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Courtney Barnett: En su mejor momento

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Con la música de Courtney Barnett pasa uno de esos extraños casos en que un artista puede girar a gran escala desde el primer trabajo de larga duración que sale a las calles. Barnett ya había estado presente en nuestro país en 2016, solo un año después de publicar “Sometimes I Sit And Think, And Sometimes I Just Sit” (2015), deleitando a un reducido número de fanáticos y llevándose de paso a los casuales y curiosos propios de un show festivalero, quienes seguramente se acercaron a su música luego de la gran presentación que tuvo durante aquella jornada. Pasó poco más de dos años desde esa versión del festival Fauna Primavera para que la australiana volviera a un escenario nacional, esta vez de la mano de su tremendo disco “Tell Me How You Really Feel” (2018), que la hizo aterrizar hasta Club Blondie para presentar no sólo las canciones de dicho LP, sino que también una selección del resto de su obra.

Primero, la cantante nacional Yaney sería la encargada de dar inicio a la jornada, con un considerable marco de público que llegó desde el primer momento para poder no sólo estar más cerca de Barnett, sino que también para aprovechar de ver la presentación de la artista nacional. Con un set que se extendió por poco más de treinta minutos, Yaney repasó principalmente algunos tracks seleccionados de su álbum “1992”, publicado el año pasado, frente a un público que escuchó atenta y respetuosamente durante toda la presentación.

Luego del tradicional recambio de equipos en el escenario, fue el turno para que la australiana por fin saliera a escena, dando inicio con la canción que parte su último disco, “Hopefullessness”, encendiendo de inmediato a la gente que venía totalmente dispuesta a pasarla bien. Sin ningún titubeo, la noche avanzó con “City Looks Pretty” y “Avant Gardener”. Los saltos en la pista ya habían tomado vuelo, y el sonido de la Blondie llegaba hasta cada rincón del lugar: Barnett ya tenía al respetable en la palma de su mano.

Si hay una palabra para describir el ambiente que se vivió en Club Blondie, esa sería la intensidad, una que se apoderó de cada cuerpo presente en la pista del reconocido recinto capitalino, y que permitió que el lugar se convirtiera en un concierto de lo más atrevido y enérgico, con un público totalmente entregado en las primeras filas con cada riff de la australiana, quien aprovecha cada instancia para demostrar su impecable carisma a la hora de mostrarse con las seis cuerdas.

Mediante favoritos de la audiencia, como “Small Talk”, “Need A Little Time” o la tan relevante “Nameless, Faceless”, Barnett fue entregando un estamento de todo lo que está mal en nuestra sociedad actual, con un mensaje claro y conciso, siempre desde una vereda que reivindica los vapuleados derechos de la mujer, lo que se ve reflejado en el considerable número de mujeres que se apostaron en las primeras filas para ver a la artista, admirada gracias a un mensaje valiente y sincero en tiempos donde cada vez abunda más el doble estándar.

Ese carisma, derrochado por montones, permite que Courtney se muestre segura de un escenario que domina a la perfección, apelando a un ruidoso minimalismo de solamente tres piezas, donde la batería y el bajo cimientan todo el trabajo que los riffs van edificando mediante tamañas composiciones como “Are You Looking After Yourself?”, “Lance Jr”, “Charity” o la potentísima “Pedestrian At Best”, sin duda uno de los momentos más importantes dentro de su set, y que fue interpretada con una destreza envidiable, desatando saltos, cantos y una euforia colectiva que quedará plasmada en la posteridad.

El encore no se hizo esperar, por lo que la audiencia tuvo la oportunidad de escuchar tres canciones más, con un pequeño repaso al álbum colaborativo junto a Kurt Vile, “Lotta Sea Lice” (2017), mediante la canción “Let It Go”, además de los favoritos del público, “Kim’s Caravan” y luego “History Eraser”, cierres perfectos para una noche donde el calor del ambiente llevó los ánimos hasta el infinito. Sonado el último acorde, las guitarras iban desvaneciendo su chicharreo, la cancha se apaciguaba y la banda dejaba el escenario, mientras Courtney Barnett terminaba de hacer historia con un show que se metió dentro de lo mejor que se ha visto en años.

