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Tobias Jesso Jr. – Goon

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Que fue recomendado por Adele a través de su Twitter. Que fue “descubierto” por Chet “JR” White de la banda indie Girls. Que con sólo 8.000 copias vendidas ya consiguió firmar con Universal Music. Como estas, Tobías Jesso Jr. tiene sinfín de anécdotas alegres para contar, pero no es esa la clase de historias que ha escogido para las letras de “Goon”. Con 29 años, el canadiense lanzó su primer larga duración, explorando sus desventuras en baladas cargadas de emociones. Con una visión bastante tradicional de aquel formato, resultaba lógico que surgieran las comparaciones con los grandes baladistas de la década del 70. Algunos de los referentes atribuidos al trabajo de Jesso Jr. han sido nombres de la talla de Harry Nilsson, Randy Newman y Todd Rundgren. Si hubiera que buscar algún símil actual para la figura de Jesso, probablemente sería el británico Sam Smith, aunque el canadiense se distancia del pop y se acerca a una estética mucho más indie.

TOBIAS JESSO JR 01Desde un comienzo se presentan varios conceptos que se mantendrán a lo largo de todo el disco; desamor, melancolía y angustia surgen de situaciones dolorosas como el término de una relación, temática que, aun siendo sumamente cliché, puede tocar con facilidad el corazón de los oyentes. Como ejemplos de esto, tenemos a “Can’t Stop Thinking About You” y el sencillo principal, “How Could You Babe”, contando este último con uno de los estribillos más recordables de todo el álbum.

Las baladas abundan y tienen principalmente como elementos centrales al piano y, por sobre todo, la voz. Prueba de ello es “For You”, canción en donde los fills de batería aparecen lejanos en la mezcla, siempre tras la voz de Jesso Jr., una que resulta melódica y agradable, pero un tanto frágil, lejos de alcanzar tintes sublimes. Aunque esta fragilidad consigue ponerse de manera meritoria al servicio de la música en canciones como “Without You”, cuyo mensaje de transitoria debilidad se ve reforzado por el timbre y la delgadez de la voz del cantante.

Sin embargo, el piano le cede protagonismo a la guitarra en algunas canciones. Tal es el caso de “The Wait”, que, con poco más de dos minutos de duración, es la pieza más corta del disco y una de sus joyas. Bien elaborada, sencilla y con un sonido muy actual, demuestra que al canadiense se le dan bien las canciones cortas y directas, siendo la refrescante “Crocodile Tears” otro buen ejemplo de esto. “Hollywood” viene a ratificar esta situación, con 6 minutos que parecen el doble. Excesivamente minimalista, los versos se pierden entre largos silencios que, no obstante, no generan tensión alguna: TOBIAS JESSO JR 02la melodía siempre se muestra resuelta. Una curiosa experimentación con bronces a la mitad de la canción suena un tanto fuera de lugar y la perfila como la más débil del disco.

Analizando en líneas generales esta producción, y desde un punto de vista estrictamente musical, Jesso Jr. no aporta nada nuevo al género que explota, y en lo que respecta a la interpretación, esta resulta un tanto deficiente, siempre teniendo en cuenta que él es en principio guitarrista y toca piano hace sólo dos años. En varias piezas se aprecian errores que, aunque probablemente fueron dejados por los productores como parte de una propuesta estética que denote sencillez, también pueden entenderse como una señal de desprolijidad. Pero cuidado, analizar “Goon” despojándolo de la carga emotiva de sus letras, es tan ilógico como intentar explicar las emociones bajo parámetros racionales. Este disco se configura como todo lo contrario: emociones aplastando al cerebro, a lo racional, un corazón abierto contando sus desventuras que resultan, por cierto, bastante comunes y fáciles de hacer propias. El problema es que su propuesta se vuelve demasiado monotemática, sin llegar a ser un álbum conceptual. Así, aunque cuente con canciones memorables y esté lejos de ser un intento desechable, la monotonía de este debut deja a Tobías Jesso Jr. al debe. Tanto él como el género de baladas aún pueden dar mucho más.

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El Álbum Esencial: “Undertow” de Tool

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La portada de todo álbum debiese generar impresiones anticipadas sobre el contenido que este alberga. Bajo esa lógica, ver esa especie de caja torácica roja –que en primera instancia tendría a una mujer obesa y desnuda dentro de ella, pero fue censurada– delante de un fondo negro, no puede más que desconcertar. Si a eso se le suma el intrigante título, “Undertow” (“Resaca” en inglés), esto sólo pude verse potenciado. La estética visual de todo esto simplemente respondía a la proyección del vivo reflejo de la música de Tool. Agonía y desconcierto, no existe otra forma de describirles.

Sin duda alguna, aquello que encierra esta criptica iconografía y perfora nuestro cerebro desde los oídos es difícil de clasificar para la época, o incluso hoy por hoy. A mediados de los 90, todo lo que sonara más o menos distorsionado solía ser etiquetado de grunge o, en el mejor de los casos, como rock alternativo. Pero acá había una diferencia: el uso que se dio a la oscuridad. No hablamos del manto de sombras melancólicas que rodeaba al común de la música de la denominada Generación X, sino que de una penumbra mucho más densa que se manifestaba mediante una catarsis brutal. Pese a su crudeza y visceralidad, también encontramos niveles de introspección y sutileza muy alejados de los márgenes de la escena de la costa oeste estadounidense.

