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Time & Space Time & Space

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Turnstile – “Time & Space”

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Por más que insistan, hay quienes no se cansan de responder: ¡el punk no ha muerto! En esta ocasión, es un grupo de muchachos oriundos de Baltimore quienes gritan la consigna a los cuatro vientos. Sencillos, joviales y, por supuesto, con ganas de arrasarlo todo a su paso, Turnstile reencarna la esencia misma del género. Con tres EPs y un LP bajo el brazo, este año la banda da un paso adelante firmando con uno de los grandes sellos del metal contemporáneo, el que ha estado tras algunas de las más grandes bandas de las últimas tres décadas. Bajo esta alianza, el quinteto lanza su segundo larga duración, donde rinde tributo a toda la épica del hardcore ochentero estadounidense.

Enérgico e intenso, así es el riff que nos ofrece “Real Thing” para comenzar la violenta danza que nos convoca. Al terminar el track, unos breves compases de swing que pretenden desconcertar, pero son en realidad una elegante invitación para continuar con “Big Smile”, cuyos cambios de ritmo en las baquetas de Daniel Fang lo hacen uno de los mejores momentos del álbum. Siguiendo la misma línea, “Generator” introduce elementos psicodélicos, mostrando que, si bien hay un respeto por los cánones impuestos por los próceres del género, la banda no está dispuesta a estancarse y se abre a la experimentación y expansión sonora de estos parámetros.

La breve pausa de “Bomb” da paso al penetrante bajo de “I Don´t Wanna Be Blind”, tema que adquiere potencia a medida que avanza. Por su parte, tanto “High Pressure” como “(Lost Another) Piece Of My World” muestran una propuesta sonora más orientada hacia el crossover metal, destacando el trabajo realizado por Brady Ebert y Pat McCrory en guitarras. Y si lo anterior ya era demoledor, los limites se rompen con “Can’t Get Away”, otro de los puntos altos de “Time & Space”. No hay que dejarse engañar por su introducción, pues este track es el indicado para dejarlo todo en el mosh.

“Moon” cuenta con la colaboración coral de Tina Halladay, de la banda punk Sheer Mag. El hecho de que en esta canción Franz Lyons (bajista) remplace la estridencia vocal de Brendan Yates, le entrega un color más dulce a la interpretación, coqueteando con el pop-punk. Todo vuelve a la normalidad con “Come Back For More/H.O.Y.”, tema que ya había formado parte del EP “Move Thru Me” (2016). Llegando al cierre, “Right To Be” vuelve a mirar hacia paisajes más vanguardistas, para decantar en el interludio jazz de “Disco”, cortina que combina a la perfección con la potencia de “Time + Space”, corte (casi) homónimo que cierra el álbum como es debido.

Breve pero certero. En poco más de 25 minutos Turnstile, junto con reivindicar no sólo el sonido, sino que también todo el imaginario callejero de la vieja escuela del hardcore de Washington D.C., incorpora elementos de su propia cosecha con gran sutileza, lo que da un resultado elegante, aunque no por eso menos brutal. Álbumes como estos nos hacen recordar a los ya clásicos Refused, quienes hace veinte años cantaban sobre “la nueva forma del punk que está por venir”. Probablemente, los suecos no imaginaban la grandeza con la que estos alumnos repetirían la fórmula. De ahora en adelante al quinteto de Baltimore hay que darle el tiempo y el espacio para que siga creciendo y sorprendiendo, porque el nuevo punk sigue llegando.


Artista: TurnstileTime & Space

Disco: Time & Space

Duración: 25:15

Año: 2018

Sello: Roadrunner Records


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El Álbum Esencial: “La Voz de los ’80” de Los Prisioneros

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La Voz de los 80

Jorge González dijo una vez que el primer disco de una banda toma mucho tiempo porque el proceso parte desde que naces hasta que cumples edad para grabarlo, mientras que para el segundo sólo cuentas con un par de meses debido a la presión del sello. “Corazones” (1990), en rigor el primer trabajo de Jorge como solista, goza de un sonido pulcro y de una genialidad compositiva totalmente atemporal, “La Cultura de la Basura” (1987) cuenta con atisbos de experimentación y materializa el virulento sarcasmo social de la agrupación, y “Pateando Piedras” (1986) representa el cénit creativo del grupo produciendo un trabajo de alta calidad, que los posicionó como un suceso de masas. Pero es “La Voz de los ’80” el que encapsula esa energía primal, rudimentaria y cruda, que rompió con todo lo establecido como signo de una catarsis a nivel nacional en un país sumido en una gris dictadura.

Son diez cortes nacidos en la adolescencia de tres jóvenes de San Miguel que aplanaban las calles de la capital chilena entre interminables conversaciones sobre la música y su entorno. Nacieron como una banda de colegio, tocando en festivales escolares muchas veces con instrumentos prestados, sin embargo, su equipamiento más valioso eran sus canciones, creaciones que son la consecuencia de una mezcla ecléctica entre lo mejor de la música juvenil de la época, léase The Cars, Depeche Mode, New Order o The Clash, con la tradición auditiva de cualquier casa de clase media, como Raphael, Camilo Sesto o Salvatore Adamo. La sensibilidad pop con la aspereza del rock al servicio de letras inteligentes, llenas de sarcasmo, que se derraman en un disco que en la actualidad parece un compilado de grandes éxitos.

