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Deftones: Mi casa es su casa

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Luego de dos intensas noches, todo estaba listo y dispuesto para lo que sería el último episodio en esta histórica saga de Deftones en nuestro país. Luego de repletar sus dos presentaciones anteriores en Coliseo Santiago, llegó el turno de poner el broche de oro, concluyendo así un circulo que permitió reafirmar los profundos lazos del quinteto con su fanaticada local. Desde grandes éxitos hasta canciones rescatadas de su repertorio y joyitas pocas veces oídas en vivo, Deftones tenía una altísima vara con los tremendos conciertos que dio el lunes y martes, por lo que la noche del miércoles 30 de mayo era de temer para muchos escépticos que no tenían seguridad del desempeño de la banda, ya que es evidente que tocar tan seguido podría mermar la entrega y calidad del espectáculo. Lo que pasó con Deftones, eso sí, estuvo bastante lejos de ser una simple jornada en piloto automático. El caos y la energía en el ambiente fue incluso más intensa que las otras noches.

Por supuesto, Quicksand abrió la jornada nuevamente, realizando un setlist de características similares a lo que se escuchó en los otros días. Comandados por el carismático Walter Schreifels, la banda se lució con un show igual de entregado que los anteriores, repasando principalmente canciones de su álbum “Interiors” (2017), además de otros tracks de su breve discografía. Con un Sergio Vega en llamas, fueron pasando golpes como “Cosmonaut”, “Normal Love” o “Dine Alone”, que fueron dando la previa para el cierre definitivo con “Landmine Spring”, canción que hizo su debut en este set, ya que no fue interpretada en ninguna de las jornadas que la banda se desempeñó como acto de apertura. El hecho de que no todos estuvieran familiarizados con su música fue un factor que se sintió en el público, por lo que sería ideal poder tener a la banda de vuelta con un show en solitario, en un recinto que condense mejor la intimidad y actitud de su música. Tras esto, comenzó el cambio en los equipos del escenario, el reloj marcaba las 22:00 horas y el público ya se estaba impacientando.

Un repleto Coliseo Santiago aguardaba por los californianos cantando, aplaudiendo y esperando muy entusiastas por la conclusión de esta trilogía, que, pese a las ganas que tenía la gente por pasarlo bien, nadie imaginó que sería una noche tan caóticamente intensa. Desde el primer minuto el desorden en la cancha fue una amenaza viviente con el potente inicio compuesto por “Headup”, “My Own Summer (Shove It)” y “Rubicon”, canción de “Gore” (2016) que, además de hacer su debut en nuestro país, transformó a la cancha en una verdadera caldera en medio de la gélida noche capitalina que se vivía afuera. Un momento de “calma” –si le podemos llamar así– llegó con “(L)MIRL”, el segundo y último corte del último disco que se pudo escuchar en la noche, ya que el resto se compondría sólo de canciones para los fanáticos.

El siempre duro Stephen Carpenter y sus destructores riffs marcaron la tónica de una banda cuyo sonido se nutre en las variaciones que sufre el protagonismo de sus intérpretes, con las seis cuerdas siendo el eje principal en la sección rítmica apoyada por el bajista Sergio Vega y el baterista Abe Cunningham, mientras que las adiciones de Frank Delgado en el teclado y la programación le fueron dando la atmósfera necesaria. Chino Moreno, por su parte, fue el perfecto maestro de ceremonias, con una energía inagotable y una voz verdaderamente impecable, haciendo una prolija interpretación en canciones como “Rocket Skates”, “Diamond Eyes” o “Beauty School”, otra de las adiciones en el set para esta tercera noche. Como no podía faltar, “Be Quiet And Drive (Far Away)” desató el karaoke masivo, mientras que “MX” y sus secciones de guitarreo duro fueron liberando más de un mosh pit en el público, que, a pesar de empujarse, golpearse y gritarse durante cada canción, todo era dentro del contexto de una hermandad. No era necesario enojarse ni enfrascarse en peleas sin sentido, la rabia era un sentimiento general y no existía otro mejor modo de canalizarla que a través de la música.

La intensidad del ambiente fue contagiada por la inmensa entrega de la banda, con Chino Moreno acercándose al público en más de una ocasión para cantar junto a ellos, desatando la locura y pasión de un mar de gente que se movía sin parar en la cancha. Mientras pasaban canciones como “What Happened To You?”, “Hole In The Earth” o la siempre bienvenida “Change (In The House Of Flies)”, para cerrar con una verdadera sorpresa: “When Girls Telephone Boys”, un regalo perfecto para los fanáticos que no dejaron ver a la banda partir, deseosos de continuar la velada. El encore trajo otra joya desempolvada para sus fanáticos, “Teething”, que además de poner a todos a saltar al ritmo de su melodía, sirvió como la entrada para mucha más potencia, con el cierre definitivo a cargo de “Nosebleed” y “7 Words”, cúspide en la liberación de energía colectiva de los agitados y acalorados cuerpos en la cancha.

