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Babasónicos: La moral del patriarcado

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En los últimos días, llenos de noticias de fallos de la justicia que humillan a la mujer tras recibir violencia, sea en España con el caso de “La Manada”, o las denuncias de acoso en el medio televisivo local, han aparecido (cuándo no) personas justificando todo esto. Y llama la atención la cantidad de gente que cita a Immanuel Kant (muy simplistamente) para atribuirle a la mujer características que la harían más propensa a ser de cierta forma, y por tanto, menos confiable. Esto se apoya en la famosa “razón pura” de Kant, pero ese legado se ha quedado muy instalado en la sociedad moderna, en especial el binarismo de las características atribuidas a los distintos géneros. Lo que algunos olvidan es que Kant indicaba que lo femenino era aquello que daba orden y seguridad a las sociedades, y que lo masculino opera desde la fuerza más bruta y basada en lo meramente empírico.

¿Por qué hablar de esto? Porque al ver y escuchar a Babasónicos, con todo lo fresco que sigue siendo su sonido, es inevitable pensar en estos resabios de percepción kantiana que surgen en la sociedad contemporánea y cómo desde el arte siguen apareciendo esas visiones de rol que en realidad suenan extrañas en estos tiempos, o por lo menos ya no son algo natural. Nada de esto quita que la banda argentina esté en su mejor momento, en especial en lo interpretativo, tal como se pudo ver en su regreso a Chile tras cinco meses, esta vez en un show en solitario. Si hace 15 años, cuando apareció “Infame”, la banda era tosca y sólo reposaba en el carisma de Adrián Dárgelos, en 2018 se consigue un todo apabullante, que hace que un recinto no tan grande como es Coliseo Santiago pueda verse y sentirse más grande.

Quizás, ocurre que Babasónicos apela a lo más primitivo del ser humano, a esas ganas de “revolcarme con vos”, como se esboza como mantra en “Suturno”, o a la violencia que existe en los desencuentros amorosos, como en “La Lanza”, pero no deja de ser llamativa esta tendencia a añorar líricamente los tiempos de la música romántica popular, esa de los 60 o 70, cuando un Camilo Sesto decía que “vivir así es morir de amor”. La hipérbole del sentimiento, siempre caracterizada por ese baile a lo “Grease”, hombres a un lado y mujeres al otro, cuando en medio de la cancha repleta en Coliseo los temas son coreados por igual.

En medio de estas canciones que reproducen dos mitades constantemente, es refrescante la invitación a la rebelión que presenta “Los Calientes” o la desfachatez que arma “¿Y Qué?”, riéndose un tanto de esa noción también muy statu quo de la “pertenencia” de unos a otros. Tal vez Babasónicos entiende mejor que nadie las contradicciones que disponen los hablantes de sus canciones y eso se nota en el tren que conforman “El Maestro”, “Pendejo” y “El Ídolo”, tres formas de denotar el patetismo del machismo en ciernes, todo a través de irresistibles sones.

El show es capaz de entregar estos mensajes que van poniendo la cabeza a rodar y música que mueve los cuerpos con precisión matemática, porque el cifrado de los compases de “Los Calientes” tiene una cadencia sin par, o porque “Estoy Rabioso” en realidad más que rabia tiene una coordinación precisa. Incluso en “CurtisMariano Domínguez y Diego Rodríguez toman los micrófonos sin que Dárgelos esté presente. Es el punto cumbre, tal vez, de la evolución de Babasónicos, ese instante en que la sensualidad y el carisma de Adrián no son vitales para mantener a la banda andando, porque ese es el trabajo de las canciones.

Tanta fe hay en las canciones, que el show estuvo estructurado casi en su totalidad de canciones que no fueron primeros singles, y en muchos casos son temas que sólo escuchó quien tomara el disco completo. También se ve cómo la banda se pegó un freno en esa nostalgia por la canción popular para volver a sus inicios, no en las interpretaciones, sino en las elecciones para el setlist. Tracks de “Trance Zomba” (1994), “Dopádromo” (1996) y “Miami” (1999) parecían ser el locus de la mente de Babasónicos, que en ritmos folk punk psicodélicos consigue moverse con naturalidad y también escapar de los resabios de la dominación de cierto tipo de sociedad.

