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At The Drive-In: Fugaz intensidad

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Uno de los debuts más esperados en nuestro país era, sin duda alguna, el del quinteto oriundo de Texas. Luego de años de reuniones y disoluciones, At The Drive-In por fin se puso sobre un escenario nacional y, pese a la breve duración de su espectáculo, la banda no defraudó a sus fanáticos y entregó un show intenso y potente. A tablero vuelto, la Cúpula Multiespacio del Parque O’Higgins fue el escenario perfecto para un recital que, para muchos, fue un sueño cumplido.

Con “in•ter a•li•a” (2017) –cuarto y más reciente álbum de la agrupación– como foco de esta gira, los dirigidos por Cedric Bixler-Zavala y Omar Rodríguez-López se tomaron el escenario y, sin mayores pausas, dieron rienda suelta a su poderío musical. “Arcarsenal” marcó el explosivo inicio del espectáculo, revolucionando el recinto con uno de los cortes más recordados del fundamental “Relationship Of Command” (2000). La energía de Cedric contagió a la muchedumbre, a punta de saltos, maromas con el micrófono y bailes frenéticos. A ratos parecía que su cuerpo era el canal por el cual se manifestaba la música. Sonaban a todo volumen “Governed By Contagions” y “Lopsided”, y el vocalista de la frondosa cabellera era elevado por los brazos de los fanáticos luego de haberse lanzado desde el proscenio, en un inicio de recital inmejorable.

Preludios instrumentales dirigidos por la guitarra de Omar Rodríguez-López ayudaban a instalar la atmósfera para canciones más lentas, como la solicitada “Lopsided” y “198d”. Y he aquí uno de los únicos puntos bajos de la performance del conjunto en vivo, ya que la relevancia de Rodríguez-López en el conjunto es clave, pero en vivo el guitarrista parece no querer entregar mucho y, a ratos, pareciera que ni siquiera quiere estar ahí. Conocido es por los fanáticos el cambio del estilo de vida del norteamericano, dejando los excesos en el pasado y enfocándose en su trabajo, en el que abundan proyectos musicales donde las hace de productor y hasta de director de cine, abrazando un estilo de vida sobrio y más conectado con lo espiritual.

Quizás fue este cambio de switch el que lo llevó a perder la pasión sobre el escenario, porque sólo es cuestión de comparar las presentaciones de la banda a inicios de la década pasada, con las que realizaron durante las primeras fechas de la reunión de 2012, para darse cuenta de que el músico ya no interpretaba con las mismas ganas. Y no se trata de que ande dando saltos por el escenario como lo hace su colega en las voces, sino que simplemente la disposición a estar presente en el show pareciera perderse en varios pasajes de este. Cuando lo vimos hace unos años junto a Bosnian Rainbows, su actitud introspectiva hacía sentido con la música, pero cuando está sonando “Pattern Against User” o “Napoleon Solo” vaya que se echa de menos su desplante. El tipo toca excelente, eso no se cuestiona, es sólo un tema de actitud.

Salida falsa y un par de minutos después el quinteto regresó al escenario para interpretar su canción más famosa, “One Armed Scissor”, quemando los últimos cartuchos del debut de At The Drive-In en la capital. Omar Rodríguez-López fue el primero en salir apenas se tocó la última nota, y el resto de sus compañeros se tomaron unos segundo más para despedirse de una fantaticada que, luego de casi una hora y cuarto de concierto, quería más.

Lamentablemente la función había terminado y ahora sólo quedaba el recuerdo de una presentación precisa, bien ejecutada y que cumplió las expectativas de aquellos que esperaron por años este momento. At The Drive-In hizo su trabajo y este sábado se repiten el plato en Fauna Primavera 2018, donde esperamos revivir su poderío en una escala mayor.

