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To The Bone To The Bone

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Steven Wilson – “To The Bone”

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Un componente inherente a la música progresiva es la experimentación. Sin temor a equívocos, uno podría señalar que los grandes precursores de cada género –entre los que sin duda está el rock– han utilizado métodos vanguardistas y poco ortodoxos para adentrarse en los siempre difíciles recovecos de la originalidad. De cierta forma, entonces, quienes han marcado el camino han abrazado el estilo progresivo aun sin declararlo abiertamente. Y es que alcanzar la particularidad, ese “algo” distintivo que sin duda todo músico busca, supone una actividad de riesgos al incorporar a lo propio otra naturaleza extranjerizante o ajena. Es ése justamente el ejercicio que ha utilizado Steven Wilson a lo largo de su carrera, tanto en su faceta grupal con Procupine Tree, como en la solista.

En tal sentido, su último disco “To The Bone” supone otro paso más en su búsqueda de la innovación al insertar abiertamente el pop dentro de su diseño musical, por cuanto el disco está escrito en una clave mucho más accesible que sus trabajos anteriores, y para ello ha abandonado algo que caracterizaba a aquellos: la pesadumbre. Es cierto que esta aún persiste en cortes como “Refuge”, “Detonation” o “Song Of Unborn”, pero ya no tiñe el óleo musical del inglés, como sí ocurría prístinamente en sus dos primeros trabajos, “Insurgentes” (2008), y “Grace Of Drowning” (2011). Bien calculada la intención, para esta ocasión contó con el reconocido productor Paul Stacey (Oasis) en las perillas, lo cual permite que los sonidos fluyan por vías más inteligibles.

Pero lo anterior no supone una renuncia al manifiesto de Wilson, en orden a crear un arte complejo y que ciertamente es reflejo de su personalidad. “Permanating” pasa a ser un mero decoro dentro de la hora de duración del disco. La intención de incluir el pop no se plasma exclusivamente en aquella composición, sino que es más sutil. La canción homónima del álbum, por ejemplo, es una muestra exquisita de rock dirigido al mainstream, pero sin una mácula que importe un descrédito artístico, sino que al contrario. Lo destacable, entonces, es cómo Wilson mejora las fórmulas pop llevándolas a un terreno de mayor trascendencia, algo que sólo podían hacer figuras como Prince o David Bowie, que, dicho sea de paso, han sido una inspiración para el británico en este opus. Lo anterior aplica perfectamente para la bien construida “Nowhere Now” o “People Who Eat Darkness” –esta última sumando influencias de The Beatles­–. El resultado de tal laburo importa montar una épica fina, pero no desde la complejidad técnica, sino de su opuesto, de la simplicidad de las emociones que provocan canciones sobriamente esquematizadas.

Por eso existen variadas estéticas que se cruzan en el disco: el rock más vanguardista con “Detonation”, en donde cada integrante deslumbra en un crisol sonoro más ad hoc al fan del catálogo “pesado” de Wilson; la emotividad de “Pariah”, que asombra por el nivel de delicadeza que se plasma en las letras, dejando un terreno fértil para que el talento de Ninet Tayeb la transforme en una de las mejores de este álbum; el guiño al pasado de Porcupine Tree con “The Same Asylum As Before ”, que evoca un “Stupid Dream” (1999) más sereno y que es el antecedente más directo de “To The Bone”; la psicodelia recargada del teclado de Adam Holzman y en el aporte del legendario armonicista Mark Feltham en “Refuge”; la cinematográfica “Song Of I”, de talante similar a “Index” con Sophie Hunger en el dueto con Wilson. Todo lo señalado, hace suponer que es un error reducir este último álbum a un mero esfuerzo del artista por ser más popular, sino que justamente abandona el “nicho progresivo” (una frase que es un oxímoron) para ladear por sonidos más lejanos, aunque no del todo desconocidos. Por último, el contexto del álbum es digno de mencionar. La realidad de esta época se refleja en los tópicos de las letras: la crisis de los refugiados, el terrorismo, la búsqueda de la verdad en la vida y la última esperanza en un mundo que pareciera estar más turbulento, posiciona a la obra dentro de un espacio temporal que no siempre el rock asume con total sinceridad, lo cual es destacable.

