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William Patrick Corgan – “Ogilala”

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Cuando estaba en medio del proceso de creación del sucesor de “Monuments To An Elegy” (2014), la mente maestra de The Smashing Pumpkins decidió ordenar su cabeza. A sus 50 años, deja atrás el apodo Billy (al menos por un tiempo), se da a conocer al mundo como William Patrick Corgan y echa a volar su imaginación para quitarse de encima la presión de cargar con la cruz de una banda que alguna vez dio un golpe a la cátedra tan absoluto como “Mellon Collie And The Infinite Sadness” (1995), un monstruo de dos cabezas que lo catapultó como uno de los compositores clave de su generación, codo a codo con figuras como Eddie Vedder o Chris Cornell. El resultado de este nuevo giro es una colección de once canciones llamada “Ogilala”, que materializa el momento actual del artista como padre primerizo y que sólo necesitan una guitarra acústica, un piano y algunas cuerdas para demostrar su enorme poder como creador de piezas dotadas de una sensibilidad inconmensurable, habilidad que se sintió un poco lejana en esa bruma con tintes shoegaze e industrial pop llamada “TheFutureEmbrace” (2005).

En ningún caso se puede decir que el ex Smashing Pumpkins había descuidado sus dotes de compositor, es sólo que su primer intento como solista estaba un poco desenfocado y, en ese sentido, Rick Rubin constituye el aliado perfecto cuando se trata de iluminar a los navegantes que surcan aguas perdidas. Enamorado de las primeras maquetas que escuchó, el productor mantuvo la delicadeza en interpretaciones como “Archer”, “Mandarynne” y “Amarinthe”, que con su fina proximidad enfatizan la voz de Corgan, el elemento central de la placa que el barbudo hombre detrás de las perillas se preocupó de resaltar con una audacia exorbitante. Donde antes había angustia, dolor y furia, ahora hay fineza, conciliación y hasta ternura, aspectos que separan a canciones como “The Spaniards” o “Aeronaut” de trabajos anteriores, en las que se olía un dejo de soledad que calaba los huesos. Es por eso que la labor de Rubin en sus estudios Shangri-La de Malibú fue esencial para preservar esa aura espectral que llega de manera única al corazón de las canciones, incluso sin que el mismo vocalista se lo esperara, ya que en el camino se enteró de no iban a agregar baterías ni efectos que pudieran entorpecer la desnudez de esta nueva producción.

Considerando ese telón sónico totalmente acertado por parte de Rubin, el Corgan de “Ogilala” trata temas mucho más luminosos, como sus viajes recorriendo Estados Unidos por aire en “Antietam” y “Shiloh”, que a su vez comparten sus nombres con dos de las batallas más sangrientas de la guerra civil del país del norte, pero que tienen que ver con un lenguaje muy abrasador que aflora en la combinación de cuerdas sintetizadas con tenues efectos de guitarra eléctrica, las que van tejiendo texturas únicas. A pesar de sus acotados recursos, cortes como “The Long Goodbye” alcanzan una altura astral gracias a la pulcra ejecución de las guitarras acústicas de Corgan, que una vez más plasma su afición por lo espacial para encarnar una de sus composiciones más personales hasta la fecha.

El piano que da la bienvenida a “Zowie” destapa un sobrecogedor homenaje a Bowie, creado a partir de una secuencia de acordes llena de intensidad que estaba naciendo un poco antes del fallecimiento del hombre de las estrellas. Que el track inicial lleve el apodo del hijo del duque blanco es un guiño al momento que vive el mismo William Patrick como padre de Augustus Juppiter Corgan, a quien vemos en la portada junto a su madre Chloe Mendel. El pequeño retoño le regaló la emoción que se manifiesta en “Half-Life Of An Autodidact”, cuyo entusiasmo fluye en un rasgueo movedizo interrumpido de golpe por una pausa que refleja su despertar para alcanzar esa felicidad que le fue esquiva por momentos. Este impulso incluso sirvió para darle vida a la hermosa “Processional”, primera colaboración con James Iha desde “Machina II/The Friends And Enemies Of Modern Music” (2000), en la que el actual guitarrista de A Perfect Circle aporta un bello mellotron que infunde una sobriedad reflexiva a un track lleno de luz.

