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Wintersun – “The Forest Seasons”

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La expectación en torno al más reciente álbum de Wintersun se ha venido gestando y extendiendo desde 2012, año de lanzamiento de “Time I”, disco que despertó un alto interés en una audiencia que anhelaba la prometida secuencia de dicha placa, puesta por ahora en lista de espera. Y es que fue de conocimiento público la problemática relación entre la banda y su sello discográfico, lo que dificultó las grabaciones y puso de cierto modo en duda el futuro de la talentosa agrupación. Pero sorteando los obstáculos, el tercer disco de los finlandeses se concreta gracias al financiamiento de sus propios fanáticos, mediante el ya popular sistema crowdfunding que permitió la construcción de un estudio de grabación que, sin duda, será de utilidad para futuras producciones.

En esta ocasión, la poderosa mente creativa de Jari Mäenpää ha concebido un disco basado en el concepto de las cuatro estaciones, así como las “Cuatro Estaciones” de Vivaldi, en donde cada pista representa una temporada y luce elementos que otorgan a la ambientación un carácter trascendental. Todas las canciones, en efecto, juegan con dicha idea de manera un poco peligrosa, sobre todo en lo que respecta al tiempo de duración y los eternos desenlaces, que aventuran finales para luego renacer con más fuerza.

La encargada de abrir el ciclo es “Awaken From The Dark Slumber (Spring)”, una pieza de casi 15 minutos que introduce algunos de los elementos atmosféricos que serán la tónica del disco, como la presencia de sintetizadores y teclados que guían una melodía que se consolida con la fuerza de la percusión a cargo de Kai Hahto, y la mejor que nunca gutural voz de Jari. Se trata de la puerta de entrada a un viaje que a todas luces deslumbra con la perfecta orquestación instrumental y vocal. En tanto, el sonido más épico del conjunto lo trae el verano con “The Forest That Weeps (Summer)”, donde los elementos folk, los coros pegajosos y la presencia más protagónica de la guitarra, nos acercan a un sonido más familiar. Además, aparecen los riffs memorables del disco, lo que acaba siendo reconfortante considerando que, hasta este punto de la escucha, es posible notar que muchas de las melodías antes a cargo de la guitarra ahora son conducidas en la línea de los sintetizadores, pudiendo sonar un poco más artificial, aunque no por ello inferior.

Sin embargo, también podemos probar parte del lado más agresivo y pesado de la ejecución en “Eternal Darkness (Autumn)”, donde los blast beats casi excesivos y los potentes grunts evocan una sensación bestial, que parece aproximarse a los terrenos del black metal. Hacia la mitad de la pista, la guitarra logra asomar dando un respiro al espeso clima controlado por el doble pedal, trayendo consigo un oscuro pero intenso solo, elemento algo escurridizo y no muy fácil de ubicar en la composición total.  No obstante, la ausencia de patrones de este tipo se compensa en la medida que otros prosperan, sin dejar vacíos que perjudiquen la integridad del álbum. Al contrario, la variedad de sonidos que explora es una característica enriquecedora, puesto que cada canción logra adquirir una consistencia singular y exquisita. Así, en contraste con la celeridad de su antecesora, “Loneliness (Winter)” logra quemar la frialdad del invierno en una melodía que, fascinantemente, se escucha cálida y profunda. Esta última estación se extiende sobre terrenos melancólicos a través de armonías acogedoras y un tempo más lento, que destaca en relación a la velocidad del resto. La voz limpia de Jari tiene mucho que aportar a ese efecto nostálgico, transmitiendo un sentimiento pesado que logra momentos altamente conmovedores.

Así, el ciclo se completa en casi una hora de duración, que sin ser el tan esperado “Time II”, puede llegar a ofrecer mucho más. Es posible que cueste familiarizarse de buenas a primeras con la cantidad de información vertida en “The Forest Seasons”, sin embargo, es uno de esos discos que al darle una segunda escucha ejerce una fuerza inconsciente, logrando quedarse en la memoria. Uno de esos discos destinados al éxito.

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Arctic Monkeys – “Tranquility Base Hotel & Casino”

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Tranquility Base Hotel & Casino

Un hype autogenerado en prensa y fanáticos por igual mantuvo las miradas del mundo en “Tranquility Base Hotel & Casino”, el sexto álbum de Arctic Monkeys, esperado ansiosamente por quienes anhelaban saber el siguiente paso que el cuarteto de Sheffield iba a tomar. Ante esto, el conjunto dio vida a uno de los trabajos más extraños y desorientados de su discografía, incluso más que su antecesor “AM” (2013), polémico punto de inflexión en el camino de Alex Turner y los suyos. Sí, Turner y los suyos, porque este nuevo LP no hace más que reflejar un deseo casi intrínseco del frontman por tomar el control de todos los aspectos creativos de la banda, asumiendo poco a poco más protagonismo sobre sus compañeros, al punto de llegar a un disco en que los otros tres talentosísimos miembros quedan relegados a ser la banda de compañía de su figura principal.

