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The Decemberists – What A Terrible World, What A Beautiful World

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Intentar ejecutar música con influencias de los Estados Unidos profundos, es hoy algo bastante común entre el mundo indie. Sin embargo, lo complejo es hacerlo estando conscientes de que una gran cantidad de expresiones y de reputados artistas forman parte de un paisaje musical ampliamente consolidado con los años. Por lo mismo, quienes se arriesgan en esta faceta de música con raíces en el pasado, siempre tienen mucho que perder a la hora de presentar un nuevo trabajo. Con todo ello a cuestas, al poco andar de este joven 2015, The Decemberists retorna al mercado discográfico después de tres años de intensas y prolongadas giras, y nos presentan su séptimo trabajo de estudio, el que puede ser catalogado como el disco de la madurez de sus ya longevos y experimentados integrantes.

THE DECEMBERISTS 01En ciertas ocasiones, el título de un disco no alcanza a perfilar la profundidad y amplitud de las temáticas de sus composiciones, pero este claramente no es el caso. De entrada, el nombre de la placa nos habla de un estado anímico cambiante, contradictorio a ratos y profundamente enraizado en el humano acto de observar y pensar el mundo tan típico de los de Portland. El interior norteamericano retoma así sus colores, pero reformulado en un country y folk moderno y tristón, profusamente acústico y cargado de un carácter lúdico, que rotundamente le imprime el sello que identifica a la banda liderada por Colin Meloy.

Una acompasada canción abre el disco, se trata de “The Singer Adresses His Audience”, tema que finalmente desemboca en una explosión instrumental muy bien cuidada y ornamentada. El momento popero llega con “Calvary Captain”, canción que saca a relucir unos coros en medio de unos toques de vientos, que bien podrían estar en la discografía de The Beach Boys. “Philomena” es una hermosa balada muy sesentera, con teclados y coros femeninos, que describe el sueño de un típico chico nerd que piensa en el amor de una mujer inalcanzable. “Make You Better”, el primer single promocional del disco, es una composición romántica que conjuga unas definidas líneas de guitarra, mezclada con una batería que apenas susurra su golpeteo. Canción que representa junto con la siguiente, “Lake Song”, el sentido del título del disco; aun en la terrible tormenta habrá algo de paz y tranquilidad.

THE DECEMBERISTS 02“Till The Water’s All Long Gone” es una bien lograda composición folk que, en cuanto brotan sus primeros acordes de guitarra, recuerda el amplio abanico de influencias de The Decemberists, desde Bob Dylan hasta Nick Cave. Para salir de la nostalgia en la que el disco ha caído, los norteamericanos nos entregan “The Wrong Year”, una canción alegre pese a su título. Con “Carolina Low” volvemos al interior norteamericano, sólo la lírica de Meloy con su guitarra podrían ejecutar una canción tan despiadadamente folk. “Better Not Wake The Baby” abre con un cuidado acordeón hasta transformarse en una canción épica, llena de instrumentos, sonidos y voces. Esta última sirve de antesala para “Anti-Summersong”, tema con un toque country que desliza una melódica armónica y acordeón. “Easy Come, Easy Go” va de la mano con “12-17-12”, dos composiciones que actúan como contrapuntos: la primera por su frescura, la segunda por su dramatismo. El conjunto lo cierra “A Beginning Song”, que si bien clausura el ciclo, deja entrever que todo final es un nuevo comienzo. Una guitarra sencilla, una batería contundente, unos cuidados arreglos en medio de una letra llena de esperanza y confianza en el a veces terrible pero siempre hermoso mundo.

“What A Terrible World, What A Beutiful World” no saca a The Decemberists de su senda sonora, por el contrario, la reafirma y consolida. Es un disco trabajado en el fragor de una larga pausa discográfica, que cumple altamente con las expectativas de la crítica y de los fans. Si ha de ser cierto que es un riesgo explorar por el mundo de las raíces musicales de los Estados Unidos profundos, The Decemberists navega sin problemas entre pasado y presente.

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Iggy Pop – “Free”

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Free

Puede parecer extraño que un artista que ha hecho literalmente lo que se le ha antojado a lo largo de su carrera, publique como primer single de su nuevo trabajo de estudio un corte que únicamente proclama “Quiero ser libre”. Sin embargo, este supuesto sinsentido es sólo una prueba más de que la figura de Iggy Pop en realidad nunca ha sido tan fácil de descifrar. Es más, uno de sus sellos ha sido justamente aventurarse desde siempre (a veces con éxito y otras veces no tanto) en cuanto estilo musical le ha parecido atractivo (proto punk, garage rock, post punk, new wave, electrónica, hardcore, música de identidad francesa, entre otros). Es en esta dinámica, que el músico nos invita nuevamente a romper esquemas, firmando un álbum cuya característica principal es transitar a través de una pausada clave sonora de cargada identidad jazz, estilo que, sin ser completamente extraño para él (algo de esto había en “Avenue B” de 1999 y “Préliminaires” de 2009), marca uno de esos momentos musicales que por su sola naturaleza obligan a detenerse y escuchar con atención.

