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Freedom’s Goblin Freedom’s Goblin

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Ty Segall – “Freedom’s Goblin”

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Ni glam, ni folk, ni garage ni psicodélico. En esta oportunidad, el inquieto y prolífico cantautor de California decidió echar mano a todas sus musas para dar vida a un álbum que cierra de forma brillante sus primeros diez años de carrera solista. Hasta acá, los nueve discos que había publicado Segall sirvieron como vehículo para encantarnos gradualmente con cada una de las distintas personalidades que dan vida al imaginario del cantautor, en un juego de identidades que con el tiempo llegaría incluso a transformarse en uno de los ingredientes principales a la hora de sumar expectativas cada vez que se acercaba un nuevo lanzamiento. Hoy, con “Freedom’s Goblin” ya en la mano, queda la sensación de que el trayecto transitado por Segall (a veces errático, a veces inconexo) era precisamente el camino que él debía recorrer, como quien necesita atravesar una suerte de procesión para encontrarse a sí mismo y ver todo con absoluta claridad. Ty Garret Segall parece haber alcanzado finalmente la madurez compositiva y el resultado es francamente contundente.

Una de las cosas que hace de este lanzamiento un disco excepcional, es que en sus 75 minutos el guion nunca deja de moverse, dando vida a un embriagador carnaval rock, plagado de diversos estilos y ánimos. Los momentos de rock sucio y guitarrero ocupan buena parte de la entrega, destacando en esta línea “Fanny Dog”, dedicada a su mascota, “Meaning”, con una Dennée Segall implacable en los vocales, y la fantástica “She”, pesada, reverberante y estremecedora, con un Ty Segall dispuesto a sacudirlo todo cada vez que grita recordándola a “ella”, una patada metal directa al estómago. Sin embargo, del mismo modo que “She” se ocupa de levantar muertos, el set de canciones melódicas y contagiosas no se hace esperar. “Cry Cry Cry” da vida a una dulce e inocente balada que rememora el sonido de la primera mitad de los sesenta. “You Say All The Nice Things” destaca principalmente por su carácter atmosférico, mientras que “I’m Free” resucita el silabario de George Harrison para anotarse otro de los momentos irrenunciables de la placa. En esta misma línea, “Rain” y “Alta” –más retorcidas e interesantes en progresión– elevan la apuesta, rompiendo con el ánimo azucarado del resto de las baladas.

Ahora, después de diez años de carrera, sabemos que lo de Ty Segall no pasa únicamente por un repertorio del tipo “loud-quiet”, muy por el contrario, lo que precisamente hace del californiano un sujeto único pasa, entre otras cosas, por esa necesidad de explorar nuevos sonidos una y otra vez, como quien necesitara nunca sentirse completamente cómodo con lo que hace. En esta dinámica, son dos los momentos que sacuden la placa. El primero explora una veta abiertamente disco funk, con dos cortes de antología: “Every 1’s A Winner” y “Despoiler Of A Cadaver”. La primera de ellas (versión del tema que dio vida al disco del mismo nombre de Hot Chocolate de 1978) sin duda es un gustito que se da Segall, ya que en rigor no cambia sustancialmente la propuesta del corte original, aunque hay que reconocer que el cargado fuzz que el californiano le agrega al track logra rejuvenecer por completo este ya contagioso corte. El segundo espacio destinado a salir de los límites del garage rock tradicional viene de la mano de “Talkin 3” y “The Main Pretender”, ambos de arriesgado espíritu jazz-punk, eclécticos y con bronces en rol protagónico, rememorando la propuesta explotada por James Chance And The Contortions hacia fines de los setenta.

