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Trevor Rabin – Jacaranda

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Es probable que el nombre no resulte tan familiar, pero lo cierto es que Trevor Rabin tiene una fructífera trayectoria en el mundo de la música, la que puede ser desmembrada en tres líneas diferentes: como compositor y guitarrista del grupo inglés “Yes” (entre los años 1983 y 1995); como compositor de bandas sonoras para series y películas, como lo son, por ejemplo, “Con Air” (1997), “Armageddon” (1998) y “I Am Number Four” (2011), sólo por nombrar algunas; o en su trabajo como solista, del cual ya se desprenden cuatro álbumes, siendo “Jacaranda” su quinto disco de estudio. Esta placa rompe con 23 años de sequía en solitario desde el lanzamiento de “Can’t Look Away” (1989) y nos presenta a un Trevor Rabin mucho más maduro, que se aleja de los sonidos duros y potentes de su etapa ochentera, para incursionar en estilos más melódicos.

Haciendo alarde de todo su talento, es que Trevor se encarga de todos los instrumentos del álbum, a excepción de la batería en la que es apoyado por el veterano Vincent Colaiuta, quien también ha colaborado con otro par de celebres artistas: Sting y Frank Zappa. El disco comienza con “Spider Boogie”, una introducción de menos de un minuto, que en una suerte de demo el artista evidencia toda su majestuosidad con la guitarra. “Market Street” sorprende con un estilo bastante cercano al rock progresivo, con algunos matices que hacen recordar a Rush, y una melodía que se maneja entre varias velocidades, teniendo siempre como protagonista el enérgico sonido de las cuerdas. El álbum continúa con “Anerley Road”, que cuenta con una pequeña colaboración de la bajista australiana Tal Wilkenfeld, que de inmediato aporta con su estilo jazz, construyendo una pieza musicalmente mucho más delicada. Se produce un cambio de ritmo de la mano del sensible sonido del piano de “Through The Tunnel”, que de a poco delega responsabilidades en los acordes más saturados, tornándose un tanto molesto en ciertos pasajes. En “The Branch Office”, el orgulloso padre cuenta con la colaboración de su hijo Ryan que se hace cargo de las baquetas, para acompañar el nítido sonido de la guitarra que da vida a una melodía llena de energía y vitalidad. El cierre de la primera mitad del disco recae en “Rescue”, una hermosa pieza de música clásica, que cuenta con la notable interpretación de Liz Constintine, que aporta con su particular color de voz.

“Killarney 1 & 2”tiene como exclusivo protagonista el piano, cuyas delicadas notas encienden cada uno de los sentidos, dejándose escuchar en la más completa pasividad, transportando al oyente a un plano de total relajación. Los sonidos propios del jazz vuelven a aparecer con la introducción de “Storks Bill Geranium Waltz”, que en poco más de un minuto ofrece una hermosa melodía, dejando una sensación de gusto a poco. Ryan Rabin vuelve a colaborar en “Me And My Boy”, la que sin duda es la canción más rockera de todo el álbum, con secuencias de guitarra que se aproximan al más puro estilo hard rock, y que destaca por escaparse al molde de las melodías más tranquilas que había ofrecido la placa. Las revoluciones vuelven a bajar con los lúdicos acordes de “Freethought”, una mezcla entre blues y jazz que hacen pensar que esta pieza podría fácilmente haber sido sacada de una selección de música de la década del setenta. “Zoo Lake” vuelve a jugar con los sonidos más delicados del rock progresivo, teniendo su principal virtud en lograr encantar en base a una melodía simple y bien elaborada. El álbum termina con “Gazania”, en donde Trevor Rabin derrocha talento en directa complicidad con su guitarra acústica y el acompañamiento del piano, quienes hacen que este corte se  transforme en el cierre perfecto para una obra que prácticamente carece de puntos débiles.

A veces se comete el grave error de asociar la idea de un disco instrumental a la falta de creatividad, y es precisamente en este contexto que radica la importancia de “Jacaranda”, convirtiéndose en el mejor ejemplo de que este género no necesariamente debe ser sinónimo de melodías aburridas y sonidos básicos. Trevor Rabin despliega todo el talento que ocultó durante su paso por “Yes”, jugando con una exquisita variedad de estilos, que van desde el jazz al rock progresivo, pasando por la sensibilidad de la música clásica y la melancolía del blues. En resumen, un disco emotivo y esencial, que nos abre las puertas a una nueva faceta de este multifacético guitarrista y productor.

