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The Vines – Wicked Nature

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El futuro de The Vines se vio difuso cuando Hamish Rosser y Ryan Griffiths dejaron la banda a fines de 2011. Probablemente esto ocurrió mucho antes, cuando su líder y vocalista Craig Nicholls fue diagnosticado con el síndrome de Asperger, o durante las varias polémicas y disputas al interior de la agrupación. Sin embargo, Nicholls se tomó su tiempo y creó Wicked Nature Music, sello bajo el cual debuta este, el sexto álbum de estudio de la banda, en el que además suma nuevos integrantes: Lachy West en batería y Tim John en el bajo, quedando Nicholls como único miembro original en la formación.

THE VINES 01La independencia de producir un disco bajo un sello propio permitió a “Wicked Nature” ser un disco doble compuesto por un total de 22 canciones, audacia un poco excesiva, puesto que cantidad no significa calidad. Sin embargo, dentro de sus atributos encontramos un retorno al sonido garage de sus inicios, particularidad que le otorga identidad a esta banda y que también ha dado pie a las molestosas comparaciones con Nirvana. Las dos placas son distintas entre sí. La primera se caracteriza por estar compuesta de canciones rápidas y energizantes, mientras que en la segunda se aprecian ritmos más calmos, llegando a ser “Venus Fly Trap” una de esas canciones que logran influir en el estado de ánimo y aportar la melancolía necesaria que todo álbum merece ostentar. Pero partamos por el principio.

La melodía de la guitarra es esencial para The Vines, y “Metal Zone” deja esto en claro desde el inicio, logrando una pieza bien rockera, en donde Nicholls canta ‘La conocí un lunes / Parecía un dios / Y se echó atrás en mi cara / Ahora tomo rock and roll para sentirme radical”. “Ladybug” le da continuidad a la intensidad de las guitarras aportando con melodías vocales siempre estridentes. Así, vamos escuchando un disco que suena potente, a ratos indie, rememorando en ocasiones algo del brit pop, pero siempre con esa desidia placentera que caracteriza a este tipo de rock. En “Killing The Planet” esto se hace patente, mientras Nicholls canta con indiferencia “Qué vamos a hacer cuando la Tierra no pueda ocultar / Todos los residuos y la forma en que la desafiamos / Matar el planeta, sí, muy bien / Matar el planeta, sí, oh bien”. “Good Enough” aparece con melodías vocales más interesantes, pero que caen rápidamente en lo monótono puesto que, al fin y al cabo, el sonido de The Vines se basa netamente en la economía de instrumentos, algo que finalmente termina por aburrir.

THE VINES 02No obstante, Nicholls decide seguir con un segundo disco, que si bien logra ser distinto –con ritmos más pausados-, tampoco es ninguna novedad, y va cayendo poco a poco en cursilerías que van desgastando canciones que podrían haber sido aprovechadas de otra forma. En “Truth”, por ejemplo, se logra una bonita armonía a la que luego se le resta seriedad con Nicholls cantando “shalalala, la”. O en “Clueless”, por su parte, lo escuchamos coreando “Na na na, na na”, acompañado por armonías de palmas en el fondo, aterrizando en una zona del pop más comercial y empalagoso.

Con “Funny Thing” el álbum llega a su fin, retornando a las letras menos melosas y dejando en claro que la guitarra es la piedra angular, la que da dirección al trabajo de The Vines. Así, sin ser demasiado innovadores, logran al menos reanudar una carrera que había quedado en pausa, tomando el riesgo de publicar un álbum doble que a la larga termina cansando, pero que es, en términos generales, un buen primer paso en lo que respecta a su regreso al mercado.

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El Álbum Esencial: “Gentlemen” de The Afghan Whigs

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Gentlemen

R&B metido en el rock con aspiraciones mainstream, hombres reconociendo errores, creatividad mezclada con generosidad, una vocación digna del salmón para nadar contra la corriente, y una conciencia adulta y comprometida. Todos estos factores se conjugaron para convertir a “Gentlemen” en uno de los discos más relevantes de una época que no le reconoció ese estatus en su momento, pero que, con la perspectiva que entrega la distancia temporal, va quedando poco a poco como uno de los bastiones escondidos de una época que fácilmente fue minimizada y estigmatizada, y que tuvo mucho más que grunge y britpop.

Hoy, es natural encontrar en la música negra a un componente esencial de los quiebres rítmicos y sonoros que hacen más rico el panorama de las canciones, pero esto tiene directa relación con la preponderancia alcanzada por el hip hop, y también por el surgimiento de intérpretes que revalorizaron el R&B para el pop. A finales de los 80 esa mezcla no era algo que impactara en el rock, pero Greg Dulli fue formado con esa impronta, viendo en figuras como Al Green, Stevie Wonder o Prince a verdaderos ídolos y, pese a vivir en un lugar conservador, sabía que en el movimiento de las caderas y el groove de un bajo bien instalado había una energía que superaba las diferencias.