En “Fan de Scorpions”, Babasónicos versa que “la música no tiene moral” y que “dejemos la crítica de lado / la música no tiene mensaje para dar”, pero, irónicamente, estas frases dejan de manifiesta la intención de la banda de ir más allá de nociones kantianas y, en un entorno de jolgorio como el que complementó el público –muy participativo en la jornada–, difuminar los límites de esos planteamientos. “Canción llévame lejos” indica el coro de “El Colmo”, uno de los momentos más coreados de la noche, y es que son las canciones las que sobreviven a sus cultores, quienes también saben lo que están haciendo. Por eso “Putita” no termina siendo una letra ofensiva, porque plantea explícitamente que “la Venus es caricatura”, cerrando la puerta a la literalidad. Es en esas inflexiones que podemos ver cómo Babasónicos salva –diremos que optimistamente– una suerte de moral del patriarcado, porque tampoco se saldrán de la coraza de un privilegio en las perspectivas y también en los hablantes líricos.

Aunque esta moral está al borde del derrumbe constante, lo que no decae son las composiciones, esas que hacen que todos bailen como en “Microdancing” o que todos canten como en ese combo doble que es “Carismático” con “Yegua”. El cierre con dos tracks oscuros del catálogo de los argentinos, como “Confundismo” y “Patinador Sagrado”, dan paso a un final con “Así Se Habla”, casi una declaración de principios al repetir “vamos, quiero una explicación”.

Lo que hace Babasónicos no sólo es sonar impecable, sino que hacerse cargo de prácticas de romanticismos que es necesario examinar, y tal vez es en instancias como un concierto donde esta burocracia del amor, a lo largo de más de una hora y cuarenta minutos, desliza trazos de humanidad despojada de diferencias. Mientras, el maquillaje a lo existente hoy resulta no sólo bello, sino que necesario para mantener a la vista lo polar de las dinámicas del presente.

Setlist

  1. Tormento
  2. Suturno
  3. ¿Y Qué?
  4. Los Burócratas del Amor
  5. Los Calientes
  6. Fizz
  7. Desfachatados
  8. El Maestro
  9. Pendejo
  10. El Ídolo
  11. Flora y Fauno
  12. Estoy Rabioso
  13. Once
  14. Calmática
  15. Fiesta
  16. Curtis
  17. Monga Nunca
  18. Microdancing
  19. La Lanza
  20. Ideas
  21. Fan de Scorpions
  22. Putita
  23. Carismático
  24. Yegua
  25. El Colmo
  26. Confundismo
  27. Patinador Sagrado
  28. Así Se Habla

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1 Comentario

1 Comentario

  1. Diego Leonardo Gómez

    06-Jun-2018 en 2:43 pm

    El patetismo del machismo en referencia a El ídolo… claramente el que escribió esta nota no tiene la menor idea de lo que significa ser babasónico. Infiero que escribe porque escribe sobre cualquier banda y sólo trató de concatenar nombres y pedazos de letras de canciones para llevarlo por el río de su limitada moral de lo políticamente correcto quitándole significante a lo que es Babasónicos. Muy pobre nota, no está a la altura del arte de la banda. Mejor llámese a silencio antes de ensuciarlo todo con el barro de su moral judeo cristana.

    Me sangraron los ojos al leer a este pobre ser.

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Christina Rosenvinge: Ouijas para la empatía y la revolución

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Christina Rosenvinge

La opresión de la lógica patriarcal que rige como titiritero invisible a las acciones sociales del mundo ataca a todas y todos. Aunque las movilizaciones multitudinarias hacen creer a varios que son las mujeres las que buscan cambios para ellas, lo cierto es que toda modificación a la norma imperante debe implicar algo más allá, afectando a hombres y mujeres. Por ello se hace vital entender todo el espectro. Esa es parte de las inquietudes de una de las creadoras más relevantes de Hispanoamérica, en especial cuando el análisis se cierne sobre su propia historia y la de los suyos.

