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Cloud Nothings: Las brisas del huracán

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Directo, sin escalas. Las cosas que dejan huellas supuestamente son las que pegan así, pero incluso la huella más profunda en el suelo requiere de alguna delicadeza o de paciencia para que se quede ahí. Con la música existen ocasiones en que lo demoledor de una propuesta es lo que genera esa huella, pero incluso lo más duro necesita de un lado sofisticado o, por lo menos, más reflexivo para dotarlo de significado. Ninguna obra arquitectónica se basa en cimientos y muros: sin terminaciones, más que obra, simplemente es una estructura. Por eso, aunque en el terreno del punk y sus derivados hay muchos exponentes que logran demostrar su potencia, a veces se conforman espejismos y visiones borrosas, y he ahí la relevancia de la existencia de bandas que comprenden la importancia de los matices.

En una jornada enrarecida por la existencia de una hora que se vive dos veces, Cloud Nothings, una de esas bandas que comprende cómo desde la brisa se presiente el huracán, iba a tener su debut en Chile, en el escenario de Bar Loreto. Una de las bandas más interesantes dentro del post-punk, con toda su discografía siendo parte de listados de fin de año entre lo mejor, tenía su debut en un escenario íntimo para algunos cientos de personas, dando para pensar si es que el mundo en que vivimos gusta de todo directo, sin escalas, sin tiempo para aquello que hace única a la banda de Cleveland. Antes, con puntualidad, los porteños Chico Bestia mostraron su mezcla de shoegazeindie y rock con excelentes resultados, aunque aún no estuviera el aforo que tendría Cloud Nothings. Pese a eso, Chico Bestia deja en claro que su intensidad y pulcritud en medio del caos de la distorsión es algo que hay que tomar en mucha consideración. Pensando en el manejo de elementos que, a simple vista, parecieran ser muy crudos, sin duda que fue una buena decisión.

Al llegar la gente a Cloud Nothings se notaban tres tipos de espectadores, que demostraban la dificultad de escuchar a una banda como esta en un bar. Primero, aquellos que querían saltar, empujar y moshear como si no hubiera un mañana. Luego, quienes querían escuchar a una de las bandas más vitoreadas por la crítica en la década. Finalmente, estaban quienes querían conversar, tomar, gritar, lo que sea menos ver a la banda. Más adelante esta distinción será importante, pero antes, vale destacar la puntualidad –o el exceso de esta– por parte de la agrupación norteamericana, que se subió al escenario a las 00:28 horas para comenzar una tanda donde tocarían en el mismo orden del tracklist su excelente “Last Building Burning”, disco de 2018, comenzando con la intensidad de “On An Edge” y “Leave Him Now”, quizás con un problema que jamás logró equilibrarse en el micrófono de Dylan Baldi, que a veces sonaba bajo en la mezcla –aunque eso es algo que tiene relación con las elecciones artísticas que también se notan en los discos–, y en otras se perdía prácticamente por completo. No obstante, se debe reconocer lo bien que suenan las baterías en el Bar Loreto; cada beat de Jayson Gerycz era claro pese a la estridencia, algo que no ocurría con el bajo de TJ Duke, aunque eso entregaba un halo de potencia aún mayor, por lo que no se podía percibir como un problema per se.

Mientras se sucedían las canciones de “Last Building Burning”, el público ahondaba en su escisión, adelante con crowdsurfing, al medio con gente escuchando maravillada y atenta, y atrás con personas cuyas voces se escuchaban más que la banda, algo insólito pensando en lo fuerte que estaban los niveles de volumen. Un excelente sonido en Bar Loreto que se debe reconocer, pero que, cuando Cloud Nothings deja de demoler para armar una capa tras otra de sonido, es afectado por el nivel de estridencia del desinterés de un público que daña el espectáculo. Durante el intermedio de “Dissolution” pudimos ver cómo Cloud Nothings son fanáticos de una construcción postpunk y hasta ambient, algo que en un bar con gente gritando conversaciones sobre el desayuno de mañana o la reunión del viernes no se pueden notar en su complexión. Es insólito, pero es lo que pasa a veces, y no es culpa del recinto, del sonidista ni de la banda, sino que de quienes eligen ser conscientemente una barrera en la percepción completa de un show. Y, bueno, a falta ajena, la banda justamente despachaba los tracks finales de su disco, “So Right So Clean”, y “Another Way Of Life”, luego de lo cual venía la segunda etapa del show.

