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The Libertines – Anthems For Doomed Youth

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Hay que ser sinceros: cuando se trata de bandas exitosas o trascendentes, los quiebres definitivos rara vez son tales; a menos que se muera el motor musical de la banda, o que haya una diferencia irreconciliable entre sus miembros o con la música misma, las ganas de volver a componer y girar (por la falta o no de dinero) terminan primando. No se sabe a ciencia cierta en cuál de los dos últimos casos cae The Libertines, uno de los fenómenos musicales y mediáticos más grandes del garage rock revival de la primera década de este siglo. El tándem creativo conformado por el extrovertido y errático Pete Doherty, junto al más recatado Carl Barât, manteniendo su relación tanto dentro como fuera del escenario, fue la sensación de la prensa inglesa y el mundo. Sus dos álbumes de estudio, asimismo, fueron ampliamente alabados por su frescura en el panorama independiente. Diez años después de su bullada disolución, los ingleses regresan al ruedo con “Anthems For Doomed Youth”.

THE LIBERTINES 01Una receta que los fans realmente agradecerían para una banda que no ha editado una placa en el tiempo que le tomó a The Libertines, es que asuman algún riesgo, que sorprendan o que, en el último de los casos, no sean un autoplagio de sí mismos, y lo cierto es que cumplen, pero a medias. No hay mayores sorpresas ni riesgos, pero “Anthems For Doomed Youth” tiene algo que se agradece: por fin hay una ecualización decente, no es un caballo desbocado por las sendas del cuasi-punk crudo de “Up The Bracket” (2002), ni tampoco una batalla de egos arriba de los respectivos corceles de seis cuerdas de Barât y Doherty como su homónimo de 2004. Este nuevo disco es un batallón montado perfectamente coordinado; acá cada instrumento toma su posición ideal y brilla cuando tiene que hacerlo. En ese sentido, “Barbarians” es una muy buena bienvenida en la que se aprecia la nueva construcción sonora, un ritmo tenso al que sobreviene la clásica figura surf del sonido The Libertines a lo “Can’t Stand Me Now”. La misma división de patrones rítmicos se observa en “Gunga Din”, uno de los primeros adelantos mostrados de manera pública, con un ritmo de reggae que deriva en un empuje indie rock clásico.

Lo cierto es que la dupla Doherty-Barât se conoce bastante bien; lo abrasivo del primero más la vocación melódica del segundo, hizo que juntos armaran himnos del rock independiente como “Don’t Look Back Into The Sun” o “Time For Heroes”, aunque el ansia de protagonismo entre ambos lamentablemente quedaba en evidencia en sus grabaciones. No sucede así en este álbum, y “Fame And Fortune” es un ejemplo de ello, arreglándoselas para ecualizar sus guitarras de tal modo, que ambas hagan el trabajo que les corresponde sin perder peso ni importancia.

THE LIBERTINES 02El track que lleva el nombre del disco es un inserto –a estas alturas, clásico en el repertorio de la banda–, una semi-balada que desemboca en lo que ellos mejor saben hacer: melodías bonitas encapsuladas en guitarras crudas, mismo caso que “You’re My Waterloo”, comenzando a aparecer aquí las falencias del registro. Quienes se hayan aventurado a esperar alguna sorpresa, probablemente en este punto comiencen a desistir de la escucha; los que no, notarán que, a diferencia de su primer trabajo de estudio que se alimentaba a sí mismo de la locura y el desenfreno, este es un álbum más reposado, que no combustiona espontáneamente como antaño. “Belly Of The Beast” promete al principio, pero termina desinflándose, y “Iceman”, por su parte, nace derechamente por el suelo. De todos modos, un grupo de cuarentones diezmados por los excesos del rock & roll merecen darse esos gustos.

“Heart Of The Matter”, “Glasgow Coma Scale Blues” y “Fury Of Chonburi” –esta última con la notablemente mejor calidad vocal de Barât– retoman el frenetismo, con el bajista John Hassall y el baterista Gary Powell volviendo a subirse al carro con construcciones definitivamente reconocibles del sonido Libertines, aunque “The Milkman’s Horse” y, por sobre todo, “Dead For Love” vuelven a ponerle freno de mano al álbum justo al final, pese al afán recursivo y detallista de esta última, dejando una sensación agridulce porque sí, están de vuelta y es algo que los fans de la banda definitivamente agradecen, pero en diez años se esperaba que hubiesen mejorado algo más que el manejo de los egos musicales.

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Iggy Pop – “Free”

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Free

Puede parecer extraño que un artista que ha hecho literalmente lo que se le ha antojado a lo largo de su carrera, publique como primer single de su nuevo trabajo de estudio un corte que únicamente proclama “Quiero ser libre”. Sin embargo, este supuesto sinsentido es sólo una prueba más de que la figura de Iggy Pop en realidad nunca ha sido tan fácil de descifrar. Es más, uno de sus sellos ha sido justamente aventurarse desde siempre (a veces con éxito y otras veces no tanto) en cuanto estilo musical le ha parecido atractivo (proto punk, garage rock, post punk, new wave, electrónica, hardcore, música de identidad francesa, entre otros). Es en esta dinámica, que el músico nos invita nuevamente a romper esquemas, firmando un álbum cuya característica principal es transitar a través de una pausada clave sonora de cargada identidad jazz, estilo que, sin ser completamente extraño para él (algo de esto había en “Avenue B” de 1999 y “Préliminaires” de 2009), marca uno de esos momentos musicales que por su sola naturaleza obligan a detenerse y escuchar con atención.

