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Soen – “Lykaia”

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Aún se recuerda con facilidad el día en que Soen irrumpió en el panorama mundial. Asombro, admiración y hasta desconcierto fueron parte de las reacciones que su debut, “Cognitive” (2012), provocó en todo aquel que se expuso a la ambición y pericia que constituyen el alma de ese trabajo. En ese entonces ayudó bastante en la difusión el hecho de que la alineación incluyera a integrantes de prestigio, como Steve Di Giorgio (Death, Testament, entre otros) y al baterista actual, Martín López, otrora artífice de una época dorada de Opeth. De manera lógica, en la vorágine de opiniones respecto a su música, se debatió acerca de una supuesta semejanza entre las composiciones de Soen y los suecos, además de la comparación con Tool, otro titán del progresivo moderno. Más allá de las discusiones, es evidente que, si se cotejó su sonido con artistas que gozan del beneplácito unánime de todo el mundo, se debe a que se vislumbra un potencial de una envergadura similar. Un cumplido, sin duda alguna.

Toda aprehensión y reparo frente al grupo se desvaneció por completo tras la publicación de “Tellurian” (2014), su segundo larga duración, obra que luce depuración en las composiciones y arreglos, evidenciando el buen momento creativo por el que pasa la agrupación, consecuencia del fiato alcanzado durante su existencia, lo que les permitió afilar su personalidad. Hoy, a un lustro desde su irrupción en el horizonte, son capaces de acaparar la atención de la melomanía y de generar altas expectativas, situación a la que respondieron con “Lykaia”, registro que muestra una simplificación del entramado en favor de canciones más sencillas y profundas. La idea es avanzar en el sentido de las emociones, obedeciendo a las vísceras, en desmedro del virtuosismo.

La obertura, “Sectarian”, posee la energía del metal y la dinámica del rock progresivo más directo, más empático tal vez, ese que se necesita para cautivar al oyente de inmediato y así comenzar un proceso de persuasión que, en este caso, se fortalece a medida que avanza el periplo, aunque ya en el comienzo se vislumbra el esplendor que ofrecerá la experiencia. Así, pocos pasos más tarde, llega “Orison”, una de las que mejor representa el espíritu del grupo, independiente de qué disco se analice: es densa, pesada, pero al mismo tiempo se equilibra con un sentido de la armonía donde abunda la melancolía y las delicadezas, devenir temperamental que configura un escenario en el que los músicos, personificando la intención detrás de las notas, conjuran un trance en el que cada uno es igual de gravitante, incluso Ekelöf y su vocalización sobresaliente.

“Lucidity” es una extensión que fluye con naturalidad y parsimonia en las cercanías de lo que hacen en el presente Anathema, Steven Wilson o, años antes, Pink Floyd, reforzando el carácter temperamental que es posible atribuirle a la propuesta. “Opal”, por su parte, se esconde tras una aparente fórmula sencilla que, sin embargo, es una estructura en la que desarrollan un corte de tintes épicos (tanto el pre-coro como el coro son memorables y pegadizos), con aires de clásico, perfecto para la promoción del álbum. Lo más convencional de “Lykaia” está compuesto por “Jinn” y “Sister” a pesar del remate hipnótico de la primera. Por lo tanto, en la sumatoria se ven levemente disminuidos ante la majestuosidad del resto del material, como la siguiente, “Stray”, donde converge una base rítmica prolija y una vocalización exquisita, recayendo el protagonismo sobre Ekelöf, quien en este tercer eslabón de la discografía de Soen sin duda ha realizado un trabajo sublime, brillando con luz propia y destrozando cualquier comparación hecha en el pasado.

“Lykaia” está lleno de virtudes, sobre todo creativas, pero hay una en especial que marca la diferencia y beneficia al producto final: todo fue grabado con equipamiento análogo, a la vieja usanza, de esta forma los detalles y sutilezas ejecutados por la banda quedan expuestos para el deleite de quien les identifique. En ese sentido apunta la clausura, en esta oportunidad compuesta por “Paragon”, porque posibilita el análisis y la apreciación de los matices a través de una pieza que a paso lento revela su esencia, sin parafernalia, mientras avanza y crece, llena de intensidad, hasta desvanecerse. Una trilogía, una era. Hoy Soen exhibe un sello particular que es sinónimo de vanguardia, de precisión, de inventiva y de seriedad. Esto ya no es un proyecto paralelo de colegas (quizá nunca lo fue), es una realidad y un exponente serio de la primera línea del metal contemporáneo.

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Iggy Pop – “Free”

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Free

Puede parecer extraño que un artista que ha hecho literalmente lo que se le ha antojado a lo largo de su carrera, publique como primer single de su nuevo trabajo de estudio un corte que únicamente proclama “Quiero ser libre”. Sin embargo, este supuesto sinsentido es sólo una prueba más de que la figura de Iggy Pop en realidad nunca ha sido tan fácil de descifrar. Es más, uno de sus sellos ha sido justamente aventurarse desde siempre (a veces con éxito y otras veces no tanto) en cuanto estilo musical le ha parecido atractivo (proto punk, garage rock, post punk, new wave, electrónica, hardcore, música de identidad francesa, entre otros). Es en esta dinámica, que el músico nos invita nuevamente a romper esquemas, firmando un álbum cuya característica principal es transitar a través de una pausada clave sonora de cargada identidad jazz, estilo que, sin ser completamente extraño para él (algo de esto había en “Avenue B” de 1999 y “Préliminaires” de 2009), marca uno de esos momentos musicales que por su sola naturaleza obligan a detenerse y escuchar con atención.

