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Cuarteto De Nos: Reflejan temperamentos

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Y cada mañana siempre me pregunto ¿por qué el despertador quiere gritarme? ‘¡Dale! ¡Marioneta! ¡Son las siete! ¡Levantate!’”, versa el coro de “Mario Neta”, el track que abre “Jueves” (2019), el 16º disco de Cuarteto de Nos, banda uruguaya que sigue entregando parte de las letras más reflexivas de la canción en español. Con 35 años de trayectoria, pero cuya valorización sólo se manifestó a nivel masivo desde hace sólo 15 con “Raro” (2006), la banda entiende como nadie la porquería de la rutina, el tedio de poner el hombro y seguir adelante y, en el acto de reflejar frustraciones, alegrías, realidades y algunas fantasías, ha logrado identificar a un amplio abanico de público, lo que es notorio en cada ocasión que se han presentado en Chile, nueva costumbre que los devuelve en distintos escenarios.

Esta vez fue partida doble en el Teatro Nescafé de las Artes, irónicamente un martes y un miércoles para lanzar “Jueves”, en jornadas que se caracterizaron por la efervescencia de un público devoto, algo que ayudó mucho el recinto y las butacas en vez de instancias como festivales, donde el fanatismo se diluye en medio de espacios grandes. Desde el inicio, con “Punta Cana”, la gente se levantó de sus asientos para bailar, saltar, cantar cada tema como si fuera el último, incluso esos que no son singles, pero que marcan a las personas por diferentes tramos de las letras de Roberto Musso, ese ingeniero que encabeza a Cuarteto De Nos y lo lleva a cantarle a la identidad (“El Hijo De Hernández”), la falta de respuestas (“Ya No Sé Qué Hacer Conmigo”) o a la tolerancia (“Lo Malo De Ser Bueno”).

Pero las letras no lo son todo, porque el sonido también es demoledor. Mezclando rock con pop y diferentes raíces, todo ayudado por los fraseos al borde del rap de Musso, pero no olvidando la eficiente y potente batería que imprime Álvaro “Alvin” Pintos, la capacidad de dar solos consistentes en espacios reducidos de Gustavo “Topo” Antuña o el manejo de los teclados de Santiago Marrero. Incluso, la noche del miércoles 9 de octubre era especial por ser justamente el décimo aniversario de Topo y Santiago con la banda, con cumpleaños feliz incluido.

Tras ver a Cuarteto de Nos en diferentes espacios, países, públicos, lo que queda claro es la transversalidad de su propuesta, que puede tocar el espíritu de gente muy diferente entre sí, vibrando con canciones que se van sucediendo de forma incansable, como “Anónimo”, “Mi Lista Negra” y la propia “Mario Neta”, a lo largo de ritmos que se han pulido en el tiempo y cuya vibra pop es innegable. Algo que no afecta las raíces de una banda que hacía de los juegos de palabras algo más burdo en sus inicios, pero que tuvo siempre una capacidad cálida de contar historias y sensaciones, reflejando también los temperamentos de diferentes personajes que se podían encontrar en cualquier esquina. Por ejemplo, la figura del “papá” es alguien que se ve problematizado desde perspectivas distintas: si en “Pobre Papá” hay una burla a quienes no quieren hacerse cargo de quienes debieran, de forma floja, en “Llegó Papá” hay una sátira sobre aquellos que se creen más que el resto del mundo.

La sátira es fundamental para Cuarteto De Nos, o las figuras literarias. Cuando tocaron “Tiburones En El Bosque” u “Hombre Con Alas” (ambas del disco nuevo) nadie se las tomaba literal, sino que operaban de acuerdo a las figuras oníricas que cada cual eligiera, pese a lo gráfico de las letras. Sin embargo, hay otro agregado que caracterizó al show: sea cual sea el verso cantado, este tuvo el eco del público siempre, y además no se realizaban cavilaciones en ritmos oscuros y bajados, sino que utilizando las armas de la música más movida para calar hondo, como un caballo de Troya que se mostraba ameno y divertido, pero que en su interior tenía esas reflexiones necesarias para tantas y tantos.

