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Andrés Calamaro: Interpretando la paciencia

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Hay una obsesión en el Calamaro de 2017, contra los teléfonos, contra ese brillo distractor en el público, contra los intermediarios en lo que es un concierto. Es vehemente, e incluso antes de su show de retorno a Chile, para la primera de tres fechas de un tour que partió en Movistar Arena, se repitió varias veces un mensaje que invitaba a “vivir la experiencia” a través de los ojos y no de pantallas. Si se suma esta obsesión con lo aterrizado y artesanal del sonido que exhibe en la gira “Licencia Para Cantar”, el Andrés Calamaro de hoy es un romántico de tiempos más simples, más cercano a un público que en algún momento pudo agotarlo.

Paciencia es un concepto que se repitió a lo largo de los más de 105 minutos que duró el espectáculo donde Calamaro presenta su música en formato acústico, con un trío formado por Germán Wiedemer (piano), Antonio “Toño” Miguel (contrabajo), y Martín Bruhn (percusiones). Paciencia porque el show partió 15 minutos tarde, porque las versiones eran delicadas, sin explosiones o momentos de clímax marcado. Paciencia porque Calamaro, tras un comienzo de neta música, habló mucho, con mucha tranquilidad y comodidad, como nunca. Sí, paciencia de todas partes, pero que redundó en un show alejado de la egolatría o de la incomprensión, o de la falta de pulcritud en ocasiones anteriores.

Calamaro partió, casi como un prólogo y un manifiesto, con “El Cantante”, ese tema de Héctor Lavoe que lo motivó a hacer un disco también llamado así y que reivindica al intérprete, además del compositor, porque, así como Bob Dylan, Calamaro ha abrazado los textos de otros para hacerlos suyos, y así surgieron discos tangueros o de boleros, tal como “Algo Contigo”, que es un tema que versionaría posteriormente en el show, al igual que “El Día que me Quieras” de Carlos Gardel. Son temas de otros, pero que en la interpretación del Salmón quedan claros como capítulos de su propia historia.

El trío que acompañó a Calamaro es casi docto, y su capacidad de generar inflexiones permite que un formato así de desnudo evite cualquier atisbo de aburrimiento o de monotonía. De esta forma, también le sacan todo el provecho a temas como “Bohemio” (mejor que en su mediocre versión de estudio), y “Ansia en Plaza Francia”, o son capaces de comenzar el segundo tercio del show (tras un discurso largo de Calamaro explicando la autoría de cada canción que sonó) con una gran versión de “Garúa”, original de Aníbal Troilo, pero masificada por Roberto Goyeneche, en especial la versión con el bandoneón de Astor Piazzola.

A Calamaro el tango se le da bien, y lo hace lucir porque lo siente, no como lamento, sino como un género de complejidades, tal como es, encerrando la contención de sentimientos y, asimismo, requiere de un halo de paciencia para evitar la energía sin significado. Por eso puede sonar así de personal su versión de “La Copa Rota”, canción conocida por José Feliciano, pero que en el formato de trío alcanza un desgarro particular, con sangre, pero sin gritos; con el dolor, pero sin la violencia.

Otro símbolo de la diferencia de este Calamaro con el de visitas anteriores, quizás ayudado por el seguimiento al pie de la letra de sus obsesiones con las pantallas, es que en vez de rehuir a los clásicos, en esta ocasión tenían su propio espacio en el show, con “Tuyo Siempre” sonando con una cadencia tropical sensual pero sobria, o “Para No Olvidar” de Los Rodríguez, llevando a la gente a vitorear como si se estuviera en el tablón del estadio, quizás el mismo referido en “Estadio Azteca”, que precedió al karaoke colectivo que fueron “Flaca” y “Crímenes Perfectos”, canciones que cerraron el set.

Con camiseta de Chile en mano, Calamaro volvía al escenario para hacer una aplaudida versión de “Mi Enfermedad” y, tras “Media Verónica”, remató corazones y gargantas con “Paloma”, esa canción que parecía que Andrés no cantaría más y que esta vez entregó entre inflexiones y sonrisas, a veces sacándose los lentes para ver más claramente los ojos de fanáticas y fanáticos agradecidos de un show impecable del Salmón, como pocas veces, quien luego usó la bandera chilena para creerse un torero ante un toro imaginario, replicando su controvertida afición a la tauromaquia, pero tras un espectáculo donde el ego de otras veces se disipó, la gente podía tener paciencia con ese último gesto de un autor que ve en la interpretación otra forma de creación, esta vez con la paciencia de quien busca lo mejor de todos los tiempos y lo hace suyo, siempre.

