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Bob Dylan // Un Lobo Estepario de excelencia

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Bob Dylan en Chile

El poeta del rock retornó por segunda oportunidad a tierras sudamericanas. El legendario músico deleitó a los diez mil asistentes, de variadas generaciones.

Robert Allen Zimmerman, más conocido como él maestro Bob Dylan, es la mayor figura de la música contemporánea, el más influyente y citado compositor del siglo XX. Su potente currículo que oscila este mítico músico es patente. Y Chile tuvo la satisfacción de presenciar su excepcional carrera de 5 décadas recorridas.

La cita con la estrella legendaria fue este pasado martes por la noche de 11 de marzo y se concentró en Arena Santiago, ante un interesado público de alrededor diez mil personas, lo cuales, fueron testigos omnipresentes, y parte de un pasado de la historia del rock, del cual, recordaremos por siempre, el haber deleitado con su memorable trabajo sonoro y lírico.

Con una clara puntualidad (21:00 hrs.), salió a escena Bob Dylan y su banda, donde el respeto le ganó a la euforia o frenética devoción. “Leopard-skin pill-box hat” del álbum “Blonde on Blonde” (1966) abrió un repertorio de 16 temas que estuvo marcado por canciones de sus últimos trabajos y sus emblemáticos clásicos en nuevas interpretaciones, que a veces se hacían difíciles de percibir. La discreción y mesura fueron el núcleo del show, donde el compositor estadounidense estuvo en los teclados la mayor parte del concierto de perfil al público, sin tener contacto alguno con los presentes, sólo habló para presentar a sus cinco músicos, que fueron su motor.

Bob Dylan en Chile

A su vez por petición del propio Dylan, no hubo pantallas gigantes, las que ayudan bastante con los detalles. No verle el rostro directamente es una de sus variadas excentricidades, el motivo lo dudo, ya que, su cara no esta desfigurada y tampoco es un anciano decrepito, tiene 68 años, pero en fin, son los lujos de una mega estrella.

Dentro del repertorio estuvo: “Highway 61 Revisited”, “Blowin’ In The Wind”, “Master of World”, “Lay, Lady, Lay”, siendo esta última casi irreconocible, la voz de Bob Dylan era totalmente distinta, muy áspera, así pasó con varios temas. El compositor vocalmente nunca fue un Sinatra, ni tampoco lo intentó ser. El mismo músico se ha referido a su voz “Yo no tengo una voz bonita. Yo no sé cantar bonito, y además no quiero”, esa actitud describe a Dylan, se toma o se deja.

Un detalle llamativo dentro del repertorio fue “Just Like a Woman”, la cual, no interpretó en este tour latinoamericano. Lejos el tema más esperado y vitoreado fue el himno “Like A Rolling Stone”, este hizo levantar de sus asientos a los varios “viejos paltones” y a las diversas generaciones que gozaron por estar cerca del legendario y veterano poeta del rock. Bob Dylan ofreció un show a lo Dylan, muy para si mismo, los presentes se amoldaron a él. Política y filosofía que ha caracterizado su carrera.

Bob Dylan en Chile

Dos horas duró su show donde la fusión de estilos fue bastante nutrida, desde folk y country, blues, rock and roll y rockabilly, jazz y swing, incluso folklore inglés, escocés e irlandés. Diez años pasaron para volver a oír la cátedra que ofreció el viejo Dylan.

Por Ricardo Dachelet Q.

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1 Comentario

1 Comentario

  1. Natalia Barrientos

    15-Mar-2008 en 4:17 am

    Gracias viejo.
    Te estoy eternamente agradecida.

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Gustavo Santaolalla: El arte de la trayectoria

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Gustavo Santaolalla

La física define a la “trayectoria” como el recorrido que describe un objeto que se desplaza por el espacio. Este término en el ámbito musical se usa indiscriminadamente para hablar de carreras en múltiples estados; ya sea que exista o no un recorrido presente, se habla de las trayectorias para definir a los más grandes, pero pocos emulan a la física y hacen que este desplazamiento continúe. Una cosa es el movimiento hecho, pero otra el que se sigue haciendo, y por prácticamente 50 años, si hay un artista latinoamericano que no ha detenido sus rumbos –y, por tanto, su camino– ese es Gustavo Santaolalla.

Desde el rock profundamente argentino que profesaba en Arco Iris hasta su actualidad, donde se mezclan soundtracks y producciones para artistas desde Café Tacvba hasta Eric Clapton, Santaolalla ha hecho un andar profuso y lleno de canciones, propias y ajenas. Sin embargo, como dijo antes de su primera visita como Gustavo Santaolalla a nuestro país (antes había estado varias veces con Bajofondo), recién a los 66 años lanzó su carrera como solista, la que tiene discos y canciones a su haber, pero que jamás había configurado para girar o mostrarse, quizás en el último acto de humildad que tiene un tipo que gusta del proceso, del camino, ese que invitó a desandar en un Teatro Nescafé de las Artes casi repleto en la fresca noche del 12 de septiembre.

