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Zeal And Ardor – “Devil Is Fine”

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Que un proyecto musical se defina a sí mismo como una propuesta que busca encontrar nuevas maneras de combinar los ingredientes ya conocidos, teniendo como fin último la coherencia temática y no la musical, funciona como invitación y simultáneamente como advertencia. Una advertencia a los puristas de los estilos, que con seguridad preferirán permanecer en su cálida zona de confort antes de aventurarse en estas impredecibles aguas, y una invitación a todos aquellos que en lo musical están esperando que algo rompa el statu quo y que, en tiempos donde todo parece dicho, alguien demuestre que aún quedan cosas por decir. Sin duda, Manuel Gagneux (el hombre detrás del proyecto Zeal And Ardor) está en el grupo de los que buscan sacudir las cosas.

zeal-and-ardor-01Hace un par de años, con el debut homónimo de Zeal And Ardor, el músico dejó en evidencia que uno de sus móviles pasa justamente por la fusión de estilos, mostrando ya algunas de las claves sonoras que termina desarrollando con mayor coherencia hoy en “Devil Is Fine”. Es difícil inclinar la balanza y decir si lo de este disco se trata de un trabajo de black metal o de spirituals afroamericanos, dado que finalmente, a pesar de que la combinación suena improbable, logra fluir perfectamente natural, demostrándonos que los caminos que unen ambos universos siempre han estado ahí. Sin embargo, es tan sólo gracias al talento de este artista que la conexión se nos revela clara y evidente. El inicio del álbum, con el track que da nombre al registro, marca quizás el único momento en que en realidad un estilo predomina abiertamente sobre el otro, en un corte correcto y sencillo, que a través de una sentida base vocal, acompañada de piano y cadenas a modo de percusión, nos traslada a los tiempos de la esclavitud.

En lo que sigue, se instalan de forma progresiva distintos ánimos y estilos musicales, ocupando un lugar protagónico aquellos cortes que combinan la guitarra con trémolo, la batería con doble bombo y la base vocal propia del black metal con ritmos de espíritu gospel. En esta línea sobresalen “In Ashes”, “Come On Down” y “Blood In The River”. La segunda de ellas posiblemente la más inmediata del álbum, crece gradualmente en intensidad para explotar vocalmente a los 40 segundos de iniciada y volver a la calma por breves intervalos de tiempo que alcanzan con lo justo para recuperar el aliento y seguir con la energía al tope, un acierto por donde se le mire. “Blood In The River”, por otro lado, es otro de los gigantes de este álbum, más oscura que la anterior, con sonidos de cadenas vuelve a rememorar el dolor de la esclavitud y se anota en lo lírico posiblemente el mejor momento del álbum.

zeal-and-ardor-02Sin embargo, fiel a esa suerte de declaración de principios que define el proyecto, Gagneux no se conforma con lo anterior y agrega un nuevo componente a la ecuación, como para recordarnos que si hay algo que este trabajo no pretende, es sentarse cómodo a esperar elogios. Se trata de la provocadora trilogía instrumental “Sacrilegium”, que mezcla elementos de drum and bass, vocales anclados en la música de medio oriente, sintetizadores y algo parecido a una canción de cuna, instalándose de manera intercalada a lo largo del registro para constituirse finalmente como una suerte de pausas o intermedios, que al mismo tiempo logran brillar con luz propia, permitiendo así resaltar la base musical que define el álbum.

Intentar identificar los hitos que marcarán la historia de la música al mismo tiempo que somos parte de esta, es un ejercicio engañador. Siempre va a ser más sencillo mirar hacia atrás en vez de hacerlo hacia delante, ya que esto último exige una destreza claramente más difícil de adquirir. Sin embargo, si algo hemos aprendido con la historia de la música, es que sólo a través de romper los moldes es que se logra avanzar. Lo de Zeal And Ardor justamente apunta en ese sentido y sin duda se anota uno de los momentos más innovadores del último tiempo, pero no se queda sólo en la anécdota, sino que se mueve con propiedad por las aguas que ha decidido recorrer, comenzando a escribir una página que hasta aquí había sido dejada en blanco. No faltaran los que digan que se trata de un pastiche mal logrado, con seguridad se tratará de los mismos que en su momento miraron con desprecio el “Raw Power” (1973) de The Stooges o el “Surfer Rosa” (1988) de The Pixies.

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El Álbum Esencial: “Undertow” de Tool

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La portada de todo álbum debiese generar impresiones anticipadas sobre el contenido que este alberga. Bajo esa lógica, ver esa especie de caja torácica roja –que en primera instancia tendría a una mujer obesa y desnuda dentro de ella, pero fue censurada– delante de un fondo negro, no puede más que desconcertar. Si a eso se le suma el intrigante título, “Undertow” (“Resaca” en inglés), esto sólo pude verse potenciado. La estética visual de todo esto simplemente respondía a la proyección del vivo reflejo de la música de Tool. Agonía y desconcierto, no existe otra forma de describirles.

Sin duda alguna, aquello que encierra esta criptica iconografía y perfora nuestro cerebro desde los oídos es difícil de clasificar para la época, o incluso hoy por hoy. A mediados de los 90, todo lo que sonara más o menos distorsionado solía ser etiquetado de grunge o, en el mejor de los casos, como rock alternativo. Pero acá había una diferencia: el uso que se dio a la oscuridad. No hablamos del manto de sombras melancólicas que rodeaba al común de la música de la denominada Generación X, sino que de una penumbra mucho más densa que se manifestaba mediante una catarsis brutal. Pese a su crudeza y visceralidad, también encontramos niveles de introspección y sutileza muy alejados de los márgenes de la escena de la costa oeste estadounidense.

