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Thurston Moore – “Rock N Roll Consciousness”

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Luego del optimista y luminoso “The Best Day” (2014), Thurston Moore volvió a reclutar al guitarrista James Sedwards, la bajista Debbie Googe de My Bloody Valentine, y su eterno compañero, además de ex baterista de Sonic Youth, Steve Shelley, para concretar su regreso discográfico. “Rock N Roll Consciousness” se presenta como una obra de sólo cinco composiciones, que desarrollan en el estudio la constante forma de tocar que esta alineación ha forjado en vivo, precisando extensos pasajes de guitarras, riffs furiosos, y electrizantes duelos de guitarra entre Moore y Sedwards.

Es importante acotar la tardanza que tuvo esta placa, siendo anunciada desde que la banda se encontraba en la promoción de “The Best Day” (entregando adelantos en vivo, inclusive), lo que generó mayores expectativas hacía el trabajo de Moore, quien, a pesar de haber tenido algunos trabajos en solitario desde hace un par de décadas, encontró la segunda vida una vez que finalizó la historia de Sonic Youth. Con una duración que supera la barrera de los diez minutos, “Exalted” comienza a ablandar el terreno de manera muy pasiva e introspectiva, con el implacable Shelley marcando la pauta sobre las estridentes guitarras de Moore y Sedwards. Es cierto que el sonido es muy similar a Sonic Youth, pero no es de extrañar cuando nos damos cuenta que todo lo que suene ruidoso y estructurado nos recordará a los legendarios pioneros del indie. Es quizás por esto que el ruido logre sonar tan natural: cuando se es el precursor de un estilo, es muy difícil que este no sea incorporado a modo de sello en cada composición a futuro.

En ese sentido, “Cusp” trae a ese Thurston más melancólico y cabizbajo, quien expresa su pesar mediante las líricas, y su rabia mediante los volátiles riffs que se asoman de vez en cuando dentro de la canción. Así, sin más, “Turn On” ratifica lo mismo: la esencia de Sonic Youth se mantiene presente, siendo tal vez la canción que más recuerde derechamente a la banda, con muchos sube y baja, el ritmo de la batería, además de un hipnotizante sonido de la guitarra. Deb Googe igualmente hace lo suyo, con un bajo agresivo y galopante, tal como si fuera un rabioso pitbull en modo de ataque, sonando decidido, furioso y acelerado.

El espacio para las guitarras más calmas y atmosféricas llega en “Smoke Of Dreams”, donde la banda saca a relucir toda su creatividad, en una canción que en ciertos pasajes recuerda al sonido de Moore en “Trees Outside The Academy” (2007). Finalmente, “Aphrodite” genera la misma estructura de composición que el músico inició en “Psychic Hearts” (1995), llegando a concluir el álbum como una cúspide en el sentido de la forma en que el músico ha desarrollado sus discos, los que se extienden cada vez más en los parámetros de la libre creatividad.

Es difícil lograr definir un trabajo que a ratos se siente muy convencional, sin mostrar mayores novedades ni nuevos sonidos. Lo que consigue Thurston en “Rock N Roll Consciousness” va más allá, siendo una evolución natural en el fiato que esta formación logró luego de las constantes giras de promoción en torno al trabajo anterior. Este es un álbum que se encierra dentro de un concepto, con sonidos y formas que generan una cohesión entre sí. Atrás quedaron los discos en que Thurston sólo entregaba un conjunto de muy buenas canciones; la evolución sonora que comenzó a mostrar en “The Best Day” avanzó un paso más en este LP. El recuerdo de Sonic Youth siempre estará presente por su abrupto y lamentable final, que lo mantiene como un cadáver que aún no se ha enfriado, pese a eso, lo mejor que se puede hacer es poner atención a lo que están haciendo sus integrantes, ya que todos han sacado muy buenos trabajos luego de su separación. En el caso de Moore, lo tenemos aún con mucho que decir, por lo que no es de extrañar que se vendrán nuevos álbumes en la misma senda, despachando toda la creatividad retenida en su conciencia, lo que genera un sinfín de reflexivas y profundas melodías.

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El Álbum Esencial: “Undertow” de Tool

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La portada de todo álbum debiese generar impresiones anticipadas sobre el contenido que este alberga. Bajo esa lógica, ver esa especie de caja torácica roja –que en primera instancia tendría a una mujer obesa y desnuda dentro de ella, pero fue censurada– delante de un fondo negro, no puede más que desconcertar. Si a eso se le suma el intrigante título, “Undertow” (“Resaca” en inglés), esto sólo pude verse potenciado. La estética visual de todo esto simplemente respondía a la proyección del vivo reflejo de la música de Tool. Agonía y desconcierto, no existe otra forma de describirles.

Sin duda alguna, aquello que encierra esta criptica iconografía y perfora nuestro cerebro desde los oídos es difícil de clasificar para la época, o incluso hoy por hoy. A mediados de los 90, todo lo que sonara más o menos distorsionado solía ser etiquetado de grunge o, en el mejor de los casos, como rock alternativo. Pero acá había una diferencia: el uso que se dio a la oscuridad. No hablamos del manto de sombras melancólicas que rodeaba al común de la música de la denominada Generación X, sino que de una penumbra mucho más densa que se manifestaba mediante una catarsis brutal. Pese a su crudeza y visceralidad, también encontramos niveles de introspección y sutileza muy alejados de los márgenes de la escena de la costa oeste estadounidense.

