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Andrés Calamaro: La humildad del anecdotario

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Pensando en el tema de moda hasta el hartazgo en estos días, Andrés Calamaro podría ser considerado una encarnación antojadiza del Guasón, ese tipo que tanto ha recibido y que sí tiene mucho para dar, pero no es lo que se espera. Y ahí está lo que maravilla y aterra de sí, porque Calamaro es espectáculo, de ese de la Plaza de Toros, que incomoda porque se sabe que algo no anda bien, pero él sigue ahí, convenciéndote de lo contrario porque puede y sabe cómo hacerlo. Es el atractivo de quién puede decirte la barbaridad más grande o la verdad más humilde y siempre mirará a los ojos, sin mentir. Esa es una de tantas gracias de este tipo, cuyo cancionero es atemporal y lleno de lustres, más allá de las sombras que pudo meter la autoindulgencia, y que convoca a masas a lo largo del continente sin dudas ni necesidad de medidas desesperadas.

Ya hubo buenos antecedentes de su retorno a Chile con las generosas y cálidas palabras que el artista dedicó a quienes se encargaron de su visita a Concepción, revirtiendo los temores que su irregular show en Cochabamba, Bolivia, había cernido sobre la gira que ocupará 2019 y 2020. Pero en Movistar Arena, con más de diez mil personas sentadas, las luces se apagaron a las 21:39 horas y desde ahí el viaje fue mucho más cálido y corajudo de lo que se pudiera haber esperado. En su trono, Calamaro ponía toda la voz que tiene en las canciones sin descansar en los músicos o en el público, haciendo su trabajo, y tomando esa responsabilidad. Las partituras las llevaba en una carpeta gruesa que ponía a veces arriba de uno de los teclados, la que miraba con avidez aguda en las canciones más nuevas, como “Tránsito Lento”, y la dejaba de lado en éxitos como “La Parte De Adelante” o “Tuyo Siempre”.

Algo que se le puede creer a Calamaro es la humildad, extraña para este portento de compositor y ese corpus que ha legado a la canción hispanoamericana, pero estuvo ahí, a la vista, en la disposición y en la afición por reconocer el trabajo ajeno congregado alrededor de sus canciones. Hay una ética del trabajo inmersa en cada acción que hizo Andrés, quien explicaba en medio de una de sus tantas intervenciones al micrófono que “cargar la suerte” es poner el cuerpo y dar sentido, sin artificios, y que esa era la explicación para el nombre del disco y de la gira actual en su rumbo, aprovechando de tirar referencias a los Grammy Latinos, esos premios para los que siempre lo nominan y jamás logra triunfar. La explicación dada por el artista tuvo mucho de esa resignación del torero corneado que sabe que ya no es lo mismo, pero sigue en el ruedo, intentando emular esa imagen romántica del cantante que opera en su propia esfera y se resigna a que otro logre hacer lo que él quiere.

Allí se sucedían canciones como “Clonazepán y Circo”, “A Los Ojos” de Los Rodríguez, y otras nuevas como “Verdades Afiladas” o “Cuarteles De Invierno”, todo después del inicio con “Alta Suciedad”. No había bordes lijados y suaves en la interpretación de Calamaro, quien con dificultad va pasando de una canción a otra, más que por aguante, por la energía que va sintiendo de la gente.

Nada llegaba a ser perfecto en el show, pese a la muy competente labor de Germán Wiedemer en teclados, Mariano Domínguez en bajo, Julián Kanevsky en guitarras y Martín Bruhn en la batería. Y es que, más allá de rendimientos individuales, las canciones eran las protagonistas, ya fuera en su manifestación más primitiva o en la más lejos de las manos de su cultor, que es en el lugar de los recuerdos. También, a ese tipo de memoria histórica es que apelaba Andrés cuando dijo que haría un “DJ set” usando sampleos con discursos revolucionarios del Che Guevara, antes de hacer “All You Need Is Pop”. Este tema se lo dedicó al movimiento de poetas gays que lucharon en dictadura y en específico habló del “che de los gays” (cuyo nombre es Víctor Hugo Robles). Luego dedicó “My Mafia” para la guerrilla revolucionaria de Chile, y esta estética contrarrestaba las polémicas en las que se mete a Calamaro. Lo de la tauromaquia, que dijo que la gente en España votara por los ultraderechistas Vox, que ahora no hace entrevistas que no sean por escrito por temor a quitarle sentido a lo dicho, y mucho más que ha puesto al cantante en un espacio menos querible, supuestamente, algo que en el Movistar Arena y sus reacciones no se notó en absoluto.

