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Titus Andronicus – “An Obelisk”

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Por primera vez en esta década, el regreso de Titus Andronicus a la escena demoró tan solo un año. Quizás con la necesidad de probar algo tras la tibia recepción de “A Productive Cough” (2018), el esfuerzo más alejado del sonido característico de la banda originaria de New Jersey, o con la intención de permanecer frescos en la mente de una audiencia que avanza de manera veloz. “An Obelisk” es un regreso en forma de una banda que intenta cerrar la década tal como la comenzó con “The Monitor” (2010), en la cima del indie rock.

Si algo destaca al nuevo material por el resto de su discografía, es la velocidad de todo lo que lo rodea, ya sea su mismo proceso de creación o el propio ritmo del álbum. Después de un disco más orientado a la contemplación, “An Obelisk” nos presenta a un Patrick Stickles presionando con fuerza los pedales. El track inicial, “Just Like Ringing A Bell”, no se va con rodeos y nos presenta de inmediato los riffs que definirán temáticamente la placa. Esto pareciera ser un intento directo de contrarrestar la energía más calmada del álbum anterior y, si lo sumamos a la cercanía de sus lanzamientos, se hace imposible pensar estas diferencias como meras coincidencias. Con su característica voz y energía punk, Stickles abre con una canción que parece terminar tan rápido como comienza.

Como una canción hermana, “Troubleman Unlimited” toma las percusiones y cuerdas finales del track anterior sin un segundo para pausar. De hecho, son mínimos los momentos para detenerse que otorga el álbum; lejos quedan las extensas musicalizaciones de los trabajos más icónicos de Titus Andronicus. Este nuevo material ve en la brevedad un cambio refrescante, característica que cobra impulso al ponerlo junto al resto de su discografía. Con una estructura casi idéntica a la primera canción, es claro que este es un regreso fiel al guitarreo clásico puro, pero sin la ambición temática de “The Monitor” o “The Most Lamentable Tragedy” (2015).

El disco tiene sus mayores fortalezas en canciones como “(I Blame) Society”, primer sencillo del álbum, que carga en sus hombros ser la representación más clara del sonido y lírica del disco. Sin respuestas claras, pero con mucho que cuestionar, la canción encuentra a un Stickles perdido dentro de una sociedad lejos de su entendimiento, responsable de todos los cambios perjudiciales que le ocurren a la Tierra, pero, tal como él menciona en “Troubleman”, se considera parte del problema. Es en base a esta temática que Titus Andronicus no tenía más opción que volver al punk rock clásico que conoce, y la ira en su voz y en sus letras sólo podían ser retratadas con las guitarras presentes en este disco.

Patrick Stickles es tanto testigo como protagonista de sus relatos. En “My Body And Me” –un intento más melódico dentro del disco– el compositor narra cómo todos los problemas que reconoce en la sociedad también se traducen dentro de sí mismo. Junto a “Hey Ma” son los momentos donde se aleja de manera sutil de las estructuras punk para acercarse más al rock & roll, además de añadirle elementos de americana y blues, que las hacen piezas más aventureras y que se diferencian del resto de las canciones.

El resto de las canciones cumplen un papel similar de recuperar el espíritu setentero de un bar, donde cada pieza parece un fugaz golpe de energía. Como las breves pero eficaces “Beneath the Boot” y “On The Street”, invitando a su audiencia a repasar estas canciones una y otra vez con distintos resultados, resaltando la experiencia como pieza fundamental del rock. “Tumult Around The World” cumple un importante rol como cierre del disco, llevando consigo la energía de sus predecesoras, pero experimentando con diversas melodías y composiciones, alejándola del pesimismo tradicional que ve a la sociedad como culpable de todo. Esta vez se hace un llamado a la empatía, recordando que en cada lugar hay alguien sufriendo.

Son múltiples las características del álbum, dando a entender que, más allá de ser un proyecto conceptual y ambicioso como sus discos clásicos, “An Obelisk” es una prueba del espíritu presente dentro de Titus Andronicus. Una muestra de sus capacidades dentro de lo más clásico de un género, sin una búsqueda de algo nuevo; un breve, pero potente ejercicio para cerrar la década que los estableció como una de las bandas más reconocidas de la escena. Tal como el tiempo en el que se esperó y en el que se creó, el disco es breve y conciso, con mucho que decir, pero con pocos momentos para responder. “An Obelisk” termina tan rápido como llega, pero su energía perdura.