Con “Modern Act” se inició un tren de éxitos y de momentos de felicidad para los asistentes. Como pocas veces, nombres de canciones que se gritaban al aire para ver si por algún truco mágico podrían sonar más rato, sí fueron tocadas. “Now Hear In” o “Enter Entirely” fueron muy bien recibidas, pero piezas donde la delicadeza es clave en la construcción de sentido, como “Psychic Trauma” o la implacable “Stay Useless” de esa perfección de disco que es “Attack On Memory” (2012), no sólo volvían locos a los fans de más adelante, sino que dejaban en claro la calidad de una agrupación que, tal vez con intérpretes menos talentosos, sería del montón por la falta del manejo de tanto poder. Directo, sin escalas. O quizás sí, con unas cuantas escalas.

I’m Not Part Of Me” fue intensidad en estado puro, pero “Wasted Days” fue el éxtasis total, primero con una sección directa a la yugular, buscando chupar la sangre que, a esa hora de implicancias falsas y días de 25 horas, corría rápida y a punto del escape. Pero luego, cuando parecía que la canción había culminado, un crescendo fue haciendo que este tema fuera progresando de forma inusitada hasta dar con una versión de doce minutos, impactante, pero también con el cuidado de la reconstrucción de la obra propia. Sin encore o falsas despedidas, ahí estaba la amplia huella de una banda que entiende que podría dejar hoyos en la tierra al pasar, pero que, si se quiere retornar sobre esos pasos, es importante que no sean meros agujeros, sino que huellas para formar un camino o una red de caminos.

Directo, sin Escalas. En 80 minutos, Cloud Nothings entregó un debut de públicos fraccionados, un bar con un sonido sorprendente y un repertorio que en las manos del cuarteto es mucho más que la generalidad de los estilos que cruza. Huellas en la pista a la mano de la memoria, esa que tanto puede ser atacada a veces por la inmediatez que deja todo en la obra gruesa. Por eso, cuando se ven a los talentos que generan algo más allá, se siente fugaz, lejano, pero al mismo tiempo un privilegio.

Setlist

  1. On An Edge
  2. Leave Him Now
  3. In Shame
  4. Offer An End
  5. The Echo Of The World
  6. Dissolution
  7. So Right So Clean
  8. Another Way Of Life
  9. Modern Act
  10. Now Hear In
  11. Enter Entirely
  12. Psychic Trauma
  13. Stay Useless
  14. I’m Not Part Of Me
  15. Wasted Days

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1 Comentario

1 Comentario

  1. Javier Æøå

    07-Abr-2019 en 3:51 pm

    No sé si yo sería capaz de más reflexiones, pero creo que el indie-gaze demostrado por Chico Bestia daba para más de seis líneas.

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Primordial: Equilibrando la humildad y la ambición

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Primordial

Cuando pensamos en el sonido del black metal, siempre surge la idea de algo muy ligado a estructuras convencionales, o también ese estilo del metal que no va en el carril de lo tradicional, quizás llegando a otros segmentos. Por ello siempre es interesante cuando hay una mezcla de elementos para dar con algo nuevo, que es lo que pudimos ver a lo largo de una jornada con mucho de épico en la noche del domingo 21, en el Club Rock & Guitarras.

A las 19:54 horas, un poco antes de lo informado, Sol Sistere se subió al escenario e hizo valer su tiempo en oro, mostrando que desde una estructura black metal también llegan al heavy y al doom con facilidad, pese a que el sonido en la primera canción convertía todo en una masa sin mayores claridades. Desde el segundo tema se arregló esto, lo que afectaba muchísimo a la batería de Pablo Vera, y ya en “Death Knell” se veía cómo la potencia y el control eran uno en la ejecución de la banda. Sol Sistere quizás peca de tener entonaciones un poco cliché sin una épica detrás, pero en lo que importa, en las canciones, tiene todo el terreno ganado, y sólo se puede esperar más y más de una propuesta compleja e intrigante como la del quinteto, que a las 20:30 horas se bajaba del escenario para dejar en ascuas a un público que iba repletando poco a poco el pequeño local de Ñuñoa.

Lo anterior es clave, porque algo importante dentro del metal como es el debut de una agrupación de casi 30 años de carrera parece algo un poco menor. Al final, lo que genera algo único es la reacción de los fans y la impactante primera impresión que puede dejar una banda, y esto es precisamente lo que logró Primordial en dos horas llenas de intensidad, de mirarse a los ojos, de levantar puños y hacer headbanging.