Tras “Me Amo” y “Pobre Papá” venía el primer break de la noche para sacar a la banda del escenario y luego dejar a Roberto haciendo una reentrada triunfal. Era necesario, y era justo. Lo que se avecinaba era un duelo entre el hombre y la computadora, entre inteligencia individual y artificial, ese “Contrapunto Para Humano y Computadora” que, en su genialidad de mezclar la copla con la crítica a la máquina que el Cuarteto viene esbozando desde “Apocalipsis Zombi” (2017), logró involucrar a la gente. Era un duelo, y cada exponente tuvo aplausos y vítores del público antes del colapso cuando desde las décimas se movieron a los mutuos insultos elaborados. Luego el EDM rock de “Nombres”, la emoción de “No Llora” o el rapeo de Marrero con Roberto en “Mírenme” seguían sumando energía y explosiones, y todo aquello que se podía esperar, y que ocurrió en dos noches mágicas donde se consolidó la conexión entre un público chileno y una “banda rara” como tantas veces se les ha llamado.

No se puede dejar de destacar la personalidad de Santiago Tavella, otro de los miembros fundadores de la agrupación, bajista insigne con una presencia única y que se desarrolló en versiones excelentes de “Enamorado Tuyo”, y esa vibra más calma pero igual de devastadora en “Pobre Papá”. También Tavella fue el más calmado al volver al escenario tras la bulla demoledora que hizo el público para que la banda volviera a escena después de “Gaucho Power” y del “Invierno Del 92”, para hacer “Llegó Papá” y cerrar la fiesta con “Yendo A La Casa De Damián”, esa canción que versa “¿Por qué me cuesta tanto llegar?”, casi como una pregunta que no tiene respuesta, dado que en este tema, tanto como a lo largo del show entregado por casi dos horas por el quinteto llamado Cuarteto, lo importante es el camino y no el punto al que se debe arribar.

Prácticamente ninguno de los personajes y hablantes líricos de las 23 canciones que sonaron en el show tendría una respuesta, porque nadie se pregunta por la dificultad, sino que se sigue adelante sin pensar tanto porque, de lo contrario, todo se entrampa, como dirían en “Nombres”: “esto me pasa cuando pienso demasiado”. Entonces, es esa trayectoria, es ese camino sin final y con preguntas retóricas el que dejó a su paso el brillante retorno de Cuarteto de Nos a suelo chileno, quizás en su show más sólido y con la gente más fan que valoró cada instante, como pocas veces ocurre. Un deleite para cada temperamento y cada emoción que se vio al espejo en el escenario del Teatro Nescafé de las Artes, un martes y miércoles para lanzar el “Jueves”.

Setlist

  1. Punta Cana
  2. El Hijo De Hernández
  3. Ya No Sé Qué Hacer Conmigo
  4. Lo Malo De Ser Bueno
  5. Invisible
  6. Enamorado Tuyo
  7. Anónimo
  8. Mi Lista Negra
  9. Mario Neta
  10. Roberto
  11. Tiburones En El Bosque
  12. Me Amo
  13. Pobre Papá
  14. Contrapunto Para Humano Y Computadora
  15. Nombres
  16. No Llora
  17. Hombre Con Alas
  18. Apocalipsis Zombi
  19. Mírenme
  20. Gaucho Power
  21. Invierno Del 92
  22. Llegó Papá
  23. Yendo A La Casa De Damián

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Iron Maiden en el Estadio Nacional: La magia de los tres tercios

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Iron Maiden

En la fotografía, pintura, diseño y en las artes audiovisuales, la llamada “regla de los tres tercios” es una forma de composición para ordenar objetos dentro de la imagen para que logren tener encuadres armoniosos, y así utilizar de forma eficiente y placentera el espacio disponible, de acuerdo a este criterio de inclusión. La búsqueda de un equilibrio para registrar de forma adecuada lo encuadrado es difícil, pero es algo que, al andar, queda impregnado en la obra y en la práctica. En el arte narrativo también la estructura de tres actos funciona de manera clásica, aunque al ver la perfección en el armado de “Legacy Of The Beast”, gira que traía a Iron Maiden a hacer su noveno y décimo show en Chile, quizás la referencia a la fotografía es la que hace más sentido desde una perspectiva amplia.

