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The Jesus And Mary Chain – “Damage & Joy”

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Los hombres de negro han vuelto. Desde 1998, cuando lanzaron el correcto “Munki”, que no se sabía mucho de The Jesus And Mary Chain. Desaparecieron de manera tan decente, que muchos quedaron preguntándose si cabía la posibilidad de un nuevo trabajo discográfico a futuro, y todo eso cambió este año con el lanzamiento de “Damage & Joy”. Sus discos siempre tuvieron un sello en particular, cosa que trascendió su pasada del noise de los primeros años a sus bases más melódicas e incluso sesenteras de sus siguientes trabajos. “Damage & Joy” es un disco que resume esta movilidad de estilos de los Mary Chain transmitiendo la vibra que los ha caracterizado siempre: una forma casi felina de hacer sonar la guitarra, un sonido algo descuidado que de azaroso no tiene nada, y temas de duración estándar que, por la variación de ritmos, hacen más vertiginosos sus trabajos de estudio.

Son catorce canciones, y algunas de ellas habían sido grabados años antes para proyectos paralelos que los escoceses llevaban aparte de JAMC. Un ejemplo de esto es el primer track del disco, “Amputation”, que incluso fue lanzada con otro nombre hace una década y parte con una consigna quemando en la garganta de Jim Reid: I´m a rock and roll amputation. Lo de los Reid siempre ha estado cruzado por estados anímicos que se contraponen: no han hecho discos que suenen parejo y, en lo que duran, se puede encontrar introspección, desenfreno, desgano, delicadeza y éxtasis. Es esa misma fórmula la que siguen en “Damage & Joy”, trabajo que fue producido por uno de los miembros fundadores de Killing Joke, Martin Glover (Youth), y que nos muestra de una manera bastante pulida los sellos noise pop, rock, revival y experimental que han caracterizado a los álbumes de los de Glasgow. Aparte de lo anterior, y no importando lo contradictorio que pueda sonar, hay algo también muy femenino en el estilo de The Jesus And Mary Chain. Las voces de ciertas mujeres con las que han versionado algunos temas de su catálogo, armonizan muy bien con su concepto y sonido. En este último trabajo podemos escuchar a Linda Fox en dos tracks: acoplándose delicadamente a la voz de Jim en la minimalista y hermosa “Los Feliz (Blues And Greens)” y “Can’t Stop The Rock”; y el pop noise de “Always Sad” en la voz de Bernardette Denning y una onda que recuerda al track de “Stoned & Dethroned”, “Sometimes Always”, con Hope Sandoval cantando bellamente.

Importante también fue la participación de la ex Belle And Sebastian, Isobel Campbell. Su voz ya es reconocida en los círculos del vintage musical y los Mary Chain aprovecharon bien esto al incluirla en “The Two of Us” y “Song For A Secret”. Con la primera, a pesar de lo bien que suena (con un órgano bien sesentero), saltan algunos reparos en el sentido de que el tema se hace muy parecido a “I Could Be Dreaming” de la antigua banda de Campbell y se siente como una canción que fue adaptada para que ella la cantara, dándole esa vibra retro que tanto se le asocia. La segunda, donde destaca un crescendo sonoro y una guitarra hipnótica, es algo menos forzada y tiene una base rítmica que hace recordar a “Just Like Honey”.

La gran sorpresa del disco, sin lugar a dudas, es la participación de Sky Ferreira en “Black And Blues”, no por haber sido contactada para colaborar -pues ya lo había hecho con Primal Scream-, sino por lo linda que suena su voz en esta canción de marcados coros retros. Lo de “War On Peace” y “Simian Split” se acerca más a la parte experimental y ruidista de JAMC: sonidos envolventes y sugestivos, quiebres deconstructivistas y delays que se ejecutan en el tiempo justo, son la tónica en estos tracks. La mezcla perfecta entre psicodelia sesentera y el noise está en “Get On Home”; y el retorno a los sonidos de “Psychocandy” (1985), seguramente uno de los álbumes más importantes de los escoceses, se vive con “Facing Up To The Facts”, tema con base rítmica más que parecida a “Sidewalking”.

Es indiscutible que los hermanos que sirvieron de precedente a las conductas poco familiares de los Gallagher han vuelto en gloria y majestad. Han entregado un disco que supo alimentar las expectativas que rodearon su proceso de construcción y que, más que copiar fielmente el pasado, nos muestra las distintas formas en la que una fórmula reconocida puede sonar a medida que va pasando el tiempo. No es un imprescindible en la discografía de la banda, pero sí un necesario para ver en lo que están ahora.

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El Álbum Esencial: “Undertow” de Tool

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La portada de todo álbum debiese generar impresiones anticipadas sobre el contenido que este alberga. Bajo esa lógica, ver esa especie de caja torácica roja –que en primera instancia tendría a una mujer obesa y desnuda dentro de ella, pero fue censurada– delante de un fondo negro, no puede más que desconcertar. Si a eso se le suma el intrigante título, “Undertow” (“Resaca” en inglés), esto sólo pude verse potenciado. La estética visual de todo esto simplemente respondía a la proyección del vivo reflejo de la música de Tool. Agonía y desconcierto, no existe otra forma de describirles.

Sin duda alguna, aquello que encierra esta criptica iconografía y perfora nuestro cerebro desde los oídos es difícil de clasificar para la época, o incluso hoy por hoy. A mediados de los 90, todo lo que sonara más o menos distorsionado solía ser etiquetado de grunge o, en el mejor de los casos, como rock alternativo. Pero acá había una diferencia: el uso que se dio a la oscuridad. No hablamos del manto de sombras melancólicas que rodeaba al común de la música de la denominada Generación X, sino que de una penumbra mucho más densa que se manifestaba mediante una catarsis brutal. Pese a su crudeza y visceralidad, también encontramos niveles de introspección y sutileza muy alejados de los márgenes de la escena de la costa oeste estadounidense.