Dentro de las muchas particularidades que tiene “Free”, destaca el hecho de que la mayor parte de las canciones no son de autoría de Iggy, lo que hace de este disco un ejercicio de casi completa interpretación. La firma de los tracks recae fundamentalmente en Leron Thomas (trompeta), dejando un discreto espacio para Pop –autor de los temas que abren y cierran el registro– y dos poemas, el primero de ellos escrito por Lou Reed (“We Are The People”) y el segundo por Dylan Thomas (“Do Not Go Gentle Into That Good Night”). ¿Impacta esto la credibilidad la propuesta? En lo absoluto; de hecho, el álbum es tan consistente, que incluso los cortes que de antemano uno podría aventurarse a decir que fueron escritos por Iggy, ya que llevan su sello estilístico, en realidad están firmados por Thomas. En cuanto a lo musical, si bien se trata de un álbum dominado por los cortes de espíritu jazz, también hay lugar para momentos que reviven el lado más caricaturesco de la Iguana.

Es en la primera de estas identidades sonoras donde sin duda se encuentra lo mejor del álbum. “Free”, de naturaleza pausada y contemplativa, nos advierte desde el inicio acerca de los maravillosos paisajes sonoros que dominarán la oferta, y “Sonali”, por su parte, se inscribe como uno de los imperdibles del álbum. Musicalmente intrincada y de percusiones adictivas, se da el lujo de combinar reflexiones de corte existencial en base a metáforas en el estilo de “The Passenger”, con paisajes musicales que rememoran los sonidos que nos dejó el Duque Blanco en su último larga duración. “Page”, a su vez, aporta lo suyo atrapando una atmósfera musical de espíritu casi celestial para revelarnos un Iggy frágil y cercano. Sin embargo, es en la trilogía final con “We Are The People”, “Do Not Go Gentle Into That Good Night” y “The Dawn” donde, vestido de crooner, Iggy termina por comerse el registro. Es en este momento, además, donde más sentido terminan haciendo los aportes de Noveller y Thomas, añadiendo intensidad a cortes de abierta naturaleza minimalista. Un deleite.

Fuera de los pasajes que dominan la identidad del registro, se encuentran momentos totalmente rescatables y otros que, por desgracia, sólo le quitan prolijidad a esta nueva entrega. En el primero de estos grupos se ubica “Loves Missing” y “Glow In The Dark”. El primero de ellos sobresale gracias a la sentida e íntima interpretación de Iggy en los vocales, mientras que el segundo viene a graduarse como el eslabón perdido entre “Post Pop Depression” (2016) y el disco que nos convoca. Sin embargo, es con “James Bond” y “Dirty Sánchez” donde entramos en una vereda más conflictiva, básicamente porque se trata de temas que no respetan en nada el espíritu del resto del álbum. Así y todo, “James Bond” logra ser una aventura perdonable, ya que, aún sonando fuera de lugar, nos deleita con una funky y contagiosa línea de bajo y un espectacular clímax hacia la mitad del track. No se puede decir lo mismo de “Dirty Sánchez”, que además de caer fuera de lugar, se queda corto en lo lírico (convengamos que escuchar a Iggy cantando de “tetas” y “vergas” a esta altura no tiene nada de novedoso) y en lo musical.

El mencionado “Post Pop Depression” provocó varios fenómenos interesantes: por un lado, parte del público empezó a sentir que quizás era buena idea que la Iguana aprovechara el éxito de ese lanzamiento para cerrar su carrera. Sin embargo, a Iggy le pasó algo muy distinto. Luego de terminar la gira de promoción del álbum, se sintió vaciado, con deseos de refugiarse y desaparecer; según sus propias palabras, con deseos de ser libre. Y para Iggy la libertad claramente no es retirarse, sino que tiene que ver con decir cosas, no sabe hacerlo de otra forma, desde siempre ha sido así. Probablemente hace cuarenta años los medios que elegía para expresarse eran indudablemente más físicos, hoy día ya no necesita hacerlo de esa forma: con el tiempo, Pop ha aprendido a golpearnos de otras maneras, como por ejemplo prestando su voz para lanzar un álbum sentido y extrañamente íntimo, casi completamente alejado de lo que esperábamos de él. Puede haber alcanzado los 72 años, pero claramente entregarse al silencio no es uno de los planes del padrino del punk. Tenerlo con nosotros sigue siendo una fantástica sorpresa.


Artista: Iggy Pop

Disco: Free

Duración: 33:44

Año: 2019

Sello: Caroline International / Loma Vista


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