Christina Rosenvinge es activista, pensadora, productora, mujer, pero por sobre todo es compositora, y en este ámbito es el que vierte complejidades claves de escudriñar. “Un Hombre Rubio”, uno de los mejores discos de 2018, ataca desde la empatía y la honestidad hacia las razones por las que existen exigencias para los hombres en pos de un patriarcado que busca su propia sanidad. Ella ve en su padre a una figura que tiene esas contradicciones e intenta explicarse una relación –cuando menos– conflictiva. Junto con una producción exquisita (de exclusivo crédito de la propia Christina) y sonidos precisos y bien desarrollados, el décimo álbum de la madrileña es un arma poderosa para hacer espiritismos propios en busca de respuestas, analizar esos diálogos pendientes y, por supuesto, para elucubraciones que deriven en esa revolución que permitiría la transversalidad fundamental, esa donde géneros no importen.

Un portal se abrió a pocos kilómetros del radio urbano del Gran Santiago, y en el parque de Las Majadas de Pirque, con edificaciones preciosas alrededor, se dio algo cercano a un día de campo, ocasión que vería a Rosenvinge volver luego de 14 meses a Chile, pero con un nuevo paradigma, de esos que usaría el propio David Bowie para corromper la normalidad y expresar todo lo que se pueda indicar.

Pero antes, la velada fue abierta por la solvente y delicada propuesta de Sabina Odone, quien, pese a indicar que existían ciertos desperfectos técnicos, siempre se escuchó con claridad y belleza. Lo primero que mostró en su presentación –que se extendería por 35 minutos– fue su trilogía de sencillos “Una Historia de Amor”, previa a su disco “Amore” que está trabajando para ser editado en 2019. Y se nota la consistencia de las tres canciones, tan diferentes en temática y sonoridades, pero tan ligadas una a la otra, desde “Algo de Ti” con el enamoramiento, hasta “Quise Ser Tu Amante” en la reflexión a posteriori, pasando por la decepción en “Ellos No Cambian”. Además, Sabina estrenó una canción y, cuando su piano eléctrico dejó de sonar, cantó una versión a capella de “Il Cielo In Una Stanza”, canción que refiere a los ancestros de Odone, quien, emocionada por la oportunidad, demostró que una buena voz no necesariamente viene asociada a la catarsis permanente, sino al control y la contención que da la experiencia en vivo y la convicción en las propias canciones.

Media hora después sería el turno de una Christina Rosenvinge que, a la usanza del arte de “Un Hombre Rubio”, llegó ataviada de una camisa blanca y pantalones negros sin talle ajustado. El afán de explicar una vestimenta va en que es este el personaje en el que podía sostenerse Christina a lo largo del show, en este hombre rubio, guapo, exitoso, dominante, que por 106 minutos sería el centro de la atención, con sorpresas, reflexiones y, al final del día, un rock que desde la sofisticación puede transformar un tranquilo prado en un concierto frenético y lleno de momentos.

Con “Niña Animal” y “El Pretendiente”, ambas del disco nuevo, Rosenvinge ponía sobre aviso a la gente del tono del sonido para el show, con una banda correcta mas no descollante, quizás dejando en claro que, más allá de virtuosismos o perfección, lo que podía hacer que el show fuera inolvidable eran las canciones, y por ello es que Christina también entendió que, para el espacio y ambiente, ella podía tomar el pasado para ir tanteando la trayectoria para enlazar el presente, formando un lindo nudo que cierre todo. Por ello irrumpieron como nunca las canciones que originalmente le pertenecían a Christina & Los Subterráneos. Incluso, la primera sería una del disco incomprendido de ese proyecto, “Mi Pequeño Animal” (1994). “Pálido” era la primera sorpresa nostálgica, para luego pasar a una nostalgia más personal de Christina en “Jorge y Yo”, dedicada a su hermano, y luego llegar a otra antigua, en ese caso de 1992, “Señorita”.

Rosenvinge volvía a su último registro con el dueto espiral de “Pesa La Palabra” y “Romance De La Plata”. En la primera canción, es el padre el que le habla a su prole, en tanto que en la segunda es la hija la que se da el espacio de hablarle a su progenitor, en un esfuerzo gimnástico de la interpretación, donde vemos cómo Christina está en otro nivel, siendo capaz de saltar desde su yo de hace más de 25 años hacia su padre, y luego hacia ella misma. Pareciera que estuviera dejando a los espíritus entrar, comunicarse y luego salir, todo en márgenes mínimos.