Por Manuel Toledo-Campos

Fotos por Luis Marchant

Setlist

  1. El Cantante (original de Héctor Lavoe)
  2. La Libertad
  3. Bohemio
  4. Algo Contigo (original de Chico Novarro)
  5. 7 Segundos (original de Los Rodríguez)
  6. El Día Que Me Quieras (original de Carlos Gardel)
  7. Ansia En Plaza Francia
  8. ¿Quién Asó La Manteca?
  9. Garúa (original de Aníbal Troilo)
  10. Rock y Juventud
  11. La Copa Rota (original de Benito De Jesús)
  12. Himno De Mi Corazón (original de Los Abuelos de la Nada)
  13. Los Aviones
  14. Tuyo Siempre
  15. Para No Olvidar (original de Los Rodríguez)
  16. Estadio Azteca
  17. Flaca
  18. Crímenes Perfectos
  19. Mi Enfermedad (original de Los Rodríguez)
  20. Media Verónica
  21. Paloma

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Lacuna Coil: Sin miedo a nada

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El acto de sacar la voz se ha convertido en un método de supervivencia para las mentes de chilenas y chilenos después del 18 de octubre. La lucha transcurre en las calles, en las redes sociales, en el espacio público, e incluso en los conciertos. Ya es parte de la “nueva normalidad” que la gente haga hora gritando “el que no salta es paco” y “Piñera culiao”, entonces existe un uso de la voz que no sólo valoriza lo que se dice, sino que el acto mismo de decir y enunciar, que no es más que lanzarse a las profundidades de la incomodidad de dejar de disfrutar el silencio. Eso también es lo que hacen las bandas musicales, lanzarse al sonido, y cuando el tiempo pasa, también es trascendente cómo la voz sigue existiendo, sin doblegarse, tal como ha pasado con Lacuna Coil, agrupación italiana que ya tiene más de dos décadas de historia, en las que obviamente han enfrentado dificultades, y siguen ahí, generando canciones que son puntos de encuentro, pero sin dejar de lado cómo la lucha continúa.

El retorno de los italianos tampoco se hizo esperar tanto, sumando casi tres años de ausencia, pero sí había una deuda que saldar con el público chileno que no vio la gira de celebración de los 20 años de la agrupación, y aquello sería el ingrediente más trascendente de lo que ocurriría más adelante. Antes, la jornada iniciaría con BlackFlow en el escenario de Club Blondie, que mostró por qué fue un nombre destacado en varias publicaciones con su EP “Confusion & Time” de 2018, y más material, aunque el público recién empezaría a repletar el tradicional recinto cuando ya estaba en el escenario la banda que acompañó a Lacuna Coil en su gira sudamericana y también lo hará en la parte asiática de ese periplo, los estadounidenses Uncured.

Es entretenido ver cuando se nota que los músicos en el escenario tienen un carisma contagioso y muestran una verdadera hambre juvenil, algo que es extraño porque en general los grupos de metal llegan a nuestro país lo hacen con mucho recorrido, entonces esas prácticas salen más pauteadas. En cambio, lo de Uncured en su debut en Chile fue explosivo, divertido, potente y con ganas de éxito, y eso incluso se notó en lo rápido que se armó todo para que tocaran: si BlackFlow terminó a las 19:30 hrs., ya a las 19:44 hrs. el cuarteto de New Jersey estaba comenzando con lo suyo, un minuto antes incluso de lo que indicaba el itinerario. Canciones como “Sacrifice”, “Myopic” o “Desecration” mostraban lo frenético del espectáculo, con una ejecución precisa por parte de los líderes del proyecto, los hermanos Zak y Rex Cox, que eran la voz y las guitarras dinámicas de un proyecto que en 45 minutos dejó una gran impresión, incluso estrenando una canción inédita y haciendo un cover de “Roots Bloody Roots” de Sepultura, ganándose a la gente, muchos de los cuales tendrán un nuevo nombre a poner en las playlists.

Pero el evento principal de la noche aún no se asomaba y ya la gente se agolpaba más adelante para ver más de cerca a Cristina Scabbia, Andrea Ferro y el resto de Lacuna Coil, banda que puntual a las 21:00 hrs. inició su show, que tendría casi dos mitades exactas, en la primera con un set basado principalmente en material más nuevo, tanto de “Black Anima”, disco editado en octubre pasado, apenas una semana antes del estallido social en nuestro país, como de “Delirium” (2016).

