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Stone Temple Pilots Stone Temple Pilots

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Stone Temple Pilots – “Stone Temple Pilots”

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Stone Temple Pilots no es la primera banda que se enfrenta a la muerte de su figura más icónica y, ciertamente, tampoco será la última. Sin embargo, perder a dos vocalistas en el transcurso de dos años es un verdadero mazazo, tanto en el plano artístico como en el personal, para cualquier grupo humano. Ante tal panorama, una opción es abandonar todo y extinguirse como una estrella fugaz en el firmamento del legado, o volver a juntar las piezas, empacar los instrumentos y lanzarse al vacío de nuevo para renacer como el fénix. La historia del rock habla de ejemplos exitosos en ambos lados del camino, por lo que la decisión de los hermanos De Leo y Eric Kretz de continuar testarudamente con el proyecto de una de las bandas definitivas de la década de los 90 no parece tan alocada en teoría, pero es una opción difícil cuando hay una sombra tan potente que aún permanece.

Gastar tinta en explicar los pergaminos del nuevo vocalista Jeff Gutt no tiene mucho sentido porque lo importante no es de dónde viene, sino que analizar su aporte en el séptimo disco de los de San Diego. Para esos fines, el paralelo más próximo es el experimento con Chester Bennington, “High Rise” (2013), que no era deficiente como etapa de prueba, pero distaba mucho de entregar alguna canción para la posteridad. Dicha combinación nunca logró cuajar del todo, más allá del autobombo de tocar sus canciones clásicas en directo con una de las buenas voces de la generación 2000. En ese sentido, Gutt gana puntos porque logra que la banda proyecte mayor comodidad dentro de parámetros celosamente establecidos, y la receta está muy protegida –a veces demasiado–, como se puede apreciar en “Middle Of Nowhere” o “Guilty”, una buena entrada al larga duración en lo instrumental, pero que en lo vocal se remite a Gutt empleando el manual de estilo de Weiland al pie de la letra.

De todas maneras, aunque falte autenticidad y sangre por parte del vocalista en muchos rincones del disco, esta versión STP igual tiene cosas interesantes que mostrar. La aproximación al blues en “Never Enough”, los potentes riffs de “Roll Me Under” o “Six Eight”, o las intrincadas líneas de guitarra en “Just A Little Lie”, demuestran que Dean DeLeo no ha perdido su gracia para articular texturas llamativas, trabajo que siempre se ve reforzado por su hermano Robert en el bajo, cuya combinación en “Good Shoes” da cuenta de la simbiosis que hace girar los engranajes de la banda. Más recatado que otras veces, pero sin perder sus características esenciales, Kretz deja fluir buenas ideas en “Finest Hour”, una canción suave con buena melodía, que resalta los valores del baterista, sobre todo en los redobles de la sección introductoria y media.

Siguiendo esa línea más reposada de la placa, encontramos un punto fuerte en “Thought She’d Be Mine” y “Reds & Blues”, piezas delicadas, dulces y amables, que muestran un lado más llevadero en contraposición con baladas de corte más oscuro alojadas en otras partes de su discografía. Lo más llamativo de la placa recae en “The Art Of Letting Go” y “Meadow”, dos instancias que dejan entrar un poco de aire fresco para que Gutt se pueda desprender de la sombra de Scott Weiland y muestre tímidamente de qué está hecho, tanto en momentos calmos como la primera, o más agitados como la segunda.

Sería un despropósito pedir que Stone Temple Pilots reinvente la rueda, pero se agradecería un poco más de riesgo la próxima vez. El homónimo no es decepcionante como para ser un mero tributo, ni brillante como para golpear la mesa y marcar un giro estrepitoso en la carrera del cuarteto, más bien es una placa correcta, quizá muy encajonada, estrecha en propuesta, pero un momento de transición en el que Jeff Gutt gana el beneficio de la duda porque se nota que tiene algo que ofrecer, solamente debe dejarlo salir y jugársela por encontrar colores propios en esta pintura a fin de evitar que la comodidad de la fórmula los vuelva un mero acto de entretenimiento vacío para los nostálgicos de la generación X. Quizá sea la hora de “recoger una flor, tomar aire y alejarse” para encontrar caminos propios y dejar descansar la leyenda, tal como reza una nostálgica canción de “Purple” (1994) llamada “Still Remains”.