La Distancia Adecuada”, una sombría y elegante versión de “Tú Por Mi”, y luego “Ana y Los Pájaros” continuaban una jornada donde la verdadera Christina Rosenvinge quedaba a flote en todo momento, ya fuera con la repetición a modo de tantra de “Alguien Tendrá La Culpa” o con etapas más complicadas como las posteriores. Pasarán la puta, la tejedora, la flor entre las vías, pero nada será tan inesperado como “Mil Pedazos”, canción que la artista no tocaba desde su anterior visita en 2017, en una versión oscura, que hace sentir mucho más la división y el dolor de estos pedazos que no se sabe por dónde intentar volver a unir.

Aunque Rosenvinge y su banda abandonaron el escenario un poco, eso es parte de la dinámica tradicional de los conciertos, pero el retorno tuvo a Christina sola, con la guitarra ataviada y con intención de dar en el gusto a su gente, que logró que sonaran versiones solistas de “Las Suelas De Mis Botas” y “Sábado”, dos temas muy sorpresivos y que, sin querer, van dentro de la narrativa de comprender a otros y también generar cambios para modificar al ser.

En “La Piedra Angular”, canción que primero tiene a Christina acompañada solo por un piano para terminar con banda, se vivió uno de los momentos inolvidables de la jornada cuando ella se baja del escenario con intención de buscar una pareja para bailar el intermedio de ese track, que es casi un vals. Rosenvinge eligió a una mujer del público, con el arrojo arrogante de la vestimenta del hombre rubio que lleva puesta. Mientras bailan, mujer contra mujer, todo el público se pone a su alrededor generando una postal única, que se convertiría en incredulidad y risas cuando Christina falló espectacularmente en hacer un gesto galán y ella y su bailarina cayeron muy fuerte contra el suelo. Una manera única de relevar también el track que cierra “Un Hombre Rubio”, una balada preciosa que se pegó perfecta con otro track de Christina & Los Subterráneos, “Alguien Que Cuide De Mí”, y con el gran final con “Voy En Un Coche”, en una versión rockera pero madura, haciéndose cargo de la brecha de pensar que un auto es la libertad, algo muy lejano en 2019 a ese ideal de 1992, y por ello es que un tono más sombrío resultaba preciso.

Así culminaba un espectáculo donde no sólo hubo grandes canciones y momentos, sino también pudimos ver a una artista en el tope de sus capacidades, sean estas artísticas como personales. Christina Rosenvinge tiene en la cabeza como objetivo que se comunique qué es el feminismo, pero que se haga bien, sin caricaturas, y he allí su loable intención de buscar la empatía en figuras que también son consecuencias de un sistema opresor. En esta búsqueda, que va más allá de tumbas, dimensiones y fronteras, es que tenemos los cimientos de una revolución que no sabemos cuándo llegará, pero que sí tenemos certeza de que vendrá. Mientras tanto, como dice la canción que abrió el show, “aguanta”.

Setlist

  1. Niña Animal
  2. El Pretendiente
  3. Pálido (original de Christina & Los Subterráneos)
  4. Jorge y Yo
  5. Señorita (original de Christina & Los Subterráneos)
  6. Pesa La Palabra
  7. Romance De La Plata
  8. La Distancia Adecuada
  9. Tú Por Mi (original de Christina & Los Subterráneos)
  10. Ana y Los Pájaros
  11. Alguien Tendrá La Culpa
  12. La Flor Entre La Vía
  13. La Muy Puta
  14. La Tejedora
  15. Mil Pedazos (original de Christina & Los Subterráneos)
  16. Las Suelas De Mis Botas (original de Christina & Los Subterráneos)
  17. Sábado
  18. La Piedra Angular
  19. Alguien Que Cuide De Mi (original de Christina & Los Subterráneos)
  20. Voy En Un Coche (original de Christina & Los Subterráneos)

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