música recién partió a las 14:28 horas, con el único músico nacional que se subiría al escenario principal, Francisco Victoria, quien no sólo mostró solidez absoluta en su desplante, pese a que también le afectó el calor que ya a esa hora marcaba 33ºC en Santiago, sino también el arrojo para mostrarse por completo en 35 minutos. Todo su disco debut, “Prenda” (2018), pudo sonar, y además el single “Querida Ven”, dedicado al momento político y social del país y que tuvo en Felicia Morales a un reemplazo más que competente para la parte de Juliana Gattas, algo necesario en una canción así de conversacional.

La banda es un gran apoyo para Francisco, quien en contados momentos se colgó un instrumento para poder maniobrar como el frontman que está siendo hoy por hoy, con la propia Felicia, Raúl Abarca y Daniela Riquelme como actores de reparto en este guion que ve en Francisco Victoria a un protagonista claro, que emociona en “Cuídeseme”, inquiere en “Cruza El Puente” o cautiva en “Marinos”. Brillante inicio de jornada, pese al retraso.

Little Simz

Más tarde sería doloroso lo que generarían los retrasos vistos respecto a Little Simz, pero la rapera londinense que despachó uno de los discos del año con “Grey Area” (2019) fue probablemente el mejor show de todo el día, con una energía tan contagiosa como extraña, con esa fuerza que tienen las y los artistas que marcan la diferencia.

A las 16:10 horas partió el espectáculo de Little Simz con su banda, todos de estricto vestuario blanco, al igual que el revestimiento del micrófono de la artista, que entró siendo la jefa (“Boss”) y luego entregó esa peripecia de las rimas que explican cómo el sistema apunta con el dedo para no dar oportunidades (“Therapy”). El tren ágil del inicio del show cerró con el tema que le abrió oportunidades a Little Simz, “God Bless Mary”, mostrando todo lo que tiene para ofrecer, desde una sensibilidad soul hasta una pluma afilada para resaltar las vivencias de las mujeres y todos quienes necesitan chances.

Pressure”, “Backseat” o “Good For What” son muestras de que la rapera entiende cómo no sólo el talento asegura tener una voz digna de escuchar, sino también hay dificultades que sortear, bocas que acallar y sociedades que cambiar. Ella lo dejó claro en su mensaje político: “Mantengan la cabeza en alto. Ustedes son fuertes”. No hay dudas en el ethos de Little Simz, por eso fue tan sencillo que dejara a todo el público encendido, compitiéndole al intenso sol golpeando la ladera del cerro, porque cada acción hecha por la artista quiebra la rutina, es extraordinaria, y eso fue lo que sintió el público. Se trata de una artista en la cúspide creativa y eso se notó. “Venom”, el hit “Selfish”, “101 FM”, “Flowers” y el cierre con “Offense” para apenas 50 minutos, pero que dejaron huella en el debut solista de la londinense en Chile (antes cantó con Gorillaz). Lo problemático fue el retraso que dejó su presentación y preparación: 85 minutos que serían calvario y desolación más tarde.

Khruangbin

Cuando el trío de Houston, Texas, se subió al escenario de 10 Años Fauna, estaba claro que la onda sería muy diferente a la intensidad de Little Simz. En vez de rimas, mensajes e ideas, lo de Khruangbin involucró un viaje por los sentidos que quedaban abiertos, cuando ya el sol había quemado más allá de lo debido la piel y los pies comenzaban a tener esa incomodidad típica de un festival.

Más gente llegó y se sucedieron canciones como “Dern Kala”, “August 10”, “The Infamous Bill” o “Mr. White”, convirtiendo a la cancha en un espacio más etéreo, sin límites, transformando la tarde en lo que siempre quiso ser: un oasis en medio de lo extraordinario. Allí Laura Lee, Mark Speer y Donald Johnson mostraron su calidad como instrumentistas y también como presencias magnéticas en el escenario. Speer y Lee son imposiblemente cool, y cada cosa que hicieron con sus instrumentos o con las acotadas palabras en español esforzado que regalaban al público tenía esa vibra de superestrellas. En tanto, la batería de Johnson era una fuerza que no por poco estridente era menos potente.

El momento visagra del show, eso sí, fue cuando se animaron con un cover de “El Derecho De Vivir En Paz” de Víctor Jara, con las clásicas líneas de guitarra del himno de las movilizaciones sociales de este año. Nuevamente, lo extraordinario se colaba en este intento de poner un poco de normalidad en el Parque Mahuidahue. Luego de 65 minutos, el trío culminó su show debut en nuestro país, el que sin duda ayudó a tener un poco de frescura y de ese rock atemporal que pocas veces suena tan contemporáneo como lo hace en manos del trío texano.

BadBadNotGood

Speaking Gently” era el tema que inició el show de BadBadNotGood en este retorno a nuestro país, esta vez sin novedades discográficas inmediatas, pero en un formato festivalero que trajo las mejores canciones del conjunto, en una especie de show de grandes éxitos con su formato de cuarteto implacable, con un sonido de lujo que mezclaron con temas completamente nuevos que han estado probando en conciertos durante los últimos meses.

Tampoco es que se trate de una reinvención del conjunto, porque eso no es, pero sí en el show se notó cómo es que la dinámica incesante y en constante evolución de BadBadNotGood se privilegia en pos de romper esquemas. En medio, tracks más clásicos como “Weight Off” o “And That, Too” corroían las ganas de reposar por parte de un público muy activo con el grupo canadiense, que aún está buscando las formas más eficientes de usar a Leland Whitty, único miembro no fundador, que con su manejo del clarinete o el saxofón conseguía ahondar y generar cruces efectivos con el teclado de Matt Tavares.