Es habitual que los álbumes debut de una banda expongan una continuidad estética en referencia a los demos, cosa que acá no ocurre. “Undertow”, para ser el primer larga duración, es sumamente complejo, pues marca un temprano punto de inflexión en el trabajo de los oriundos de Los Angeles, cosa que en otras agrupaciones ocurre entrada la discografía. Hay acá una sonoridad mucho más oscura, la que comienza a reemplazar progresivamente el rock más frontal y acelerado presente en el EP “Opiate” (1992). Los temas de tres minutos en donde se lograba apreciar la influencia hardcore que posee la banda, comenzaron a alargarse hasta los seis o más debido a un aumento de versatilidad en las estructuras de cada canción, en donde los pasajes instrumentales empezaron a tomar cada vez mayor relevancia. Comenzaban así a ganarse paulatinamente la etiqueta de “progresivos” y vaya que lo merecían.

Aunque pudiese ser paradójico, la guitarra de Adam Jones no se caracteriza por exponer las destrezas sobrehumanas con las que se está habituado en la mayoría de las bandas denominadas como metal progresivo, aun así, demuestra una técnica inconfundible, en donde el juego entre tonalidades densas y frecuencias que bordean la estridencia entregan diferentes matices a las composiciones. “Bottom”, tema en donde colabora el eterno Henry Rollins, es quizás el más claro reflejo de esto. Por su parte, el trabajo en el bajo de Paul D’Amour suena de forma penetrante y aguerrida, batallando el protagonismo rítmico y melódico en cada compás. La potencia y misticismo de “Flood” se debe en gran medida a la labor de este instrumento. Mismo misticismo que –con vidente de por medio– rodea la salida del bajista tras una gira por Europa promocionando el disco. En el futuro no lejano, sería el británico Justin Chancellor quien se haría cargo de las frecuencias bajas hasta la actualidad.

Si bien, en los instrumentos de cuerdas no podemos apreciar una técnica elevada como lo demandaría el género progresivo, aquello sí se puede hallar en la percusión. Probablemente, la rítmica que impone Danny Carey es el componente más experimental de la propuesta de Tool en sus inicios. Aunque aún no incorporan estructuras demasiado complejas como en posteriores discos, es notoria la variabilidad de los tiempos y la sagacidad con la que se pasea por la batería. Prueba de ello son temas como “Intolerance” o “Swamp Song”. Punto aparte también es el poderoso registro vocal del hoy endiosado Maynard James Keenan, clave para dar forma al tema homónimo del disco, en donde es capaz de saltar de fraseos melodiosos a desgarradores gritos, pasando por diabólicos arrullos con una facilidad inexplicable. Además, durante la promoción del álbum ya comenzaba a dar cuenta de esta particular visión del espectáculo, dado su singular desplante escénico.

Pese a que Tool suele ser clasificado como metal progresivo, en “Undertow” lo vanguardista está en mantener elementos minimalistas al alero de una gran sensibilidad instrumental. Es cosa de escuchar temas que quizás pasan más desapercibidos, como “Crawl Away” o “Swamp Song”, para dar cuenta de aquello, y ni hablar de temas como “4°” y “Flood”, que empezaban a dar pequeños, pero ahora evidentes indicios del camino que la banda tomaría en sus posteriores discos. Quien haya escuchado los casi 16 minutos de “Disgustipated” y diga que no es vanguardista, debe comenzar a cuestionar sus concepciones del mundo.

En cuanto a sencillos, el primer LP de la banda nos entrega “Sober” y “Prision Sex”, los cuales fueron acompañados de perturbadores videoclips promocionales, dirigidos por el mismo Adam Jones. El primer tema, en un ejercicio sublime de minimalismo al ser guiado por una secuencia repetitiva de tan sólo dos acordes, nos habla de la adicción del alcohol –incorporando la concepción cristiana del pecado–. Mientras tanto, el segundo relata la brutalidad de la violación infantil. Este último, dado lo tétrico de las imágenes y la crudeza de su letra, fue duramente censurado por las cadenas televisivas de música, pero como ha ocurrido a lo largo de la historia, el morbo ante lo prohibido sólo ayuda a atraer nuevos adictos e incrementar el peso de los cultos.

Así es como “Undertow”, con todos sus componentes, establece los cimientos de la catedral que posteriormente construiría Tool, dando pie para un largo legado que sigue influenciando a un sinfín de bandas de diversos estilos. Si bien, suele ser denostado por ser el disco menos experimental de la banda y, por ende, el con menos teorías conspirativas alrededor de él, su sonido más duro ha ayudado a consolidar a un grupo no menor de fanáticos de esta obra, quienes incluso profesan que este es el mejor de todos los lanzamientos del grupo. Pero ¿puede segmentarse la discografía de Tool y no comprenderla como un todo? ¿Hay realmente un mejor Tool? Preguntas tan complejas como sus respuestas y el objeto al que apuntan.

De todas formas, sí se puede asegurar algo: ser fan de Tool es probablemente uno de los actos de masoquismo más grandes dentro de la ya auto flagelante vida de los melómanos –podría incluirse dentro de esta patología el ser fan de Radiohead; si se es de ambos, el diagnostico debe ser crítico–. Y es que sentir atracción por aquello que no logramos comprender, por aquello que nos desestabiliza mentalmente por no poder apropiárnoslo, debe ser uno de los males más viejos de la historia de la humanidad. Aquel primer trago de la banda, sin duda, ha generado una resaca que sigue palpitando en nuestras cabezas. Lo único que se espera es mantenerla hasta que Maynard y compañía nos entreguen una nueva dosis de su tan ansiado licor.

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