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The Killers – Battle Born

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Una de las bandas más criticadas en el mundo de la música, es también una de las de más bombástico y pomposo éxito. The Killers no hace cosas en escala humana, intenta construir mitos, historias, sonidos para rellenar estadios, anfiteatros o pueblos completos. Pero esta ambición también tiene sus contras.

El cuarteto de Las Vegas se tomó un tiempo para reposar antes de armar su nuevo registro. Brandon Flowers hizo su debut solista con “Flamingo” (2010) y el baterista Ronnie Vanucci armó su proyecto Big Talk con el que lanzó un disco homónimo en 2011, año en el que retornaron al ruedo de a poco, tras su visita al debut de Lollapalooza en Chile.

Año y medio después, “Battle Born” sale a la luz y el resultado supera muchas de las expectativas —que, aclaremos, no eran muchas- respecto a lo que pudieran hacer los norteamericanos. A diferencia de “Sam’s Town” (2006) o “Day & Age” (2008), The Killers no realiza un giro radical dentro de su propuesta, sino que se encarga de aunar las influencias de sus álbumes anteriores, dando la sensación de un back to basics. No obstante, “Battle Born” tiene menos ambición y más pies puestos sobre la tierra que las anteriores aventuras de The Killers, lo que se demuestra en la menor vocación de crear singles y concentrarse más en las canciones. Así, no es extraño que la mayoría de los tracks supere los cuatro minutos de duración. También es sencillo ver un tránsito desde el “Hot Fuss” (2004), cargado a las influencias del indie británico, hacia un “Battle Born” donde el estilo norteamericano domina, con muchas referencias a Bruce Springsteen, Talking Heads o Eagles.

Aunque, si de singles se trata, uno de los mejores de la carrera de los Killers llegó como adelanto en esa creciente onda enérgica que es “Runaways”. Dos párrafos y dos puentes antes de la explosión de ese coro gigantesco donde Brandon Flowers le canta a una muchacha a la que incita a escapar. Claro, porque si hay algo común en las temáticas de estas 12 canciones, es la necesidad de hacer algo para cambiar el destino, tomar un camino, ver que las acciones tienen consecuencias. En síntesis, batallar —aunque en realidad el título del álbum sea referente al nombre del estudio privado de The Killers-, pese a que sea de forma conservadora.

Ni Flowers, ni Vanucci, ni Keuning, ni Stroemer van a escaparse de la fórmula de la canción pop rock clásica. La experimentación está dentro de límites específicos, con todo bajo control. No por nada en “Battle Born” trabajaron cinco reconocidos productores (Stuart Price, Steve Lillywhite, Damian Taylor, Brendan O’Brien y Daniel Lanois).

Otro potencial single es “Miss Atomic Bomb”, tan “Hot Fuss” que duele entre sus sintetizadores, guitarras cíclicas y vocación de estadios como lo haría U2.

También son puntos altos la balada “Here With Me”, un himno romántico destinado a las antorchas clásicas como en los 80’s y a las caricias de las jóvenes parejas, o “A Matter Of Time” y sus guitarras al más puro estilo The Who.

Por muy enérgica y country que sea, “From Here On Out” es débil por su liviandad y poca coherencia con el resto del registro. También hay debilidad en “The Rising Tide”, canción demasiado convencional con poco sentido de la trascendencia, o “Heart Of A Girl” y su nostalgia dulzona.

The Killers arma su disco más sólido basado en un principio claro: las canciones son lo más importante. Por mucho de que Brandon Flowers quiera ser un pastor y que el público asista a una eucaristía musical, nada es más importante que el trabajo realizado. “Battle Born” es capaz de ser un registro con todo lo mejor de los discos anteriores que no busca ser tan efectista hacia los seguidores y eso se agradece, dado que nos muestra a la banda como seres humanos y no sólo como una maquinaria de hits que, pese a lo predecible y a veces tediosa de la propuesta, sale a flote a puro oficio y buen juicio. Una batalla ganada en una guerra que no se gana con armas.

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6 Comentarios

6 Comentarios

  1. Winifred Ortega

    19-Sep-2012 en 5:01 pm

    Solo una cosa, es Mark Stoermer, y él también saco disco solista durante el break, se llama ‘Another Life’.

  2. Daniel Manzor

    19-Sep-2012 en 6:30 pm

    Battle Born es terriblemente monótono. No sé si eso lo vuelve un mal disco, pero la primera vez que lo escuché me pareció que era una sola canción muy larga; tiene sus momentos en que pudo haber cambiado la tendencia, pero en general se queda en un mismo estilo. Extraño las melodías explosivas como Someboty Told Me, las guitarras afiladas de Bling (Confession of a King) y las apuestas arriesgadas como Joy Ride. A mi juicio el disco es fome, pero eso no le quita solidez dentro de su estilo. Igual me temo que es el disco que menos me ha gustado del grupo.

    • Daniel Manzor

      19-Sep-2012 en 6:34 pm

      Eso sí, me gustó mucho Deadlines and Commitments, lejos mi favorita del disco.

