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Accept: Caos familiar bajo control

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Es potente ver cómo las distancias –físicas o culturales– cada vez sean más pequeñas en el planeta, tanto que Chile, ese país por el que Montaner cantara “en el último lugar del mundo” ahora sea parte recurrente de cada gira mundial. Pero es así, y en el mundo del metal esto se acentúa cada vez más, con una cartelera envidiable para cualquier parte del mundo. Quizás por eso es que la naturalidad alrededor de la nueva visita de Accept a nuestro país era tan pasmosa. Se trata de Accept, banda fundamental del heavy metal, nacida hace más de cuatro décadas, no de cualquier agrupación, y es extraño pensar lo seguido que vienen los de origen alemán, y por segunda vez dentro de un año calendario hubo un reencuentro en pleno centro de Santiago.

No fue el Teatro Cariola, sino que Coliseo Santiago el recinto que recibió al quinteto, con una imponente escenografía basada en bloques que asemejaban a cajas fuertes de una fantasiosa nave espacial o laboratorio radiactivo, y un telón con motivo teutón evidente. Y es en medio de la algarabía de unas dos mil personas que Accept irrumpió a las 21:05 horas del martes 23 de octubre para comenzar a hacer “Die By The Sword”, uno de los singles de “The Rise Of Chaos”, ese disco lanzado en 2017 que seguía siendo la excusa para una reunión, hecha a la medida de los que se perdieron ese Cariola ardiente, para conformar momentos únicos con un setlist lleno de sorpresas para aquellos que temían que hubiera repeticiones. Y es que en estos once meses y dos días de distancia entre ambos shows el setlist de Accept varió mucho, incluyendo tracks muy queridos como “TV War” o el tema de cierre del show que demolió abulias para generar recuerdos.

Stalingrad”, “Pandemia” o “No Regrets” sirven para notar que no sólo se trata del carisma animado de Mark Tornillo, quien casi lleva una década siendo la voz de Accept, sino también la sonrisa del pelucón Peter Baltes en el bajo o las caras y precisión de Wolf Hoffmann, que van llamando a la gente a ser parte del sonido de un espectáculo que siempre se sintió más grande que el escenario donde estaba emplazado. La iluminación (una de las más detallistas en un show de metal en este año) y la escenografía le daban tintes mayores a lo que pasaba en el proscenio, entre “Restless And Wild” y “Final Journey”, entre “KoolAid” y “Neon Nights”. Era como si se hubiera trasladado técnicamente todo desde un escenario de un gran festival, al íntimo y cómodo espacio del Coliseo que, tras un par de baches de sonido al principio, luego sonó muy bien.

En la forma de tocar de Wolf se nota que hay más que ritmos y preciosismo irrelevante en Accept, sino que hay algo más, en extractos de reconocidas piezas de la música clásica o incluso de sones tan profundamente icónicos, como el himno de la URSS en el final de “Stalingrad”. Estas inclusiones melódicas daban otra capa de complejidad al trabajo de Accept, más allá de la precisión, con inteligencia y prestancia, que se hicieron evidentes en el “solo” que en realidad fue un muestreo de las influencias de lo clásico en el estilo de Hoffmann.

El karaoke colectivo se acrecentó luego de “Neon Nights” con la clásica “Princess Of The Dawn” o la demoledora “Up To The Limit” para llegar a un himno para cualquier fanático del género, como es “Metal Heart”, cantada con pasión por un público que a esas alturas estaba rebosante de felicidad, dejándose llevar por el final del set principal con “Teutonic Terror” o “Fast As A Shark”, iniciando una espera de algunos minutos para dar paso a puro filete, como es “Stampede” o “Midnight Mover”, explotando con todo lo que se supone era el final, como “Balls To The Wall”, pero en verdad siendo el preámbulo de la mayor sorpresa de la jornada con “I’m A Rebel”, del disco del mismo nombre salido en 1980, coreada a gritos por la gente en uno de los números más punk del repertorio de Accept, dando broche de oro, tal vez, a lo que fue la triada de conciertos en años consecutivos de la banda nacida en Alemania en nuestro país.

Tal es la ligazón con Chile, que en la iluminación había detalles con los colores de la bandera chilena alternados con los de la bandera alemana en los últimos temas, para ahondar esa fraterna relación que tiene a los reyes del caos y del heavy metal en un lugar importante en el corazón de una de las audiencias más fieles del género, como es la chilena, en medio de un caos controlado que, por qué no, fue motivado por energía y mucho cariño mutuo, en una noche ideal de la década de oro de Accept en Chile.