Es habitual que los álbumes debut de una banda expongan una continuidad estética en referencia a los demos, cosa que acá no ocurre. “Undertow”, para ser el primer larga duración, es sumamente complejo, pues marca un temprano punto de inflexión en el trabajo de los oriundos de Los Angeles, cosa que en otras agrupaciones ocurre entrada la discografía. Hay acá una sonoridad mucho más oscura, la que comienza a reemplazar progresivamente el rock más frontal y acelerado presente en el EP “Opiate” (1992). Los temas de tres minutos en donde se lograba apreciar la influencia hardcore que posee la banda, comenzaron a alargarse hasta los seis o más debido a un aumento de versatilidad en las estructuras de cada canción, en donde los pasajes instrumentales empezaron a tomar cada vez mayor relevancia. Comenzaban así a ganarse paulatinamente la etiqueta de “progresivos” y vaya que lo merecían.

Aunque pudiese ser paradójico, la guitarra de Adam Jones no se caracteriza por exponer las destrezas sobrehumanas con las que se está habituado en la mayoría de las bandas denominadas como metal progresivo, aun así, demuestra una técnica inconfundible, en donde el juego entre tonalidades densas y frecuencias que bordean la estridencia entregan diferentes matices a las composiciones. “Bottom”, tema en donde colabora el eterno Henry Rollins, es quizás el más claro reflejo de esto. Por su parte, el trabajo en el bajo de Paul D’Amour suena de forma penetrante y aguerrida, batallando el protagonismo rítmico y melódico en cada compás. La potencia y misticismo de “Flood” se debe en gran medida a la labor de este instrumento. Mismo misticismo que –con vidente de por medio– rodea la salida del bajista tras una gira por Europa promocionando el disco. En el futuro no lejano, sería el británico Justin Chancellor quien se haría cargo de las frecuencias bajas hasta la actualidad.

Si bien, en los instrumentos de cuerdas no podemos apreciar una técnica elevada como lo demandaría el género progresivo, aquello sí se puede hallar en la percusión. Probablemente, la rítmica que impone Danny Carey es el componente más experimental de la propuesta de Tool en sus inicios. Aunque aún no incorporan estructuras demasiado complejas como en posteriores discos, es notoria la variabilidad de los tiempos y la sagacidad con la que se pasea por la batería. Prueba de ello son temas como “Intolerance” o “Swamp Song”. Punto aparte también es el poderoso registro vocal del hoy endiosado Maynard James Keenan, clave para dar forma al tema homónimo del disco, en donde es capaz de saltar de fraseos melodiosos a desgarradores gritos, pasando por diabólicos arrullos con una facilidad inexplicable. Además, durante la promoción del álbum ya comenzaba a dar cuenta de esta particular visión del espectáculo, dado su singular desplante escénico.

Pese a que Tool suele ser clasificado como metal progresivo, en “Undertow” lo vanguardista está en mantener elementos minimalistas al alero de una gran sensibilidad instrumental. Es cosa de escuchar temas que quizás pasan más desapercibidos, como “Crawl Away” o “Swamp Song”, para dar cuenta de aquello, y ni hablar de temas como “4°” y “Flood”, que empezaban a dar pequeños, pero ahora evidentes indicios del camino que la banda tomaría en sus posteriores discos. Quien haya escuchado los casi 16 minutos de “Disgustipated” y diga que no es vanguardista, debe comenzar a cuestionar sus concepciones del mundo.

En cuanto a sencillos, el primer LP de la banda nos entrega “Sober” y “Prision Sex”, los cuales fueron acompañados de perturbadores videoclips promocionales, dirigidos por el mismo Adam Jones. El primer tema, en un ejercicio sublime de minimalismo al ser guiado por una secuencia repetitiva de tan sólo dos acordes, nos habla de la adicción del alcohol –incorporando la concepción cristiana del pecado–. Mientras tanto, el segundo relata la brutalidad de la violación infantil. Este último, dado lo tétrico de las imágenes y la crudeza de su letra, fue duramente censurado por las cadenas televisivas de música, pero como ha ocurrido a lo largo de la historia, el morbo ante lo prohibido sólo ayuda a atraer nuevos adictos e incrementar el peso de los cultos.

Así es como “Undertow”, con todos sus componentes, establece los cimientos de la catedral que posteriormente construiría Tool, dando pie para un largo legado que sigue influenciando a un sinfín de bandas de diversos estilos. Si bien, suele ser denostado por ser el disco menos experimental de la banda y, por ende, el con menos teorías conspirativas alrededor de él, su sonido más duro ha ayudado a consolidar a un grupo no menor de fanáticos de esta obra, quienes incluso profesan que este es el mejor de todos los lanzamientos del grupo. Pero ¿puede segmentarse la discografía de Tool y no comprenderla como un todo? ¿Hay realmente un mejor Tool? Preguntas tan complejas como sus respuestas y el objeto al que apuntan.

De todas formas, sí se puede asegurar algo: ser fan de Tool es probablemente uno de los actos de masoquismo más grandes dentro de la ya auto flagelante vida de los melómanos –podría incluirse dentro de esta patología el ser fan de Radiohead; si se es de ambos, el diagnostico debe ser crítico–. Y es que sentir atracción por aquello que no logramos comprender, por aquello que nos desestabiliza mentalmente por no poder apropiárnoslo, debe ser uno de los males más viejos de la historia de la humanidad. Aquel primer trago de la banda, sin duda, ha generado una resaca que sigue palpitando en nuestras cabezas. Lo único que se espera es mantenerla hasta que Maynard y compañía nos entreguen una nueva dosis de su tan ansiado licor.

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