Dentro de las muchas particularidades que tiene “Free”, destaca el hecho de que la mayor parte de las canciones no son de autoría de Iggy, lo que hace de este disco un ejercicio de casi completa interpretación. La firma de los tracks recae fundamentalmente en Leron Thomas (trompeta), dejando un discreto espacio para Pop –autor de los temas que abren y cierran el registro– y dos poemas, el primero de ellos escrito por Lou Reed (“We Are The People”) y el segundo por Dylan Thomas (“Do Not Go Gentle Into That Good Night”). ¿Impacta esto la credibilidad la propuesta? En lo absoluto; de hecho, el álbum es tan consistente, que incluso los cortes que de antemano uno podría aventurarse a decir que fueron escritos por Iggy, ya que llevan su sello estilístico, en realidad están firmados por Thomas. En cuanto a lo musical, si bien se trata de un álbum dominado por los cortes de espíritu jazz, también hay lugar para momentos que reviven el lado más caricaturesco de la Iguana.

Es en la primera de estas identidades sonoras donde sin duda se encuentra lo mejor del álbum. “Free”, de naturaleza pausada y contemplativa, nos advierte desde el inicio acerca de los maravillosos paisajes sonoros que dominarán la oferta, y “Sonali”, por su parte, se inscribe como uno de los imperdibles del álbum. Musicalmente intrincada y de percusiones adictivas, se da el lujo de combinar reflexiones de corte existencial en base a metáforas en el estilo de “The Passenger”, con paisajes musicales que rememoran los sonidos que nos dejó el Duque Blanco en su último larga duración. “Page”, a su vez, aporta lo suyo atrapando una atmósfera musical de espíritu casi celestial para revelarnos un Iggy frágil y cercano. Sin embargo, es en la trilogía final con “We Are The People”, “Do Not Go Gentle Into That Good Night” y “The Dawn” donde, vestido de crooner, Iggy termina por comerse el registro. Es en este momento, además, donde más sentido terminan haciendo los aportes de Noveller y Thomas, añadiendo intensidad a cortes de abierta naturaleza minimalista. Un deleite.

Fuera de los pasajes que dominan la identidad del registro, se encuentran momentos totalmente rescatables y otros que, por desgracia, sólo le quitan prolijidad a esta nueva entrega. En el primero de estos grupos se ubica “Loves Missing” y “Glow In The Dark”. El primero de ellos sobresale gracias a la sentida e íntima interpretación de Iggy en los vocales, mientras que el segundo viene a graduarse como el eslabón perdido entre “Post Pop Depression” (2016) y el disco que nos convoca. Sin embargo, es con “James Bond” y “Dirty Sánchez” donde entramos en una vereda más conflictiva, básicamente porque se trata de temas que no respetan en nada el espíritu del resto del álbum. Así y todo, “James Bond” logra ser una aventura perdonable, ya que, aún sonando fuera de lugar, nos deleita con una funky y contagiosa línea de bajo y un espectacular clímax hacia la mitad del track. No se puede decir lo mismo de “Dirty Sánchez”, que además de caer fuera de lugar, se queda corto en lo lírico (convengamos que escuchar a Iggy cantando de “tetas” y “vergas” a esta altura no tiene nada de novedoso) y en lo musical.

El mencionado “Post Pop Depression” provocó varios fenómenos interesantes: por un lado, parte del público empezó a sentir que quizás era buena idea que la Iguana aprovechara el éxito de ese lanzamiento para cerrar su carrera. Sin embargo, a Iggy le pasó algo muy distinto. Luego de terminar la gira de promoción del álbum, se sintió vaciado, con deseos de refugiarse y desaparecer; según sus propias palabras, con deseos de ser libre. Y para Iggy la libertad claramente no es retirarse, sino que tiene que ver con decir cosas, no sabe hacerlo de otra forma, desde siempre ha sido así. Probablemente hace cuarenta años los medios que elegía para expresarse eran indudablemente más físicos, hoy día ya no necesita hacerlo de esa forma: con el tiempo, Pop ha aprendido a golpearnos de otras maneras, como por ejemplo prestando su voz para lanzar un álbum sentido y extrañamente íntimo, casi completamente alejado de lo que esperábamos de él. Puede haber alcanzado los 72 años, pero claramente entregarse al silencio no es uno de los planes del padrino del punk. Tenerlo con nosotros sigue siendo una fantástica sorpresa.


Artista: Iggy Pop

Disco: Free

Duración: 33:44

Año: 2019

Sello: Caroline International / Loma Vista


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