A Corgan le hacía falta un disco como “Ogilala”. Tal y como hicieron sus pares generacionales Vedder y Cornell en “Ukulele Songs” (2011) y “Higher Truth” (2015), respectivamente, el músico de Chicago por fin presenta un registro en el que se deshace de todos los ropajes que alguna vez cubrieron su música y revela lo mucho que puede hacer con tan poco. Este renacer funciona como una metáfora perfecta para acompañar la llegada al mundo de su hijo, quién lo dotó de una visión completamente nueva para reconciliarse con su pasado, agradecer lo aprendido y preocuparse por su presente. Parece que el pequeño Augustus es el siamés que necesitaba para darse cuenta de que el mundo dejó de ser ese vampiro preparado para succionarlo.


Artista: William Patrick Corgan

Disco: Ogilala

Duración: 38:32

Año: 2017

Sello: Martha’s Music / Reprise / BMG


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METZ – “Atlas Vending”

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Atlas Vending

Luego de haber publicado el compilatorio “Automat” en 2019, el trío canadiense METZ tenía a todos muy atentos por un eventual nuevo trabajo de estudio. Y es que, claro, ser una de las grandes cartas de un sello tan influyente como Sub Pop Records obviamente haría que los ojos del mundo se pusieran sobre su música, ya que todos querían saber con qué sorprendería el conjunto establecido en Toronto. Así es como el camino nos lleva hasta “Atlas Vending”, su esperadísimo cuarto larga duración, donde la banda trasciende su particular estilo añadiendo nuevas capas de noise, grunge y, sobre todo, una fuerza a prueba de cualquier desafío para sacar adelante una obra de este tamaño.

La banda arremete con poco más de 40 minutos a la merced de una aplanadora sonora, donde desde el primer golpe, con “Pulse”, entramos de lleno en un terreno en que las capas sónicas se funden con intensos golpes en la batería, todo llevándonos a las comparaciones claras con bandas como Nirvana o Mudhoney, algunos de los principales referentes de inspiración para el conjunto canadiense. No hay duda de que, luego de tres placas de estudio, la banda tendría mucho que demostrar en este cuarto LP, por lo que, con Alex Edkins a la cabeza, el conjunto va emitiendo chispazos de furia que a través de sus diez tracks, haciéndonos transitar por veredas del post punk y el grunge, con guitarras abrasivas que encuentran su punto de intensidad tan pronto como en “Blind Youth Industrial Park” y “The Mirror”, la segunda y tercera canción de “Atlas Vending”.

Enfrentarse a la obra de METZ a estas alturas no requiere de mucha preparación, basta con disfrutar y dejarse llevar por la apuesta sonora que genera el trío, quienes no requieren de muchos recursos para llenar cada espacio con una energía que es exudada con mucha confianza en cada track. Fueron muchos los adeptos que el conjunto ganó al trabajar con Steve Albini en su anterior LP, “Strange Peace” (2017), por lo que la decisión de colaborar con Ben Greenberg en este nuevo disco es sorpresiva, pero no muy difícil de comprender una vez que se ve el resultado en ejemplos como “Hail Taxi”, donde se logra conjugar la evolución sonora de la banda hasta este momento con la visión actual y para la posteridad que tienen de su apuesta.

Sin ningún punto bajo, el disco entra de lleno en una última parte completamente centrada en composiciones potentes como “Sugar Pill”, además de momentos esenciales dentro de este recorrido, como la transición que se genera en “Framed By The Comet’s Tail”, o la locura de “Parasite”. Todo esto conduce hasta el épico cierre de “A Boat To Drown In”, una composición con más de siete minutos de duración, donde el conjunto echa a andar una maquina de riffs que no se queda solamente en el ruido, sino que también adopta una naturaleza espacial para entumecer cada espacio con sus estridentes guitarras. Las palabras quedan cortas, pero, si una cosa es clara, es que estamos frente al mejor disco de METZ en su carrera.

Con una velocidad sin pausas, un dominio excepcional del ruido y una fuerza descomunal que avanza por cada uno de los pasajes de “Atlas Vending”, la banda opta por refinar una fórmula que se va alternando entre la crudeza y lo melódico, demostrando que este cuarto LP es otro paso adelante para el conjunto en materia sonora. Por supuesto que la apuesta de METZ se multiplica por mucho cuando abordamos a la banda en vivo, pero en un mundo donde los recitales son cosa del pasado, el trío logró algo que para una banda de esta naturaleza parecería casi imposible: llevar la energía del concierto hasta el estudio, haciendo que esa estridente potencia de sus presentaciones en vivo llegue directamente hasta nuestros oídos.


Artista: METZ

Disco: Atlas Vending

Duración: 40:17

Año: 2020

Sello: Sub Pop


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