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Carl Palmer: La fanfarria apoteósica

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Cuando Carl Palmer llevaba alrededor de media hora de presentación, contó una anécdota bastante sabrosa: la primera canción que Emerson Lake & Palmer ensayó en conjunto fue “21st Century Schizoid Man”, a petición de Greg Lake. La locura de los asistentes se desató inmediatamente ante magnánima demostración de poder, una señal de que en Chile el progresivo se vive a concho, y así lo hizo ver una vez más el eximio baterista, quién desplegó un apresurado recorrido por grandes joyas del catálogo de su banda madre, secundado una vez más por el guitarrista Paul Bielatowicz y el bajista Simon Fitzpatrick en un show que, si bien se notaba que estaba corriendo contra el reloj, igual demostró por enésima vez que la ligazón del público local con el género progresivo es sólido como un ladrillo.

La consigna principal de Carl Palmer es reconstruir las canciones de ELP desde el principio en formato guitarra, bajo y batería, más que caer en la indulgencia de conseguir reemplazantes para las emblemáticas figuras de Keith Emerson y Greg Lake. En este sentido, fue interesante ver en acción a Bielatowicz y Fitzpatrick, quienes se pasearon de forma soberbia por “Abaddon’s Bolero” y “Karn Evil 9: 1st Impression–Part 2”, con el público entregado haciéndolas de Lake y cantando a todo el pulmón, mientras el bajista dibujaba la línea vocal con su instrumento. Como buen maestro de ceremonias, el baterista saludó a los asistentes en perfecto español antes de volver a la batería para atacar con “Tank”, una versión totalmente arrolladora, cuya intrincada línea de sintetizador original se convirtió en un desquiciado riff de guitarra que Bielatowicz entregó con total soltura y simpatía.

La gran sorpresa de la noche fue la incorporación de Jaime Sepúlveda de Kuervos del Sur, quién entregó su profunda voz para “Knife Edge”, dotándola de un cuerpo especial, un aire misterioso que le venía excelente a uno de los clásicos más grandes del debut de ELP. Luego de bromear con los asistentes, Palmer arremetió con “Trilogy”, reconocido como uno de sus discos favoritos de la banda. La introducción prístina de Bielatowicz dio paso a un torbellino en el que la brutalidad de Palmer y la sesuda interpretación de Fitzpatrick confabularon un exquisito cóctel del más puro rock progresivo, ganándose el preciado “olé, olé, olé, Palmer, Palmer”. El primer solo de la noche quedó a cargo de Simon, quién hizo cantar a los asistentes con su interpretación de “From The Begining”, con partes de “Mapple Leaf Rag”, todo interpretado en su chapman stick.

El entorno pequeño privilegió la dinámica de Palmer de compartir historias con su peculiar sentido del humor, lo que sentó el contexto para una aplastante versión de “21st Century Schizoid Man”, sobre todo en los segmentos más ligados al jazz que el trío desarrolló con un estilo mucho más agresivo, con la omnipresente carátula del clásico de King Crimson en la pantalla como telón de fondo. El antídoto ante esa descarga de intensidad vino de la mano del solo de guitarra del carismático Paul, quien impresionó con una sección de “Claro de Luna” del divino Ludwing van Beethoven para pasar a la rendición de otro exponente de la música docta como Aaron Copland, la celebrada “Hoedown”, que se escuchó demoledora con el doble bombo de Carl Palmer a toda velocidad.

El año 2016 falleció Keith y Greg; si ustedes suben algún video de la siguiente canción, estaré agradecido”, fueron las palabras del músico antes de invitar nuevamente a Jaime Sepúlveda a interpretar una bellísima versión de “Lucky Man”, con un gran solo de minimoog reproducido fielmente por el chapman stick de Fitzpatrcik. El tramo final contempló una estridente versión de “Carmina Burana – O Fortuna”, original del compositor Carl Orff, la vitoreada “Fanfare For The Common Man, con un extraordinario solo de batería Palmer, quién no ha perdido una pizca de virtuosismo a sus 68 años y sacó aplausos cada vez que llegó a un sonido nuevo utilizando a todos los elementos de su set –incluidos los grandilocuentes gong– y una alocada versión de “Nutrocker”, que cerró la tienda con el público totalmente en el bolsillo.

