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Arcade Fire: Firmando el legado

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La crítica musical puede ser muy traicionera si es que no es tomada con la responsabilidad que merece; en ciertos contextos, es capaz de trazar el camino que llevará una banda gracias a su tremenda influencia sobre la sociedad. El romance de los canadienses Arcade Fire con la crítica en general ha tenido altos y bajos, pasando de verdaderas declaraciones de amor en álbumes como “Funeral” (2004) o “Reflektor” (2013), hasta el desencantamiento propio de cualquier matrimonio complicado con “Everything Now” (2017), quinto álbum de la agrupación y que sirvió como motivo de promoción en esta segunda visita a nuestro país.

Luego de su debut como parte de Lollapalooza Chile 2014, Arcade Fire volvió con la difícil tarea de defender un disco que para muchos no logra cuajar del todo, dejando poco del sonido que tan bien desarrollaron en álbumes anteriores. Más allá de todo eso, el hecho de que los canadienses sean constantemente señalados como uno de los más grandes shows en vivo a nivel mundial es algo que se debe comprobar de manera personal, presenciando en carne propia todo el despliegue escénico que entregan, uno que se aleja de los clichés típicos, como juegos de luces, fuegos artificiales o distractores elementos visuales para suplir la falta de calidad musical. Aquí tenemos un espectáculo completo, puesto que toda la atención se centra en un colectivo de muy buenos músicos dándolo todo en el escenario.

Una intro al más puro estilo de las peleas de box precedió la entrada de la banda al escenario, preparados para lo que sería un evento estelar de proporción mundial. Así, y por entre el público del Movistar Arena, fueron ingresando Win Butler, Régine Chassagne, Will Butler, Jeremy Gara, Tim Kingsbury, Richard Reed Parry y Sara Neufeld, acompañados también de las más recientes adiciones: Stuart Bogie y Tiwill Duprate, listos para entregar hasta la última gota en una noche tan esperada por los miles de fanáticos que repletaron el recinto. Como era de esperar, “Everything Now” fue el primer golpe lanzado por los canadienses, que luego se adentraron en una verdadera batería de éxitos, cantados a todo pulmón por sus seguidores. Para muchos, el hecho de tener nueve músicos en escena parece un exceso al borde de lo pretencioso, pero aquí eso se omite gracias a que cada uno tiene una identidad propia, funcionando de manera cronometrada como partes de una enorme maquinaria sonora.

Con una muy variada selección de todos sus álbumes, Arcade Fire tuvo tiempo para los fans más nostálgicos, así como los más recientes, despachando canciones como “Rebellion (Lies)“, “Haïti“, “Peter Pan“, “Electric Blue” o “Put Your Money On Me“, manteniendo en todo momento la tónica bailable, conducto principal de esta fiesta. Es muy importante darle una segunda vuelta a lo comentado anteriormente: el show venía por precedentes muy negativos de parte de la crítica estadounidense, acusando de que el interés se había perdido, que la banda ya no era lo mismo de antes, o que se estaban presentando en arenas con menos de la mitad de su capacidad vendida. La desmitificación de todos esos puntos negativos no hace más que echar por tierra esa construcción manipulable de realidades a través de la prensa, las que últimamente se han encargado de desprestigiar a la banda en sus titulares.

Y es que el show de Arcade Fire da para todo, desde el baile hasta la emotividad, todos los sentimientos conjugados en un solo repertorio de canciones. Más de algún recuerdo surgió con “My Body Is A Cage” e “Intervention“, pegadas de manera desgarradora, además de lágrimas cuando Win Butler dedicó “The Suburbs” a la memoria de David Bowie, para luego pasar a un montón de caras alegres bailando al ritmo de “Sprawl II (Mountains Beyond Mountains)“, “Reflektor” y “Afterlife“, dejando los ánimos por los cielos. “Creature Comfort” y “Neighborhood #3 (Power Out)” fueron los ataques que finalizaron el primer round de la noche, con la banda retirándose por unos momentos del escenario, para luego interpretar “We Don’t Deserve Love” y el gran cierre con “Wake Up“, coreada por todos los asistentes mientras la banda descendía del escenario para marchar entre la gente, generando un especial momento, de esos que quedan marcados entre los sucesos destacados para la posteridad. Arcade Fire había dado el último golpe, derrotándonos con un contundente nocaut.

Alrededor de 15 años de historia avala a Arcade Fire desde su concepción, por ende, la banda ya atraviesa una etapa donde necesitan encontrar su sitial dentro de la historia, ese período donde comienza a construirse un legado que debe perdurar por la eternidad. Basta de ningunear la escena actual, basta de vivir del pasado y negarse a aceptar que la música continuó su curso en el siglo XXI, tenemos ejemplos constantes de que los nuevos referentes ya están naciendo. En este caso en particular, quedó demostrado gracias a una impecable interpretación en el escenario, sin notas fuera de lugar o arreglos que destruyan la composición original. En vez de eso, Arcade Fire quiso exponer que ya cuentan con una carrera suficiente para situarse como un referente, y no sólo por discografía, sino que también por su sentido del espectáculo. No muchas bandas pueden tocar por más de dos horas un repertorio que todos canten, mucho menos con la soltura y elegancia que los canadienses desplegaron en su show. Esta nueva etapa del conjunto ya encontró su norte y la tarea de construir un legado fue totalmente superada.

