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Black Sabbath: Un adiós con los brazos en alto

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Nada dura para siempre, incluso la legendaria carrera de una banda como Black Sabbath. Corría el año 2012, y luego de muchos cambios de formación y 18 álbumes de estudio editados, la banda sorprendía a todo el mundo con el anuncio de una reunión junto a Ozzy Osbourne, su vocalista original, con el cual publicaron “13” (2013), su regreso discográfico que los trajo además por primera vez a nuestro país (con esa formación). Ahora, luego de recorrer todo el mundo durante estos años, la banda decidió poner fin a su carrera con “The End World Tour”, gira que celebra su historia musical y que permitió hacer posible su regreso a Chile, esta vez en el Estadio Nacional. Las expectativas eran altas para una despedida que tenía a los fans entusiasmados y apenados por igual; nadie quería decirle “hasta siempre” a una de las agrupaciones que redefinió la música inventando un estilo tan importante como el heavy metal.

Los chilenos Yajaira fueron los encargados de abrir la jornada, con una interesante propuesta de sonido similar al de Black Sabbath. El conjunto se lució en una acotada media hora de show que les permitió reafirmar el profundo lazo que poco a poco han ido formando dentro de la escena local, algo que se evidenció incluso en los asistentes, ya que fueron varias las poleras alusivas al grupo que se dejaron ver entre el mar de gente presente en el Nacional, quienes corearon canciones como “Estados Alterados”, entre otras composiciones de la potente banda.

Rival Sons

Luego llegó el turno de los invitados internacionales, la banda norteamericana Rival Sons, quienes eran bastante esperados por la fanaticada local. Los liderados por el vocalista Jay Buchanan entregaron una impecable presentación compuesta por ocho canciones, repasando increíblemente temas de toda su discografía en ese corto lapso de tiempo. A eso de las 20:00 horas, los sonidos de “The Good, The Bad & The Ugly” del maestro Ennio Morricone comenzaban a sonar en el Nacional. Acto seguido, la banda se despachó “Electric Man” y “Secret“, de su cuarto álbum “Great Western Valkyrie” (2014), desatando al instante la locura de los desenfrenados fanáticos que se tomaron la cancha.

El estilo de los californianos se basa netamente en el rock de vieja escuela, repitiendo una fórmula ya utilizada por bandas como Led Zeppelin o Deep Purple, aunque con un tono de frescura y “actualidad” acorde a los años. Con el álbum “Hollow Bones” (2016) recién lanzado, resulta curioso que “Hollow Bones Pt. 1” haya sido la única escogida por el cuarteto de su quinto LP. La guitarra de Scott Holiday sonó furiosa mezclándose con la sección rítmica del baterista Mike Miley y el más nuevo integrante, el bajista Dave Beste, miembro de la banda desde 2013.

Open My Eyes” y “Keep On Swinging” fueron las responsables de cerrar la impecable presentación de los oriundos de Long Beach, quienes se despidieron ante los enormes aplausos de un público que pedía más, pero que por las limitancias del tiempo no fue posible. Al momento de despedirse, el vocalista le dedicó un saludo a la cantante Sharon Jones, fallecida este viernes, algo que pasó desapercibido entre el público, pero que es necesario rescatar como un bonito gesto hacia el legado de la legendaria cantante soul. Esperemos ver nuevamente a la banda en nuestro país, esta vez con un show propio, algo que con su presentación de ayer ya tienen más que merecido.

Black Sabbath

Pasadas las 21:00 horas, el coliseo de Ñuñoa lucía casi repleto. El logo de Black Sabbath se mostraba imponente en las tres pantallas que estaban encargadas de capturar en detalle la ejecución de cuatro músicos que están como el vino. Porque el cuarteto quiso retirarse de los escenarios mundiales con los brazos en alto, entregando un show de una hora y cuarenta minutos donde destacó la impecable performance de un conjunto que, a pesar de los años sobre el cuerpo, es capaz de sonar como en sus mejores tiempos. Es así como la decisión de colgar los botines hace sentido para la audiencia, incluso si la triada de miembros originales conserva la energía suficiente como para poder seguir adelante por unos años más, que es lo que uno como fanático siempre desea. El hecho de que quieran retirarse dejando como testimonio un concierto sobresaliente, es de respetar y aplaudir. No muchas bandas tienen el valor de hacer algo como eso y menos las que pueden seguir llenando estadios cada vez que realizan una gira. Es así como este “The End World Tour” tuvo de dulce y agraz. Dulce porque tuvimos el placer de volver a presenciar el show de una leyenda del estilo, y agraz porque lo más probable es que nunca volvamos a ver a Black Sabbath sobre un escenario por estos lares. Con el final cada vez más cerca, nos preparamos para disfrutar del último concierto de los británicos en Chile.

