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The Tony Danza Tapdance Extravaganza – Danza IIII: The Alpha–The Omega

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El opus de los norteamericanos de The Tony Danza Tapdance Extravaganza, fervientes exponentes del extreme metal, llega con el lanzamiento de –al parecer– su último disco, ya que en las semanas previas a lanzar el cuarto LP de la agrupación, los oriundos de Tennessee anunciaron su retiro de las pistas, sin entregar mayores detalles y dejando como legado para sus fanáticos el mejor disco de su breve –pero muy fructífera- carrera.

El nombre The Tony Danza Tapdance Extravaganza, no es un nombre muy popular en la escena del metal mundial, su lugar estaba en el underground, donde se ganaron el epíteto de “el número más feroz del under”, transformándose en una de las bandas favoritas de los adherentes al metal más extremo. Aunque se estén despidiendo, nunca es malo echar un ojo a lo que nos ofrece este género en estos días, y The Tony Danza Tapdance Extravaganza es un notable exponente del estilo musical más pesado en la actualidad.

“Danza IIII: The Alpha–The Omega” es un disco denso y que necesita más de una escucha para ser digerido por completo. A pesar de lo directo que suenan algunas canciones, sobre todo por la potencia del  mathcore y las melodías progresivas, el hecho de que sean quince los cortes que componen el álbum y que cada uno esté unido por una línea temática, hace que las primeras revisiones a la placa se hagan difíciles de procesar, descubriendo en cada re-escucha el virtuosismo que se esconde detrás de este trabajo.

El viaje comienza con “Behind Those Eyes”, que parte como una aplanadora que, de a poco, asciende hasta las dimensiones siderales que caracterizan al disco. El extreme metal cae con todo en “You Won’t”, que parece una versión pervertida de los primeros trabajos de Slipknot. La tónica se mantiene con “Rudy X3”, donde el vocalista Jessie “Danza” Freeland se toma unos segundos al comienzo del tema, para dedicarlo a todos aquellos que se hacen llamar tus amigos y hablan a tus espaldas. “The Crossfire” es una especie de caótico interludio, comandado por las bases de sonidos de metralletas que son intervenidas por las guitarras y las percusiones, hasta caer en el vació bajo una misteriosa melodía sintetizada, en la que se convertirá en el leiv motiv del disco.

“Hold The Line” incorpora más elementos electrónicos a la mezcla de riffs entrecortados y aplastantes, para llegar a una sección sideral donde se pueden escuchar una serie de diálogos extraídos de radios militares, órdenes de disparo y mucha interferencia. La catarsis de apodera de la breve “Death Eater”, que más que una canción parece el delirio de un demente bajo una base groove. Le sigue “Canadian Bacon”, que apuesta por la rapidez sin salirse de los esquemas presentados hasta el momento. La más extensa del disco, y por lejos la mejor lograda, es “Paul Bunyan And The Blue Ox”, haciendo gala del lado más virtuoso del quinteto. En este instrumental hay espacio para el metal progresivo, sonidos orientales y una conclusión que suena como al hijo hiperventilado de Mastodon.

“Disconnecting Pt. 1”es la cortina que abre “This Cut Was The Deepest”, quizás la más “oreja” del conjunto gracias a un coro que, sin dar respiro alguno, logra dotar de melodía a un conjunto que destaca por su facultad de aplastar todo a su paso, alejándose en el fade out de “Disconnecting Pt.2”.

“The Alpha–The Omega”, tema que pone título a la placa, destaca por sus toques de grindcore y los guturales que fácilmente pueden ser confundidos por los de un chancho. El tono cambia por completo en “Some Things Are Better Left Unsaid”, que se muestra más oscura y enigmática, incluso cacofónica, dejando a la experimentación sonora como protagonista de la función. “Don’t Try This At Home” vuelve las cosas a la normalidad para terminar con la segunda más extensa del disco, “This Is Forever”, que contiene todo lo que ya hemos podido ver hasta el momento, sumado al factor audiovisual que, en su parte intermedia, es capaz de recrear imágenes, sellando un disco que puede hacerse pesado en un principio, pero que contiene en su interior una serie de interesantes elementos a los que vale la pena darles una escuchada. The Tony Danza Tapdance Extravaganza cuelga los botines con un disco de metal extremo y sensorial.