Pero no sólo de “Crímenes Perfectos” o “Loco” se construyó el concierto, sino que también de historias o nostalgias dispuestas casi como en un stand up por Calamaro, contando anécdotas como la de “la rubia” que conoció en Chile y que el presidente de River le recordó años después. Igualmente, el artista se obsesionó un poco con la fonética de la palabra culiar que hasta la metió en “Loco”. También le cambió la letra a la apabullante “El Salmón” para, en vez de mencionar a Pinamar, hacerlo con Viña del Mar. Siguiendo con los cambios de letra, Calamaro habló del Estadio Nacional y de Víctor Jara en “Estadio Azteca”, y con todas estas variaciones el público lo cantó todo, quizás agarrando un tardío vuelo tras tanto respeto a una figura impredecible como Calamaro. Recién cuando se le vio bien y contento, la gente agarró confianza y comenzó a desatar la energía necesaria para vivir un show como este.

Calamaro celebra los buenos recitales como si le costara mucho lograrlo y tiene que ver con las “buenas sensaciones”, algo que escribió después del show de Concepción, y pareciera que estuviera en la búsqueda de lo bueno. Si en alguna ocasión podría haber recordado al Guasón, con el correr del show este tipo de idea se podría disipar en el aire y se le comprendió mucho mejor al ver a la gente saltando y revoleando las remeras en “Los Chicos”. Calamaro abrazó a sus propios chicos tras el fin de esta canción, extendida con citas a Ramones y Gustavo Cerati, parte de los homenajeados en las pantallas (junto a Prince, Héctor Lavoe o Violeta Parra). El encore inició con los clásicos de Los RodríguezMilonga Del Marinero y El Capitán” pegada con “Sin Documentos”, consolidando la devoción de un público al que le costó enganchar con el espectáculo, pero que cuando lo hizo tuvo lo que les faltaba.

En Andrés vive el temor al olvido, ese que es necesario para definir al ser y para buscar trascendencia, aunque sea ocasionalmente. Quizás por ello no es extraño que las pantallas en “Paloma” se vuelquen a una especie de auto homenaje para decir que ahí hay una trayectoria y que eso vale, y un montón. La gente corea la canción, pese al fraseo distinto respecto al staccato de la versión original de “Paloma” puesto por Calamaro, pero eso no afecta la energía que no bajó, obligando a la banda a no dejar el escenario ni por un segundo para acceder a la canción que suponía el segundo encore: “Flaca”, el gran karaoke, el último eslabón de un anecdotario brillante de uno de los grandes compositores del rock latino, que jugando a ser el torero fue el que dio las cornadas, y que en medio de sus imperfecciones también denotaba esa honestidad y humildad extraña que aterrizaba al artista, dándole también una libertad sin precedentes para operar de la forma en la que se le diera la gana. Y al final, dio para recibir, en forma de canción por más de dos horas de espectáculo, emoción y conexión con la audiencia.

Setlist

  1. Alta Suciedad
  2. Verdades Afiladas
  3. Clonazepán y Circo
  4. A Los Ojos (original de Los Rodríguez)
  5. Tránsito Lento
  6. La Parte De Adelante
  7. Algún Lugar Encontraré
  8. Cuarteles De Invierno
  9. Las Oportunidades
  10. Falso L.V.
  11. All You Need Is Pop
  12. My Mafia
  13. Tuyo Siempre
  14. Crímenes Perfectos
  15. Loco
  16. Cuando No Estás / Esa Estrella Era Mi Lujo (original de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota)
  17. Los Aviones
  18. El Salmón
  19. Estadio Azteca
  20. Los chicos / De Música Ligera (original de Soda Stereo) / Somebody Put Something In My Drink (original de Ramones)
  21. Milonga Del Marinero y El Capitán (original de Los Rodríguez)
  22. Sin Documentos (original de Los Rodríguez)
  23. Paloma
  24. Flaca