Artista: Stone Temple Pilots

Disco: Stone Temple Pilots

Duración: 48:25

Año: 2018

Sello: Atlantic


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El Álbum Esencial: “La Voz de los ’80” de Los Prisioneros

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La Voz de los 80

Jorge González dijo una vez que el primer disco de una banda toma mucho tiempo porque el proceso parte desde que naces hasta que cumples edad para grabarlo, mientras que para el segundo sólo cuentas con un par de meses debido a la presión del sello. “Corazones” (1990), en rigor el primer trabajo de Jorge como solista, goza de un sonido pulcro y de una genialidad compositiva totalmente atemporal, “La Cultura de la Basura” (1987) cuenta con atisbos de experimentación y materializa el virulento sarcasmo social de la agrupación, y “Pateando Piedras” (1986) representa el cénit creativo del grupo produciendo un trabajo de alta calidad, que los posicionó como un suceso de masas. Pero es “La Voz de los ’80” el que encapsula esa energía primal, rudimentaria y cruda, que rompió con todo lo establecido como signo de una catarsis a nivel nacional en un país sumido en una gris dictadura.

Son diez cortes nacidos en la adolescencia de tres jóvenes de San Miguel que aplanaban las calles de la capital chilena entre interminables conversaciones sobre la música y su entorno. Nacieron como una banda de colegio, tocando en festivales escolares muchas veces con instrumentos prestados, sin embargo, su equipamiento más valioso eran sus canciones, creaciones que son la consecuencia de una mezcla ecléctica entre lo mejor de la música juvenil de la época, léase The Cars, Depeche Mode, New Order o The Clash, con la tradición auditiva de cualquier casa de clase media, como Raphael, Camilo Sesto o Salvatore Adamo. La sensibilidad pop con la aspereza del rock al servicio de letras inteligentes, llenas de sarcasmo, que se derraman en un disco que en la actualidad parece un compilado de grandes éxitos.

La capacidad que tuvo Claudio Narea, Jorge González y Miguel Tapia para retratar a su generación, el momento político y la cultura pop, es el gran valor que hace a este disco permanecer en el tiempo. La juventud que aparece en “Brigada de Negro”, esa que nada en alcohol y tabaco, es casi tan difusa como la sombría línea de bajo de González que serpentea por toda la canción, mientras Narea marca el ritmo con sus acordes y Tapia promueve una batería marchante, que narra la hipocresía juvenil de una felicidad hedonista que difícilmente era la realidad de la clase media asolada por la política neoliberal de los Chicago Boys. Parte de esa atmósfera aparece en “La Voz de los ’80”, canción que remece con la energía rabiosa de un trío que se quería comer al mundo desde el primer momento. A pesar de que cada obra esté anclada a su época, lo importante es cuando esta trata temas tan universales que se van repitiendo generación tras generación.

El primer larga duración de Los Prisioneros es un disco que siempre será joven, porque refiere a los temas que vive cada chiquillo o chiquilla desde que esta etapa de la vida humana emergió como una forma cultural en sí misma, después del destape mundial en los años 50. Tanto el relato del despertar sexual que se palpa en “Eve-Evelyn”, como la posterior desolación amorosa de carácter invernal de “Paramar”, son impulsivas y encaran la frustración amorosa con un relato original, el mismo que sale disparado de los parlantes de manera un poco más furiosa en “Mentalidad Televisiva”. Y ¿si la chica que perdió su imaginación para instalar un video tape ahora la perdiera para instalar la última actualización de YouTube, Snapchat o Instagram? Son los temas que, entre la ingenuidad y suspicacia, instalan esas verdades que siempre vamos a vivir, estemos en la época que estemos.