Dentro de las muchas particularidades que tiene “Free”, destaca el hecho de que la mayor parte de las canciones no son de autoría de Iggy, lo que hace de este disco un ejercicio de casi completa interpretación. La firma de los tracks recae fundamentalmente en Leron Thomas (trompeta), dejando un discreto espacio para Pop –autor de los temas que abren y cierran el registro– y dos poemas, el primero de ellos escrito por Lou Reed (“We Are The People”) y el segundo por Dylan Thomas (“Do Not Go Gentle Into That Good Night”). ¿Impacta esto la credibilidad la propuesta? En lo absoluto; de hecho, el álbum es tan consistente, que incluso los cortes que de antemano uno podría aventurarse a decir que fueron escritos por Iggy, ya que llevan su sello estilístico, en realidad están firmados por Thomas. En cuanto a lo musical, si bien se trata de un álbum dominado por los cortes de espíritu jazz, también hay lugar para momentos que reviven el lado más caricaturesco de la Iguana.

Es en la primera de estas identidades sonoras donde sin duda se encuentra lo mejor del álbum. “Free”, de naturaleza pausada y contemplativa, nos advierte desde el inicio acerca de los maravillosos paisajes sonoros que dominarán la oferta, y “Sonali”, por su parte, se inscribe como uno de los imperdibles del álbum. Musicalmente intrincada y de percusiones adictivas, se da el lujo de combinar reflexiones de corte existencial en base a metáforas en el estilo de “The Passenger”, con paisajes musicales que rememoran los sonidos que nos dejó el Duque Blanco en su último larga duración. “Page”, a su vez, aporta lo suyo atrapando una atmósfera musical de espíritu casi celestial para revelarnos un Iggy frágil y cercano. Sin embargo, es en la trilogía final con “We Are The People”, “Do Not Go Gentle Into That Good Night” y “The Dawn” donde, vestido de crooner, Iggy termina por comerse el registro. Es en este momento, además, donde más sentido terminan haciendo los aportes de Noveller y Thomas, añadiendo intensidad a cortes de abierta naturaleza minimalista. Un deleite.

Fuera de los pasajes que dominan la identidad del registro, se encuentran momentos totalmente rescatables y otros que, por desgracia, sólo le quitan prolijidad a esta nueva entrega. En el primero de estos grupos se ubica “Loves Missing” y “Glow In The Dark”. El primero de ellos sobresale gracias a la sentida e íntima interpretación de Iggy en los vocales, mientras que el segundo viene a graduarse como el eslabón perdido entre “Post Pop Depression” (2016) y el disco que nos convoca. Sin embargo, es con “James Bond” y “Dirty Sánchez” donde entramos en una vereda más conflictiva, básicamente porque se trata de temas que no respetan en nada el espíritu del resto del álbum. Así y todo, “James Bond” logra ser una aventura perdonable, ya que, aún sonando fuera de lugar, nos deleita con una funky y contagiosa línea de bajo y un espectacular clímax hacia la mitad del track. No se puede decir lo mismo de “Dirty Sánchez”, que además de caer fuera de lugar, se queda corto en lo lírico (convengamos que escuchar a Iggy cantando de “tetas” y “vergas” a esta altura no tiene nada de novedoso) y en lo musical.

El mencionado “Post Pop Depression” provocó varios fenómenos interesantes: por un lado, parte del público empezó a sentir que quizás era buena idea que la Iguana aprovechara el éxito de ese lanzamiento para cerrar su carrera. Sin embargo, a Iggy le pasó algo muy distinto. Luego de terminar la gira de promoción del álbum, se sintió vaciado, con deseos de refugiarse y desaparecer; según sus propias palabras, con deseos de ser libre. Y para Iggy la libertad claramente no es retirarse, sino que tiene que ver con decir cosas, no sabe hacerlo de otra forma, desde siempre ha sido así. Probablemente hace cuarenta años los medios que elegía para expresarse eran indudablemente más físicos, hoy día ya no necesita hacerlo de esa forma: con el tiempo, Pop ha aprendido a golpearnos de otras maneras, como por ejemplo prestando su voz para lanzar un álbum sentido y extrañamente íntimo, casi completamente alejado de lo que esperábamos de él. Puede haber alcanzado los 72 años, pero claramente entregarse al silencio no es uno de los planes del padrino del punk. Tenerlo con nosotros sigue siendo una fantástica sorpresa.


Artista: Iggy Pop

Disco: Free

Duración: 33:44

Año: 2019

Sello: Caroline International / Loma Vista


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