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Behemoth: Maldad Express

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La tercera visita a nuestro país de la banda polaca Behemoth, será recordada como una cita breve, pero muy concisa, con un show de poco más de una hora y veinte minutos, que dejó con gusto a poco a gran parte de la fanaticada que llegó al Club Cadillac.

Los exponentes del metal más extremo del norte de Europa, vienen recorriendo Sudamérica con un set de canciones acotado, el mismo que utilizaron para la gira europea y que se podría denominar como un “set express”, el cual podría funcionar perfectamente en el contexto de un festival, pero se hace corto cuando se trata del único gran número de la noche. En fin, Behemoth manteniéndose en un receso discográfico debido a la recuperación de Nergal, luego de que fuera trasplantado de médula mientras padecía leucemia, regresaba a Chile para presentar “Evangelion” (2009), que a pesar de haber sido lanzado hace tres años, sus canciones no habían tenido la oportunidad de ser presentadas en nuestro país, por lo que el cuarteto estaba listo para reencontrarse con la fanaticada chilena, y de paso, recordarnos que siguen con vida.

“Ov Fire And The Void”, tema de su más reciente placa, abría la noche de Behemoth. El local de avenida Blanco Ecalada está lleno y las almas paganas se dejan llevar por la contundente oscuridad de los cuatro demonios posados sobre el escenario. Sin descanso llega “Demigod”, canción del disco del mismo nombre, recibida con el fervor de los clásicos.

Nergal da la bienvenida, y se nota cierta prisa en su discurso, demasiado pauteado y cronometrado para dar la partida a “Moonspell Rites”, el primer repaso al catálogo de antaño, con el corte extraído del EP “And The Forests Dream Eternally” (1993). El sonido no es perfecto, y a ratos se siente como una gran masa de ruido que apenas deja apreciar las secciones melódicas, pero el ambiente está perfecto y hasta un par de improvisadas antorchas reciben a la potente “Conquer All”.

El escenario se va a negro y comienza a sonar una introducción de fondo, Nergal sale al frente y exclama “Christians To The Lions” y el caos se desata comandado por las estruendosas percusiones de Inferno, quien es difícil de apreciar detrás de todos los bombos y platillos, pero es el que más fuerte se escuchó durante el concierto.

“The Seed Ov I” y “Alas, Lord Is Upon Me”, traían de vuelta el material más reciente de la agrupación, siendo mejor recibida la segunda por su calidad de sencillo reconocible para la mayoría del público presente. El concierto se pasaba volando y el primer encore llegó con la interpretación de “Decade Of Therion”, desatando el karaoke gutural en el Club Cadillac.

De fondo la guitarreada intro de “At The Left Hand Ov God”, corte perteneciente al disco “The Apostasy” (2007), ponía alerta a los fanáticos para cuando llegó el momento de continuar la contienda con la interpretación del tema, seguida de otro momento cúlmine con “Slaves Shall Serve”. En un acto de dichosa profanación, el demoníaco guitarrista conocido por el nombre de Seth, salía al escenario levantando una bandera chilena, la cual comenzó a llenar de sangre que expulsaba de su boca, en una forma muy original de llevar a cabo el tradicional gesto protocolar. Pasada la sanguinolenta catarsis, llegaba “Chant For Eschaton2000”.

Nergal tomaba el rol de un hereje mesías coronándose con lo que parecía ser una corona de espinas, para dar el vamos a “23 (The Youth Manifesto)”, que a decir verdad, si no hubiese sido por la performance de Nergal, hubiese pasado colada. El final del corto recital llegó con “Lucifer”, canción de larga duración perteneciente al último disco de Behemoth, donde volvió a destacar Nergal, quien ahora asumía el rol de un demonio antiguo utilizando una terrorífica máscara que cubría todo su rostro. La oscuridad de “Lucifer” engatusa al Club Cadillac, que queda descolocado cuando, en completa discreción, los polacos salen del escenario y las luces se prenden terminando abruptamente con un recital que debía contar, por lo menos, con cinco canciones más.