Esa aterrizada visión que ostentaba el trío siempre los hizo ver como algo distinto en un panorama musical un tanto agreste. En la primera mitad de los 80 la música de guitarras era marginal en nuestro país, el rock estaba relegado a encuentros que, si bien cimentaron gran parte de lo que después se expresaría en el underground criollo en estilos más extremos como el thrash o el punk, se veían aplastados por la culturalidad de un régimen que impuso firmemente su manera de ver la realidad, contexto clave para entender letras como “Latinoamérica Es Un Pueblo Al Sur De Estados Unidos” y “No Necesitamos Banderas”, que recogen elementos foráneos como el reggae y el ska para alinearlos a nuestras características locales. Esto choca de frente con la postura del sonido imperante en el mundo universitario dominado por el Canto Nuevo, forjado desde las raíces propias de nuestra música, y no al revés, como en el caso del rock.

Las letras pomposas y repletas de metáforas, adornadas con la complejidad de los acordes de una guitarra acústica, no podía ser más distinto al mensaje directo de “Sexo” o de “¿Quién Mató A Marilyn?” que, tomando elementos de la cultura pop, prefiguran un mensaje directo, conciso y simple de entender, aunque no por ello menos contundente. Es por eso que “Nunca Quedas Mal Con Nadie”, grabada el 6 de diciembre de 1984 –mismo día en que Jorge cumplía 20 años–, emerge como una crítica tanto a ese movimiento como también a la liviandad de las bandas que compartieron un terruño que Los Prisioneros nunca quisieron habitar. Aparato Raro, Cinema, Valija Diplomática, Emociones Clandestinas, seguidos de un largo etcétera, se subieron al carro del nuevo rock chileno y recibieron un mejor trato de las emisoras locales, cosa que no pasó con los de San Miguel, precisamente por lo filudo de su lírica.

Famoso por sus frases para el bronce, el otrora vocalista de la banda expresó: “Pocas veces nos hicieron una crítica en un diario, y las veces que lo hicieron, era para decirnos que éramos pésimos, lo último, que sonábamos mal, que no servíamos para nada y que éramos una moda no más”. El tiempo no se ha cansado de probar lo equivocado que estaban los tabloides del momento. Desde aquella foto tomada en la Vega Central en la que se ve a tres muchachos sosteniendo sus instrumentos, hasta esa camisa apuñalada como carta abierta a un amor imposible que vino a cerrar la primera etapa del grupo después de la vuelta a la democracia, Los Prisioneros marcaron a fuego la historia de nuestro país.

Su valor no está condicionado por el mero hecho de retratar a una generación que vivió momentos sombríos ­–lo que ya sería un mérito–, sino que recae en cómo tres miembros de esas escuelas numeradas, en las que les enseñaban humildad y resignación, lograron establecer un mensaje que resuena hasta el día de hoy y que se mantiene totalmente vigente. Eso habla tanto de la inteligencia de sus letras, como de una sociedad que siente un romanticismo exacerbado por muchos elementos de la cultura de épocas pasadas, sobre todo en lo que se refiere a los años 80; no por nada se sigue escuchando en la radio casi la misma música que alguna vez llamó la atención de Narea, Tapia y González.

En la actualidad, Chile sigue teniendo problemas limítrofes (“no necesitamos banderas, no reconocemos fronteras”), sigue luchando contra el machismo (“…y les sigues el juego, y les das tu dinero, y te sientes muy hombre y me río en tu cara de tu estupidez”) y seguimos presa del cinismo ahora exacerbado por las redes sociales (“pretendes pelear y sólo eres una mierda buena onda”). Los Prisioneros cambiaron la forma de ver la realidad, pero parece que somos nosotros los que no hemos cambiado tanto.


Artista: Los PrisionerosLa Voz de los 80

Disco: La Voz de los ’80

Duración: 40:22

Año: 1984

Sello: Fusión / EMI Music


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