El quinteto se subió poco a poco al escenario, siendo Alan Averill el último en hacerlo, y el vocalista y mente creativa principal del conjunto sin duda que era el que llevaría la batuta del show. Pintado y con una capucha al más puro estilo del Undertaker, Averill inmediatamente buscaba reacciones de un público que despertó con el anuncio de la primera canción, “Where Greater Men Have Fallen”, que de inmediato marcaba el pulso de lo que sería la jornada. La invitación no sólo era a disfrutar un show, sino también de la épica que le imprimía Alan a cada entonación, a cada mirada a la gente. El carisma del frontman es una extrañeza para un género que se caracteriza por el ostracismo y el dominio de lo instrumental, y es que tal vez el camino de Primordial ha generado algo diferente.

En vez de caer en los clichés del black metal, Primordial ha ido mezclando y armando cosas nuevas en cada disco que sacan, y es esa ambición por expandir sus dominios cada vez más lo que ha generado que tengan uno de los sonidos más únicos en todo el metal, sin referencias a una o dos cosas, sino que miles a la vez, desde el folk hasta lo sinfónico, pasando por doom o hasta detalles más pastorales. También desde ahí viene el imaginario donde se cruzan dioses, verdugos, entierros e imperios en llamas, siempre con el punto de vista del oprimido como algo relevante. Averill se pone una soga con el típico nudo del colgado en “Gallows Hymn”, reclama solemnidad luego de una introducción casi histórica en “To Hell Or The Hangman” y juega con la camiseta retro de la selección Irlandesa de fútbol pre Mundial del ’94 (una verdadera rareza) que alguien tiene en el público. Todo es parte de una historia más grande que la de las canciones mismas, las que se suceden en su extensión mayor, incluyendo sorpresas más allá de lo que dice el setlist, como “Babel’s Tower” luego de la intensa y cruda “Nails Their Tongues”.

En materia de sonido, Primordial estuvo preciso en cada momento, pese a que a veces se perdía la distancia entre uno y otro instrumento, algo atribuible más a la amplificación del local que a descoordinaciones de la banda, pero eso jamás fue impedimento para lograr ser parte de algo impactante, uno de esos shows que demuestran cómo es que el metal es un campo de cultivo para la innovación, en especial cuando la intención y la ambición juegan. Algo sorprendente era que, pese al aspecto intimidante de Alan y a la precisión de los irlandeses para tocar las canciones, la cercanía (quizás impulsada por lo cerca que está la gente de la banda en el escenario de R&G) siempre fue algo presente, y quizás tiene que ver con esta dinámica de “no nos vencerán” que caracteriza a los de Irlanda del Norte, con esa identidad tan precarizada por los factores políticos, con lo que la afirmación propia termina siendo campo de batalla diario. Y por ello es que se piensa que los imperios deben caer (“As Rome Burns”, “Empire Falls”) porque, aunque la historia la escriban los vencedores, no por ello los vencidos no pueden caer cantando.

Más sorpresas había con “Autumn’s Ablaze” o con “Sons Of The Morrigan”, adiciones al setlist basadas únicamente en que era la primera vez de Primordial en Chile, lo que habla también de una agrupación dispuesta a hacer concesiones, a dar más de lo que se pudo haber planificado. He ahí el gran valor de un show como el de esa noche: se puede ver una banda ambiciosa en lo musical, en un gran momento creativo, con la sencillez necesaria para entender cómo se trasciende en verdad. Con esto, cuando la banda se manda el doblete final con “The Coffin Ships” y “Empire Falls”, en verdad entienden que no pueden bajarse así como así del escenario, y es ahí cuando sacan una última sorpresa, agregando de la nada “Heathen Tribes”.

Flexibles, cercanos, excelentes en la ejecución e interpretación, lo de Primordial en su debut en Chile fue de calidad implacable y de humanidad conmovedora, en dos horas de concierto que dejan en claro cómo existen aún miles de chances de innovar en el sonido, generando conexiones únicas en el escenario.

Setlist

  1. Where Greater Men Have Fallen
  2. Gods To The Godless
  3. Gallows Hymn
  4. Nails Their Tongues
  5. Babel’s Tower
  6. To Hell Or The Hangman
  7. No Grave Is Deep Enough
  8. As Rome Burns
  9. Autumn’s Ablaze
  10. Bloodied Yet Unbowed
  11. Sons Of The Morrigan
  12. The Coffin Ships
  13. Empire Falls
  14. Heathen Tribes

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