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Decibelios: Debut fraterno

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La cultura urbana skinhead es un movimiento que, de tanto en tanto, orbita por la polémica y el desprestigio. Erróneamente asociada a agrupaciones de ultraderecha –las cuales nada entienden de su origen multicultural–, es un movimiento que nace del intercambio entre la idiosincrasia de inmigrantes jamaicanos y la clase obrera de los guetos ingleses. Germinado durante la década de los sesenta, no fue hasta fines de los setenta que se complementó al punk inglés para así transformarse en un fenómeno a lo largo de Europa y, posteriormente, alrededor del mundo. En este punto Decibelios se transforma en un nombre clave para el movimiento, siendo la primera banda hispanoparlante en sindicarse como tales. Es por eso que su primera visita a Chile, a pesar de su longeva carrera, se trata de un evento significativo. Una espera de más de treinta años, que se transformó en una fiesta donde la consecuencia y la identidad multicultural fueron permanentes.

Como antesala al debut de los catalanes, tres agrupaciones locales se encargaron de abrir los fuegos. Los Kolegas animaron a los primeros asistentes con la consigna “guitarras y botellas, rock & roll y cervezas”, mientras que el show de Los Solidarios reivindicaba la memoria por los presos políticos y, por su parte, Altoids hacía bailar al público con sus influencias de punk y sonido jamaiquino, todo enmarcado en una fiesta de abierta militancia skinhead, tanto por músicos como asistentes.

Siendo casi las diez de la noche, el público vitoreaba con ansias el primer encuentro de Decibelios con Santiago. La banda subía al escenario, mientras Fray –vocalista y único miembro original– permanecía inmóvil, presenciando a la audiencia con los brazos en alto, marcando un inicio casi de suspenso: “Chile, sois un sueño cumplido”, dice con firmeza para iniciar el show con “Piara Indecente”, desatando el mosh y los cánticos, para continuar con el clásico “Fil Da Puta”, mientras una seguidilla permanente de fanáticos se las arreglaba para subir al escenario y mostrar los respetos a su frontman. La banda recordaba su fanatismo por el fútbol con “Local 15, Visitante 0” para luego interpretar “Flamingo I”, canción que ilustra la ardua labor del pescador artesanal y su lucha contra las grandes industrias.

Ya avanzado el show, Decibelios se dedicó de lleno a su repertorio ligado al ska, dándole un matiz bailable a la presentación. Para esta ocasión invitaron a Cristian Alegría, saxofonista de Altoids, para interpretar algunas canciones. “El Seminarista y Los Boy Scouts” y “Boca de Dios” fueron algunos de los temas que hicieron bailar a los fanáticos, ocasión que aprovechó Fray para felicitar y sentirse honrado de compartir escenario con el bronce chileno. Luego de un sincero abrazo con la banda, el invitado dejaba el escenario.

La última porción de la jornada fue dedicada a los clásicos, no sin antes homenajear la resistencia del pueblo vasco con “Viento de Libertad”, la cual Fray comparó con las luchas que libra el pueblo mapuche, o también lo que se vive este último tiempo en Cataluña. Si bien, hubo un breve percance con el sonido durante la canción “Sangre Dorada”, el entusiasmo del público se vivió con fuerza, quienes no pararon de cantar hasta que volviera el sonido y la banda retomara la canción, marcando un hito de afinidad entre público y banda. “Oi, Oi, Oi” y “Kaos” (original de The 4 Skins) fueron las encargadas para dar el cierre a la velada, dejando el ánimo de los asistentes en alto, quienes no se conformaron hasta que Decibelios volviera para tocar dos temas más. “Tengo la sensación de que vamos a volver”, sentenciaba Fray agradecido y emocionado por la entrega del público.

Recibir por primera vez a una banda pionera del movimiento skinhead no es menor. Con más de treinta años como agrupación y una larga espera de sus fanáticos, Decibelios dio muestra de que, pese a su calidad de leyendas, son una banda que no deja de mostrarse humilde. Siendo conscientes que pertenecen a una cultura que arrastra un estigma constante, los catalanes se encargan de dejar en claro su postura, una que se aleja del racismo y adhiere al origen mestizo del movimiento, inscribiéndose para la historia con una velada que estuvo marcada por la fraternidad y la consecuencia. Un debut cariñoso que tiene ansias de repetirse.

Setlist

  1. Piara Indecente
  2. Fill De Puta
  3. Local 15, Visitante 0
  4. Flamingo I
  5. Barna 92
  6. El Seminarista y Los Boy Scouts
  7. Boca De Dios
  8. Ningún Nombre De Mujer
  9. Que Cante El Figüeras
  10. Camaleón
  11. Vacaciones En El Prat
  12. Sangre Dorada
  13. Viento de Libertad
  14. Matar o Morir
  15. Botas y Tirantes
  16. Oi, Oi, Oi
  17. Kaos (original de The 4 Skins)
  18. Rock Del Fiambre
  19. Jefe Tu Canuto

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Gustavo Santaolalla: El arte de la trayectoria

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Gustavo Santaolalla

La física define a la “trayectoria” como el recorrido que describe un objeto que se desplaza por el espacio. Este término en el ámbito musical se usa indiscriminadamente para hablar de carreras en múltiples estados; ya sea que exista o no un recorrido presente, se habla de las trayectorias para definir a los más grandes, pero pocos emulan a la física y hacen que este desplazamiento continúe. Una cosa es el movimiento hecho, pero otra el que se sigue haciendo, y por prácticamente 50 años, si hay un artista latinoamericano que no ha detenido sus rumbos –y, por tanto, su camino– ese es Gustavo Santaolalla.