Artista: Titus Andronicus

Disco: An Obelisk

Duración: 38:20

Año: 2019

Sello: Merge Records


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Sufjan Stevens – “The Ascension”

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The Ascension

Con cada disco, Sufjan Stevens pareciera ser un nuevo artista. Desde las complejas orquestaciones de “Illinois” (2005), el experimental y expansivo viaje de “The Age Of Adz” (2010), hasta el desgarrador “Carrie & Lowell” (2015), su discografía parece no tener brújula. Sin embargo, cada pieza es unida por el agudo sentido de percepción del cantante, que, con un trabajo de introspección y de mirada sustancial al estado del mundo, logra en “The Ascension” entregar un material crítico, angustioso e increíblemente necesario.

El disco comienza con un ultimátum. En su canción inicial, “Make Me An Offer I Cannot Refuse”, Sufjan le habla directamente a una de las presencias más regulares en su música: Dios, pero, de forma distinta que en su último material en solitario, su voz es ansiosa y demandante. El instrumental electrónico enfatiza el estado de crisis de la canción y los glitches electrizan la ambientación que estalla en un frenético outro. Lo anterior simboliza el ánimo presente en el disco, un símbolo de exclamación y un Stevens cansado de la falta de señales. “Muéstrame la gracia de un rey natural. Señor, necesito liberación”, exclama exhausto, comenzando con una catarsis.

Sufjan nunca ha temido sonar descorazonador en su música; de hecho, su LP de 2015 estaba lleno de devastadores golpes, sin embargo, el ambiente presente muestra una opacidad y un deprimente pesimismo, incluso cuando las melodías son curiosamente alegres. “Run Away With Me” es una oda –o crítica– al escapismo a través de la cultura pop. Una balada a su estilo, una inescapable referencia a Carly Rae Jepsen, mientras le implora a otro escaparse con él. Los versos están llenos de oscuras imágenes apocalípticas, pero el melódico coro conforta con su simpleza. “Video Game” es lo más cercano a una pieza pop en su catálogo, con una constante percusión acompañada de sintetizadores y sus vocales más rítmicas. Temáticamente, trata con la autovaloración lejos de los estándares actuales: “No quiero ser el centro del universo, no quiero ser parte de esa vergüenza”.

La experimentación electrónica del disco lo puede hacer parecer como un hermano de “The Age Of Adz”, y es que las sensaciones frenéticas están presentes en ambos. Pero la música en “The Ascension” es más pesada y agobiante; es un viaje por el camino más largo y complicado. Mientras que en el primero las orquestas añaden un aire fantástico, en el más reciente los arreglos industriales lo convierten en un incómodo experimento y un claustrofóbico compilado de sonidos que encuentra su purificación en cada corte. Esta ansiedad está plasmada en temas como “Lamentations”, donde su suave voz se abre paso entre un instrumental que funciona como la musicalización del futurismo, una crítica a un sistema sucumbiendo en el capitalismo. Misma energía se percibe en temas como “Ativan”, donde las esperanzas recaen solo en los antidepresivos que calman su ansiedad, o en “Gilgamesh”, basada en la épica homónima que, con sus arreglos en piano y constantes glitches, crean una desesperante sensación que agradece los momentos resplandecientes.

En su centro, el álbum lidia con la perdida de fe y hacia dónde mirar en momentos tan deprimentes. El primer sencillo, “America”, es un épico relato de 12 minutos sobre la caída de un imperio. El cantante ha utilizado representaciones estadounidenses como parte de su sello, como crítica y como oda, pero en este corte se distancia. Una canción de protesta contra la cultura estadounidense, haciendo paralelos con la traición de Judas a Jesucristo: “Te he amado como un sueño, he besado tus labios como un Judas en celo”, le canta al sueño americano. Percibe que su creador ha abandonado su país natal y le suplica: “No me hagas lo que le hiciste a América”. Pero el álbum encuentra su mayor punto en el tema titular, una representación musical del ascender, con la brillante voz del músico liderando la dulce melodía y emocionando con la catarsis que se percibe en sus tonalidades. Este es Sufjan en su máximo esplendor.

“The Ascension” es sin duda un difícil plato de digerir, un ansioso viaje de imágenes apocalípticas y sonidos claustrofóbicos, un desafío para quienes han seguido una volátil discografía. Sin embargo, entre tantos momentos de encierro y oscuridad, Sufjan Stevens sigue ofreciendo destellos de luz donde su pesimismo parece desaparecer por un segundo, y su melodiosa voz impulsa a seguir adelante.


Artista: Sufjan Stevens

Disco: The Ascension

Duración: 80:30

Año: 2020

Sello: Asthmatic Kitty


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