Setlist

  1. Arcarsenal
  2. Governed By Contagions
  3. Lopsided
  4. Hostage Stamps
  5. Mannequin Republic
  6. Invalid Litter Dept.
  7. Enfilade
  8. 198d
  9. Continuum
  10. Pendulum In A Peasant Dress
  11. Quarantined
  12. No Wolf Like The Present
  13. Pattern Against User
  14. Napoleon Solo
  15. One Armed Scissor

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Metronomy: El disco de tu corazón

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Metronomy

Sigue siendo extraño ir a conciertos y disponerse a pasarlo bien cuando el país despertó y, como pasa en “The Matrix”, al abrir los ojos no era un mundo idílico el que supuestamente había y pintaban, sino que todo se ve sucio, injusto y sobre una lupa. Por ello la música sirve como escape en medio de tensiones y para no perder la perspectiva sobre el propio ser. En medio de causas comunes, donde los cuerpos se vuelven uno y la individualidad se ve como un lujo, es bueno recordar el propio corazón, aquello que lo mueve, lo que lo emociona y hace feliz. Ese tipo de reacciones genuinas son las que aparecieron copiosamente en el retorno de Metronomy a nuestro país, con su cuarto show a la fecha, en la explanada del Centro Cultural Matucana 100.

La gente fue llegando poco a poco hasta repletar la explanada, cuando ya se escondía el sol, poniéndose cada vez más impaciente mientras se acercaban las 21:15 hrs., supuesto horario de inicio del show. A las 21:26 comenzó a sonar “Wedding” como intro del concierto, y como a la distancia se veía el edificio donde están los camarines, se notaba –como si fuera un programa televisivo– el momento exacto en que la banda se movía para llegar al escenario de riguroso vestuario blanco, en medio de los vítores. Comenzaron con “Lately”, canción en medio de la cual se escuchaban los primeros gritos de “el que no salta es paco”, parte de la “nueva normalidad” en los conciertos, algo de lo que deberemos hablar más tarde.

La potencia de las canciones de Metronomy no daba respiro. “Lately” y su pulso más psicodélico (sello de su último trabajo de estudio, “Metronomy Forever”) hasta el hit “The Bay”, convirtieron a Matucana 100 en un lugar de karaoke, irrumpiendo de inmediato la faceta más banda de rock de Metronomy con “Wedding Bells” y ese final falso que culminaba en una explosión con el solo de un Joseph Mount que parece más cómodo y sobrecogido que nunca con el rol que tiene en vivo. Mount es un tipo notoriamente tímido en el escenario, pese a ser el líder de un proyecto que mueve mucha gente, pero tal vez eso viene desde una comprensión fundamental. Y es que lo que se convierte en el disco o la canción que llega directo al corazón de la gente es una composición, más allá de sus exponentes.

Aunque Metronomy tiene una formación reconocible, de buenos músicos y carismas al servicio del show, lo más abrumador es la potencia de las composiciones, como pocas veces pasa en un espectáculo. La fuerza de “Corinne” no va ni en la potencia que le puso Anna Prior a cada beat en la batería o a los adornos precisos de los teclados del contagioso bailar y sonreír de Oscar Cash, sino que en la armonía tan fluida como impalpable que tienen los diferentes ritmos que mueven a la canción. En “Everything Goes My Way”, además del inmenso amor del público chileno a Prior o de la guitarra acústica siendo un dulce néctar para los oídos, la dinámica típica de los grupos a capella sesenteros en el coro son lo que hace la canción, y eso terminaba siendo hecho por el público, muy participativo, a diferencia de la última visita de la banda en un Lollapalooza 2018 donde resultaron injustamente ignorados.

Reservoir” fue una explosión de energía, en tanto que “Walking In The Dark” mostraba la vibra más chill digna de Madchester y la onda rave, para luego continuar precisamente con el baile con dos piezas instrumentales: “Boy Racers” y “Lying Low”. En este caso, vale precisar que Michael Lovett y Oscar Cash se complementan de forma perfecta cuando ambos están manejando los teclados, en una mini orquesta de sintetizadores muy a la usanza de Orchestral Manoeuvres In The Dark, pero con una vibra más ligera. En “Boy Racers”, además, Olugbenga Adelekan por fin sonó más con su bajo que, pese a tener un protagonismo clave en canciones como “The Bay”, no quedaba tan adelante en la mezcla de sonido, como sí pasó en esa canción. Todo esto servía como aperitivo perfecto para “Old Skool”, otra de esas composiciones hechas para conseguir la participación del público y hacer aún más grande la experiencia. Es impecable la capacidad de Mount de crear estas obras que, desde una producción usualmente muy minimalista y con el cuidado necesario de dejar respirar las capas sonoras, terminan con una capacidad de generar enlaces de valencia tan numerosos con la audiencia, tanto, que la participación hace del momento algo más cercano y también mucho más inolvidable.