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Lacuna Coil: Sin miedo a nada

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El acto de sacar la voz se ha convertido en un método de supervivencia para las mentes de chilenas y chilenos después del 18 de octubre. La lucha transcurre en las calles, en las redes sociales, en el espacio público, e incluso en los conciertos. Ya es parte de la “nueva normalidad” que la gente haga hora gritando “el que no salta es paco” y “Piñera culiao”, entonces existe un uso de la voz que no sólo valoriza lo que se dice, sino que el acto mismo de decir y enunciar, que no es más que lanzarse a las profundidades de la incomodidad de dejar de disfrutar el silencio. Eso también es lo que hacen las bandas musicales, lanzarse al sonido, y cuando el tiempo pasa, también es trascendente cómo la voz sigue existiendo, sin doblegarse, tal como ha pasado con Lacuna Coil, agrupación italiana que ya tiene más de dos décadas de historia, en las que obviamente han enfrentado dificultades, y siguen ahí, generando canciones que son puntos de encuentro, pero sin dejar de lado cómo la lucha continúa.

El retorno de los italianos tampoco se hizo esperar tanto, sumando casi tres años de ausencia, pero sí había una deuda que saldar con el público chileno que no vio la gira de celebración de los 20 años de la agrupación, y aquello sería el ingrediente más trascendente de lo que ocurriría más adelante. Antes, la jornada iniciaría con BlackFlow en el escenario de Club Blondie, que mostró por qué fue un nombre destacado en varias publicaciones con su EP “Confusion & Time” de 2018, y más material, aunque el público recién empezaría a repletar el tradicional recinto cuando ya estaba en el escenario la banda que acompañó a Lacuna Coil en su gira sudamericana y también lo hará en la parte asiática de ese periplo, los estadounidenses Uncured.

Es entretenido ver cuando se nota que los músicos en el escenario tienen un carisma contagioso y muestran una verdadera hambre juvenil, algo que es extraño porque en general los grupos de metal llegan a nuestro país lo hacen con mucho recorrido, entonces esas prácticas salen más pauteadas. En cambio, lo de Uncured en su debut en Chile fue explosivo, divertido, potente y con ganas de éxito, y eso incluso se notó en lo rápido que se armó todo para que tocaran: si BlackFlow terminó a las 19:30 hrs., ya a las 19:44 hrs. el cuarteto de New Jersey estaba comenzando con lo suyo, un minuto antes incluso de lo que indicaba el itinerario. Canciones como “Sacrifice”, “Myopic” o “Desecration” mostraban lo frenético del espectáculo, con una ejecución precisa por parte de los líderes del proyecto, los hermanos Zak y Rex Cox, que eran la voz y las guitarras dinámicas de un proyecto que en 45 minutos dejó una gran impresión, incluso estrenando una canción inédita y haciendo un cover de “Roots Bloody Roots” de Sepultura, ganándose a la gente, muchos de los cuales tendrán un nuevo nombre a poner en las playlists.

Pero el evento principal de la noche aún no se asomaba y ya la gente se agolpaba más adelante para ver más de cerca a Cristina Scabbia, Andrea Ferro y el resto de Lacuna Coil, banda que puntual a las 21:00 hrs. inició su show, que tendría casi dos mitades exactas, en la primera con un set basado principalmente en material más nuevo, tanto de “Black Anima”, disco editado en octubre pasado, apenas una semana antes del estallido social en nuestro país, como de “Delirium” (2016).