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Meshuggah – “Immutable”

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Immutable

Seis años pasaron desde “The Violent Sleep Of Reason” (2016) para que Meshuggah volviera a publicar un nuevo disco, y la banda sueca regresa con “Immutable”, una obra que se enfrenta al paso del tiempo y a un catálogo que ya los tenía con ocho trabajos de estudio en el cuerpo. Sin embargo, eso no parece ser un impedimento para desarrollarse creativa e interpretativamente con el mismo ímpetu de siempre, centrándose en hacer andar su visión creativa y llevar adelante una maquina que destruye todo a su paso. El concepto es simple y se desarrolla sutilmente desde el sonido, con las letras como un adorno a lo que Meshuggah realmente prioriza en su precisa forma de tocar. Como no era de extrañar, es la sección rítmica donde el peso de un disco como este más se hace sentir.

Mediante una idea central de inmutabilidad –aludiendo al título, por supuesto–, es que la banda toma el volante para avanzar a través de una carretera de sonidos y formas que a veces se siente sin rumbo. ¿Es eso algo malo? Para nada, Meshuggah tiene una calidad de interpretación y composición a la que saben sacarle partido desde los primeros acordes de “Broken Cog”, la canción que abre el disco y que dirige la senda de un ejercicio que pareciera un constante loop. Guitarras estridentes, precisión matemática y una batería que marca el ritmo de cada canción son los elementos principales en que el conjunto va sustentando el peso de su sonido, la tenacidad de sus letras y la naturaleza avasalladora y destructora de sus composiciones. Bajo ese contexto, golpes como “The Abysmal Eye” y “Light The Shortening Fuse” no hacen más que acrecentar esa destrucción de frentón que impregna el disco.

No cabe duda de que la sección instrumental es la que finalmente le da el enfoque a “Immutable”, ya que son las visiones creativas del guitarrista Mårten Hagström, el bajista Dick Lövgren y, sobre todo, el baterista Tomas Haake, las que se encargan de establecer los parámetros por los que desfila este noveno larga duración, que también cuenta con la participación en algunos solos de Fredrik Thordendal, guitarrista de Meshuggah que regresa luego de una pausa. Esto permite que todo el aspecto instrumental logre separarse y destacar de la parte vocal a cargo de Jens Kidman y, aunque exista una coherencia que permite hacer convivir ambas veredas, a su vez logra que cobren una fuerza propia que se une por el bien mayor de la obra. Es eso lo que también permite que los interludios instrumentales con “They Move Below”, “Black Cathedral” o el cierre del disco con “Past Tense”, funcionen tan impecablemente para dosificar la agresividad impoluta y constante del álbum.

Aunque la inmutabilidad como concepto no es necesariamente el tema central, el hecho de que el apartado lírico se vincule con el concepto permite que la banda se desarrolle con bases propias y una completa libertad creativa dentro de su visión, haciendo que esa naturaleza ajena de cambios se aplique a su sonido e interpretación, siempre pendientes de lo que ocurra a su alrededor. Desde ahí también cobra sentido la portada con el hombre en llamas, representando la violencia y la lenta destrucción de la sociedad en ciertos aspectos, mientras que el cuchillo empuñado en su mano habla de que aún se recurre a la violencia como una forma de comunicación, así como una herramienta completamente válida en un contexto ya empapado por la misma violencia. Con todo eso a cuestas, “I Am That Thirst”, “The Faultless” y “Ligature Marks” muestran perfectamente eso: la banda manteniendo su mismo sello y naturaleza de siempre, expandiéndose creativamente para mostrar más de lo mismo, por muy contradictorio que aquello suene.

Podríamos decir que hace mucho rato Meshuggah inventó la rueda, en cierta forma, pero regañarle que se quede en lo mismo es simplemente negarse a enfrentar su propuesta. La calidad de interpretación y las posibilidades que se pueden desprender desde una configuración como la que entrega la banda, son los elementos que deben priorizarse cuando se analice la calidad y valor que pueda tener una obra a estas alturas del partido. Llegar al noveno álbum no es una tarea menor, algo que muchas agrupaciones dentro del metal no logran resistir, pero la manera en que Meshuggah se enfoca en hacer lo suyo y crear su propio nicho es lo que les permite mantenerse estables ante el paso del tiempo. Fueron seis años desde su último trabajo y el hype no fue un impedimento para apreciar lo que logran. Aunque “Immutable” esté lejos de ser su mejor álbum, sí es una buena muestra de que esta banda sabe lo que hace, y no dejará de hacerlo por miedo o incertidumbre a que su obra no sea comprendida.


ImmutableArtista: Meshuggah

Disco: Immutable

Duración: 66:43

Año: 2022

Sello: Atomic Fire


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