Justo antes de iniciar el show, a eso de las 21:20 horas, el teatro comenzó a aplaudir sin que se hubiera levantado aún el telón: la presencia de Jorge González, quien trabajara con Santaolalla en “Corazones” y su álbum homónimo, generaba vítores raros para un país que no reconoce a sus ídolos en vida, y era un pequeño aperitivo de la energía y sensaciones que inundarían el espacio por casi tres horas.

Todo iniciaba con “Inti Raymi”, y la Santabanda –como se hacen llamar los músicos de Santaolalla– mostraba la variedad de timbres que aparecerían en el show. Con la ovación del teatro, Gustavo aparecía para instalarse y comenzar con el primer set, rico en canciones de Arco Iris, esa banda que armó cuando empezaba a relacionarse con la música, con canciones como “Abre Tu Mente” o “Camino”, las que en el formato de esta gira obtienen matices y colores únicos, alejándose de la falsa psicodelia que se le legó a una banda como Arco Iris, que simplemente incluyó el folklore en el rock en tiempos de apretones mentales y revoluciones hippies. Ahora estas composiciones son atemporales y su construcción sólo alcanza tintes clásicos con los arreglos de este espectáculo, donde es la canción la que manda. Quizás eso hace de Santaolalla un compositor cautivante: deja que la canción mande, y él y los suyos sólo son puntos que arman la trayectoria de estos temas.

Así, a diferencia de otros shows en este formato, se coló un par de temas de su trabajo solista en esta primera parte, “Un Poquito De Tu Amor” y “Compañeros del Sendero”, dos sorpresas de varias que vendrían. Luego volvería a Arco Iris con canciones como la conocida “Zamba”, “Quiero Llegar” o la “Canción De Cuna Para El Niño Astronauta”, tras la cual vendría el recuerdo a la gran Mercedes Sosa y al amigo de mil batallas de Gustavo, León Gieco, para cerrar esa primera parte con el “Río De Las Penas” Intensa forma de dejar esperando a una audiencia que ya veía que el concierto iba para largo, y que sería incluso más extenso que las fechas anteriores hechas por Santaolalla y la Santabanda, sólida en todo momento, con Barbarita Palacios, Javier Casalla, Nicolás Rainone, Andrés Beeuwsaert y Pablo González haciendo gala de su carácter de multiinstrumentistas para dominar cada faceta que las canciones ponen en frente.

Al volver –­casi de improviso– Santaolalla irrumpe con “No Existe Fuerza en el Mundo”, que interpretara Gieco, mostrando lo importante de esa alianza para Gustavo. Luego de esto aparecería el trabajo completamente solista, con tracks como “A Solas” o “Todo Vale” para dar paso a otra corriente más atmosférica de la labor de este artista, que son los soundtracks, eligiendo “De Ushuaia A La Quiaca” de “Diarios de Motocicleta”, el main theme de la banda sonora del videojuego “The Last Of Us”, y un medley de “Brokeback Mountain”, mostrando la diversidad de espíritus, donde destaca el uso del charango y su timbre tan característico, entregando solemnidad y recogimiento, tal como el que se sintió en el homenaje hecho a Jorge González. Luego de mencionarlo para dar con una ovación gigante nuevamente, Santaolalla habla de los lazos que lo unen con González y dice que habrá un disco en honor a él, y que contará con una interpretación de “Por Amarte”, del “Corazones” (1991), ese disco que juntó por primera vez a dos de los artistas más importantes del continente. La versión fue sentida, contenida, una preciosa reversión donde Santaolalla ahondó en el sufrimiento del hablante. Si como compositor es clave, como intérprete se subvalora la intensidad que alcanza y que parece trascendental, más allá de lo obvio.

Debe ser, sino la experiencia, la trayectoria, esos caminos que se cruzan para corear “Mañana Campestre” o sentir “Pena En Mi Corazón”. Bajofondo y Arco Iris. Dos caras de un mismo creador, una apelando a las oscuridades y sus brillos, y otra a la belleza de la luz, tanto interna como externa, lo que trasunta en la belleza tierna de “Vecinos” y en la fuerza de “Ando Rodando”, que luego sólo crecería con la interpretación, a pura garganta y caja, en honor a la tradición de la vidala, para terminar con “Sudamérica” de Arco Iris y “Pa’ Bailar” de Bajofondo, ya con todo el mundo de pie, disfrutando de uno de esos artistas que no se cansan de deambular y hacer que su punto en la inmensidad del cosmos nunca deje de andar. Treinta canciones en casi tres horas, incluyendo el intermedio de quince minutos, emociones por montones y un sonido cálido que permitía a la voz de Santaolalla sobresalir. Pocas veces un espectáculo es capaz de capturar todas las facetas de un artista, en especial uno de tan amplio espectro, y ese fue el lujo que entregó Gustavo Santaolalla en el inicio de una gira solista que no es más que la demostración del más fino arte de la trayectoria.

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