Siempre que un artista triunfa en un festival, después viene la prueba de fuego con el esperado concierto en solitario, examen que Courtney superó con creces, ya que su show fue considerablemente más consistente al realizado en 2016, mostrándose como una artista que definitivamente no perdió el tiempo durante todo este período, creciendo y desarrollándose en la forma en que estructura su presentación, donde el ritmo de la guitarra le va dando las pulsaciones a un relato cuya intensidad va en constante ascenso, exigiendo un compromiso tanto de la banda como de la audiencia para mantener la energía a tope. Estamos frente a una artista que ya tiene un sitial ganado dentro de los imprescindibles del rock moderno, por lo que, en varios años más, esta visita será recordada como el show de Barnett en uno de sus mejores momentos, de esos que se escriben libros y se habla por mucho tiempo. Quien siga con la estupidez de que la música de hoy ya no es la de antes, simplemente no está prestando atención, menos cuando es el género femenino el que está tomando las riendas de un instrumento que se creía en retirada, pero que simplemente estuvo siendo mejor aprovechado por las mujeres, esas que a la crítica y a los oyentes tanto les cuesta poner atención, esas que están realizando cosas muchas más interesantes y que deben ser tomadas con la debida atención que merecen.

Setlist

  1. Hopefullessness
  2. City Looks Pretty
  3. Avant Gardener
  4. Small Talk
  5. Need A Little Time
  6. Nameless, Faceless
  7. Small Poppies
  8. Depreston
  9. Are You Looking After Yourself?
  10. Sunday Roast
  11. Lance Jr
  12. Charity
  13. Pedestrian At Best
  14. Let It Go (original de Courtney Barnett & Kurt Vile)
  15. Kim’s Caravan
  16. History Eraser

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Iron Maiden en el Estadio Nacional: La magia de los tres tercios

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Iron Maiden

En la fotografía, pintura, diseño y en las artes audiovisuales, la llamada “regla de los tres tercios” es una forma de composición para ordenar objetos dentro de la imagen para que logren tener encuadres armoniosos, y así utilizar de forma eficiente y placentera el espacio disponible, de acuerdo a este criterio de inclusión. La búsqueda de un equilibrio para registrar de forma adecuada lo encuadrado es difícil, pero es algo que, al andar, queda impregnado en la obra y en la práctica. En el arte narrativo también la estructura de tres actos funciona de manera clásica, aunque al ver la perfección en el armado de “Legacy Of The Beast”, gira que traía a Iron Maiden a hacer su noveno y décimo show en Chile, quizás la referencia a la fotografía es la que hace más sentido desde una perspectiva amplia.

El Estadio Nacional había sido agotado meses antes, también el Movistar Arena, que la noche del lunes recibió la primera descarga eléctrica de la doncella de hierro, pero se sabía que la fecha final de este tour que revisitó el legado de Maiden sería aún más mágica. Aunque The Raven Age hubiera hecho sentir que se estaba frente a un acto de rock-metal alternativo de inicios del milenio, con trazos a Disturbed o Staind, pero con una calidad sonora más de estos tiempos que resultaba en un buen presagio para lo que vendría después. Concentrándose en su último disco, “Conspiracy” (2019), la banda sonó muy correcta y se conectó con la audiencia que estaba repletando el sector más próximo al escenario, lamentablemente de la mitad para atrás del recinto no hubo la misma visión, debido a que las pantallas no mostraron el show, dejando especialmente a la galería aislada de este acto inicial.

Las 64 mil personas que se reunieron en el Estadio Nacional llegaban para una cita con la historia, esa que se construye poco a poco, visita tras visita, haciendo de Chile (como dijo ayer Manuel Cabrales) “la casa de la bestia” y el lugar más adecuado para cerrar la gira como repetidas veces indicaría Bruce Dickinson a lo largo de las casi dos horas de show. A las 21:07 comenzaban a mostrarse en las pantallas imágenes casi calcadas al trailer de “Iron Maiden: Legacy Of The Beast”, el juego que la banda lanzara en 2016, a pocos meses de su visita anterior a Chile. De forma eficaz, el recorrido por la discografía de la banda tuvo lugar en medio de la imaginería de Eddie, la mascota más conocida en el mundo del metal, y en menos de dos minutos la introducción resultaba perfecta, empalmando con “Doctor, Doctor” de UFO, un clásico del inicio de los shows de Maiden, canción que calentó los cuerpos, las gargantas y los brazos, sabiendo lo que venía de inmediato con “Aces High”.

Antes, se daba inicio al primer acto, centrado en la guerra y los estragos que dejó en la sociedad en la que se criaron los integrantes de la banda, en la Inglaterra de los 60, donde los veteranos abundaban y la rareza se palpaba en el aire. Luego de un video breve aparecía un avión por sobre el escenario con el aspa girando y “Aces High” explotaba para deleite del público, que se ponía a saltar y cantar sin cesar, mientras Dickinson consolidaba la idea de ser un frontman perfecto, con la voz aún mejor que en 2016, tras su delicada cirugía para tratar un cáncer en la garganta. Además, corría de un lado a otro del escenario, jugando de forma calculada, pero bien dispuesta con el resto de los integrantes, para luego despachar “Where Eagles Dare” y disparar a los corazones con “2 Minutes To Midnight”, que extrañamente no iba a entregar las primeras bengalas de la noche en el público, pero que sí permitía advertir esas chispas que grandes y chicos compartían en cancha y alrededores.