Por otro lado, y quizás para no olvidar que estamos frente a Ty Segall, el cantautor repite algunos de sus conocidos vicios. El primero de ellos tiene que ver con su irrenunciable admiración por Marc Bolan, al que termina por emular cada vez que tiene la oportunidad, (en 2011 incluso grabó un EP dedicado por completo a versionar al británico), cosa que en esta entrega está a cargo de “My Lady’s On Fire”. El segundo vicio que Segall no logra eludir es visitarse a sí mismo, lo que en esta ocasión decide dejar justo para cerrar el álbum. Versión renovada de “Sleeper”, “And, Goodnight” toma la base del original y lo lleva a lugares que la versión primigenia jamás podría haber alcanzado, extendiéndola por un total de doce minutos en un ejercicio de desatada y sentida improvisación. Para muchos podrá sonar a autoindulgencia, sin embargo, si uno se deja llevar por esta nueva versión, la verdad es que es imposible pasar por alto que los largos y furiosos solos de guitarra que ocupan la mayor parte de estos doce minutos están hechos justamente de eso que da vida al eterno imaginario del rock.

Con diez discos en diez años, Ty Segall se ha dado el gusto de llevarnos a la escuela. Ha jugado al trastorno de personalidad múltiple cada vez que pisa el estudio de grabación y el tiempo ha probado que se ha salido con la suya. Hoy se ha convertido en una suerte de embajador de la música, no sólo visitando distintas escuelas sonoras, sino que además haciéndose cargo de inyectar pasión y vida a una escena que a ratos parece entregada únicamente a marcar el paso, en un ejercicio que incluso ha hecho que las voces que anticipan el fin del rock de guitarras suenen cada día con más fuerza. Por fortuna, uno de los puntos irremediablemente favorables de la historia que decidió comenzar escribir Segall hace diez años tiene que ver con que cada una de las personalidades que el californiano ha decidido resucitar en sus distintos álbumes han logrado llevar a oídos jóvenes estilos musicales que muchas veces hoy no tienen ni una chance de ocupar los rankings de popularidad, ni las portadas de los servicios de streaming, sembrando así una semilla que, a la larga, abre la puerta para que el rock de guitarras siga respirando. Ya sólo por eso, es que artistas como Segall no pueden dejar de existir.


Artista: Ty SegallFreedom’s Goblin

Disco: Freedom’s Goblin

Duración: 74:48

Año: 2018

Sello: Drag City


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El Álbum Esencial: “Corazones” de Los Prisioneros

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Corazones

“Corazones”, el cuarto álbum de Los Prisioneros, puede ser considerado como el primer registro solista de Jorge González, luego de que Claudio Narea abandonara la banda un año antes del lanzamiento de su lanzamiento y sólo Miguel Tapia permaneciera a su lado, sumando a la alineación oficial a Cecilia Aguayo, miembro del grupo performático Las Cleopatras, quien ni siquiera era músico, pero González decidió hacerla parte del grupo por su carisma, alegando que, si no sabía tocar, podía aprender a hacerlo. Aguayo se sumó a Los Prisioneros como la encargada de los teclados durante la época en que la emblemática banda de la comuna de San Miguel dejó de lado el rock y el punk para caer de lleno en el pop y la electrónica, dando vida a un conjunto de canciones que sembró el camino para una serie de artistas que en la actualidad son referentes absolutos del pop chileno.

Alex Anwandter, Javiera Mena, Ases Falsos, Gepe, entre otros, deben su sonido a lo que hizo González en “Corazones”, una placa que se adelantó a su tiempo y, de forma maestra, dio un giro a la fórmula de Los Prisioneros para realizar un disco que es pura visceralidad y sentimientos. No es que antes no hayan jugado con estos sonidos; ya en “Muevan Las Industrias” o en la mismísima “El Baile De Los Que Sobran” los sintetizadores tenían gran presencia dentro de la mezcla, pero en esta ocasión los teclados, samples y percusiones digitales tomaron la batuta para secundar las desgarradoras líricas de Jorge González, que van desde la amargura del desamor hasta la crítica a una sociedad que cada día busca parecerse –hasta el día de hoy– a la imagen idealizada de la sociedad yankee. Como siempre, Jorge González dio en el clavo en cada uno de sus descargos, en composiciones cuyo mensaje se mantiene vigente hasta nuestros días, como ocurre con casi todas las canciones de Los Prisioneros.