Con una entrega inmensa, Deftones demostró todo su arsenal en tres noches que quedarán marcadas en la historia. Aquí no hubo acciones forzadas ni libretos ultra repetidos al pie de la letra, en cambio, sí existió una preocupación y consideración de lo histórico que serían estas tres jornadas, interpretando sets completamente distintos entre sí. Con un catálogo tan extenso y una batería de hits más que probados, no debía ser tan complicado armar un setlist que cumpliera con lo prometido y diera un show a la altura, pero la banda quiso ir más allá, buscando y buscando todas esas canciones que no suelen aparecer por el repertorio de sus giras, premiando de cierta forma la fidelidad de un público que los ha acompañado en cada travesía en suelos nacionales. Luego de tantos festivales, sideshows o presentaciones en solitario, resulta tremendamente importante vivir una triada de conciertos tan impactantes como los que entregaron durante estos días en Santiago. No existe duda de que Deftones es una de las bandas más queridas para los chilenos, por lo que esta instancia sirvió como el escenario perfecto para cerrar un circulo y, de cierta forma, entregarles unas llaves simbólicas para decirles que nuestra casa es su casa.

Setlist

  1. Headup
  2. My Own Summer (Shove It)
  3. Rubicon
  4. (L)MIRL
  5. Rocket Skates
  6. Royal
  7. Diamond Eyes
  8. Beauty School
  9. Be Quiet And Drive (Far Away)
  10. MX
  11. What Happened To You?
  12. Hole In The Earth
  13. Kimdracula
  14. RX Queen
  15. Change (In The House Of Flies)
  16. When Girls Telephone Boys
  17. Theething
  18. Nosebleed
  19. 7 Words

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2 Comentarios

2 Comments

  1. Metalliseba

    31-May-2018 en 4:33 pm

    Lástima no leer niun comentario respecto al terrible sonido de ese localucho mal llamado “coliseo”. Una vez mas ver a Deftones en un recinto que no da el tono para una banda de estas características. Culpo de esto a los nefastos de Transistor… Deberían quitarle la licencia de hacer shows!

  2. Phil

    01-Jun-2018 en 4:06 am

    Fui al 2do show de deftones y a mi parecer cantaron menos canciones y no tocaron be quit be driver ni cerrsron con 7work, me parecio mal el setlist, deberia ser igual para los 3 conciertos

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Gustavo Santaolalla: El arte de la trayectoria

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Gustavo Santaolalla

La física define a la “trayectoria” como el recorrido que describe un objeto que se desplaza por el espacio. Este término en el ámbito musical se usa indiscriminadamente para hablar de carreras en múltiples estados; ya sea que exista o no un recorrido presente, se habla de las trayectorias para definir a los más grandes, pero pocos emulan a la física y hacen que este desplazamiento continúe. Una cosa es el movimiento hecho, pero otra el que se sigue haciendo, y por prácticamente 50 años, si hay un artista latinoamericano que no ha detenido sus rumbos –y, por tanto, su camino– ese es Gustavo Santaolalla.

Desde el rock profundamente argentino que profesaba en Arco Iris hasta su actualidad, donde se mezclan soundtracks y producciones para artistas desde Café Tacvba hasta Eric Clapton, Santaolalla ha hecho un andar profuso y lleno de canciones, propias y ajenas. Sin embargo, como dijo antes de su primera visita como Gustavo Santaolalla a nuestro país (antes había estado varias veces con Bajofondo), recién a los 66 años lanzó su carrera como solista, la que tiene discos y canciones a su haber, pero que jamás había configurado para girar o mostrarse, quizás en el último acto de humildad que tiene un tipo que gusta del proceso, del camino, ese que invitó a desandar en un Teatro Nescafé de las Artes casi repleto en la fresca noche del 12 de septiembre.

Justo antes de iniciar el show, a eso de las 21:20 horas, el teatro comenzó a aplaudir sin que se hubiera levantado aún el telón: la presencia de Jorge González, quien trabajara con Santaolalla en “Corazones” y su álbum homónimo, generaba vítores raros para un país que no reconoce a sus ídolos en vida, y era un pequeño aperitivo de la energía y sensaciones que inundarían el espacio por casi tres horas.