Algo que sorprendió a muchos al ver el setlist fue la presencia de canciones de discos donde estuvo Blaze Bayley, como “Virtual XI” (1998), álbum del que se desprende “The Clansman”, canción que Bruce hizo como si fuera suya y que movió a la gente en medio de su grata sorpresa directo a las fauces de Eddie, que apareció para luchar contra el frontman y su espada en “The Trooper”. En ese momento la bengala se elevó por el aire y no había dudas de cómo la capacidad de Maiden sigue ahí. Mientras muchos bajan el tempo o el tono de las canciones, Iron Maiden a veces incluso acelera los compases para corresponder a los torbellinos que arman los fans en cancha. Es admirable cómo el sexteto evita demostrar fatiga, y eso no puede sino ser fruto de mucho ensayo, mucha confianza y mucho trabajo en esas canciones que son parte de las vidas de tantas personas. Esos temas forman parte de esas guerras que la gente lleva en su día a día, y por ello se hacía perfecto ver cómo el primer acto del show se centraba en esas dificultades, para luego pasar a un ámbito más religioso o espiritual, tomando la estética de una iglesia para maravillar desde lejos.

Revelations”, “For The Greater Good Of God” o “The Wicker Man” se sucedían para aumentar los aplausos a la labor de la guitarra ágil de Dave Murray, la precisión de Adrian Smith en la suya o la solvencia de la batería de Nicko McBrain, mientras Janick Gers se encarga de los gestos, los movimientos y las acciones que le compiten a Dickinson por el más carismático del escenario, aunque este último con quien se va a acurrucar y le muestra un cariño descomunal es a Steve Harris, el bajista que no sólo es el miembro fundador que queda, sino también tiene su capacidad intacta. Mención aparte para los encargados de sonido de la banda que, como en pocas bandas de metal, eligen dar espacio para cada instrumento, evitando el predominio tan majadero de las guitarras. Las líneas de bajo de Harris, por ejemplo, merecen ser escuchadas y así ocurrió en el show del Nacional, luciéndose en tracks como “Sign Of The Cross”, mientras Dickinson ataviado de una capucha negra se paseaba con una cruz con luces muy potentes. El acto lo cerraba “Flight Of Icarus”, en el que Bruce apareció con un lanzallamas que le permitía jugar con ambas manos tirando flamas, mientras una figura inflable como la del propio Ícaro se elevaba justo antes de otro karaoke colectivo con “Fear Of The Dark”.

La transición al infierno fue más rápida y también la sección más breve con la explosión en “The Number Of The Beast”, con el “six six six” coreado por las 64 mil personas presentes, y por supuesto que en la más punketa de las facetas de la banda en “Iron Maiden”, esa canción que precipitó la aparición de la bestia infernal enorme en el fondo, mirando lo que ocurría con ojos de luces y cuernos de cabra, mientras el público lo daba todo en moshpits, saltos, cantos y más.

En el encore vinieron “The Evil That Men Do” seguida de “Hallowed By Thy Name”, otro de esos tracks donde lo instrumental se notó como parte de esas fortalezas preciosas que tiene Maiden, que lo hacen tener una belleza fotográfica, de obra de arte mixta puesta en un museo de arte contemporáneo, capaz de interactuar con la gente y de congregar masas, como las que pasadas las 23:00 hrs. estaban cantando “Run To The Hills” en el gran cierre de una jornada realmente histórica, tanto por la capacidad de disponer de la historia grande de Iron Maiden en poco menos de dos horas, como por esa consolidación permanente con este país que es su casa.

Como dijo al rato después del show el periodista y guitarrista Héctor Muñoz: “Una banda que te manda para la casa diciéndote ‘Always Look On The Bright Side Of Life’ en la voz de Eric Idle tiene las cosas claras”, y es que, viendo la foto completa, Iron Maiden tiene todo tan claro y a estas alturas es un proyecto tan transversal, que ya no es patrimonio sólo del metal, sino que de la música en vivo en general, y qué bueno que el encuadre sea así de armonioso y perfecto.

Setlist

  1. Aces High
  2. Where Eagles Dare
  3. 2 Minutes To Midnight
  4. The Clansman
  5. The Trooper
  6. Revelations
  7. For The Greater Good Of God
  8. The Wicker Man
  9. Sign of the Cross
  10. Flight Of Icarus
  11. Fear Of The Dark
  12. The Number Of The Beast
  13. Iron Maiden
  14. The Evil That Men Do
  15. Hallowed Be Thy Name
  16. Run To The Hills

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