Setlist

  1. Die By The Sword
  2. Stalingrad
  3. Restless And Wild
  4. TV War
  5. Pandemic
  6. KoolAid
  7. No Regrets
  8. Analog Man
  9. Final Journey
  10. Shadow Soldiers
  11. Sólo de Wolf Hoffmann
  12. Neon Nights
  13. Princess Of The Dawn
  14. Monsterman
  15. Up To The Limit
  16. Metal Heart
  17. Teutonic Terror
  18. Fast As A shark
  19. Stampede
  20. Midnight Mover
  21. Balls To The Wall
  22. I’m Rebel

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Christina Rosenvinge: Ouijas para la empatía y la revolución

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Christina Rosenvinge

La opresión de la lógica patriarcal que rige como titiritero invisible a las acciones sociales del mundo ataca a todas y todos. Aunque las movilizaciones multitudinarias hacen creer a varios que son las mujeres las que buscan cambios para ellas, lo cierto es que toda modificación a la norma imperante debe implicar algo más allá, afectando a hombres y mujeres. Por ello se hace vital entender todo el espectro. Esa es parte de las inquietudes de una de las creadoras más relevantes de Hispanoamérica, en especial cuando el análisis se cierne sobre su propia historia y la de los suyos.

Christina Rosenvinge es activista, pensadora, productora, mujer, pero por sobre todo es compositora, y en este ámbito es el que vierte complejidades claves de escudriñar. “Un Hombre Rubio”, uno de los mejores discos de 2018, ataca desde la empatía y la honestidad hacia las razones por las que existen exigencias para los hombres en pos de un patriarcado que busca su propia sanidad. Ella ve en su padre a una figura que tiene esas contradicciones e intenta explicarse una relación –cuando menos– conflictiva. Junto con una producción exquisita (de exclusivo crédito de la propia Christina) y sonidos precisos y bien desarrollados, el décimo álbum de la madrileña es un arma poderosa para hacer espiritismos propios en busca de respuestas, analizar esos diálogos pendientes y, por supuesto, para elucubraciones que deriven en esa revolución que permitiría la transversalidad fundamental, esa donde géneros no importen.

Un portal se abrió a pocos kilómetros del radio urbano del Gran Santiago, y en el parque de Las Majadas de Pirque, con edificaciones preciosas alrededor, se dio algo cercano a un día de campo, ocasión que vería a Rosenvinge volver luego de 14 meses a Chile, pero con un nuevo paradigma, de esos que usaría el propio David Bowie para corromper la normalidad y expresar todo lo que se pueda indicar.

Pero antes, la velada fue abierta por la solvente y delicada propuesta de Sabina Odone, quien, pese a indicar que existían ciertos desperfectos técnicos, siempre se escuchó con claridad y belleza. Lo primero que mostró en su presentación –que se extendería por 35 minutos– fue su trilogía de sencillos “Una Historia de Amor”, previa a su disco “Amore” que está trabajando para ser editado en 2019. Y se nota la consistencia de las tres canciones, tan diferentes en temática y sonoridades, pero tan ligadas una a la otra, desde “Algo de Ti” con el enamoramiento, hasta “Quise Ser Tu Amante” en la reflexión a posteriori, pasando por la decepción en “Ellos No Cambian”. Además, Sabina estrenó una canción y, cuando su piano eléctrico dejó de sonar, cantó una versión a capella de “Il Cielo In Una Stanza”, canción que refiere a los ancestros de Odone, quien, emocionada por la oportunidad, demostró que una buena voz no necesariamente viene asociada a la catarsis permanente, sino al control y la contención que da la experiencia en vivo y la convicción en las propias canciones.

Media hora después sería el turno de una Christina Rosenvinge que, a la usanza del arte de “Un Hombre Rubio”, llegó ataviada de una camisa blanca y pantalones negros sin talle ajustado. El afán de explicar una vestimenta va en que es este el personaje en el que podía sostenerse Christina a lo largo del show, en este hombre rubio, guapo, exitoso, dominante, que por 106 minutos sería el centro de la atención, con sorpresas, reflexiones y, al final del día, un rock que desde la sofisticación puede transformar un tranquilo prado en un concierto frenético y lleno de momentos.

Con “Niña Animal” y “El Pretendiente”, ambas del disco nuevo, Rosenvinge ponía sobre aviso a la gente del tono del sonido para el show, con una banda correcta mas no descollante, quizás dejando en claro que, más allá de virtuosismos o perfección, lo que podía hacer que el show fuera inolvidable eran las canciones, y por ello es que Christina también entendió que, para el espacio y ambiente, ella podía tomar el pasado para ir tanteando la trayectoria para enlazar el presente, formando un lindo nudo que cierre todo. Por ello irrumpieron como nunca las canciones que originalmente le pertenecían a Christina & Los Subterráneos. Incluso, la primera sería una del disco incomprendido de ese proyecto, “Mi Pequeño Animal” (1994). “Pálido” era la primera sorpresa nostálgica, para luego pasar a una nostalgia más personal de Christina en “Jorge y Yo”, dedicada a su hermano, y luego llegar a otra antigua, en ese caso de 1992, “Señorita”.