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El Álbum Esencial: “La Voz de los ’80” de Los Prisioneros

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La Voz de los 80

Jorge González dijo una vez que el primer disco de una banda toma mucho tiempo porque el proceso parte desde que naces hasta que cumples edad para grabarlo, mientras que para el segundo sólo cuentas con un par de meses debido a la presión del sello. “Corazones” (1990), en rigor el primer trabajo de Jorge como solista, goza de un sonido pulcro y de una genialidad compositiva totalmente atemporal, “La Cultura de la Basura” (1987) cuenta con atisbos de experimentación y materializa el virulento sarcasmo social de la agrupación, y “Pateando Piedras” (1986) representa el cénit creativo del grupo produciendo un trabajo de alta calidad, que los posicionó como un suceso de masas. Pero es “La Voz de los ’80” el que encapsula esa energía primal, rudimentaria y cruda, que rompió con todo lo establecido como signo de una catarsis a nivel nacional en un país sumido en una gris dictadura.

Son diez cortes nacidos en la adolescencia de tres jóvenes de San Miguel que aplanaban las calles de la capital chilena entre interminables conversaciones sobre la música y su entorno. Nacieron como una banda de colegio, tocando en festivales escolares muchas veces con instrumentos prestados, sin embargo, su equipamiento más valioso eran sus canciones, creaciones que son la consecuencia de una mezcla ecléctica entre lo mejor de la música juvenil de la época, léase The Cars, Depeche Mode, New Order o The Clash, con la tradición auditiva de cualquier casa de clase media, como Raphael, Camilo Sesto o Salvatore Adamo. La sensibilidad pop con la aspereza del rock al servicio de letras inteligentes, llenas de sarcasmo, que se derraman en un disco que en la actualidad parece un compilado de grandes éxitos.

La capacidad que tuvo Claudio Narea, Jorge González y Miguel Tapia para retratar a su generación, el momento político y la cultura pop, es el gran valor que hace a este disco permanecer en el tiempo. La juventud que aparece en “Brigada de Negro”, esa que nada en alcohol y tabaco, es casi tan difusa como la sombría línea de bajo de González que serpentea por toda la canción, mientras Narea marca el ritmo con sus acordes y Tapia promueve una batería marchante, que narra la hipocresía juvenil de una felicidad hedonista que difícilmente era la realidad de la clase media asolada por la política neoliberal de los Chicago Boys. Parte de esa atmósfera aparece en “La Voz de los ’80”, canción que remece con la energía rabiosa de un trío que se quería comer al mundo desde el primer momento. A pesar de que cada obra esté anclada a su época, lo importante es cuando esta trata temas tan universales que se van repitiendo generación tras generación.

El primer larga duración de Los Prisioneros es un disco que siempre será joven, porque refiere a los temas que vive cada chiquillo o chiquilla desde que esta etapa de la vida humana emergió como una forma cultural en sí misma, después del destape mundial en los años 50. Tanto el relato del despertar sexual que se palpa en “Eve-Evelyn”, como la posterior desolación amorosa de carácter invernal de “Paramar”, son impulsivas y encaran la frustración amorosa con un relato original, el mismo que sale disparado de los parlantes de manera un poco más furiosa en “Mentalidad Televisiva”. Y ¿si la chica que perdió su imaginación para instalar un video tape ahora la perdiera para instalar la última actualización de YouTube, Snapchat o Instagram? Son los temas que, entre la ingenuidad y suspicacia, instalan esas verdades que siempre vamos a vivir, estemos en la época que estemos.