Sin dudas que este disco será el más controversial en la carrera de Steven Wilson. Pero si uno lo sitúa dentro de la biografía del autor, no debiese sorprender: siempre alejado de etiquetas, clasificaciones arbitrarias y del deseo irracional de fidelidad a un determinado grupo de fans, el inglés confirma que su arte le pertenece más que nunca. “To The Bone” pregona ese dominio con una música que viene desde el rock y el pop, y aquello, en tiempos donde el primero parece desangrarse por la falta de inventiva y la copia insulsa, y el segundo por la comercialización banal, demuestra lo imprescindible de este álbum hoy.


Artista: Steven WilsonTo The Bone

Disco: To The Bone

Duración: 59:43

Año: 2017

Sello: Caroline International


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2 Comentarios

2 Comments

  1. Paul Roth

    21-Ago-2017 en 2:47 pm

    O sea, es terrible weno.

  2. Gaston Caro

    26-Ago-2017 en 10:21 am

    Es un album exelente, y Wilson nos saca del abismo oscuro y nos da un rayo de luz, un tremendo homenaje, a Gabriel, Bush y Bowie.

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Discos

El Álbum Esencial: “La Voz de los ’80” de Los Prisioneros

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La Voz de los 80

Jorge González dijo una vez que el primer disco de una banda toma mucho tiempo porque el proceso parte desde que naces hasta que cumples edad para grabarlo, mientras que para el segundo sólo cuentas con un par de meses debido a la presión del sello. “Corazones” (1990), en rigor el primer trabajo de Jorge como solista, goza de un sonido pulcro y de una genialidad compositiva totalmente atemporal, “La Cultura de la Basura” (1987) cuenta con atisbos de experimentación y materializa el virulento sarcasmo social de la agrupación, y “Pateando Piedras” (1986) representa el cénit creativo del grupo produciendo un trabajo de alta calidad, que los posicionó como un suceso de masas. Pero es “La Voz de los ’80” el que encapsula esa energía primal, rudimentaria y cruda, que rompió con todo lo establecido como signo de una catarsis a nivel nacional en un país sumido en una gris dictadura.

Son diez cortes nacidos en la adolescencia de tres jóvenes de San Miguel que aplanaban las calles de la capital chilena entre interminables conversaciones sobre la música y su entorno. Nacieron como una banda de colegio, tocando en festivales escolares muchas veces con instrumentos prestados, sin embargo, su equipamiento más valioso eran sus canciones, creaciones que son la consecuencia de una mezcla ecléctica entre lo mejor de la música juvenil de la época, léase The Cars, Depeche Mode, New Order o The Clash, con la tradición auditiva de cualquier casa de clase media, como Raphael, Camilo Sesto o Salvatore Adamo. La sensibilidad pop con la aspereza del rock al servicio de letras inteligentes, llenas de sarcasmo, que se derraman en un disco que en la actualidad parece un compilado de grandes éxitos.

La capacidad que tuvo Claudio Narea, Jorge González y Miguel Tapia para retratar a su generación, el momento político y la cultura pop, es el gran valor que hace a este disco permanecer en el tiempo. La juventud que aparece en “Brigada de Negro”, esa que nada en alcohol y tabaco, es casi tan difusa como la sombría línea de bajo de González que serpentea por toda la canción, mientras Narea marca el ritmo con sus acordes y Tapia promueve una batería marchante, que narra la hipocresía juvenil de una felicidad hedonista que difícilmente era la realidad de la clase media asolada por la política neoliberal de los Chicago Boys. Parte de esa atmósfera aparece en “La Voz de los ’80”, canción que remece con la energía rabiosa de un trío que se quería comer al mundo desde el primer momento. A pesar de que cada obra esté anclada a su época, lo importante es cuando esta trata temas tan universales que se van repitiendo generación tras generación.

El primer larga duración de Los Prisioneros es un disco que siempre será joven, porque refiere a los temas que vive cada chiquillo o chiquilla desde que esta etapa de la vida humana emergió como una forma cultural en sí misma, después del destape mundial en los años 50. Tanto el relato del despertar sexual que se palpa en “Eve-Evelyn”, como la posterior desolación amorosa de carácter invernal de “Paramar”, son impulsivas y encaran la frustración amorosa con un relato original, el mismo que sale disparado de los parlantes de manera un poco más furiosa en “Mentalidad Televisiva”. Y ¿si la chica que perdió su imaginación para instalar un video tape ahora la perdiera para instalar la última actualización de YouTube, Snapchat o Instagram? Son los temas que, entre la ingenuidad y suspicacia, instalan esas verdades que siempre vamos a vivir, estemos en la época que estemos.