Como si se tratara de una declaración de principios, la tanda de clásicos se dio inicio con “Black Sabbath”, en una osada jugada, ya que a pesar de que la canción es reconocida y coreada por todo el mundo, su oscuridad y ritmo casi lúgubre dejó a medio camino a todos los que esperaban descargar la ansiedad que les dejó la espera por el comienzo del show, en momentos en que la cancha era un verdadero caos de gente tratando de llegar lo más adelante posible. Finalmente las guitarras explotan en el pasaje final de la canción y la llegada de “Fairies Wear Boots” puso a todo el mundo en la nota alta, con saltos y mosh en diferentes lugares de la cancha del Nacional. Luego llegaron “After Forever” e “Into The Void”, en un repertorio casi calcado al que mostraron en el Estadio Monumental hace tres años, incluso con menos canciones, tan sólo agregando “Hand Of Doom” del disco “Paranoid” (1970), en desmedro del material más reciente contenido en “13” (2013).

Y aquí es donde podríamos dar un “tirón de orejas” al grupo, porque si bien todos sabemos que esta reunión se sustenta en gran parte por la presencia del Ozzy Osbourne y los discos imprescindibles que realizaron junto a él como frontman del grupo, al tratarse del “final” de la vida sobre los escenarios de la agrupación hubiese sido ideal que tocarán, por lo menos, un par de canciones de su etapa con el legendario Ronnie James Dio, período en el cual dieron a luz a himnos tan grandes como los que tocaron anoche. “Neon Knights”, “The Mob Rules” y la gigantesca “Heaven And Hell” –de hecho, muchos fanáticos salieron del recinto coreando el famoso riff de esa canción– son algunos de los cortes que forman parte clave de la historia de Black Sabbath, y si bien Ozzy Osbourne no tiene un registro de voz tan dotado como el del fallecido ex vocalista de Rainbow, bien pudieron haber realizado un guiño en honor a un hombre y a una etapa que fue tan fructífera como la que vivieron junto a Osbourne.

Volviendo al show, “Snowblind” antecedió a uno de los peaks obligados de la noche. “War Pigs” hizo cantar y saltar a todo el estadio, en un coro masivo y con una banda sonando como cañón. Un verdadero testimonio de lo grande que sigue siendo Black Sabbath en vivo. Sin dedicar mayores palabras al público, el carismático Osbourne decía lo justo y necesario para cumplir con su audiencia. Lo importante era verlos y escucharlos tocar, y así lo hicieron con “Behind The Wall Of Sleep”, la brincada “N.I.B.”, que vino antecedida por un pequeño solo del sólido Geezer Butler, y la novedad de este tour, “Hand Of Doom”. Tal como ocurrió hace tres años, la entretenida “Rat Salad” dio paso al  solo de batería de Tommy Clufetos, quien, repitiendo lo que hizo en aquella oportunidad, demostró que es una verdadera máquina en los tarros, pero bien sabemos que lo ideal hubiese sido tener a Bill Ward en su puesto, sobre todo cuando las razones de su ausencia de esta reunión (que fueron acuñadas a su imposibilidad de seguir el ritmo de sus compañeros) se hacen cada vez menos creíbles, cuando el veterano baterista está actualmente involucrado en un nuevo proyecto musical donde luce en plena forma. En fin, después del intenso solo de batería de Clufetos, “Iron Man” dio otro azote a la fanaticada.

El inicio del fin comenzó con “Dirty Women”, donde el indiscutible líder y pilar fundamental del grupo, Tony Iommi, se lució realizando un solo de guitarra de antología, para dar paso al corte más intenso de la noche, “Children Of The Grave”, donde las bengalas que estuvieron presentes durante toda la noche hicieron de las suyas tiñendo de rojo la cancha del Estadio Nacional. El gran final llegó –como no podía ser de otra forma– con “Paranoid”, en cuatro minutos de puro desorden, que sellaron una presentación impecable, dejando a todo el mundo con ganas de más.