Reckless”, “Downfall”, “Layers Of Time” o “Save Me” eran tracks elegidos para mostrar la potencia de la propuesta de Lacuna Coil, sin perder urgencia ni voz propia, teniendo su fortaleza en su maquinaria simple pero efectiva. Los timbres de Cristina y Andrea son muy diferentes, pero las canciones les entregan momentos perfectos para lucirse en su extremo a cada uno, sea en canciones más rítmicas como “Blood, Tears, Dust” o en costados más emotivos como la ya mencionada “Save Me”.

Pero la noche no sólo era de canciones y virtuosismo instrumental, sino también de compartir lo que se siente, y por ello es que tras “My Demons” Cristina tomó el micrófono para decir que la banda no es ciega y que han visto las noticias y lo difícil que está todo en el país, así que por ello valoraban aún más la intención de estar ahí, en ese espacio, luchando. La banda sabe qué es luchar y sabe qué es tener que hacer sin mirar atrás, porque en su tiempo, cuando aparecieron en escena, eran algo distinto, no la típica fórmula de una vocalista femenina que flotara sobre la potencia del metal, sino que con diálogo, y potencia por parte de la propia intérprete. “Enjoy The Silence”, el cover de Depeche Mode que pasa ese test de que la versión logre identidad propia, resuena con fuerza y aroma a final del show, con todo el mundo cantando, sacando la voz, unidos ahí.

Pero Lacuna Coil sí salió del escenario, tras la 11ª canción, entonces las caras de sorpresa irrumpían en la Blondie, mientras otras calmaban la cosa diciendo que era la primera mitad del show. Tenían razón en esa aseveración, porque a los cinco minutos el quinteto volvió, con diferente vestuario, y dispuestos a saldar esa deuda con la celebración de las dos décadas de historia con la gente. Canciones antiguas como “A Current Obsession”, “Soul Into Hades” o “Tight Rope” eran coreadas por todo el mundo, y pese a que muchos se nota que vieron el setlist de los shows en Brasil y Buenos Aires, de todas formas había esa sensación de ver algo único, siendo ejecutado con maestría.

Parece ser algo obvio a estas alturas, pero no se debe dejar de mencionar cómo la voz de Cristina Scabbia es implacable, perfecta, lozana y -lo más importante- capaz de arrasar con todo a su paso. Es ese carisma que le han dado los años, además, el que hace que se vea como dominadora de todo lo que pasa, incluso cuando se debe improvisar, como cuando en medio de “1.19” decidió salir del escenario para asistir a una fan que se desmayó en las cercanías de la reja, sin dejar de cantar. Son esos detalles los que muestran parte de la receta para que Lacuna Coil dure tanto tiempo, y es que la fluidez y naturalidad son clave, y por ello cuando Andrea o Cristina dicen que la gente “se mantenga con fuerza” o invitan a corear “We fear nothing” (no le tenemos miedo a nada) sea algo de corazón.

También era divertido cómo la banda no se hizo de rogar para tocar un tema fuera de lo convenido en su setlist a pedido de la gente. El coro popular decía con coordinación impactante “Senzafine”, y quizás la idea le gustó mucho a Lacuna Coil porque la tocaron segundos después, de forma magistral, igual que “Veneficium” y el gran final con “Nothing Stands In Our Way”, donde la banda invitó a la gente a seguir adelante, a que nada se interponga en el camino, y que todos estamos juntos en esto porque lo importante es mejorar lo que se tiene, para todas y todos, y luego de una hora y 52 minutos de alto nivel musical y canciones llenas de emociones, sin duda que son momentos como los entregados por Lacuna Coil los que permiten sacar la voz, incluso lejos de las calles, liberando las vallas papales en las calles de la propia consciencia.

Setlist

  1. Blood, Tears, Dust
  2. Our Truth
  3. Reckless
  4. My Demons
  5. Layers Of Time
  6. Downfall
  7. The House Of Shame
  8. Sword Of Anger
  9. Heaven’s A Lie
  10. Save Me
  11. Enjoy The Silence (original de Depeche Mode)
  12. A Current Obsession
  13. 1.19
  14. When A Dead Man Walks
  15. Soul Into Hades
  16. Tight Rope
  17. Comalies
  18. Senzafine
  19. Veneficium
  20. Nothing Stands In Our Way

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