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Stone Sour – “Hydrograd”

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Existe un dilema que se arrastra hace bastante tiempo en la música, y que dice relación con la dicotomía rock/pop. En otras palabras, se trata de determinar si ambos estilos pueden ser compatibles. Muestras de aquello hay muchas (y con buenos resultados), pero rara vez son de discusión pacífica y siempre estarán aquellos ortodoxos que demandarán la integridad más sacrosanta del rock y verán como una herejía si ambos estilos se funden. A Corey Taylor aquello le interesa un rábano y lo ha dejado ver con fuerza en “Hydrograd”, el último álbum de Stone Sour. Si el pop es definido como aquella música sencilla, efímera al vaivén de los tiempos, pegadiza y con una estructura básica que la hace recordable, entonces sin temor a equívocos estamos en presencia de un disco escrito en esa clave. Lo anterior, que puede alterar a más de un purista, no presenta problemas si se reconoce en Taylor a un gran exponente de la cultura musical de este nuevo milenio. En tal hipótesis, este disco lo reafirma como uno de los grandes músicos de estos tiempos, caracterizada por su heterogeneidad, justamente un elemento central en toda música popular.

El álbum es de escucha fácil, tremendamente asequible a oídos ajenos a las guitarras pesadas, y fácilmente reconocible dentro del catálogo del nacido en Iowa. Canciones como “Song #3”, “Thank God It’s Over” o “Mercy”, por nombrar algunas, dan cuenta de que el rock que propone el quinteto se ajusta a los cánones convencionales de los singles radiales, apuntando deliberadamente a la masividad de escuchas más que a un determinado nicho, como pudiere ser el caso del último disco de Slipknot. Esto en ningún momento se propone como crítica negativa, pero sí es conveniente revelarlo como es: acá no estamos en presencia de un disco que busque dejar huella por su innovación, sino que Stone Sour estruja fórmulas ya probadas con anterioridad, sin otra vuelta de tuerca más que la originalidad del tono de Taylor, que es descollante en cada minuto (“The Witness Trees” la mejor muestra de esto).

Sin perjuicio de aquello, al abrazar un concepto amplio de pop, el disco en partes se siente más como un compilado de grandes éxitos que un álbum orgánico. Es a veces difícil delinear un trazo entre temas agresivos tributarios del metal, como “Whiplash Plants”, o “Somebody Stole My Eyes”, con aquellos más disgregados, como “Rose Red Violent Blue (This Song Is Dumb & So Am I)” o la insulsa “St. Marie” (que pareciera tener fuertes reminiscencias de “Dear God” de Avenged Sevenfold). Esta veta variopinta se encuentra presente en los otros cinco álbumes de la banda, pero siempre existía un hilo conductor entre los temas. Así, en “House Of Gold And Bones, Part 1” (2012) y “House Of Gold And Bones, Part 2” (2013) quien mantenía la unión era el concepto que se desplegaba en las letras, y en “Come What(ever) May” (2006) era la simpleza y fuerza de sus composiciones. Hoy falta un relato que dote a “Hydrograd” de identidad como un todo, lo que impide que pueda dejar una marca imperecedera como sí la tienen los anteriormente mencionados.

Sin embargo, lo anterior no puede ni debe llevar a equívocos. El disco es sólido; Roy Mayorga jamás pierde el pulso, comprende a carta cabal la estructura de los temas y termina aportando a la intensidad de cada uno. Majestuoso es su trabajo en “Friday Knights”, donde su feeling entrega la vibra final del tema a través de la simpleza de sus golpes, y en “Taipei Person/Allah Tea” –de intrínseco estilo Stone Sour– el bajo predomina por ser el sostén de la densidad en las seis cuerdas. Estos son ejemplos de que la sexta entrega de los estadounidenses desborda prolijidad, la que encuentra su paroxismo en “Fabuless”, claramente ideada como single, pero lo suficientemente pesada para ser expresiva de la esencia del opus, en orden a acomodar los elementos más característicos y fácilmente memorables del rock, algo que se repite en “Knievel Has Landed”.

Independiente del paladar de cada uno, lo cierto es que “Hydrograd” es de lectura fácil. No resulta de alta densidad su entendimiento y, por lo mismo, es un disco efectivo, lo cual lo hace sólido, puesto que –más allá de consideraciones personales– conjuga de manera casi perfecta el rock y el pop, situando a su artífice Corey Taylor como el arquetipo de frontman de esta época. Si esta mezcla es buena o mala, o si el cantante merece estar en tal sitial, dependerá de la heterodoxia del público que lo escuche.

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1 Comentario

1 Comentario

  1. Jim Root

    31-Jul-2017 en 11:36 am

    Para mi es un disco un poco largo, riffs sencillos, un poco tedioso al principio pero cuando le tomas el gusto te acostumbras rápido, o sea no es una genialidad pero salva para pasar el rato.