Quedamos con gusto a poco y con la sensación de que la presentación no alcanzó a llegar a su punto de ebullición. Ojalá que Behemoth vuelva para entregarnos más de su oscuridad demoníaca con un show que haga justicia a su trayectoria. Por ahora, nos quedamos con esta versión compacta de la maldad; una maldad express.

Setlist

  1. Ov Fire and the Void
  2. Demigod
  3. Moonspell Rites
  4. Conquer All
  5. Christians to the Lions
  6. The Seed ov I
  7. Alas, Lord Is Upon Me
  8. Decade of Therion
  9. At the Left Hand ov God
  10. Slaves Shall Serve
  11. Chant for Eschaton 2000
  12. 23 (The Youth Manifesto)
  13. Lucifer

Por Sebastián Zumelzu

Fotos por Julio Ortúzar

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3 Comentarios

3 Comments

  1. Rob García

    18-Oct-2012 en 9:22 am

    Demigod es del disco que lleva el mismo nombre, no del Evangelion como pusiste en tu nota

  2. jota

    18-Oct-2012 en 7:04 pm

    Muy buena critica, estuve en el concierto y concuerdo al 100%, excelente humo negro por estar al tanto de conciertos como estos que muchas veces pasan como shows under, pero bien solo esperar a la próxima visita de nergal y sus secuaces en estas tierras.

  3. RNX

    20-Oct-2012 en 2:09 am

    tengo una gran duda, como se llama el tema que pusieron despues de terminar con lucifer, cuando ya behemoth habia salido completo, nose si el tema es de la banda o si es de otra banda pero quisiera saber si alguien conoce el nombre del tema o banda, es algo medio trankilo…

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Gustavo Santaolalla: El arte de la trayectoria

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Gustavo Santaolalla

La física define a la “trayectoria” como el recorrido que describe un objeto que se desplaza por el espacio. Este término en el ámbito musical se usa indiscriminadamente para hablar de carreras en múltiples estados; ya sea que exista o no un recorrido presente, se habla de las trayectorias para definir a los más grandes, pero pocos emulan a la física y hacen que este desplazamiento continúe. Una cosa es el movimiento hecho, pero otra el que se sigue haciendo, y por prácticamente 50 años, si hay un artista latinoamericano que no ha detenido sus rumbos –y, por tanto, su camino– ese es Gustavo Santaolalla.

Desde el rock profundamente argentino que profesaba en Arco Iris hasta su actualidad, donde se mezclan soundtracks y producciones para artistas desde Café Tacvba hasta Eric Clapton, Santaolalla ha hecho un andar profuso y lleno de canciones, propias y ajenas. Sin embargo, como dijo antes de su primera visita como Gustavo Santaolalla a nuestro país (antes había estado varias veces con Bajofondo), recién a los 66 años lanzó su carrera como solista, la que tiene discos y canciones a su haber, pero que jamás había configurado para girar o mostrarse, quizás en el último acto de humildad que tiene un tipo que gusta del proceso, del camino, ese que invitó a desandar en un Teatro Nescafé de las Artes casi repleto en la fresca noche del 12 de septiembre.

Justo antes de iniciar el show, a eso de las 21:20 horas, el teatro comenzó a aplaudir sin que se hubiera levantado aún el telón: la presencia de Jorge González, quien trabajara con Santaolalla en “Corazones” y su álbum homónimo, generaba vítores raros para un país que no reconoce a sus ídolos en vida, y era un pequeño aperitivo de la energía y sensaciones que inundarían el espacio por casi tres horas.

Todo iniciaba con “Inti Raymi”, y la Santabanda –como se hacen llamar los músicos de Santaolalla– mostraba la variedad de timbres que aparecerían en el show. Con la ovación del teatro, Gustavo aparecía para instalarse y comenzar con el primer set, rico en canciones de Arco Iris, esa banda que armó cuando empezaba a relacionarse con la música, con canciones como “Abre Tu Mente” o “Camino”, las que en el formato de esta gira obtienen matices y colores únicos, alejándose de la falsa psicodelia que se le legó a una banda como Arco Iris, que simplemente incluyó el folklore en el rock en tiempos de apretones mentales y revoluciones hippies. Ahora estas composiciones son atemporales y su construcción sólo alcanza tintes clásicos con los arreglos de este espectáculo, donde es la canción la que manda. Quizás eso hace de Santaolalla un compositor cautivante: deja que la canción mande, y él y los suyos sólo son puntos que arman la trayectoria de estos temas.