Desde el rock profundamente argentino que profesaba en Arco Iris hasta su actualidad, donde se mezclan soundtracks y producciones para artistas desde Café Tacvba hasta Eric Clapton, Santaolalla ha hecho un andar profuso y lleno de canciones, propias y ajenas. Sin embargo, como dijo antes de su primera visita como Gustavo Santaolalla a nuestro país (antes había estado varias veces con Bajofondo), recién a los 66 años lanzó su carrera como solista, la que tiene discos y canciones a su haber, pero que jamás había configurado para girar o mostrarse, quizás en el último acto de humildad que tiene un tipo que gusta del proceso, del camino, ese que invitó a desandar en un Teatro Nescafé de las Artes casi repleto en la fresca noche del 12 de septiembre.

Justo antes de iniciar el show, a eso de las 21:20 horas, el teatro comenzó a aplaudir sin que se hubiera levantado aún el telón: la presencia de Jorge González, quien trabajara con Santaolalla en “Corazones” y su álbum homónimo, generaba vítores raros para un país que no reconoce a sus ídolos en vida, y era un pequeño aperitivo de la energía y sensaciones que inundarían el espacio por casi tres horas.

Todo iniciaba con “Inti Raymi”, y la Santabanda –como se hacen llamar los músicos de Santaolalla– mostraba la variedad de timbres que aparecerían en el show. Con la ovación del teatro, Gustavo aparecía para instalarse y comenzar con el primer set, rico en canciones de Arco Iris, esa banda que armó cuando empezaba a relacionarse con la música, con canciones como “Abre Tu Mente” o “Camino”, las que en el formato de esta gira obtienen matices y colores únicos, alejándose de la falsa psicodelia que se le legó a una banda como Arco Iris, que simplemente incluyó el folklore en el rock en tiempos de apretones mentales y revoluciones hippies. Ahora estas composiciones son atemporales y su construcción sólo alcanza tintes clásicos con los arreglos de este espectáculo, donde es la canción la que manda. Quizás eso hace de Santaolalla un compositor cautivante: deja que la canción mande, y él y los suyos sólo son puntos que arman la trayectoria de estos temas.

Así, a diferencia de otros shows en este formato, se coló un par de temas de su trabajo solista en esta primera parte, “Un Poquito De Tu Amor” y “Compañeros del Sendero”, dos sorpresas de varias que vendrían. Luego volvería a Arco Iris con canciones como la conocida “Zamba”, “Quiero Llegar” o la “Canción De Cuna Para El Niño Astronauta”, tras la cual vendría el recuerdo a la gran Mercedes Sosa y al amigo de mil batallas de Gustavo, León Gieco, para cerrar esa primera parte con el “Río De Las Penas” Intensa forma de dejar esperando a una audiencia que ya veía que el concierto iba para largo, y que sería incluso más extenso que las fechas anteriores hechas por Santaolalla y la Santabanda, sólida en todo momento, con Barbarita Palacios, Javier Casalla, Nicolás Rainone, Andrés Beeuwsaert y Pablo González haciendo gala de su carácter de multiinstrumentistas para dominar cada faceta que las canciones ponen en frente.

Al volver –­casi de improviso– Santaolalla irrumpe con “No Existe Fuerza en el Mundo”, que interpretara Gieco, mostrando lo importante de esa alianza para Gustavo. Luego de esto aparecería el trabajo completamente solista, con tracks como “A Solas” o “Todo Vale” para dar paso a otra corriente más atmosférica de la labor de este artista, que son los soundtracks, eligiendo “De Ushuaia A La Quiaca” de “Diarios de Motocicleta”, el main theme de la banda sonora del videojuego “The Last Of Us”, y un medley de “Brokeback Mountain”, mostrando la diversidad de espíritus, donde destaca el uso del charango y su timbre tan característico, entregando solemnidad y recogimiento, tal como el que se sintió en el homenaje hecho a Jorge González. Luego de mencionarlo para dar con una ovación gigante nuevamente, Santaolalla habla de los lazos que lo unen con González y dice que habrá un disco en honor a él, y que contará con una interpretación de “Por Amarte”, del “Corazones” (1991), ese disco que juntó por primera vez a dos de los artistas más importantes del continente. La versión fue sentida, contenida, una preciosa reversión donde Santaolalla ahondó en el sufrimiento del hablante. Si como compositor es clave, como intérprete se subvalora la intensidad que alcanza y que parece trascendental, más allá de lo obvio.

Debe ser, sino la experiencia, la trayectoria, esos caminos que se cruzan para corear “Mañana Campestre” o sentir “Pena En Mi Corazón”. Bajofondo y Arco Iris. Dos caras de un mismo creador, una apelando a las oscuridades y sus brillos, y otra a la belleza de la luz, tanto interna como externa, lo que trasunta en la belleza tierna de “Vecinos” y en la fuerza de “Ando Rodando”, que luego sólo crecería con la interpretación, a pura garganta y caja, en honor a la tradición de la vidala, para terminar con “Sudamérica” de Arco Iris y “Pa’ Bailar” de Bajofondo, ya con todo el mundo de pie, disfrutando de uno de esos artistas que no se cansan de deambular y hacer que su punto en la inmensidad del cosmos nunca deje de andar. Treinta canciones en casi tres horas, incluyendo el intermedio de quince minutos, emociones por montones y un sonido cálido que permitía a la voz de Santaolalla sobresalir. Pocas veces un espectáculo es capaz de capturar todas las facetas de un artista, en especial uno de tan amplio espectro, y ese fue el lujo que entregó Gustavo Santaolalla en el inicio de una gira solista que no es más que la demostración del más fino arte de la trayectoria.

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