Todo iniciaba con “Inti Raymi”, y la Santabanda –como se hacen llamar los músicos de Santaolalla– mostraba la variedad de timbres que aparecerían en el show. Con la ovación del teatro, Gustavo aparecía para instalarse y comenzar con el primer set, rico en canciones de Arco Iris, esa banda que armó cuando empezaba a relacionarse con la música, con canciones como “Abre Tu Mente” o “Camino”, las que en el formato de esta gira obtienen matices y colores únicos, alejándose de la falsa psicodelia que se le legó a una banda como Arco Iris, que simplemente incluyó el folklore en el rock en tiempos de apretones mentales y revoluciones hippies. Ahora estas composiciones son atemporales y su construcción sólo alcanza tintes clásicos con los arreglos de este espectáculo, donde es la canción la que manda. Quizás eso hace de Santaolalla un compositor cautivante: deja que la canción mande, y él y los suyos sólo son puntos que arman la trayectoria de estos temas.

Así, a diferencia de otros shows en este formato, se coló un par de temas de su trabajo solista en esta primera parte, “Un Poquito De Tu Amor” y “Compañeros del Sendero”, dos sorpresas de varias que vendrían. Luego volvería a Arco Iris con canciones como la conocida “Zamba”, “Quiero Llegar” o la “Canción De Cuna Para El Niño Astronauta”, tras la cual vendría el recuerdo a la gran Mercedes Sosa y al amigo de mil batallas de Gustavo, León Gieco, para cerrar esa primera parte con el “Río De Las Penas” Intensa forma de dejar esperando a una audiencia que ya veía que el concierto iba para largo, y que sería incluso más extenso que las fechas anteriores hechas por Santaolalla y la Santabanda, sólida en todo momento, con Barbarita Palacios, Javier Casalla, Nicolás Rainone, Andrés Beeuwsaert y Pablo González haciendo gala de su carácter de multiinstrumentistas para dominar cada faceta que las canciones ponen en frente.

Al volver –­casi de improviso– Santaolalla irrumpe con “No Existe Fuerza en el Mundo”, que interpretara Gieco, mostrando lo importante de esa alianza para Gustavo. Luego de esto aparecería el trabajo completamente solista, con tracks como “A Solas” o “Todo Vale” para dar paso a otra corriente más atmosférica de la labor de este artista, que son los soundtracks, eligiendo “De Ushuaia A La Quiaca” de “Diarios de Motocicleta”, el main theme de la banda sonora del videojuego “The Last Of Us”, y un medley de “Brokeback Mountain”, mostrando la diversidad de espíritus, donde destaca el uso del charango y su timbre tan característico, entregando solemnidad y recogimiento, tal como el que se sintió en el homenaje hecho a Jorge González. Luego de mencionarlo para dar con una ovación gigante nuevamente, Santaolalla habla de los lazos que lo unen con González y dice que habrá un disco en honor a él, y que contará con una interpretación de “Por Amarte”, del “Corazones” (1991), ese disco que juntó por primera vez a dos de los artistas más importantes del continente. La versión fue sentida, contenida, una preciosa reversión donde Santaolalla ahondó en el sufrimiento del hablante. Si como compositor es clave, como intérprete se subvalora la intensidad que alcanza y que parece trascendental, más allá de lo obvio.

Debe ser, sino la experiencia, la trayectoria, esos caminos que se cruzan para corear “Mañana Campestre” o sentir “Pena En Mi Corazón”. Bajofondo y Arco Iris. Dos caras de un mismo creador, una apelando a las oscuridades y sus brillos, y otra a la belleza de la luz, tanto interna como externa, lo que trasunta en la belleza tierna de “Vecinos” y en la fuerza de “Ando Rodando”, que luego sólo crecería con la interpretación, a pura garganta y caja, en honor a la tradición de la vidala, para terminar con “Sudamérica” de Arco Iris y “Pa’ Bailar” de Bajofondo, ya con todo el mundo de pie, disfrutando de uno de esos artistas que no se cansan de deambular y hacer que su punto en la inmensidad del cosmos nunca deje de andar. Treinta canciones en casi tres horas, incluyendo el intermedio de quince minutos, emociones por montones y un sonido cálido que permitía a la voz de Santaolalla sobresalir. Pocas veces un espectáculo es capaz de capturar todas las facetas de un artista, en especial uno de tan amplio espectro, y ese fue el lujo que entregó Gustavo Santaolalla en el inicio de una gira solista que no es más que la demostración del más fino arte de la trayectoria.

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