  3. Juan

    19-Sep-2012 en 7:15 pm

    Battle Born es el lema del Estado de Nevada. (Estado oriundo de The Killers) Motivo y razón del nombre del disco.

  4. Jack

    20-Sep-2012 en 12:20 am

    una mierda la crítica (tengo que ser honesto)

  5. Andrés

    01-Ene-2013 en 8:43 pm

    Y dónde quedan los temas “the way it was” y “battle born”? a mi juicio son los mejores del disco y ni siquiera se mencionan 77

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El Álbum Esencial: “A Night At The Opera” de Queen

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A Night At The Opera

Al abrir la versión en vinilo de “A Night At The Opera” (1975) uno se encuentra con una imagen reveladora en su funda interior: una foto de Queen en vivo, adueñados totalmente de su hábitat natural, el escenario. Ciertamente es una sentencia, es el retrato de una agrupación que nació para ser grande y con este disco lo logró con creces, se ganó la inmortalidad. Además, como si fuera poco, tuvo el doble mérito de ser el gran salvavidas de las arcas de la banda en momentos en que su relación con el sello Trident llegó a su punto más bajo. Era muy difícil imaginar que podían facturar un verdadero testamento sónico mientras atravesaban una situación tan turbulenta con su casa grabadora, sin embargo, la placa fue la coronación definitiva para cuatro compositores que lograron confluir canciones muy distintas, aunque siempre dentro de su estética clásica, pese a los tormentosos tiempos que enfrentaban.

Gracias al arrollador éxito obtenido por el tercer disco, “Sheer Heart Attack” (1974), y especialmente por el single “Killer Queen”, Freddie Mercury, John Deacon, Roger Taylor y Brian May llegaron a lo más alto en los rankings musicales de todo el orbe y eran recibidos por hordas de fanáticos en países como Japón o Estados Unidos, no obstante, el dinero seguía siendo esquivo para la banda. Cuando firmaron el contrato con Trident Studios en 1972, el acuerdo consistía en que iban a grabar el disco para la compañía productora y luego esta se lo vendería a la casa discográfica, hecho que provocó que Queen no recibiera las regalías de los trabajos que vendían y, obviamente, provocó una crisis económica mayúscula entre sus integrantes.

Toda la rabia causada por esa situación se vio reflejada en una de las canciones más belicosas jamás creadas por Mercury: “Death On Two Legs (Dedicated To…)”, una verdadera declaración de odio cuya progresión de piano se tiñe con un tono siniestro gracias al tritono de la guitarra de Brian May, un riff que el herido Freddie creo en el piano y que el ondulado guitarrista va marcando con su Red Special. La música logra reflejar el hastío, la falta de respeto y lo vulnerado que se sentía el frontman en ese período, pero también la presión a la que estaban sometidos debido a las deudas que contrajeron con todo su equipo de iluminadores, tramoyas, entre otros, a causa del inconveniente con Trident. Así las cosas, terminaron su trato y recurrieron al mánager John Reid para que pudiera salvarlos de todo ese infierno que estaban viviendo. Las palabras de Reid simplemente fueron: “entren al estudio y hagan el mejor disco de sus vidas”.

Para Queen esto era de vida o muerte; si el disco no era exitoso, no tendrían otra opción que separarse. Este fue un factor determinante que los llevó a usar el estudio como un laboratorio para sacarle el mayor provecho posible, tal y como había hecho Jimi Hendrix y The Beatles antes que ellos, influencias directas para crear canciones tan eclécticas como “Lazy On A Sunday Afternoon”, en la que el ingeniero Gary Lyons y el productor Roy Thomas Baker utilizaron el efecto “megáfono”, que consistía en que las voces cantadas en el estudio se reproducían en unos audífonos metidos en una lata de metal y luego un micrófono recogía ese sonido desde la lata. El increíble crisol de voces y el perfeccionismo de la agrupación consiguió que el proceso fuera un período de gran aprendizaje, además de propiciar que todos los integrantes se sintieran a sus anchas para incluir sus aportes.

Precisamente, el hecho de que cada miembro era un compositor en sí mismo ayudó a que el disco tuviera distintas caras y, a su vez, reflejara las personalidades de cada uno. Acostumbrado a dejar su estampa en cada publicación, el aporte de Roger Taylor en “A Night At The Opera” –nombre que sacaron de una película de los Hermanos Marx– es ciertamente uno de sus puntos cúlmines. Cuando el baterista de voz rasposa le presentó el demo de “I’m In Love With My Car” a Brian May, este pensó que era una broma, pero nada hacía presagiar que una canción dedicada a Jonathan Harris (roadie de la banda que compartía el fanatismo automovilístico con Taylor) llegaría a ser tan importante como para ocupar la cara B del single de “Bohemian Rhapsody”, y con esto el baterista terminaría ganando la mitad de los beneficios económicos de la ventas del single. Esta no es la típica canción de Taylor, que siempre defendió un estilo encajado en los cánones del rock más convencional, tanto en canciones lentas como en otras más aceleradas, es una composición excesiva y abultada con una exquisita mezcla de voces que agregan dramatismo y que termina con el rugido furioso de su auto, el Alpha Romeo.