Desde el comienzo se aprecia un trabajo claramente influenciado por las decisiones artísticas de Turner, entregando un constante tempo de ambiente lounge, con la banda completa sirviendo de acompañamiento rítmico para el desolado Alex y sus reflexiones sobre la vida, como cual rockstar en el ocaso, sólo que con varios años y vivencias menos que de costumbre. Esa caricaturización del artista introspectivo y melancólico no ayuda mucho a la hora de sentar sobre la mesa lo que debía ser un regreso en gloria y majestad, pero que va perdiendo fuerzas por ripios que su misma naturaleza pretenciosa va dejando en el camino. Canciones como “Star Treatment” o “American Sports” dejan en evidencia el sentido principal de la obra, que se sostiene bajo una calidad sonora sólida y mucho más elaborada que en trabajos anteriores, pero que a la larga no posee un trasfondo más potente para su desarrollo general.

Continuando con lo que se siente como un loop eterno, el bajista Nick O’Malley igual logra lucirse junto a la batería de Matt Helders, pese a lo reducida de su participación en términos creativos, igual que lo ocurrido con el guitarrista Jamie Cook que, independiente de unos cuantos solos genéricos en algunas canciones, no es mayor el trabajo que realiza. Muchos de los defensores de este trabajo han criticado el hecho de que la gente pide que Arctic Monkeys vuelva a ser lo de antes, aludiendo a una ausencia del estilo que la banda profesaba en sus primeros años. Lo cierto es que eso está lejos de ser así, ya que lo que se pide no es un regreso en términos de sonido, sino que de calidad. No se trata de volver a los guitarrazos de antaño o a las potentes canciones de tiempos rebeldes, como “Favourite Worst Nightmare” (2007), en vez de eso, se siente la necesidad de que la banda encuentre su norte en términos de creatividad, dejando de lado una pomposidad forzada y repetitiva, que no le hace un gran favor a su verdadera calidad como músicos.

Un giro artístico siempre será un riesgo considerable, y Arctic Monkeys lo supo manejar de cierta forma con su anterior álbum, pero en el caso de “Tranquility Base Hotel & Casino” no existe un deseo de reforzar la línea sonora que proliferó en aquella placa, optando por adornar composiciones donde se huele a millas de distancia el trabajo casi solitario de Alex Turner. Ese sonido ya conocido en proyectos del músico –como The Last Shadow Puppets– que se toma cada segundo de este álbum, estableciéndolo más como un capricho personal del frontman en vez de un disco que tenga un sentido claro de su forma y fondo, así como del concepto que pretende englobar entre sus canciones. No hay que confundir todos los argumentos expuestos con que la calidad sonora del trabajo es precaria, ya que sin duda existe una ampliación en el espectro de la banda, solidificando así su interpretación. El principal problema es lo forzado con que Turner intenta vender una supuesta obra maestra, recurriendo a clichés que derivan en un producto insípido y falto de ideas.

Muchos coinciden en que este álbum representa un gran paso para la banda, algo que es completamente cierto. Ahora, el destino que ese paso le entregue al cuarteto será la gran interrogante, ya que podría poner en jaque los egos de una agrupación que se empieza a ver consumida por el protagonismo de su vocalista. El propio Jamie Cook afirmó haberle sugerido a Turner lanzar este trabajo como un álbum solista, pero finalmente accedieron a etiquetar la obra como el sexto LP de la banda. Todas las cosas tienen un significado diferente, dependiendo el punto de vista en que se mire, y claramente este disco habría tenido una recepción abismalmente diferente si no se presentaba como el nuevo trabajo de una de las bandas más importantes de los últimos años.

El amor al recuerdo siempre estará latente, pero sólo el tiempo dirá cuál es el destino de Arctic Monkeys. Por ahora, existen dos caminos claros: abrazar esta etapa como la nueva obsesión del principal titiritero del conjunto, o reflexionar sobre una banda que podría dar mucho más, pero que prefiere dejarse llevar por ideas que se imponen en pos de un beneficio no igualitario para todos sus integrantes. En manos de todos queda la elección sobre el camino que se tomará.


Artista: Arctic MonkeysTranquility Base Hotel & Casino

Disco: Tranquility Base Hotel & Casino

Duración: 40:51

Año: 2018

Sello: Domino


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