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Do To The Beast Do To The Beast

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The Afghan Whigs – Do To The Beast

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¿Qué tiene para ofrecer una banda como The Afghan Whigs después de dieciséis años de inactividad discográfica? La respuesta a esto puede darse ubicándolos espacio-temporalmente en la década y lugar de donde emanaron. A saber: surgieron en Ohio, Estados Unidos, a fines de los ochenta, tierra fértil para la explosión grunge que sobrevino por esas fechas y, por sobre todo, a principios de los noventa fueron apadrinados por el aquel entonces insigne sello de la música alternativa “de moda”: Sub Pop, en tiempos donde “Nevermind” (1991) de Nirvana sentaba un precedente acerca de lo que la industria musical buscaba para autosatisfacerse. Por eso no es muy difícil notar por qué fueron a caer en las fauces insaciables de la etiqueta del grunge: su sonoridad cruda y visceral expuesta a sangre fría desde su debut en el sello de Seattle, “Gentlemen” (1993), y la destemplanza vocal de su ideólogo, Greg Dulli, sólo era igualada por sus líricas oscuras y tensas sobre vicios, locura, religión y otros tópicos que, desde una ribera más intrincada que sus contrapartes contemporáneas, los convirtió en parias, y las cifras de ventas, que era lo que importaba en las disqueras, tampoco los acompañaban. Pero The Afghan Whigs quiso ir siempre más allá, incluyendo elementos soul en sus discos posteriores.

THE AFGHAN WHIGS 01Sin embargo, al enfrentarnos con “Do To The Beast”, el resultado es sin dudas satisfactorio tanto para los adeptos a la agrupación, como para quienes la vienen conociendo, y aquí está la respuesta principal a la pregunta antes expuesta: la banda propone un sonido atemporal, uno propio forjado en un camino paralelo a la escena, pero siempre retroalimentado de ella.

Al abrir el disco con “Parked Outside” es posible allegarse a un posible regreso a las raíces, con Dulli dándolo todo en las voces, matizando y llenándolo todo, mientras la cadencia de la canción acompaña la crudeza del sonido que completan el guitarrista Dave Rosser, el bajista Jon Skibic, el multi-instrumentista Rick Nelson y el baterista Cully Simmington (todos ellos del otro alter ego de Dulli llamado The Twilight Singers), lo que continúa “Matamoros”, donde se desliza un guiño pop desde las guitarras, y que combina perfectamente con la delicadeza inicial de “It Kills”, que desencadena en guiños soul sobre todo en la voz, reinterpretando a Prince y Marvin Gaye desde la vereda rock, con la ayuda del cantante de soul Van Hunt, desentendiéndose de prejuicios.

Una preciosa “Algiers”, bebiendo del country de Neil Young, que incluso en vivo The Afghan Whigs ya ha visitado, aparece a continuación añadiéndole siempre líricas que combaten el espíritu complaciente y facilista. El piano inicial de “Lost In The Woods” nuevamente descoloca, mientras Dulli canta convencido “You know me by now” (“Por ahora me conoces”), una máxima general e impredecible de la banda, para nuevamente saltar hacia “The Lottery”, una potentísima canción que, para quienes estaban esperando algo más enérgico a esta altura del disco, les sienta de maravilla, mientras que “Can Rova” nuevamente baja los decibeles y el frenetismo. En “Royal Cream” puede sentirse la veta que en sus primeros álbumes fueron trabajando, al menos en intención, hasta que entra la batería y el bajo continúan empujando el beat machacante con mejor producción, menos cruda, por decirlo de algún modo.

THE AFGHAN WHIGS 02En “I Am Fire” se deja ver nuevamente el alma rhythm & blues que rodea la historia de The Afghan Whigs y la mano de Johhny Najera, director musical de Usher, si cabe añadir. Para terminar, una canción con doble deguste, porque “These Sticks” está emparentada en sonoridad aunque no en intención con el track inicial y, por otro lado, porque su melodía recuerda a otro ícono de la música de los noventa y de siempre, “Dream Brother” de Jeff Buckley resuena entre la canción.

Nuevamente, con “Do To The Beast”, ¿qué tiene para ofrecer The Afghan Whigs luego de dieciséis años? No un refrito de sí mismo, sino una reinvención de su propio sonido sin perder un ápice de su desenfado a la hora de no importarle nada caer dentro de un estilo, o no caer, sino simplemente fluir, probar y salir airoso como siempre, como es su historia.