La poderosa intromisión de Roger contrasta con la delicadeza de “You’re My Best Friend”, compuesta por John Deacon. El bajista emergió desde las sombras y creó lo que sería el primero de varios éxitos para el conjunto, entre los que más tarde se incluirían “Another One Bite The Dust” o “I Want To Break Free”, además facturó quizá una de las composiciones de amor más bellas de la historia de la banda, y eso que pueden regodearse de tener varias. Este es un ejemplo de cómo las armonías constituyen una de las mejores armas secretas de la agrupación, ya que pareciera que van contando historias paralelas que se suman al fino teclado Fender Rhodes al estilo Motown tocado por el mismo Deacon, quién batalló con los demás para sacarla como single, en una jugada que terminó siendo acertada. No cabe ninguna duda de que, con esta cara más amable, la banda quería apostar a la masividad y tuvieron razón: hasta el día de hoy es una de las favoritas de las radios estadounidenses.

En la otra cara de la moneda, “‘39” no corrió la misma suerte, a pesar de que Brian apostó todas sus fichas para que la sencilla canción de folk espacial llegara al gran público, pero solo logró que quedara como cara B del single compuesto por Deacon. Es impresionante como May logró poner la ciencia al servicio de una canción que trata sobre un astronauta que viaja por el universo para descubrir nuevos mundos, pero que, traicionado por la teoría de la relatividad y la velocidad de la luz, regresa al cabo de cien años de una travesía que para él solo duró uno, formulando así una gran alegoría sobre los sentimientos de un artista que tiene que abandonar a sus seres queridos para salir de gira y encontrar que todo ha cambiado a su regreso.

Otras canciones como “Sweet Lady”, una descarga total de adrenalina rockera en la que May desborda riffs afilados y solos monumentales, “Good Company”, una reposada tonada compuesta con un ukelele-banjo que intenta emular el jazz de los años veinte, o la descomunal “The Prophet’s Song”, obra grandilocuente llena de recovecos instrumentales, que Brian toca con la guitarra afinada de manera distinta para darle más profundidad al instrumento y en la que se vierten todas sus fantasías musicales cercanas al rock progresivo, nos hablan de un guitarrista que siempre buscaba colores distintos, sin que esto necesariamente abrumara a los oyentes con complejidades que no pudieran entender, sino que aportaba detalles sorprendentes que transformaban cada canción en un viaje.

En ese sentido, May contaba con una tripulación que podía conducir ese periplo a los parajes sonoros más impresionantes que la música popular haya conocido, y para esto, nadie podría haber tomado mejor el timón –o el control del transbordador espacial para estar más a tono con Brian– que Freddie Mercury, un personaje totalmente teatral y dueño de una adaptabilidad melódica y lúdica como podemos apreciar en “Seaside Rendezvous”, o que puede lucir desgarrado, desnudo y sensible en una de sus baladas más conocidas, “Love Of My Life”, dedicada a Mary Austin, a quienes muchos señalan como el verdadero amor de la vida de Freddie,  en la que hace gala de un registro que proyecta emoción y romanticismo con una precisión inconmensurable. La forma de ser extrovertida y desinhibida de su actuación en vivo le aseguran su lugar en la historia como uno de los mejores showman de la historia, pero Freddie era mucho más que eso.

Sólo un músico de una calidad tan extraordinaria podría haber dado vida a una pieza tan trascendental como “Bohemian Rhapsody”, un verdadero monumento artístico que muchos han intentado interpretar, pero cuyo real significado se fue a la tumba con Mercury. La canción rompió todos los moldes posibles en una época en que los singles tenían que durar tres minutos; demasiado críptica para ser un éxito, decían algunos. Además, no sigue ningún esquema convencional de composición, está plagada de flashbacks y flashforwards, conectando ideas que a simple vista carecen de todo sentido. Aun así, su principio a capella, la secuencia de guitarra, piano, bajo y batería, el interludio operático, el final al más puro estilo del hard rock más afilado y sus referencias a personajes clásicos como Scaramouche, el payaso de la commedia dell’ arte; Galileo, el astrónomo, y Belcebú, entre otros, se unen en un hechizo mágico que todavía logra encantar a generaciones.

“A Night At The Opera” no solo marcó un punto de inflexión en el desarrollo artístico de la agrupación británica, sino que logró salvarlos de la quiebra total gracias a sus tres millones de copias vendidas, lo que les abrió la puerta para tocar ante cien mil personas en el Hyde Park de Londres y los catapultó para siempre como el mejor acto de rock en el planeta. De hecho, ese fuego espiritual que sale de los parlantes cuando el álbum cierra con “God Save The Queen” nos hace sentir en un estadio, logra que veamos a Mercury con su capa de rey recorriendo el escenario con la corona en la mano. Cuando un disco sigue impresionando de forma constante y se mantiene fresco sin que su pomposidad lo vuelva anticuado, es porque supera el paso del tiempo y se transforma en un verdadero golpe a la cátedra, efecto que Queen logra con una capacidad casi tan grandilocuente como su sonido.


Artista: QueenA Night At The Opera

Disco: A Night At The Opera

Duración: 43:10

Año: 1975

Sello: EMI / Elektra


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