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DIIV – “Deceiver”

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Deceiver

Desde su debut, la imagen de DIIV –y en particular la de su líder, Zachary Cole Smith– ha sido asociada a los estereotipos de los iconos del rock noventero, con una estética grunge que, para felicidad de Smith, les valieron numerosas comparaciones con su ahora ex modelo a seguir, Kurt Cobain. Sin embargo, la música de la banda nunca sonó similar a Nirvana o a sus coetáneos. En “Oshin” (2012) la melódica voz de Smith era acompañada de dulces instrumentaciones, asegurándoles un espacio como rostros del dream pop y el shoegaze. Este sonido se profundizo en “Is The Is Are” (2016), sin embargo, su contenido se aleja de la luminosidad de su predecesor y ofrece relatos más personales. Es en “Deceiver” donde el grupo toma las guitarras y abandona las dulces melodías para su trabajo más oscuro e introspectivo, escribiendo sus propias narrativas.

Resulta irónico que sea “Deceiver” el disco que por primera vez se asemeja a las influencias grunge que la banda ha presentado de forma estilística. Poco antes de su lanzamiento, Zachary Cole aseguró ya no ver a Cobain como un modelo a seguir y decidió separar al hombre de su trabajo. El primer sencillo, “Skin Game”, continúa con el tema de las adicciones de su predecesor, pero con fuertes guitarras que contrarrestan la dulce voz de Smith. A diferencia del disco anterior, el sencillo no lidia con la recuperación, sino que con la aceptación de una enfermedad y el cómo vivir con ella. La canción es un perfecto adelanto del disco, manteniendo un sonido dream pop, pero abandonando los meros guiños al rock; esta vez las guitarras son protagonistas.

El primer corte del disco, “Horsehead”, es una antítesis a las introducciones de las placas anteriores de DIIV, con una oscura instrumentación a cargo de poderosas guitarras que adelantan la gama sonora del disco. La voz de Smith no pierde su dulzura, pero su tuno sugiere una honestidad y fragilidad más presente que en trabajos anteriores. Canciones como “Like Before You Were Born” y “Between Tides” muestran que la banda no ha desestimado sus composiciones características, sólo ha expandido su gama sonora para maximizar toda la experiencia. “Blankenship”, por ejemplo, es un clásico de DIIV desde su inicio, con una suave melodía que fluye a través del liderazgo vocal de Smith, pero este espacio común es rápidamente corrompido por la inclusión de guitarras que recuerdan la intencionalidad del disco y expresan la diversidad de la banda.

Si bien su duración es menor que la de su antecesor, “Deceiver” suena mucho más grande. Las vocales y líricas son mucho más claras y la instrumentación nos acerca a un maximalismo no visto antes en su discografía. Y es que en este esfuerzo no hay espacios para sutilezas; después del lanzamiento de “Is The Is Are” el cantante se refirió a sus composiciones como unas “mentiras”, lamentando la forma en que representó las adicciones, enfocándose sólo en la recuperación y no en la vida con estas. Por esto, todos los elementos del disco se maximizan, como una contraparte más oscura y profunda que la anterior. “Taker” se presenta como una pieza central, tomando las responsabilidades de las mentiras cometidas y aceptando las consecuencias de un viaje lejos de terminar. Las guitarras son mucho más pesadas en este punto, adelantando la forma en que esta oscuridad se profundizará en la segunda mitad.

Es la segunda parte del disco la que presenta su mayor vulnerabilidad y sinceridad, donde el problema ha sido aceptado y comienza la búsqueda por la redención. “For The Guilty” presenta los efectos que las adicciones han causado en su círculo y en sí mismo, con un instrumental que prueba que el álbum triunfa en sus momentos sonoros más oscuros, sin opacar el desempeño vocal, sino que resaltándolo. “The Spark”, tal como lo índica su título, presenta un inusual momento de luz en el disco, con una brillante melodía que acompaña la catarsis de su narración. Sin embargo, culmina con “Acheron”, quizás uno de los momentos más oscuros de “Deceiver”, con sombrías guitarras y líricas: “Odio al Dios en el que no creo. El paraíso es sólo una parte del infierno”. La pieza es lo más cercano a rock noventero que alude su imagen, y sus siete minutos de duración dejan en un punto alto el cierre del disco.

La escena de rock en la que DIIV ha participado durante esta década ha sido asociada a las adicciones por casi tanto tiempo como existe. Asimismo, la figura de Zachary Cole Smith, quien había gozado de las comparaciones con quien veía como un modelo a seguir, pero su distanciamiento de estas figuras no viene desde un lugar juzgador, sino de reconocerse y querer narrar su propia historia. El protagonismo de las guitarras no es coincidencia, es parte del viaje a emprender y un reconocimiento a las influencias que esas bandas que lo formaron estilísticamente tuvieron a la hora de hablar sin tapujos de las adicciones. “Deceiver” puede no ser el sonido más característico de DIIV, pero es el más sincero y pertinente para reflejar el presente de la banda.


Artista: DIIV

Disco: Deceiver

Duración: 42:28

Año: 2019

Sello: Captured Tracks


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