Incluso al propio Dulli le costó instalar esta mezcla en su sonido característico. Le tomó un par de discos, muchos conciertos y algunas peleas notar cómo el rock de The Afghan Whigs necesitaba esa cadencia para expresar lo que se hacía urgente. En medio de franela y pelo largo, Dulli y los suyos se ponían trajes, se peinaban y combinaban. Nada de eso les quitaba potencia y se ganaron una reputación tal con ello, que saltaron desde la en ese momento quebrada, pero emblemática etiqueta Sub Pop, hacia el sello Elektra. En medio de un crecimiento basado en la diferencia, esos desencuentros hicieron que Dulli quebrara una relación y esas serían las vísceras desde las cuales “Gentlemen” se haría carne.

Aunque el disco tiene una mirada prominentemente masculina, Dulli escribe y piensa en el álbum como una forma de examinar de forma brutal las relaciones humanas, alejándose de los eufemismos y de la mentira del amor romántico. Aunque ahora existe un conocimiento de cómo la dinámica hollywoodense de pareja es algo construido, pocas veces se había puesto bajo la lupa, en especial desde una visión que ve en el hombre a un ente multidimensional que no sólo sufre, sino que hace sufrir, y que no busca una retribución o un regreso al pasado, sino que sencillamente acepta que se equivoca. Aunque no es explícito en ello, Dulli en “Gentlemen” aborda las aristas de la naturaleza de lo masculino, lo que culturalmente se le asocia, los roles que debe tomar, y mucho más. Más aún: en el disco la voz de un hombre dominante es la que poco a poco se va apagando para dar paso al acto de escuchar. No sólo existe una alquimia que transforma el vital rock de The Afghan Whigs en algo sabroso, sino que la mezcla involucra las voces y los hablantes que se disponen. En vez de dejarse llevar por el ego, está el mérito amplio de entender lo que el disco y las canciones requieren.

Desde el rol que se debe jugar (“Gentlemen”) se pasa al contraste entre lo que se espera románticamente y lo que el sentido más bruto quiere (“Be Sweet”). Las fachadas se caen en “Debonair” justo antes de la separación (“When We Two Parted”), el intento de recaída (“Fountain And Fairfax”) y el bloqueo interior inaguantable (“What Jail Is Like”). Una acrobacia de sentimientos que quiebran al hablante, que queda a merced de, por fin, escuchar. Y eso ocurre cuando Dulli le deja el micrófono a Marcy Mays, quien canta en “My Curse”, y lo hace dejando en claro que, aunque el hombre tenga un dominio dado por múltiples instancias, siguen existiendo posibilidades de igualar el campo y que el opresor sea oprimido –donde más le duele–. Con esa revelación viene “Now You Know”, acusando recibo y quitando del camino el pasado.

Este es un arco casi conceptual, pero se da con fluidez y sin elementos forzados. Quizás tiene que ver que en una sola noche Dulli hizo las voces de seis canciones, pero es más que eso. Hay un entendimiento de cómo las relaciones decaen y de la estética que la banda necesitaba disponer en un disco. “Gentlemen” enfrentó las tendencias de géneros más estáticos y dispuso el soul al servicio de la rabia de una guitarra distorsionada, o al R&B como pauta para la sección rítmica.

Viendo cómo el disco se desenvuelve, no es extraño que se rinda un homenaje a los sonidos que lo sostienen con un cover de “I Keep Coming Back”, popularizada por Tyrone Davis. En vez de usar sus palabras, Dulli entiende que existe alguien que expresa mejor eso, y a él le queda interpretar para dejar casi como si fueran los créditos el final con “Brother Woodrow”, un instrumental que parece soundtrack de película, abriendo el abanico de sensaciones.

En un álbum que busca representar prácticas masculinas, es el hombre el que queda poco a poco sin voz para dar paso a otras, otros, y al acto de oír al resto. Despojado de la carga omnipresente del ego, existe un crecimiento palpable, y donde otros hurgaban en sensaciones adolescentes de rabia y angustia, The Afghan Whigs se hace de un disco que tuvo mucho más en juego y que recién en este presente de perspectivas más conscientes se puede ver cómo intentó cambiar reglas y, más importante, mostrar el camino que se podía seguir. Lástima que no se enteraran por allá en 1993.


Artista: The Afghan Whigs

Disco: Gentlemen

Duración: 48:56

Año: 1993

Sello: Elektra Records


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