Black Sabbath dio el que, se supone, fue su último concierto en estas tierras. Haciendo un repaso de lo mejor de su etapa junto a Ozzy Osbourne, los británicos nos regalaron un final en todo lo alto, tocando de manera impecable y, lo mejor de todo, en un momento en que todavía pueden brillar y volarnos la cabeza. Sólo queda agradecer al trío por todo el aporte que hicieron al metal y, de llegar a ser efectivamente el final de la agrupación, también agradecer por la oportunidad de haberlos visto en vivo anoche. Hasta siempre Ozzy, Tony y Geezer. Hasta siempre Black Sabbath.

Por Manuel CabralesSebastián Zumelzu

Foto por Carlos Müller de Lotus Producciones

Setlist Rival Sons

  1. Electric Man
  2. Secret
  3. Pressure And Time
  4. Hollow Bones Pt. 1
  5. Torture
  6. Get What’s Coming
  7. Open My Eyes
  8. Keep On Swinging

Setlist Black Sabbath

  1. Black Sabbath
  2. Fairies Wear Boots
  3. After Forever
  4. Into The Void
  5. Snowblind
  6. War Pigs
  7. Behind The Wall Of Sleep
  8. N.I.B.
  9. Hand Of Doom
  10. Rat Salad
  11. Iron Man
  12. Dirty Women
  13. Children Of The Grave
  14. Paranoid

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Metronomy: El disco de tu corazón

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Metronomy

Sigue siendo extraño ir a conciertos y disponerse a pasarlo bien cuando el país despertó y, como pasa en “The Matrix”, al abrir los ojos no era un mundo idílico el que supuestamente había y pintaban, sino que todo se ve sucio, injusto y sobre una lupa. Por ello la música sirve como escape en medio de tensiones y para no perder la perspectiva sobre el propio ser. En medio de causas comunes, donde los cuerpos se vuelven uno y la individualidad se ve como un lujo, es bueno recordar el propio corazón, aquello que lo mueve, lo que lo emociona y hace feliz. Ese tipo de reacciones genuinas son las que aparecieron copiosamente en el retorno de Metronomy a nuestro país, con su cuarto show a la fecha, en la explanada del Centro Cultural Matucana 100.

La gente fue llegando poco a poco hasta repletar la explanada, cuando ya se escondía el sol, poniéndose cada vez más impaciente mientras se acercaban las 21:15 hrs., supuesto horario de inicio del show. A las 21:26 comenzó a sonar “Wedding” como intro del concierto, y como a la distancia se veía el edificio donde están los camarines, se notaba –como si fuera un programa televisivo– el momento exacto en que la banda se movía para llegar al escenario de riguroso vestuario blanco, en medio de los vítores. Comenzaron con “Lately”, canción en medio de la cual se escuchaban los primeros gritos de “el que no salta es paco”, parte de la “nueva normalidad” en los conciertos, algo de lo que deberemos hablar más tarde.

La potencia de las canciones de Metronomy no daba respiro. “Lately” y su pulso más psicodélico (sello de su último trabajo de estudio, “Metronomy Forever”) hasta el hit “The Bay”, convirtieron a Matucana 100 en un lugar de karaoke, irrumpiendo de inmediato la faceta más banda de rock de Metronomy con “Wedding Bells” y ese final falso que culminaba en una explosión con el solo de un Joseph Mount que parece más cómodo y sobrecogido que nunca con el rol que tiene en vivo. Mount es un tipo notoriamente tímido en el escenario, pese a ser el líder de un proyecto que mueve mucha gente, pero tal vez eso viene desde una comprensión fundamental. Y es que lo que se convierte en el disco o la canción que llega directo al corazón de la gente es una composición, más allá de sus exponentes.

Aunque Metronomy tiene una formación reconocible, de buenos músicos y carismas al servicio del show, lo más abrumador es la potencia de las composiciones, como pocas veces pasa en un espectáculo. La fuerza de “Corinne” no va ni en la potencia que le puso Anna Prior a cada beat en la batería o a los adornos precisos de los teclados del contagioso bailar y sonreír de Oscar Cash, sino que en la armonía tan fluida como impalpable que tienen los diferentes ritmos que mueven a la canción. En “Everything Goes My Way”, además del inmenso amor del público chileno a Prior o de la guitarra acústica siendo un dulce néctar para los oídos, la dinámica típica de los grupos a capella sesenteros en el coro son lo que hace la canción, y eso terminaba siendo hecho por el público, muy participativo, a diferencia de la última visita de la banda en un Lollapalooza 2018 donde resultaron injustamente ignorados.