Disfrutar un espectáculo de tan buena calidad instrumental en un espacio íntimo como La Batuta tiene varios puntos a favor, como la cercanía y la intimidad, pero se notaba demasiado que el reloj estaba encima, incluso con el mismo artista reconociendo que este era un setlist “más acotado porque habían más bandas después de él”, en una noche que incluía a bandas tributo agendadas en esa locación antes de que el show de ELP Legacy se trasladara allí, lo que obligó a saltar algunas canciones que se venían tocando en la gira y acomodar ambos eventos para que pudieran convivir uno antes y otro después. Una lástima también para la gente que se vio afectada por el problema de las entradas, ya que las adquiridas para el show que originalmente sería en el Teatro Caupolicán no eran válidas para La Batuta por el cambio de productora, lo que imposibilitó a algunos fanáticos disfrutar de esta nueva venida del músico inglés. Con todo, la visita de Carl Palmer tuvo sombras en la logística, pero muchas luces en lo musical; una fanfarrea apoteósica en clave maratón de un catálogo inmortal que en Chile tiene un público más que asegurado.

Setlist

  1. Abaddon’s Bolero
  2. Karn Evil 9: 1st Impression–Part 2
  3. Tank
  4. Knife-Edge
  5. Trilogy
  6. Solo de bajo
  7. 21st Century Schizoid Man (original de King Crimson)
  8. Solo de guitarra
  9. Hoedown
  10. Lucky Man
  11. Carmina Burana – O Fortuna (original de Carl Orff)
  12. Fanfare For The Common Man
  13. Nutrocker

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Iron Maiden en el Estadio Nacional: La magia de los tres tercios

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Iron Maiden

En la fotografía, pintura, diseño y en las artes audiovisuales, la llamada “regla de los tres tercios” es una forma de composición para ordenar objetos dentro de la imagen para que logren tener encuadres armoniosos, y así utilizar de forma eficiente y placentera el espacio disponible, de acuerdo a este criterio de inclusión. La búsqueda de un equilibrio para registrar de forma adecuada lo encuadrado es difícil, pero es algo que, al andar, queda impregnado en la obra y en la práctica. En el arte narrativo también la estructura de tres actos funciona de manera clásica, aunque al ver la perfección en el armado de “Legacy Of The Beast”, gira que traía a Iron Maiden a hacer su noveno y décimo show en Chile, quizás la referencia a la fotografía es la que hace más sentido desde una perspectiva amplia.

El Estadio Nacional había sido agotado meses antes, también el Movistar Arena, que la noche del lunes recibió la primera descarga eléctrica de la doncella de hierro, pero se sabía que la fecha final de este tour que revisitó el legado de Maiden sería aún más mágica. Aunque The Raven Age hubiera hecho sentir que se estaba frente a un acto de rock-metal alternativo de inicios del milenio, con trazos a Disturbed o Staind, pero con una calidad sonora más de estos tiempos que resultaba en un buen presagio para lo que vendría después. Concentrándose en su último disco, “Conspiracy” (2019), la banda sonó muy correcta y se conectó con la audiencia que estaba repletando el sector más próximo al escenario, lamentablemente de la mitad para atrás del recinto no hubo la misma visión, debido a que las pantallas no mostraron el show, dejando especialmente a la galería aislada de este acto inicial.

Las 64 mil personas que se reunieron en el Estadio Nacional llegaban para una cita con la historia, esa que se construye poco a poco, visita tras visita, haciendo de Chile (como dijo ayer Manuel Cabrales) “la casa de la bestia” y el lugar más adecuado para cerrar la gira como repetidas veces indicaría Bruce Dickinson a lo largo de las casi dos horas de show. A las 21:07 comenzaban a mostrarse en las pantallas imágenes casi calcadas al trailer de “Iron Maiden: Legacy Of The Beast”, el juego que la banda lanzara en 2016, a pocos meses de su visita anterior a Chile. De forma eficaz, el recorrido por la discografía de la banda tuvo lugar en medio de la imaginería de Eddie, la mascota más conocida en el mundo del metal, y en menos de dos minutos la introducción resultaba perfecta, empalmando con “Doctor, Doctor” de UFO, un clásico del inicio de los shows de Maiden, canción que calentó los cuerpos, las gargantas y los brazos, sabiendo lo que venía de inmediato con “Aces High”.

Antes, se daba inicio al primer acto, centrado en la guerra y los estragos que dejó en la sociedad en la que se criaron los integrantes de la banda, en la Inglaterra de los 60, donde los veteranos abundaban y la rareza se palpaba en el aire. Luego de un video breve aparecía un avión por sobre el escenario con el aspa girando y “Aces High” explotaba para deleite del público, que se ponía a saltar y cantar sin cesar, mientras Dickinson consolidaba la idea de ser un frontman perfecto, con la voz aún mejor que en 2016, tras su delicada cirugía para tratar un cáncer en la garganta. Además, corría de un lado a otro del escenario, jugando de forma calculada, pero bien dispuesta con el resto de los integrantes, para luego despachar “Where Eagles Dare” y disparar a los corazones con “2 Minutes To Midnight”, que extrañamente no iba a entregar las primeras bengalas de la noche en el público, pero que sí permitía advertir esas chispas que grandes y chicos compartían en cancha y alrededores.