Esa aterrizada visión que ostentaba el trío siempre los hizo ver como algo distinto en un panorama musical un tanto agreste. En la primera mitad de los 80 la música de guitarras era marginal en nuestro país, el rock estaba relegado a encuentros que, si bien cimentaron gran parte de lo que después se expresaría en el underground criollo en estilos más extremos como el thrash o el punk, se veían aplastados por la culturalidad de un régimen que impuso firmemente su manera de ver la realidad, contexto clave para entender letras como “Latinoamérica Es Un Pueblo Al Sur De Estados Unidos” y “No Necesitamos Banderas”, que recogen elementos foráneos como el reggae y el ska para alinearlos a nuestras características locales. Esto choca de frente con la postura del sonido imperante en el mundo universitario dominado por el Canto Nuevo, forjado desde las raíces propias de nuestra música, y no al revés, como en el caso del rock.

Las letras pomposas y repletas de metáforas, adornadas con la complejidad de los acordes de una guitarra acústica, no podía ser más distinto al mensaje directo de “Sexo” o de “¿Quién Mató A Marilyn?” que, tomando elementos de la cultura pop, prefiguran un mensaje directo, conciso y simple de entender, aunque no por ello menos contundente. Es por eso que “Nunca Quedas Mal Con Nadie”, grabada el 6 de diciembre de 1984 –mismo día en que Jorge cumplía 20 años–, emerge como una crítica tanto a ese movimiento como también a la liviandad de las bandas que compartieron un terruño que Los Prisioneros nunca quisieron habitar. Aparato Raro, Cinema, Valija Diplomática, Emociones Clandestinas, seguidos de un largo etcétera, se subieron al carro del nuevo rock chileno y recibieron un mejor trato de las emisoras locales, cosa que no pasó con los de San Miguel, precisamente por lo filudo de su lírica.

Famoso por sus frases para el bronce, el otrora vocalista de la banda expresó: “Pocas veces nos hicieron una crítica en un diario, y las veces que lo hicieron, era para decirnos que éramos pésimos, lo último, que sonábamos mal, que no servíamos para nada y que éramos una moda no más”. El tiempo no se ha cansado de probar lo equivocado que estaban los tabloides del momento. Desde aquella foto tomada en la Vega Central en la que se ve a tres muchachos sosteniendo sus instrumentos, hasta esa camisa apuñalada como carta abierta a un amor imposible que vino a cerrar la primera etapa del grupo después de la vuelta a la democracia, Los Prisioneros marcaron a fuego la historia de nuestro país.

Su valor no está condicionado por el mero hecho de retratar a una generación que vivió momentos sombríos ­–lo que ya sería un mérito–, sino que recae en cómo tres miembros de esas escuelas numeradas, en las que les enseñaban humildad y resignación, lograron establecer un mensaje que resuena hasta el día de hoy y que se mantiene totalmente vigente. Eso habla tanto de la inteligencia de sus letras, como de una sociedad que siente un romanticismo exacerbado por muchos elementos de la cultura de épocas pasadas, sobre todo en lo que se refiere a los años 80; no por nada se sigue escuchando en la radio casi la misma música que alguna vez llamó la atención de Narea, Tapia y González.

En la actualidad, Chile sigue teniendo problemas limítrofes (“no necesitamos banderas, no reconocemos fronteras”), sigue luchando contra el machismo (“…y les sigues el juego, y les das tu dinero, y te sientes muy hombre y me río en tu cara de tu estupidez”) y seguimos presa del cinismo ahora exacerbado por las redes sociales (“pretendes pelear y sólo eres una mierda buena onda”). Los Prisioneros cambiaron la forma de ver la realidad, pero parece que somos nosotros los que no hemos cambiado tanto.


Artista: Los PrisionerosLa Voz de los 80

Disco: La Voz de los ’80

Duración: 40:22

Año: 1984

Sello: Fusión / EMI Music


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