Rosenvinge volvía a su último registro con el dueto espiral de “Pesa La Palabra” y “Romance De La Plata”. En la primera canción, es el padre el que le habla a su prole, en tanto que en la segunda es la hija la que se da el espacio de hablarle a su progenitor, en un esfuerzo gimnástico de la interpretación, donde vemos cómo Christina está en otro nivel, siendo capaz de saltar desde su yo de hace más de 25 años hacia su padre, y luego hacia ella misma. Pareciera que estuviera dejando a los espíritus entrar, comunicarse y luego salir, todo en márgenes mínimos.

La Distancia Adecuada”, una sombría y elegante versión de “Tú Por Mi”, y luego “Ana y Los Pájaros” continuaban una jornada donde la verdadera Christina Rosenvinge quedaba a flote en todo momento, ya fuera con la repetición a modo de tantra de “Alguien Tendrá La Culpa” o con etapas más complicadas como las posteriores. Pasarán la puta, la tejedora, la flor entre las vías, pero nada será tan inesperado como “Mil Pedazos”, canción que la artista no tocaba desde su anterior visita en 2017, en una versión oscura, que hace sentir mucho más la división y el dolor de estos pedazos que no se sabe por dónde intentar volver a unir.

Aunque Rosenvinge y su banda abandonaron el escenario un poco, eso es parte de la dinámica tradicional de los conciertos, pero el retorno tuvo a Christina sola, con la guitarra ataviada y con intención de dar en el gusto a su gente, que logró que sonaran versiones solistas de “Las Suelas De Mis Botas” y “Sábado”, dos temas muy sorpresivos y que, sin querer, van dentro de la narrativa de comprender a otros y también generar cambios para modificar al ser.

En “La Piedra Angular”, canción que primero tiene a Christina acompañada solo por un piano para terminar con banda, se vivió uno de los momentos inolvidables de la jornada cuando ella se baja del escenario con intención de buscar una pareja para bailar el intermedio de ese track, que es casi un vals. Rosenvinge eligió a una mujer del público, con el arrojo arrogante de la vestimenta del hombre rubio que lleva puesta. Mientras bailan, mujer contra mujer, todo el público se pone a su alrededor generando una postal única, que se convertiría en incredulidad y risas cuando Christina falló espectacularmente en hacer un gesto galán y ella y su bailarina cayeron muy fuerte contra el suelo. Una manera única de relevar también el track que cierra “Un Hombre Rubio”, una balada preciosa que se pegó perfecta con otro track de Christina & Los Subterráneos, “Alguien Que Cuide De Mí”, y con el gran final con “Voy En Un Coche”, en una versión rockera pero madura, haciéndose cargo de la brecha de pensar que un auto es la libertad, algo muy lejano en 2019 a ese ideal de 1992, y por ello es que un tono más sombrío resultaba preciso.

Así culminaba un espectáculo donde no sólo hubo grandes canciones y momentos, sino también pudimos ver a una artista en el tope de sus capacidades, sean estas artísticas como personales. Christina Rosenvinge tiene en la cabeza como objetivo que se comunique qué es el feminismo, pero que se haga bien, sin caricaturas, y he allí su loable intención de buscar la empatía en figuras que también son consecuencias de un sistema opresor. En esta búsqueda, que va más allá de tumbas, dimensiones y fronteras, es que tenemos los cimientos de una revolución que no sabemos cuándo llegará, pero que sí tenemos certeza de que vendrá. Mientras tanto, como dice la canción que abrió el show, “aguanta”.

Setlist

  1. Niña Animal
  2. El Pretendiente
  3. Pálido (original de Christina & Los Subterráneos)
  4. Jorge y Yo
  5. Señorita (original de Christina & Los Subterráneos)
  6. Pesa La Palabra
  7. Romance De La Plata
  8. La Distancia Adecuada
  9. Tú Por Mi (original de Christina & Los Subterráneos)
  10. Ana y Los Pájaros
  11. Alguien Tendrá La Culpa
  12. La Flor Entre La Vía
  13. La Muy Puta
  14. La Tejedora
  15. Mil Pedazos (original de Christina & Los Subterráneos)
  16. Las Suelas De Mis Botas (original de Christina & Los Subterráneos)
  17. Sábado
  18. La Piedra Angular
  19. Alguien Que Cuide De Mi (original de Christina & Los Subterráneos)
  20. Voy En Un Coche (original de Christina & Los Subterráneos)

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