El Estadio Nacional había sido agotado meses antes, también el Movistar Arena, que la noche del lunes recibió la primera descarga eléctrica de la doncella de hierro, pero se sabía que la fecha final de este tour que revisitó el legado de Maiden sería aún más mágica. Aunque The Raven Age hubiera hecho sentir que se estaba frente a un acto de rock-metal alternativo de inicios del milenio, con trazos a Disturbed o Staind, pero con una calidad sonora más de estos tiempos que resultaba en un buen presagio para lo que vendría después. Concentrándose en su último disco, “Conspiracy” (2019), la banda sonó muy correcta y se conectó con la audiencia que estaba repletando el sector más próximo al escenario, lamentablemente de la mitad para atrás del recinto no hubo la misma visión, debido a que las pantallas no mostraron el show, dejando especialmente a la galería aislada de este acto inicial.

Las 64 mil personas que se reunieron en el Estadio Nacional llegaban para una cita con la historia, esa que se construye poco a poco, visita tras visita, haciendo de Chile (como dijo ayer Manuel Cabrales) “la casa de la bestia” y el lugar más adecuado para cerrar la gira como repetidas veces indicaría Bruce Dickinson a lo largo de las casi dos horas de show. A las 21:07 comenzaban a mostrarse en las pantallas imágenes casi calcadas al trailer de “Iron Maiden: Legacy Of The Beast”, el juego que la banda lanzara en 2016, a pocos meses de su visita anterior a Chile. De forma eficaz, el recorrido por la discografía de la banda tuvo lugar en medio de la imaginería de Eddie, la mascota más conocida en el mundo del metal, y en menos de dos minutos la introducción resultaba perfecta, empalmando con “Doctor, Doctor” de UFO, un clásico del inicio de los shows de Maiden, canción que calentó los cuerpos, las gargantas y los brazos, sabiendo lo que venía de inmediato con “Aces High”.

Antes, se daba inicio al primer acto, centrado en la guerra y los estragos que dejó en la sociedad en la que se criaron los integrantes de la banda, en la Inglaterra de los 60, donde los veteranos abundaban y la rareza se palpaba en el aire. Luego de un video breve aparecía un avión por sobre el escenario con el aspa girando y “Aces High” explotaba para deleite del público, que se ponía a saltar y cantar sin cesar, mientras Dickinson consolidaba la idea de ser un frontman perfecto, con la voz aún mejor que en 2016, tras su delicada cirugía para tratar un cáncer en la garganta. Además, corría de un lado a otro del escenario, jugando de forma calculada, pero bien dispuesta con el resto de los integrantes, para luego despachar “Where Eagles Dare” y disparar a los corazones con “2 Minutes To Midnight”, que extrañamente no iba a entregar las primeras bengalas de la noche en el público, pero que sí permitía advertir esas chispas que grandes y chicos compartían en cancha y alrededores.

Algo que sorprendió a muchos al ver el setlist fue la presencia de canciones de discos donde estuvo Blaze Bayley, como “Virtual XI” (1998), álbum del que se desprende “The Clansman”, canción que Bruce hizo como si fuera suya y que movió a la gente en medio de su grata sorpresa directo a las fauces de Eddie, que apareció para luchar contra el frontman y su espada en “The Trooper”. En ese momento la bengala se elevó por el aire y no había dudas de cómo la capacidad de Maiden sigue ahí. Mientras muchos bajan el tempo o el tono de las canciones, Iron Maiden a veces incluso acelera los compases para corresponder a los torbellinos que arman los fans en cancha. Es admirable cómo el sexteto evita demostrar fatiga, y eso no puede sino ser fruto de mucho ensayo, mucha confianza y mucho trabajo en esas canciones que son parte de las vidas de tantas personas. Esos temas forman parte de esas guerras que la gente lleva en su día a día, y por ello se hacía perfecto ver cómo el primer acto del show se centraba en esas dificultades, para luego pasar a un ámbito más religioso o espiritual, tomando la estética de una iglesia para maravillar desde lejos.