Do To The BeastArtista: The Afghan Whigs

Disco: Do To The Beast

Duración: 40:52

Año: 2014

Sello: Sub Pop Records


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Phoebe Bridgers – “Punisher”

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Punisher

En tiempos de pandemia se idealiza la experiencia de la música en vivo, y se extraña, por supuesto, como la cultura, las artes y el encuentro social, pero no se pueden olvidar las trabas para disfrutar cualquier concierto. La más fácil de ocurrir es cuando alguien habla interviniendo la atención en el show, algo para lo que los gringos tienen un término, un “punisher” (castigador), y ese es el concepto que titula la segunda entrega como solista de Phoebe Bridgers, en una especie de declaración de intenciones frente a cualquier síndrome del impostor o posible relajo. Es que la artista, pese a lo activa y reconocida en el mundo del indie, no se sacude nunca la curiosidad de escribir canciones, y es esa ruta la que cómodamente sigue en “Punisher”, el disco.

Hay trampas en el camino de este trabajo que hacen creer que es algo que no es. Sí, la producción es prístina, con un rango emocional desde lo acogedor hacia lo aterrador y hay sonidos diferentes en varios pasajes, pero el fruto no está tan lejos del árbol, y detrás de cualquier artilugio está la solidez de la construcción de canciones que Bridgers vuelve únicas y precisas para sí misma. Ejercicios como Boygenius (con Julien Baker y Lucy Dacus) o Better Oblivion Community Center (con Conor Oberst) no sólo sirvieron para manejar más herramientas en la creación, sino para ensayar un sentido de la colaboración que opera como arma secreta en “Punisher”, con nombres como Dacus, Oberst y muchos más como parte de los créditos de un álbum donde, además, ella tomó la producción junto a Tony Berg y Ethan Gruska, tal como “Stranger In The Alps” (2017).

Desde el comienzo se nota que ese es el desafío más grande para Phoebe, quien escribe y narra desde la perspectiva del temor al apocalipsis, a perder la capacidad de tener una vida personal, o también a convertirse en esa punisher que tanto detesta con el mismísimo Elliott Smith, pero que encuentra en la producción la posibilidad de ahondar más en los sentimientos e historias. Sin eso, el efecto de “Savior Complex” no sería el mismo, por ejemplo, desde una canción que irrumpe con mucha belleza, pero cuyo hálito nostálgico viene desde las decisiones de producción, o en preceder a la loopeada “Garden Song” con “DVD Menu”, track ambiental que samplea “You Missed My Heart”, tema que cerraba su disco anterior, que resulta algo aterrador, posicionando una atmósfera completamente distinta respecto a las canciones.

La canción más tradicional del lote resulta “Kyoto”, que funciona como single y también como parte de las explosiones controladas en el disco. “Te voy a matar / Si no me ganas”, versa una canción que habla de cómo se puede llegar a odiar incluso lo que se ama, hasta la capacidad de sorprenderse. La siguiente es la suerte de homenaje a Elliott Smith, que es el track que nombra al disco, donde ella sabe bien que, si lo hubiera conocido, era demasiado fan para caerle bien o cultivar una buena conversación.

Los mejores pasajes en escritura vienen cerca del final, con la tierna y desgarradora “Graceland Too”, donde se pone en el lugar de quien apoya a alguien con sensaciones de autodestrucción con sustancias o tendencias suicidas, y lo difícil que es el acto de estar ahí. Y el cierre épico con “I Know The End” expresa cómo todo puede acabarse, y está bien que sea así. La canción empieza con trazos melódicos similares a los esbozados en “DVD Menu” para luego decantar en un espíritu más que una melodía, mezclándose de forma efectiva con líricas descriptivas para un viaje extenso, de esos que miran hacia el interior, entre parajes gigantes y vías angostas. Al final, una catarsis que se aguantó durante el álbum completo, tan de contención y de honestidad seca, que es inevitable asociarla con los tiempos que se viven.

Sí, se extrañan los conciertos en vivo, se aborrece a la misma gente de siempre que los arruina, pero también se extraña esa posibilidad de explotar, en oído, voz y sentidos, en emociones y en las entrañas. “Punisher” presenta excelentes canciones, pero, más allá de lo obvio, termina presentando un espejo para darse palmadas en la espalda y creer por cuarenta minutos que lo que está mal con el mundo no es uno, no es la gente que uno conoce, ni tampoco un virus, sino que un universo que no se puede controlar, aunque al menos se puede evadir en cierta medida. Un disco fundamental para sobrevivir a un año de plagas y apocalipsis personales.


Artista: Phoebe Bridgers

Disco: Punisher

Duración: 40:37

Año: 2020

Sello: Dead Oceans


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