Es habitual que los álbumes debut de una banda expongan una continuidad estética en referencia a los demos, cosa que acá no ocurre. “Undertow”, para ser el primer larga duración, es sumamente complejo, pues marca un temprano punto de inflexión en el trabajo de los oriundos de Los Angeles, cosa que en otras agrupaciones ocurre entrada la discografía. Hay acá una sonoridad mucho más oscura, la que comienza a reemplazar progresivamente el rock más frontal y acelerado presente en el EP “Opiate” (1992). Los temas de tres minutos en donde se lograba apreciar la influencia hardcore que posee la banda, comenzaron a alargarse hasta los seis o más debido a un aumento de versatilidad en las estructuras de cada canción, en donde los pasajes instrumentales empezaron a tomar cada vez mayor relevancia. Comenzaban así a ganarse paulatinamente la etiqueta de “progresivos” y vaya que lo merecían.

Aunque pudiese ser paradójico, la guitarra de Adam Jones no se caracteriza por exponer las destrezas sobrehumanas con las que se está habituado en la mayoría de las bandas denominadas como metal progresivo, aun así, demuestra una técnica inconfundible, en donde el juego entre tonalidades densas y frecuencias que bordean la estridencia entregan diferentes matices a las composiciones. “Bottom”, tema en donde colabora el eterno Henry Rollins, es quizás el más claro reflejo de esto. Por su parte, el trabajo en el bajo de Paul D’Amour suena de forma penetrante y aguerrida, batallando el protagonismo rítmico y melódico en cada compás. La potencia y misticismo de “Flood” se debe en gran medida a la labor de este instrumento. Mismo misticismo que –con vidente de por medio– rodea la salida del bajista tras una gira por Europa promocionando el disco. En el futuro no lejano, sería el británico Justin Chancellor quien se haría cargo de las frecuencias bajas hasta la actualidad.

Si bien, en los instrumentos de cuerdas no podemos apreciar una técnica elevada como lo demandaría el género progresivo, aquello sí se puede hallar en la percusión. Probablemente, la rítmica que impone Danny Carey es el componente más experimental de la propuesta de Tool en sus inicios. Aunque aún no incorporan estructuras demasiado complejas como en posteriores discos, es notoria la variabilidad de los tiempos y la sagacidad con la que se pasea por la batería. Prueba de ello son temas como “Intolerance” o “Swamp Song”. Punto aparte también es el poderoso registro vocal del hoy endiosado Maynard James Keenan, clave para dar forma al tema homónimo del disco, en donde es capaz de saltar de fraseos melodiosos a desgarradores gritos, pasando por diabólicos arrullos con una facilidad inexplicable. Además, durante la promoción del álbum ya comenzaba a dar cuenta de esta particular visión del espectáculo, dado su singular desplante escénico.

Pese a que Tool suele ser clasificado como metal progresivo, en “Undertow” lo vanguardista está en mantener elementos minimalistas al alero de una gran sensibilidad instrumental. Es cosa de escuchar temas que quizás pasan más desapercibidos, como “Crawl Away” o “Swamp Song”, para dar cuenta de aquello, y ni hablar de temas como “4°” y “Flood”, que empezaban a dar pequeños, pero ahora evidentes indicios del camino que la banda tomaría en sus posteriores discos. Quien haya escuchado los casi 16 minutos de “Disgustipated” y diga que no es vanguardista, debe comenzar a cuestionar sus concepciones del mundo.

En cuanto a sencillos, el primer LP de la banda nos entrega “Sober” y “Prision Sex”, los cuales fueron acompañados de perturbadores videoclips promocionales, dirigidos por el mismo Adam Jones. El primer tema, en un ejercicio sublime de minimalismo al ser guiado por una secuencia repetitiva de tan sólo dos acordes, nos habla de la adicción del alcohol –incorporando la concepción cristiana del pecado–. Mientras tanto, el segundo relata la brutalidad de la violación infantil. Este último, dado lo tétrico de las imágenes y la crudeza de su letra, fue duramente censurado por las cadenas televisivas de música, pero como ha ocurrido a lo largo de la historia, el morbo ante lo prohibido sólo ayuda a atraer nuevos adictos e incrementar el peso de los cultos.

Así es como “Undertow”, con todos sus componentes, establece los cimientos de la catedral que posteriormente construiría Tool, dando pie para un largo legado que sigue influenciando a un sinfín de bandas de diversos estilos. Si bien, suele ser denostado por ser el disco menos experimental de la banda y, por ende, el con menos teorías conspirativas alrededor de él, su sonido más duro ha ayudado a consolidar a un grupo no menor de fanáticos de esta obra, quienes incluso profesan que este es el mejor de todos los lanzamientos del grupo. Pero ¿puede segmentarse la discografía de Tool y no comprenderla como un todo? ¿Hay realmente un mejor Tool? Preguntas tan complejas como sus respuestas y el objeto al que apuntan.

De todas formas, sí se puede asegurar algo: ser fan de Tool es probablemente uno de los actos de masoquismo más grandes dentro de la ya auto flagelante vida de los melómanos –podría incluirse dentro de esta patología el ser fan de Radiohead; si se es de ambos, el diagnostico debe ser crítico–. Y es que sentir atracción por aquello que no logramos comprender, por aquello que nos desestabiliza mentalmente por no poder apropiárnoslo, debe ser uno de los males más viejos de la historia de la humanidad. Aquel primer trago de la banda, sin duda, ha generado una resaca que sigue palpitando en nuestras cabezas. Lo único que se espera es mantenerla hasta que Maynard y compañía nos entreguen una nueva dosis de su tan ansiado licor.

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