Setlist

  1. Everything Now
  2. Rebellion (Lies)
  3. Here Comes the Night Time
  4. Haïti
  5. Peter Pan
  6. No Cars Go
  7. Electric Blue
  8. Put Your Money On Me
  9. Neon Bible
  10. My Body Is A Cage
  11. Intervention
  12. Neighborhood #1 (Tunnels)
  13. The Suburbs
  14. The Suburbs (Continued)
  15. Ready To Start
  16. Sprawl II (Mountains Beyond Mountains)
  17. Reflektor
  18. Afterlife
  19. We Exist
  20. Creature Comfort
  21. Neighborhood #3 (Power Out)
  22. We Don’t Deserve Love
  23. Everything Now (Continued)
  24. Wake Up

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Paul Gilbert: Seis cuerdas, mil historias

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Paul Gilbert

Podía parecer que la visita del norteamericano Paul Gilbert a Chile, en una templada tarde de sábado al Club Chocolate, sería para rememorar los éxitos de Mr. Big o Racer X, dos bandas donde él fue fundador, pero que no vería germinar tanto como para quedar determinado por ellas. Sin embargo, Gilbert eligió prescindir de ese legado para este reencuentro con el público chileno, en una instancia que funcionó más como una clase magistral que como un concierto propiamente tal.

Casi puntual en la hora señalada de inicio, siendo las 20:05 horas, Paul subió al escenario con dos músicos nacionales, Felipe Cortés en batería y Braulio Aspé Román en el bajo, en una configuración de banda, pero luego del primer tema el esquema cambió y, con la ayuda de un traductor, fue explicando detalladamente el uso de la muñeca para los solos y su forma de tocar, basada en un trémolo manual, en la actualidad, dejando en claro que esto sería una clínica de guitarra. Luego de eso explicó levemente cómo, desde una anécdota tras perder un ticket de avión y, por consiguiente, un vuelo, una chica le dice “señor, debe calmarse”, y con ello surge un tema de su nuevo disco “Behold Electric Guitar” (2018), “Sir, You Need To Calm Down”, que procede a tocar, tras lo cual explica la importancia de las palabras en cómo tocar la guitarra.

En un evento que pareciera estar cargado hacia ver cuán importante es la guitarra y su sonido, resulta refrescante y simpática la postura de un avezado que indica que las palabras importan mucho, incluso en canciones instrumentales. Es que ahí existe una inspiración que permite nuevas prácticas, y relevar el papel de uno de los instrumentos más únicos, que es la voz, para llevar a la guitarra a otros límites. Gilbert explicaba cómo las palabras cantadas podrían convertirse en escalas, tocando extractos de “Rock The Clock” o “Blackbird” para comprender eso con ejemplos, antes de lanzarse a tocar completa “Black Dog” de Led Zeppelin, donde este principio quedaba completamente en práctica.

Luego de tocar esta canción, Paul dijo que muchas veces caía en el acto de tocar todo en una nota, “porque soy del rock, entonces eso pasa”, pero artistas muy queridos para él, como Jimi Hendrix, lo llevaron a intentar un enfoque distinto, más parecido al del jazz, con cambios en los acordes y tratando de simplificar las escalas, eligiendo cuatro notas fundamentales, como son la tónica, la segunda, tercera y quinta, lo cual mostró con un tema del propio Hendrix antes de volver a la carga del habla, para ahondar en el uso de los trastes y las escalas, y antes de pasar a otro punto: el ritmo. Ahí salió del jazz o el rock para meterse en el querido blues. Incluso mostró el ritmo con el que despierta a su hijo, sacando risas en un Club Chocolate casi repleto, muy atento y complacido, antes de escuchar otro tema del disco nuevo de Gilbert, uno escrito para enseñar a un estudiante a tocar, “Blues For Rabbitt”.

La cercanía y calidez de Gilbert, un verdadero emblema de las seis cuerdas, vino cuando subió al escenario primero a un invitado que, pese a estar en una silla de ruedas, hacía unos solos con mucha alma y espíritu, para un jam sobre la base rítmica de “Back In Black” de AC/DC, pero que en realidad era un diálogo a través de la guitarra, muy respetuoso y realmente mostrando a un Paul Gilbert lejos de caer en el mal del típico guitarrista virtuoso, donde el ego gana por sobre las canciones y la buena onda. Aquí, Gilbert logra entregar el cetro, así como también ocurre en un segundo jam, esta vez con el conocido blusero Sebastián Arriagada, quien en ocasiones le peleó mucho el spotlight a Paul, pero que precisamente por ello es que derivó en una dinámica de enfrentamiento complementario, muy interesante y entretenido.

Luego vino la sesión de preguntas del público, donde se sucedieron temas como el tono de la guitarra, los pedales, las inspiraciones, el ritmo; le pidieron consejos, e incluso improvisó sobre la frase “it’s really nice to be in Santiago” (“es realmente muy bueno estar en Santiago”) para mostrar la simpleza de la que puede venir una composición. Luego de ello empalmó con las últimas dos canciones de una jornada de casi dos horas y muchas risas e historias: “Mercedes Benz”, original de Janis Joplin, y “Purple Haze” de Jimi Hendrix. No fue el reencuentro con las canciones de Racer X o Mr. Big, sin embargo, quizás fue la instancia donde más se ha mostrado la inmensidad de los mundos que conviven en las seis cuerdas de Paul Gilbert, en una instancia quizás irrepetible y con un ambiente que permitió que la jornada no fuera más ni menos que un éxito rotundo para la guitarra eléctrica.

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