Reservoir” fue una explosión de energía, en tanto que “Walking In The Dark” mostraba la vibra más chill digna de Madchester y la onda rave, para luego continuar precisamente con el baile con dos piezas instrumentales: “Boy Racers” y “Lying Low”. En este caso, vale precisar que Michael Lovett y Oscar Cash se complementan de forma perfecta cuando ambos están manejando los teclados, en una mini orquesta de sintetizadores muy a la usanza de Orchestral Manoeuvres In The Dark, pero con una vibra más ligera. En “Boy Racers”, además, Olugbenga Adelekan por fin sonó más con su bajo que, pese a tener un protagonismo clave en canciones como “The Bay”, no quedaba tan adelante en la mezcla de sonido, como sí pasó en esa canción. Todo esto servía como aperitivo perfecto para “Old Skool”, otra de esas composiciones hechas para conseguir la participación del público y hacer aún más grande la experiencia. Es impecable la capacidad de Mount de crear estas obras que, desde una producción usualmente muy minimalista y con el cuidado necesario de dejar respirar las capas sonoras, terminan con una capacidad de generar enlaces de valencia tan numerosos con la audiencia, tanto, que la participación hace del momento algo más cercano y también mucho más inolvidable.

Luego, la vibra de banda de rock & roll volvió a escena con “Insecurity”, una canción que en manos de cualquier otra banda hubiera quedado plana, pero que para Metronomy es perfecta porque refleja sus propias sensaciones de extrañeza y de desacomodo con aquello que pareciera tan natural. Parte también de la catarsis en medio de este show fue la capacidad de evitar que la normalidad parezca tan normal, y eso a Metronomy le queda muy bien. Tal vez, por ello en vez de tocar “On Dancefloors”, como decía el setlist, la banda se vio descolocada con los gritos de “el que no salta es paco” y “el pueblo unido jamás será vencido” con los que ellos intentaron continuar una parte instrumental de “Insecurity”. En vez de hacer como cualquier otra banda y seguir como si nada, la cara de Joseph indicaba que no sabía cómo reaccionar, más allá de una sonrisa nerviosa que cambió para tener un poco más de seguridad con “I’m Aquarius” y calmar un poco los decibeles, sumergiendo a la audiencia en un track tan especial como acuático, de esos que son inmersivos, justo para después despachar “The End Of You Too” pegada a “Salted Caramel Ice Cream” en un tono más bajo de lo que es la versión de estudio, algo que quizás sacó un poco a la gente del acto de disfrutar sin freno.

“El disco de tu corazón”, concepto acuñado por Miranda! –otra banda llena de canciones que, más allá de su estilo, se pegan de forma irremediable a los oídos–, no dejaba de rotar y de ser escuchado. Una canción tan querida como “The Look”, con un épico final de sintetizadores trenzados en un baile sideral, volvía a convertir a la explanada de M100 en un lugar caluroso, movido y repleto de baile, en tanto que “Love Letters” y su pulso casi como el latido de un corazón, sin parar, sin soplos o pausas, aumentó aún más las fuerzas que terminaron de explotar con un poco más de calma en “Sex Emoji”. El encore no demoró mucho, con “Upset My Girlfriend” que, en un tono casi autobiográfico, recuerda los inicios en la música de Joseph, quien por sentir la música muchas veces se dejaba llevar demasiado. Y quizás ahí está el mayor triunfo de su historia, el aprender a tener control, pero también a permitir que las cosas tengan crecimiento orgánico.

Como un corazón latiendo, el beat final tenía que ser uno de compases irregulares y de final abrupto, como ocurre con la rara “Radio Ladio”, final preciso para un show donde las canciones brillaron más que cualquier otra cosa. Al final del día eso es lo importante, porque, así como en tantos recuentos de fin de año, son esos tracks los que se quedan en el alma, esperando su momento para explotar en situaciones de felicidad que pueden acallar, aunque sea por una hora y media, la sordera del fascismo devenido en enemigo y la desesperanza convertida en voz cantante y rebelde de una revolución con todo en contra, pero con la fuerza de la unión como estandarte. Y qué buen soundtrack hubo para este pequeño escape.

Setlist

  1. Wedding
  2. Lately
  3. The Bay
  4. Wedding Bells
  5. Corinne
  6. Whitsand Bay
  7. Everything Goes My Way
  8. Heartbreaker
  9. Reservoir
  10. Walking In The Dark
  11. Boy Racers
  12. Lying Low
  13. Old Skool
  14. Insecurity
  15. I’m Aquarius
  16. The End Of You Too
  17. Salted Caramel Ice Cream
  18. The Look
  19. Love Letters
  20. Sex Emoji
  21. Upset My Girlfriend
  22. Radio Ladio

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