Es habitual que los álbumes debut de una banda expongan una continuidad estética en referencia a los demos, cosa que acá no ocurre. “Undertow”, para ser el primer larga duración, es sumamente complejo, pues marca un temprano punto de inflexión en el trabajo de los oriundos de Los Angeles, cosa que en otras agrupaciones ocurre entrada la discografía. Hay acá una sonoridad mucho más oscura, la que comienza a reemplazar progresivamente el rock más frontal y acelerado presente en el EP “Opiate” (1992). Los temas de tres minutos en donde se lograba apreciar la influencia hardcore que posee la banda, comenzaron a alargarse hasta los seis o más debido a un aumento de versatilidad en las estructuras de cada canción, en donde los pasajes instrumentales empezaron a tomar cada vez mayor relevancia. Comenzaban así a ganarse paulatinamente la etiqueta de “progresivos” y vaya que lo merecían.

Aunque pudiese ser paradójico, la guitarra de Adam Jones no se caracteriza por exponer las destrezas sobrehumanas con las que se está habituado en la mayoría de las bandas denominadas como metal progresivo, aun así, demuestra una técnica inconfundible, en donde el juego entre tonalidades densas y frecuencias que bordean la estridencia entregan diferentes matices a las composiciones. “Bottom”, tema en donde colabora el eterno Henry Rollins, es quizás el más claro reflejo de esto. Por su parte, el trabajo en el bajo de Paul D’Amour suena de forma penetrante y aguerrida, batallando el protagonismo rítmico y melódico en cada compás. La potencia y misticismo de “Flood” se debe en gran medida a la labor de este instrumento. Mismo misticismo que –con vidente de por medio– rodea la salida del bajista tras una gira por Europa promocionando el disco. En el futuro no lejano, sería el británico Justin Chancellor quien se haría cargo de las frecuencias bajas hasta la actualidad.

Si bien, en los instrumentos de cuerdas no podemos apreciar una técnica elevada como lo demandaría el género progresivo, aquello sí se puede hallar en la percusión. Probablemente, la rítmica que impone Danny Carey es el componente más experimental de la propuesta de Tool en sus inicios. Aunque aún no incorporan estructuras demasiado complejas como en posteriores discos, es notoria la variabilidad de los tiempos y la sagacidad con la que se pasea por la batería. Prueba de ello son temas como “Intolerance” o “Swamp Song”. Punto aparte también es el poderoso registro vocal del hoy endiosado Maynard James Keenan, clave para dar forma al tema homónimo del disco, en donde es capaz de saltar de fraseos melodiosos a desgarradores gritos, pasando por diabólicos arrullos con una facilidad inexplicable. Además, durante la promoción del álbum ya comenzaba a dar cuenta de esta particular visión del espectáculo, dado su singular desplante escénico.

Pese a que Tool suele ser clasificado como metal progresivo, en “Undertow” lo vanguardista está en mantener elementos minimalistas al alero de una gran sensibilidad instrumental. Es cosa de escuchar temas que quizás pasan más desapercibidos, como “Crawl Away” o “Swamp Song”, para dar cuenta de aquello, y ni hablar de temas como “4°” y “Flood”, que empezaban a dar pequeños, pero ahora evidentes indicios del camino que la banda tomaría en sus posteriores discos. Quien haya escuchado los casi 16 minutos de “Disgustipated” y diga que no es vanguardista, debe comenzar a cuestionar sus concepciones del mundo.

En cuanto a sencillos, el primer LP de la banda nos entrega “Sober” y “Prision Sex”, los cuales fueron acompañados de perturbadores videoclips promocionales, dirigidos por el mismo Adam Jones. El primer tema, en un ejercicio sublime de minimalismo al ser guiado por una secuencia repetitiva de tan sólo dos acordes, nos habla de la adicción del alcohol –incorporando la concepción cristiana del pecado–. Mientras tanto, el segundo relata la brutalidad de la violación infantil. Este último, dado lo tétrico de las imágenes y la crudeza de su letra, fue duramente censurado por las cadenas televisivas de música, pero como ha ocurrido a lo largo de la historia, el morbo ante lo prohibido sólo ayuda a atraer nuevos adictos e incrementar el peso de los cultos.

Así es como “Undertow”, con todos sus componentes, establece los cimientos de la catedral que posteriormente construiría Tool, dando pie para un largo legado que sigue influenciando a un sinfín de bandas de diversos estilos. Si bien, suele ser denostado por ser el disco menos experimental de la banda y, por ende, el con menos teorías conspirativas alrededor de él, su sonido más duro ha ayudado a consolidar a un grupo no menor de fanáticos de esta obra, quienes incluso profesan que este es el mejor de todos los lanzamientos del grupo. Pero ¿puede segmentarse la discografía de Tool y no comprenderla como un todo? ¿Hay realmente un mejor Tool? Preguntas tan complejas como sus respuestas y el objeto al que apuntan.

De todas formas, sí se puede asegurar algo: ser fan de Tool es probablemente uno de los actos de masoquismo más grandes dentro de la ya auto flagelante vida de los melómanos –podría incluirse dentro de esta patología el ser fan de Radiohead; si se es de ambos, el diagnostico debe ser crítico–. Y es que sentir atracción por aquello que no logramos comprender, por aquello que nos desestabiliza mentalmente por no poder apropiárnoslo, debe ser uno de los males más viejos de la historia de la humanidad. Aquel primer trago de la banda, sin duda, ha generado una resaca que sigue palpitando en nuestras cabezas. Lo único que se espera es mantenerla hasta que Maynard y compañía nos entreguen una nueva dosis de su tan ansiado licor.

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