Esa aterrizada visión que ostentaba el trío siempre los hizo ver como algo distinto en un panorama musical un tanto agreste. En la primera mitad de los 80 la música de guitarras era marginal en nuestro país, el rock estaba relegado a encuentros que, si bien cimentaron gran parte de lo que después se expresaría en el underground criollo en estilos más extremos como el thrash o el punk, se veían aplastados por la culturalidad de un régimen que impuso firmemente su manera de ver la realidad, contexto clave para entender letras como “Latinoamérica Es Un Pueblo Al Sur De Estados Unidos” y “No Necesitamos Banderas”, que recogen elementos foráneos como el reggae y el ska para alinearlos a nuestras características locales. Esto choca de frente con la postura del sonido imperante en el mundo universitario dominado por el Canto Nuevo, forjado desde las raíces propias de nuestra música, y no al revés, como en el caso del rock.

Las letras pomposas y repletas de metáforas, adornadas con la complejidad de los acordes de una guitarra acústica, no podía ser más distinto al mensaje directo de “Sexo” o de “¿Quién Mató A Marilyn?” que, tomando elementos de la cultura pop, prefiguran un mensaje directo, conciso y simple de entender, aunque no por ello menos contundente. Es por eso que “Nunca Quedas Mal Con Nadie”, grabada el 6 de diciembre de 1984 –mismo día en que Jorge cumplía 20 años–, emerge como una crítica tanto a ese movimiento como también a la liviandad de las bandas que compartieron un terruño que Los Prisioneros nunca quisieron habitar. Aparato Raro, Cinema, Valija Diplomática, Emociones Clandestinas, seguidos de un largo etcétera, se subieron al carro del nuevo rock chileno y recibieron un mejor trato de las emisoras locales, cosa que no pasó con los de San Miguel, precisamente por lo filudo de su lírica.

Famoso por sus frases para el bronce, el otrora vocalista de la banda expresó: “Pocas veces nos hicieron una crítica en un diario, y las veces que lo hicieron, era para decirnos que éramos pésimos, lo último, que sonábamos mal, que no servíamos para nada y que éramos una moda no más”. El tiempo no se ha cansado de probar lo equivocado que estaban los tabloides del momento. Desde aquella foto tomada en la Vega Central en la que se ve a tres muchachos sosteniendo sus instrumentos, hasta esa camisa apuñalada como carta abierta a un amor imposible que vino a cerrar la primera etapa del grupo después de la vuelta a la democracia, Los Prisioneros marcaron a fuego la historia de nuestro país.

Su valor no está condicionado por el mero hecho de retratar a una generación que vivió momentos sombríos ­–lo que ya sería un mérito–, sino que recae en cómo tres miembros de esas escuelas numeradas, en las que les enseñaban humildad y resignación, lograron establecer un mensaje que resuena hasta el día de hoy y que se mantiene totalmente vigente. Eso habla tanto de la inteligencia de sus letras, como de una sociedad que siente un romanticismo exacerbado por muchos elementos de la cultura de épocas pasadas, sobre todo en lo que se refiere a los años 80; no por nada se sigue escuchando en la radio casi la misma música que alguna vez llamó la atención de Narea, Tapia y González.

En la actualidad, Chile sigue teniendo problemas limítrofes (“no necesitamos banderas, no reconocemos fronteras”), sigue luchando contra el machismo (“…y les sigues el juego, y les das tu dinero, y te sientes muy hombre y me río en tu cara de tu estupidez”) y seguimos presa del cinismo ahora exacerbado por las redes sociales (“pretendes pelear y sólo eres una mierda buena onda”). Los Prisioneros cambiaron la forma de ver la realidad, pero parece que somos nosotros los que no hemos cambiado tanto.


Artista: Los PrisionerosLa Voz de los 80

Disco: La Voz de los ’80

Duración: 40:22

Año: 1984

Sello: Fusión / EMI Music


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