Luego, la vibra de banda de rock & roll volvió a escena con “Insecurity”, una canción que en manos de cualquier otra banda hubiera quedado plana, pero que para Metronomy es perfecta porque refleja sus propias sensaciones de extrañeza y de desacomodo con aquello que pareciera tan natural. Parte también de la catarsis en medio de este show fue la capacidad de evitar que la normalidad parezca tan normal, y eso a Metronomy le queda muy bien. Tal vez, por ello en vez de tocar “On Dancefloors”, como decía el setlist, la banda se vio descolocada con los gritos de “el que no salta es paco” y “el pueblo unido jamás será vencido” con los que ellos intentaron continuar una parte instrumental de “Insecurity”. En vez de hacer como cualquier otra banda y seguir como si nada, la cara de Joseph indicaba que no sabía cómo reaccionar, más allá de una sonrisa nerviosa que cambió para tener un poco más de seguridad con “I’m Aquarius” y calmar un poco los decibeles, sumergiendo a la audiencia en un track tan especial como acuático, de esos que son inmersivos, justo para después despachar “The End Of You Too” pegada a “Salted Caramel Ice Cream” en un tono más bajo de lo que es la versión de estudio, algo que quizás sacó un poco a la gente del acto de disfrutar sin freno.

“El disco de tu corazón”, concepto acuñado por Miranda! –otra banda llena de canciones que, más allá de su estilo, se pegan de forma irremediable a los oídos–, no dejaba de rotar y de ser escuchado. Una canción tan querida como “The Look”, con un épico final de sintetizadores trenzados en un baile sideral, volvía a convertir a la explanada de M100 en un lugar caluroso, movido y repleto de baile, en tanto que “Love Letters” y su pulso casi como el latido de un corazón, sin parar, sin soplos o pausas, aumentó aún más las fuerzas que terminaron de explotar con un poco más de calma en “Sex Emoji”. El encore no demoró mucho, con “Upset My Girlfriend” que, en un tono casi autobiográfico, recuerda los inicios en la música de Joseph, quien por sentir la música muchas veces se dejaba llevar demasiado. Y quizás ahí está el mayor triunfo de su historia, el aprender a tener control, pero también a permitir que las cosas tengan crecimiento orgánico.

Como un corazón latiendo, el beat final tenía que ser uno de compases irregulares y de final abrupto, como ocurre con la rara “Radio Ladio”, final preciso para un show donde las canciones brillaron más que cualquier otra cosa. Al final del día eso es lo importante, porque, así como en tantos recuentos de fin de año, son esos tracks los que se quedan en el alma, esperando su momento para explotar en situaciones de felicidad que pueden acallar, aunque sea por una hora y media, la sordera del fascismo devenido en enemigo y la desesperanza convertida en voz cantante y rebelde de una revolución con todo en contra, pero con la fuerza de la unión como estandarte. Y qué buen soundtrack hubo para este pequeño escape.

Setlist

  1. Wedding
  2. Lately
  3. The Bay
  4. Wedding Bells
  5. Corinne
  6. Whitsand Bay
  7. Everything Goes My Way
  8. Heartbreaker
  9. Reservoir
  10. Walking In The Dark
  11. Boy Racers
  12. Lying Low
  13. Old Skool
  14. Insecurity
  15. I’m Aquarius
  16. The End Of You Too
  17. Salted Caramel Ice Cream
  18. The Look
  19. Love Letters
  20. Sex Emoji
  21. Upset My Girlfriend
  22. Radio Ladio

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