BadBadNotGood lucen como investigadores de las posibilidades del jazz, y es eso lo que demostraron en casi una hora de solidez irresistible. Tal vez el show más ensimismado, pero, a la vez, el de perfección más evidente en el marco del evento del décimo aniversario de Fauna.

The Whitest Boy Alive

Cuando ya la noche había caído y el escenario Boiler Room tenía a mucha gente bailando y disfrutando, en especial tras el brillante set de Pepo Fernández y Nico Castro con trazos de disco, electrónica y pop latino, en una mezcolanza que no dejó indiferente a nadie, venía el que se suponía que era el primer plato fuerte del evento, sin tanta mezcla como lo que se veía en el otro escenario, pero sí marcando un hito con la mera presencia ahí. Erlend Øye volvía a tocar en Chile, y en eso no había novedad, pero sí la había en que era con The Whitest Boy Alive, quizás su proyecto más pop y más “feliz”, dentro de lo que se pueda comentar. Algo raro, pero divertido de advertir, con el cuarteto en pleno para tocar luego de diez años sin editar nuevos discos, aunque con las ganas de disponerse para divertir a la gente.

Y lo hicieron desde casi el comienzo, pasadas las 20:35 hrs., cuando en “Courage” el baterista usó una olla y su baqueta para introducir el sonido del cacerolazo en la canción, y jugar con Erlend. El sonido de TWBA es muy indie, pero también muy pop, y por ello la gente pudo saltar y bailar con prácticamente todo lo que aparecía en los parlantes, ya fuera con “Burning”, “Fireworks” o “Bad Conscience”.

La banda tiene en los teclados de Daniel Nentwig el otro gran pilar de su sonido, entregando trazos que ningún otro proyecto de Øye posee, y eso le entregó una aspiración de diferencia muy grande al show. Y otra cosa: se notó siempre que la banda lo pasó increíble tocando frente a un público otra vez. Siete años es mucho tiempo, sin embargo, la capacidad de demostrar sin artilugios cómo logró fluir cada canción es algo que no lo entrega el ensayo, sino que la química del grupo. El público jugaba también en ciertos momentos a integrar el grito “El que no salta es paco” dentro de las canciones, pero esto tuvo su apogeo en “1517”, la que cerró el show, cuando Erlend la presentó con un pequeño discurso sobre la democracia, citando también la frase del coro que habla de la libertad, antes de ponerse a tocarla. En el final del tema, la gente comenzó a gritar “El pueblo unido jamás será vencido” y, tras ello, TWBA integró “Show Me Love” de Robin S. como un cover, con el cacerolazo sonando de nuevo, y con el retorno del grito del que no salta en su puesto es parte de las fuerzas policiales.

Incluso en el oasis más profundo de la catarsis musical era imposible abstraerse de lo ocurrido en el país. Con 55 minutos, el show de regreso de The Whitest Boy Alive no sólo los mostró sueltos y compenetrados, sino que también parecía el preludio perfecto para lo que sería el gran cierre con Hot Chip.

Pero Hot Chip jamás se subiría al escenario. ¿Qué pasó? ¿Qué hizo que la banda principal en el evento cancelara en el último de los minutos? Parte de la explicación tenía que ver con una pequeña barricada en las afueras del parque. Otra parte, venía de la mano con robos en buena parte de los vehículos estacionados en esos mismos alrededores. Por “razones de seguridad” el show se detuvo y la gente quedó en shock, y más aún al ver a Erlend asomarse y acercarse a la reja con la gente para conversar a viva voz y explicar lo ocurrido, tras el anuncio improvisado hecho por los parlantes. Pese a que pareció un movimiento de la producción, luego se aclaró que fue el propio músico noruego el que se quiso acercar a la gente para retribuir el afecto, pero también, como él dijo, porque sabe de esa sensación de quedar esperando un show que se canceló en las últimas. Erlend explicaba y la gente se indignaba más. ¿Dónde estaba la producción? ¿Dónde está la aceptación de algún error? Eso es lo que deja un sabor muy amargo tras 10 Años Fauna, al ver a una de las productoras de mejor curatoría del negocio de los conciertos en nuestro país sucumbir ante errores que la dejan mal ante quienes compran los tickets. Quizás en el caso particular de este evento el error principal fue pretender normalidad en un contexto extraordinario, y más aún al dejarse llevar por el retraso inicial que terminó sepultando la posibilidad de tener a Hot Chip cerrando con broche de oro la celebración.

Fuera del calor, el lugar estuvo bien ordenado y con un sonido que se perdía mucho menos que en el vasto Espacio Broadway; la gente se portó bien y las bandas entregaron shows de calidad. Incluso, la alianza con Boiler Room impulsó aún más la electrónica en el marco del festival. Entonces, ¿por qué todo queda como algo más sombrío? Tiene que ver con esas cancelaciones de último minuto, con no prever que, en vez de atrasar la jornada, quizás era mejor adelantarla. En el afán de tener un oasis, que logró concretarse en la mayoría de este sábado 9 de noviembre, todo quedó al final como un espejismo de los duros. Gente llorando al no tener ese break final en medio de días de mierda, en medio de semanas de terror y en medio de un país en su revolución más incomprendida, era el cuadro más terrible de un evento que merecía esa chance que al final se esfumó en el afán de una normalidad plástica, afectando las sensaciones frente al arte real de, como siempre, uno de los carteles mejor curados en festivales en nuestro país.

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