Así, a diferencia de otros shows en este formato, se coló un par de temas de su trabajo solista en esta primera parte, “Un Poquito De Tu Amor” y “Compañeros del Sendero”, dos sorpresas de varias que vendrían. Luego volvería a Arco Iris con canciones como la conocida “Zamba”, “Quiero Llegar” o la “Canción De Cuna Para El Niño Astronauta”, tras la cual vendría el recuerdo a la gran Mercedes Sosa y al amigo de mil batallas de Gustavo, León Gieco, para cerrar esa primera parte con el “Río De Las Penas” Intensa forma de dejar esperando a una audiencia que ya veía que el concierto iba para largo, y que sería incluso más extenso que las fechas anteriores hechas por Santaolalla y la Santabanda, sólida en todo momento, con Barbarita Palacios, Javier Casalla, Nicolás Rainone, Andrés Beeuwsaert y Pablo González haciendo gala de su carácter de multiinstrumentistas para dominar cada faceta que las canciones ponen en frente.

Al volver –­casi de improviso– Santaolalla irrumpe con “No Existe Fuerza en el Mundo”, que interpretara Gieco, mostrando lo importante de esa alianza para Gustavo. Luego de esto aparecería el trabajo completamente solista, con tracks como “A Solas” o “Todo Vale” para dar paso a otra corriente más atmosférica de la labor de este artista, que son los soundtracks, eligiendo “De Ushuaia A La Quiaca” de “Diarios de Motocicleta”, el main theme de la banda sonora del videojuego “The Last Of Us”, y un medley de “Brokeback Mountain”, mostrando la diversidad de espíritus, donde destaca el uso del charango y su timbre tan característico, entregando solemnidad y recogimiento, tal como el que se sintió en el homenaje hecho a Jorge González. Luego de mencionarlo para dar con una ovación gigante nuevamente, Santaolalla habla de los lazos que lo unen con González y dice que habrá un disco en honor a él, y que contará con una interpretación de “Por Amarte”, del “Corazones” (1991), ese disco que juntó por primera vez a dos de los artistas más importantes del continente. La versión fue sentida, contenida, una preciosa reversión donde Santaolalla ahondó en el sufrimiento del hablante. Si como compositor es clave, como intérprete se subvalora la intensidad que alcanza y que parece trascendental, más allá de lo obvio.

Debe ser, sino la experiencia, la trayectoria, esos caminos que se cruzan para corear “Mañana Campestre” o sentir “Pena En Mi Corazón”. Bajofondo y Arco Iris. Dos caras de un mismo creador, una apelando a las oscuridades y sus brillos, y otra a la belleza de la luz, tanto interna como externa, lo que trasunta en la belleza tierna de “Vecinos” y en la fuerza de “Ando Rodando”, que luego sólo crecería con la interpretación, a pura garganta y caja, en honor a la tradición de la vidala, para terminar con “Sudamérica” de Arco Iris y “Pa’ Bailar” de Bajofondo, ya con todo el mundo de pie, disfrutando de uno de esos artistas que no se cansan de deambular y hacer que su punto en la inmensidad del cosmos nunca deje de andar. Treinta canciones en casi tres horas, incluyendo el intermedio de quince minutos, emociones por montones y un sonido cálido que permitía a la voz de Santaolalla sobresalir. Pocas veces un espectáculo es capaz de capturar todas las facetas de un artista, en especial uno de tan amplio espectro, y ese fue el lujo que entregó Gustavo Santaolalla en el inicio de una gira solista que no es más que la demostración del más fino arte de la trayectoria.

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