Revelations”, “For The Greater Good Of God” o “The Wicker Man” se sucedían para aumentar los aplausos a la labor de la guitarra ágil de Dave Murray, la precisión de Adrian Smith en la suya o la solvencia de la batería de Nicko McBrain, mientras Janick Gers se encarga de los gestos, los movimientos y las acciones que le compiten a Dickinson por el más carismático del escenario, aunque este último con quien se va a acurrucar y le muestra un cariño descomunal es a Steve Harris, el bajista que no sólo es el miembro fundador que queda, sino también tiene su capacidad intacta. Mención aparte para los encargados de sonido de la banda que, como en pocas bandas de metal, eligen dar espacio para cada instrumento, evitando el predominio tan majadero de las guitarras. Las líneas de bajo de Harris, por ejemplo, merecen ser escuchadas y así ocurrió en el show del Nacional, luciéndose en tracks como “Sign Of The Cross”, mientras Dickinson ataviado de una capucha negra se paseaba con una cruz con luces muy potentes. El acto lo cerraba “Flight Of Icarus”, en el que Bruce apareció con un lanzallamas que le permitía jugar con ambas manos tirando flamas, mientras una figura inflable como la del propio Ícaro se elevaba justo antes de otro karaoke colectivo con “Fear Of The Dark”.

La transición al infierno fue más rápida y también la sección más breve con la explosión en “The Number Of The Beast”, con el “six six six” coreado por las 64 mil personas presentes, y por supuesto que en la más punketa de las facetas de la banda en “Iron Maiden”, esa canción que precipitó la aparición de la bestia infernal enorme en el fondo, mirando lo que ocurría con ojos de luces y cuernos de cabra, mientras el público lo daba todo en moshpits, saltos, cantos y más.

En el encore vinieron “The Evil That Men Do” seguida de “Hallowed By Thy Name”, otro de esos tracks donde lo instrumental se notó como parte de esas fortalezas preciosas que tiene Maiden, que lo hacen tener una belleza fotográfica, de obra de arte mixta puesta en un museo de arte contemporáneo, capaz de interactuar con la gente y de congregar masas, como las que pasadas las 23:00 hrs. estaban cantando “Run To The Hills” en el gran cierre de una jornada realmente histórica, tanto por la capacidad de disponer de la historia grande de Iron Maiden en poco menos de dos horas, como por esa consolidación permanente con este país que es su casa.

Como dijo al rato después del show el periodista y guitarrista Héctor Muñoz: “Una banda que te manda para la casa diciéndote ‘Always Look On The Bright Side Of Life’ en la voz de Eric Idle tiene las cosas claras”, y es que, viendo la foto completa, Iron Maiden tiene todo tan claro y a estas alturas es un proyecto tan transversal, que ya no es patrimonio sólo del metal, sino que de la música en vivo en general, y qué bueno que el encuadre sea así de armonioso y perfecto.

Setlist

  1. Aces High
  2. Where Eagles Dare
  3. 2 Minutes To Midnight
  4. The Clansman
  5. The Trooper
  6. Revelations
  7. For The Greater Good Of God
  8. The Wicker Man
  9. Sign of the Cross
  10. Flight Of Icarus
  11. Fear Of The Dark
  12. The Number Of The Beast
  13. Iron Maiden
  14. The Evil That Men Do
  15. Hallowed Be Thy Name
  16. Run To The Hills

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