La capacidad que tuvo Claudio Narea, Jorge González y Miguel Tapia para retratar a su generación, el momento político y la cultura pop, es el gran valor que hace a este disco permanecer en el tiempo. La juventud que aparece en “Brigada de Negro”, esa que nada en alcohol y tabaco, es casi tan difusa como la sombría línea de bajo de González que serpentea por toda la canción, mientras Narea marca el ritmo con sus acordes y Tapia promueve una batería marchante, que narra la hipocresía juvenil de una felicidad hedonista que difícilmente era la realidad de la clase media asolada por la política neoliberal de los Chicago Boys. Parte de esa atmósfera aparece en “La Voz de los ’80”, canción que remece con la energía rabiosa de un trío que se quería comer al mundo desde el primer momento. A pesar de que cada obra esté anclada a su época, lo importante es cuando esta trata temas tan universales que se van repitiendo generación tras generación.

El primer larga duración de Los Prisioneros es un disco que siempre será joven, porque refiere a los temas que vive cada chiquillo o chiquilla desde que esta etapa de la vida humana emergió como una forma cultural en sí misma, después del destape mundial en los años 50. Tanto el relato del despertar sexual que se palpa en “Eve-Evelyn”, como la posterior desolación amorosa de carácter invernal de “Paramar”, son impulsivas y encaran la frustración amorosa con un relato original, el mismo que sale disparado de los parlantes de manera un poco más furiosa en “Mentalidad Televisiva”. Y ¿si la chica que perdió su imaginación para instalar un video tape ahora la perdiera para instalar la última actualización de YouTube, Snapchat o Instagram? Son los temas que, entre la ingenuidad y suspicacia, instalan esas verdades que siempre vamos a vivir, estemos en la época que estemos.

Esa aterrizada visión que ostentaba el trío siempre los hizo ver como algo distinto en un panorama musical un tanto agreste. En la primera mitad de los 80 la música de guitarras era marginal en nuestro país, el rock estaba relegado a encuentros que, si bien cimentaron gran parte de lo que después se expresaría en el underground criollo en estilos más extremos como el thrash o el punk, se veían aplastados por la culturalidad de un régimen que impuso firmemente su manera de ver la realidad, contexto clave para entender letras como “Latinoamérica Es Un Pueblo Al Sur De Estados Unidos” y “No Necesitamos Banderas”, que recogen elementos foráneos como el reggae y el ska para alinearlos a nuestras características locales. Esto choca de frente con la postura del sonido imperante en el mundo universitario dominado por el Canto Nuevo, forjado desde las raíces propias de nuestra música, y no al revés, como en el caso del rock.

Las letras pomposas y repletas de metáforas, adornadas con la complejidad de los acordes de una guitarra acústica, no podía ser más distinto al mensaje directo de “Sexo” o de “¿Quién Mató A Marilyn?” que, tomando elementos de la cultura pop, prefiguran un mensaje directo, conciso y simple de entender, aunque no por ello menos contundente. Es por eso que “Nunca Quedas Mal Con Nadie”, grabada el 6 de diciembre de 1984 –mismo día en que Jorge cumplía 20 años–, emerge como una crítica tanto a ese movimiento como también a la liviandad de las bandas que compartieron un terruño que Los Prisioneros nunca quisieron habitar. Aparato Raro, Cinema, Valija Diplomática, Emociones Clandestinas, seguidos de un largo etcétera, se subieron al carro del nuevo rock chileno y recibieron un mejor trato de las emisoras locales, cosa que no pasó con los de San Miguel, precisamente por lo filudo de su lírica.

Famoso por sus frases para el bronce, el otrora vocalista de la banda expresó: “Pocas veces nos hicieron una crítica en un diario, y las veces que lo hicieron, era para decirnos que éramos pésimos, lo último, que sonábamos mal, que no servíamos para nada y que éramos una moda no más”. El tiempo no se ha cansado de probar lo equivocado que estaban los tabloides del momento. Desde aquella foto tomada en la Vega Central en la que se ve a tres muchachos sosteniendo sus instrumentos, hasta esa camisa apuñalada como carta abierta a un amor imposible que vino a cerrar la primera etapa del grupo después de la vuelta a la democracia, Los Prisioneros marcaron a fuego la historia de nuestro país.

Su valor no está condicionado por el mero hecho de retratar a una generación que vivió momentos sombríos ­–lo que ya sería un mérito–, sino que recae en cómo tres miembros de esas escuelas numeradas, en las que les enseñaban humildad y resignación, lograron establecer un mensaje que resuena hasta el día de hoy y que se mantiene totalmente vigente. Eso habla tanto de la inteligencia de sus letras, como de una sociedad que siente un romanticismo exacerbado por muchos elementos de la cultura de épocas pasadas, sobre todo en lo que se refiere a los años 80; no por nada se sigue escuchando en la radio casi la misma música que alguna vez llamó la atención de Narea, Tapia y González.

En la actualidad, Chile sigue teniendo problemas limítrofes (“no necesitamos banderas, no reconocemos fronteras”), sigue luchando contra el machismo (“…y les sigues el juego, y les das tu dinero, y te sientes muy hombre y me río en tu cara de tu estupidez”) y seguimos presa del cinismo ahora exacerbado por las redes sociales (“pretendes pelear y sólo eres una mierda buena onda”). Los Prisioneros cambiaron la forma de ver la realidad, pero parece que somos nosotros los que no hemos cambiado tanto.


Artista: Los PrisionerosLa Voz de los 80

Disco: La Voz de los ’80

Duración: 40:22

Año: 1984

Sello: Fusión / EMI Music


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