El LP abre con “Tren Al Sur”, uno de los cortes más memorables en la historia de la agrupación, el que además funciona como transición perfecta entre el pasado y el presente del grupo, dejando que el charango acompañe a la melodía principal y a un coro honesto y conmovedor, del que es imposible no hacerse parte. Durante los próximos dos cortes el viaje se vuelca completamente hacia lo romántico, entre postales de amor ideal en la bella “Amiga Mía” o imágenes llenas de pasión e intimidad, como en la bailable “Con Suavidad” y el suspirado “preciosa” con el que González da la partida a una de las canciones más representativas de la revolución sonora que significa para el pop chileno el disco “Corazones”.

Si se echaba de menos la crítica dura y sin pelos en la lengua, “Corazones Rojos” puede ser considerada uno de los manifiestos más duros que el grupo ha parido. Como una especie de crudo discurso machista, la canción sirve como un llamado a las mujeres para que despierten y hagan valer su rol dentro de la sociedad. En su época sacó chispas entre quienes no entendieron el mensaje detrás de líneas como “En la casa te queremos ver, lavando ropa, pensando en él / Con las manos sarmentosas y la entrepierna bien jugosa”, pero finalmente “Corazones Rojos” se erigió como una de las canciones más sólidas y poderosas en la historia de Los Prisioneros.

Sigue en la lista “Cuéntame Una Historia Original”, cuyo coro juega con el cinismo de aquellos que dicen sufrir como nadie y saber cómo es la vida, pero son los más ilusos. Otro gran hito del larga duración lo marca “Estrechez De Corazón”, quizás la canción romántica más recordada de la banda junto a “Para Amar”. Dueña de otro coro brutal, esta composición muestra la faceta más melodramática y visceral de Jorge González, acompañada de sintetizadores grandilocuentes que dan un aire de romance fatal, tal como lo hacían personajes como Raphael en sus sufridas composiciones, del que Jorge González era un ferviente admirador. Sin lugar a dudas, uno de los himnos inmortales del trío. “Por Amarte” va por los mismos senderos: doliente y quejumbroso.

“Noche En La Ciudad (Fiesta!)” es el Jorge González de “Lo Estamos Pasando Muy Bien” o el de “Brigada De Negro”: ácido y lleno de ironía y sarcasmo, mofándose duramente de la sociedad conservadora que quiere pintarlo todo color de rosa, apartando “al descarriado” con tal de mantener una imagen ordenada y pulcra. “¡Orden, moral!”, gritaba el vocalista, en una época donde los militares habían abandonado el país, pero su doctrina seguía más presente que nunca. Lamentablemente, a la fecha las cosas no han cambiado mucho.

De la fiesta artificial pasamos a la canción más extraña de la placa y de toda la discografía de Los Prisioneros. “Es Demasiado Triste” es el corte más desgarrador, más sufrido, incluso patético, que ha salido de la mente y alma de Jorge González. El último tema que presenta “Corazones” es tan real y gemebundo, que hasta musicalmente suena a un espiral en descenso, como un castillo que se derrumba y cuya destrucción no conoce final, mientras el fade out y el descarnado verso “Este maldito amor le gusta reírse, reírse en tu cara”, que González repite una y otra vez hacia el final de la canción, dan por finalizado un disco donde el baile y el llanto se encuentran constantemente a lo largo de nueve memorables canciones.

“Corazones” y su legado se mantienen vigentes en la música de numerosos artistas chilenos contemporáneos, músicos que se alimentaron de su sonido y liricas para dar vida a una escena que hoy vive su mejor momento. A pesar de que el grupo terminó su época de gloria con este LP, “Corazones” se mantiene en la historia como uno de los mejores lanzamientos de la música popular chilena, cuyas canciones contienen un mensaje que aún se encuentra vigente y un sonido que, pese a los años, se sigue oyendo fresco y lleno de energía. Para nosotros, “Corazones”, la obra magna de Jorge González, es un álbum esencial.


Artista: Los PrisionerosCorazones

Disco: Corazones

Duración: 45:26

Año: 1990

Sello: EMI Records / Odeon


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