Algo que sorprendió a muchos al ver el setlist fue la presencia de canciones de discos donde estuvo Blaze Bayley, como “Virtual XI” (1998), álbum del que se desprende “The Clansman”, canción que Bruce hizo como si fuera suya y que movió a la gente en medio de su grata sorpresa directo a las fauces de Eddie, que apareció para luchar contra el frontman y su espada en “The Trooper”. En ese momento la bengala se elevó por el aire y no había dudas de cómo la capacidad de Maiden sigue ahí. Mientras muchos bajan el tempo o el tono de las canciones, Iron Maiden a veces incluso acelera los compases para corresponder a los torbellinos que arman los fans en cancha. Es admirable cómo el sexteto evita demostrar fatiga, y eso no puede sino ser fruto de mucho ensayo, mucha confianza y mucho trabajo en esas canciones que son parte de las vidas de tantas personas. Esos temas forman parte de esas guerras que la gente lleva en su día a día, y por ello se hacía perfecto ver cómo el primer acto del show se centraba en esas dificultades, para luego pasar a un ámbito más religioso o espiritual, tomando la estética de una iglesia para maravillar desde lejos.

Revelations”, “For The Greater Good Of God” o “The Wicker Man” se sucedían para aumentar los aplausos a la labor de la guitarra ágil de Dave Murray, la precisión de Adrian Smith en la suya o la solvencia de la batería de Nicko McBrain, mientras Janick Gers se encarga de los gestos, los movimientos y las acciones que le compiten a Dickinson por el más carismático del escenario, aunque este último con quien se va a acurrucar y le muestra un cariño descomunal es a Steve Harris, el bajista que no sólo es el miembro fundador que queda, sino también tiene su capacidad intacta. Mención aparte para los encargados de sonido de la banda que, como en pocas bandas de metal, eligen dar espacio para cada instrumento, evitando el predominio tan majadero de las guitarras. Las líneas de bajo de Harris, por ejemplo, merecen ser escuchadas y así ocurrió en el show del Nacional, luciéndose en tracks como “Sign Of The Cross”, mientras Dickinson ataviado de una capucha negra se paseaba con una cruz con luces muy potentes. El acto lo cerraba “Flight Of Icarus”, en el que Bruce apareció con un lanzallamas que le permitía jugar con ambas manos tirando flamas, mientras una figura inflable como la del propio Ícaro se elevaba justo antes de otro karaoke colectivo con “Fear Of The Dark”.

La transición al infierno fue más rápida y también la sección más breve con la explosión en “The Number Of The Beast”, con el “six six six” coreado por las 64 mil personas presentes, y por supuesto que en la más punketa de las facetas de la banda en “Iron Maiden”, esa canción que precipitó la aparición de la bestia infernal enorme en el fondo, mirando lo que ocurría con ojos de luces y cuernos de cabra, mientras el público lo daba todo en moshpits, saltos, cantos y más.

En el encore vinieron “The Evil That Men Do” seguida de “Hallowed By Thy Name”, otro de esos tracks donde lo instrumental se notó como parte de esas fortalezas preciosas que tiene Maiden, que lo hacen tener una belleza fotográfica, de obra de arte mixta puesta en un museo de arte contemporáneo, capaz de interactuar con la gente y de congregar masas, como las que pasadas las 23:00 hrs. estaban cantando “Run To The Hills” en el gran cierre de una jornada realmente histórica, tanto por la capacidad de disponer de la historia grande de Iron Maiden en poco menos de dos horas, como por esa consolidación permanente con este país que es su casa.

Como dijo al rato después del show el periodista y guitarrista Héctor Muñoz: “Una banda que te manda para la casa diciéndote ‘Always Look On The Bright Side Of Life’ en la voz de Eric Idle tiene las cosas claras”, y es que, viendo la foto completa, Iron Maiden tiene todo tan claro y a estas alturas es un proyecto tan transversal, que ya no es patrimonio sólo del metal, sino que de la música en vivo en general, y qué bueno que el encuadre sea así de armonioso y perfecto.

Setlist

  1. Aces High
  2. Where Eagles Dare
  3. 2 Minutes To Midnight
  4. The Clansman
  5. The Trooper
  6. Revelations
  7. For The Greater Good Of God
  8. The Wicker Man
  9. Sign of the Cross
  10. Flight Of Icarus
  11. Fear Of The Dark
  12. The Number Of The Beast
  13. Iron Maiden
  14. The Evil That Men Do
  15. Hallowed Be Thy Name
  16. Run To The Hills

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