Reckless”, “Downfall”, “Layers Of Time” o “Save Me” eran tracks elegidos para mostrar la potencia de la propuesta de Lacuna Coil, sin perder urgencia ni voz propia, teniendo su fortaleza en su maquinaria simple pero efectiva. Los timbres de Cristina y Andrea son muy diferentes, pero las canciones les entregan momentos perfectos para lucirse en su extremo a cada uno, sea en canciones más rítmicas como “Blood, Tears, Dust” o en costados más emotivos como la ya mencionada “Save Me”.

Pero la noche no sólo era de canciones y virtuosismo instrumental, sino también de compartir lo que se siente, y por ello es que tras “My Demons” Cristina tomó el micrófono para decir que la banda no es ciega y que han visto las noticias y lo difícil que está todo en el país, así que por ello valoraban aún más la intención de estar ahí, en ese espacio, luchando. La banda sabe qué es luchar y sabe qué es tener que hacer sin mirar atrás, porque en su tiempo, cuando aparecieron en escena, eran algo distinto, no la típica fórmula de una vocalista femenina que flotara sobre la potencia del metal, sino que con diálogo, y potencia por parte de la propia intérprete. “Enjoy The Silence”, el cover de Depeche Mode que pasa ese test de que la versión logre identidad propia, resuena con fuerza y aroma a final del show, con todo el mundo cantando, sacando la voz, unidos ahí.

Pero Lacuna Coil sí salió del escenario, tras la 11ª canción, entonces las caras de sorpresa irrumpían en la Blondie, mientras otras calmaban la cosa diciendo que era la primera mitad del show. Tenían razón en esa aseveración, porque a los cinco minutos el quinteto volvió, con diferente vestuario, y dispuestos a saldar esa deuda con la celebración de las dos décadas de historia con la gente. Canciones antiguas como “A Current Obsession”, “Soul Into Hades” o “Tight Rope” eran coreadas por todo el mundo, y pese a que muchos se nota que vieron el setlist de los shows en Brasil y Buenos Aires, de todas formas había esa sensación de ver algo único, siendo ejecutado con maestría.

Parece ser algo obvio a estas alturas, pero no se debe dejar de mencionar cómo la voz de Cristina Scabbia es implacable, perfecta, lozana y -lo más importante- capaz de arrasar con todo a su paso. Es ese carisma que le han dado los años, además, el que hace que se vea como dominadora de todo lo que pasa, incluso cuando se debe improvisar, como cuando en medio de “1.19” decidió salir del escenario para asistir a una fan que se desmayó en las cercanías de la reja, sin dejar de cantar. Son esos detalles los que muestran parte de la receta para que Lacuna Coil dure tanto tiempo, y es que la fluidez y naturalidad son clave, y por ello cuando Andrea o Cristina dicen que la gente “se mantenga con fuerza” o invitan a corear “We fear nothing” (no le tenemos miedo a nada) sea algo de corazón.

También era divertido cómo la banda no se hizo de rogar para tocar un tema fuera de lo convenido en su setlist a pedido de la gente. El coro popular decía con coordinación impactante “Senzafine”, y quizás la idea le gustó mucho a Lacuna Coil porque la tocaron segundos después, de forma magistral, igual que “Veneficium” y el gran final con “Nothing Stands In Our Way”, donde la banda invitó a la gente a seguir adelante, a que nada se interponga en el camino, y que todos estamos juntos en esto porque lo importante es mejorar lo que se tiene, para todas y todos, y luego de una hora y 52 minutos de alto nivel musical y canciones llenas de emociones, sin duda que son momentos como los entregados por Lacuna Coil los que permiten sacar la voz, incluso lejos de las calles, liberando las vallas papales en las calles de la propia consciencia.

Setlist

  1. Blood, Tears, Dust
  2. Our Truth
  3. Reckless
  4. My Demons
  5. Layers Of Time
  6. Downfall
  7. The House Of Shame
  8. Sword Of Anger
  9. Heaven’s A Lie
  10. Save Me
  11. Enjoy The Silence (original de Depeche Mode)
  12. A Current Obsession
  13. 1.19
  14. When A Dead Man Walks
  15. Soul Into Hades
  16. Tight Rope
  17. Comalies
  18. Senzafine
  19. Veneficium
  20. Nothing Stands In Our Way

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